Navidad y la reflexión de la mesa

La reflexión a la que invitan los días de Navidad es la gran oportunidad para hacer examen de conciencia, pedir perdón, perdonar y empezar de nuevo para poder equilibrar la mesa, sentarnos y asegurarnos que haya lugar para los excluidos

Carlos Leyba Carlos Leyba 22-12-2017
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Por Carlos Leyba

En su origen, “mesa” significa tanto el mueble sobre el que compartimos el pan, como el pan mismo.

En nuestro uso cotidiano los dos significados son de uso corriente. Linda mesa, buena mesa.

La economía, en definitiva, es la disciplina que se ocupa que “la mesa” sea suficiente como para que todos puedan sentarse a ella y que ?a la vez- lo que se pone sobre ella sea suficiente como para que todos tengan lo necesario.

Pensar en estos términos es apropiado para estos tiempos de Navidad. Son tiempos en los que cualquiera sea nuestra religión, nuestra relación con Dios, sea de negación, ignorancia o fe, y de cualquier fe, es un tiempo llamado a sentarnos a la mesa común y a compartir lo que aportamos a ella. Una celebración es lo contrario de un desierto.

La realidad está signada por una creciente exclusión de largo plazo que implica que no todos están invitados. Un descomunal ejército de excluidos que, estadísticamente, alcanza a más de 13 millones de personas, la mayor parte jóvenes y niños.

Si la población es parte esencial del futuro, la exclusión nos avisa de un futuro famélico.

La segunda cuestión es lo que está sobre la mesa. Lo que está, dividida por la totalidad de comensales, los sentados y los excluidos, es lo mismo desde hace seis años. El PIB por habitante no cambió hace seis años. Estancamiento de lo que está disponible. No logramos que el PIB crezca más que la población.

Estancamiento “real” aunque las estadísticas, aisladas de su significación, nos permitan hablar de “tasas de crecimiento”.

En términos de lo que ponemos sobre la mesa, la cantidad de bienes crece al mismo ritmo en que crecen los que podrían sentarse en ella. Podría ser peor. Podría ir por detrás del crecimiento poblacional.

Pero seis años de estancamiento habla de profunda fallas estructurales. No habla solamente de cuestiones de coyuntura o de administración. Y si es así está claro que la solución y la reparación no depende ni de la coyuntura ni de su administración sino de decisiones estructurales y ellas ?como es obvio? superan los tiempos de una administración.

En adición a esta enfermedad de largo plazo, el estancamiento, tenemos un sistema de empleo y de distribución que “resuelve” los problemas del estancamiento por el mecanismo de la exclusión. Nadie diseña la exclusión. Pero ocurre. Reflexiones sobre eso.

Al tiempo que la economía “real” se estanca, el número de excluidos aumenta. El estancamiento econó- mico esta en el origen de la exclusión y de la pobreza.

Reflexionemos sobre la manera de cómo podríamos poner más sobre la mesa y sobre como ampliar los espacios de inclusión para que más personas puedan sentarse a la mesa.

Imaginemos ?remedando al cé- lebre cuadrado mágico de Nicolás Kaldor? que las patas que sostienen la mesa son el nivel de empleo, la situación de la cuenta corriente del balance de pagos, la tasa de inflación y, finalmente, el crecimiento.

Cualquiera de esas patas que se quiebre o que se achique desequilibra la mesa y produce el desperdicio, la pérdida, de parte de lo que estaba sobre ella.

El estancamiento del PIB por habitante en un período tan prolongado, cuatro años de Cristina Kirchner y dos de Mauricio Macri, constituye en sí mismo, siendo una pata, un desequilibrio de la mesa.

Este período de estancamiento ha acontecido con la parálisis del empleo privado registrado y con un aumento del empleo público, en un sistema de trabajo en el que la marginalidad es una componente central que abarca a más del 30% de la fuerza de trabajo.

La mesa cimbra con el desequilibrio que la debilidad del empleo, su falta de fortaleza y su baja calidad, denota.

La “I” que falta

Detrás del estancamiento del PIB por habitante y del deterioro de la estructura del empleo, en términos de productividad, está el nivel paupérrimo de la tasa de inversión y, en particular, de la tasa de inversión en los sectores productivos. La dinámica actual de la aplicación del ahorro y del crédito, elementos centrales para la inversión, está identificada en el ámbito de la construcción.

La construcción genera trabajo y puede ?dependiendo en qué- mejorar las condiciones de producción del sistema, pero es “patrimonial”. Es decir, no es productiva per se. Facilita pero no genera.

Es necesaria y es conveniente, pero es insuficiente. Sin duda, por la agilidad de su reacción, sirve para alentar la coyuntura, pero no reproduce y el crecimiento, más allá de la coyuntura, requiere de reproducción.

La ausencia de inversión reproductiva, un mal que lleva décadas, está tanto en el origen del bajo nivel y mala calidad del empleo en términos de productividad, como en la esencia del estancamiento.

La cuestión del empleo y del estancamiento, ambas del mismo lado de la mesa, producen un contundente desequilibrio de largo plazo.

Siguiendo a Kaldor, del otro lado de la mesa, sumamos un desequilibrio en la cuenta corriente del balance de pagos que tiene, sin pausa, resultados negativos desde 2010. Más bien con una extraordinaria aceleración.

En 2016 el saldo negativo de la Cuenta Corriente fue de casi U$S 15.000 millones y para 2017 esperamos U$S 28.000 millones.

En los seis años de estancamiento sumamos un déficit en cuenta corriente de U$S 85.000 millones.

IPC y dólar

La otra pata es la de la estabilidad. Hace años que merodeamos el promedio de, digamos, 25% anual. Y es cierto que en este año el logro del Gobierno ha sido una reducción de la tasa de inflación a base del uso potente de la tasa de interés acerca de lo cuál ha sido casi todo dicho. La realidad habla por si misma. Las Lebac, en las que se acumula el entusiasmo del BCRA, están en un nivel que supera largamente el billón de pesos. En la última licitación no se colocó todo lo deseado.

Es una montaña que, como toda altura exagerada, puede producir apuntamiento de la economía. No hay que batir demasiado el parche. Pero la sola mención de la cifra en juego y su relación con las reservas internacionales, sin duda, hace que todos miremos con cierta angustia “esto que está detrás” de la pata de la mesa que ?siguiendo a Kaldor? la llamamos “estabilidad”.

A nadie escapa que detrás de los que juegan día tras día a las Lebac hay una razón, más que de peso, de dólar. Digo bien. Las Lebac son una especie de “mantis religiosa” de las finanzas.

Cuando se apareen con el dólar se lo van a comer. ¿Puerta 12? Una montaña de pesos que llegaron en dólares que se convirtieron pueden muy bien volver a ser lo que eran. Y en ese caso el papel de estabilizador de los precios que, en última instancia, tiene el atraso del tipo de cambio (crece menos que la inflación) habrá de desmoronarse.

Por ahora el atraso cambiario, hijo de la tasa de interés, hace de estabilizador de los precios (autos importados baratos) y como “no hay almuerzo gratis” aumenta con cariño y devoción, el déficit de la Cuenta Corriente.

Si la pata de la estabilidad se afirma (porque el tipo de cambio se retrasa) el déficit de cuenta corriente sube.

De este lado (estabilidad y cuenta corriente) de la mesa lo que está detrás es el tipo de cambio y, como vimos, del otro lado (empleo y crecimiento) lo que está detrás es la inversión reproductiva.

Una primera pregunta es qué relación hay entre tipo de cambio e inversión reproductiva. Todo.

La inversión reproductiva trata de “bienes transables” y la condición ecológica de supervivencia es una relación obvia.Los inversores hacen la cuenta. ¿Me conviene la Lebac o enterrar los fierros para producir con un tipo de cambio que sólo la estructura productiva de Alemania podría afrontar y?tal vez?

Como no somos Alemania nuestra ruta está diseñada y dice “camino a la deuda”.

Llegados aquí en un viaje rápido, las cuatro patas (crecimiento, empleo, cuenta corriente del balance de pagos) están desequilibradas.

¿Cómo hacemos para lograr ponerlas a todas en equilibrio y al mismo tiempo?

No hay otra manera que “levantar la mesa” y para hacerlo necesitamos ponernos de acuerdo entre todos.

No hay manera de levantarla de un solo lado porque eso genera desequilibrios. Mire lo que nos pasa Pirro.

Consensos?

Es la Navidad y es una buena metá- fora del consenso.

Hemos asistido a días de espanto. Los forajidos urbanos destrozando bienes públicos. Más horrible aún, apoyados por dirigentes políticos de más que respetable trayectoria, lo que hace a los hechos mucho más graves que si esto último no hubiera ocurrido.

También asistimos al silencio de una parte históricamente importante de la política. Hacer política impide estar en silencio. La política es pedagogía. Y son demasiados los que han permanecido en silencio o que han mezquinado la condena a los hechos vandálicos.

Todo hace a una situación polí- tica grave que ocurre en el marco de una situación social gravísima y una economía frágil y preocupante.

El Gobierno logró una ley, no sobre la base del consenso ?no hubo un debate digno sobre el drama previsional- sino sobre la base de la negociación en urgencia. Eso difícilmente sea duradero.

El Gobierno avanzó en las leyes que entiende necesarias. Les compadece la misma crítica que a la cuestión previsional.

Nada de lo hecho representa un aporte proporcionado a corregir lo que está detrás de las cuatro patas de la mesa: tipo de cambio e inversión reproductiva.

Nada de lo necesario se puede hacer sin consenso. Y el consenso se hace con los que no están de acuerdo. ¿Lo entenderán? Consensuar para acordar.

Es un trabajo que demanda tiempo, conocimiento, debates, convicciones. La urgencia, la superficialidad, la negociación y el dominante gerencial, son todo lo contrario. Es cierto.

Pero el silencio frente a la estupidez, la barbarie o la decadencia civilizatoria es un profundo síntoma de obcecación, necesidad de imponer, ausencia de criterio y dominante de “lo peor es lo mejor”.

Es lo que tenemos. Pero la reflexión a la que invitan los días de Navidad es la gran oportunidad para hacer examen de conciencia, pedir perdón, perdonar y empezar de nuevo para poder equilibrar la mesa, sentarnos en ella y asegurarnos que haya lugar para los excluidos.

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