Debates

¿Se derrumbó el consumo? Es más complicado

El consumo privado creció, pero ese crecimiento es un promedio que mezcla durables, importados y turismo en alza con una góndola que apenas se recupera.

¿Se derrumbó el consumo? Es más complicado
1 julio de 2026

Pocas variables económicas de Argentina generan, en la actualidad, tantas lecturas diferentes como el consumo

El Indec informa un récord histórico, las cámaras de supermercados muestran caídas persistentes, las automotrices celebraron un 2025 extraordinario y luego encadenaron meses en rojo y el comercio electrónico registra un crecimiento que ninguna encuesta tradicional termina de capturar. La conclusión apresurada sería que alguien se equivoca. La conclusión correcta es más incómoda e interesante. 

Cada fuente está midiendo, con razonable precisión, una parte distinta de una realidad compleja y difícil de sintetizar en una única medición. Para ordenar el ruido se propone leer el consumo en tres capas superpuestas: qué se compra, dónde se compra y quién compra.



Primera capa: qué se compra

El récord de consumo no proviene de la góndola del supermercado, sino de las Cuentas Nacionales del Indec, donde la variable se denomina consumo privado. Ese agregado creció en torno al 8% en 2025 y alcanzó el nivel más alto de la serie. El dato es técnicamente correcto, pero engañoso si no se lo descompone. El consumo privado incluye absolutamente todo el gasto de los hogares: alimentos, sí, pero también automóviles, electrodomésticos, turismo, servicios y bienes importados.

La recuperación se explica por los componentes más dinámicos y de mayor ticket. Los bienes durables y, en particular, los importados, se dispararon en cantidades, mientras que el consumo masivo —alimentos, bebidas, limpieza, perfumería— apenas tuvo una mejora marginal tras el desplome de 2024. Dicho de otro modo, parte de la población que pudo compró un auto, una heladera o un pasaje, mientras otros sectores recortaban consumos primarios. El promedio de ambos comportamientos da positivo y proclama un récord; pero ese récord describe a un país que no existe porque es la suma estadística de dos realidades opuestas.

Segunda capa: dónde se compra

Si la primera capa explica por qué el agregado y la góndola divergen, la segunda explica por qué incluso la góndola se mide mal. La Encuesta de Supermercados del Indec, estadística de referencia del consumo masivo, sí registra un canal online, pero con una definición estrecha: las ventas por internet o teléfono de las propias cadenas relevadas. Su peso es ínfimo y decreciente en términos reales, apenas algo más del 3% del total.



Queda fuera el universo donde efectivamente migró el consumo: marketplaces, plataformas de delivery, venta directa de fabricantes, importación directa y autoservicios de cercanía. Estimaciones del sector ubican al comercio electrónico en torno al 18% de las ventas minoristas del país, muy por encima del 3% que capta la encuesta.

Cuando un hogar deja de comprar productos básicos en la góndola de una gran cadena y lo adquiere en un marketplace, en una app de envíos o en el autoservicio de barrio, la Encuesta de Supermercados lo registra como una caída de ventas. Pero no hay menos consumo; es el mismo consumo cambiando de canal. En consecuencia, la caída de los supermercados sobrestima la caída real del consumo masivo porque confunde migración de canal con destrucción de demanda.

Tercera capa: quién compra

Las provincias con mayor actividad del agro, el petróleo y la minería exhiben una dinámica más favorable, mientras el AMBA concentra la tensión sobre salarios, empleo y consumo cotidiano. Los durables lo muestran con crudeza —provincias exportadoras con patentamientos en alza de más del 60% frente a otras estancadas en un dígito— y la góndola repite el patrón, de modo que el rótulo interior agrupa realidades incompatibles. Un mismo interior que compra más autos y a la vez recorta la góndola. No es contradicción, sino hogares distintos bajo la misma etiqueta: donde la renta exportadora derrama, los ingresos medios y altos acceden al durable financiado; donde no llega, el salario real es el único motor y se recorta hasta el artículo de limpieza.



La capa geográfica ilumina además el sesgo de la anterior: la penetración del e-commerce y el delivery es mucho mayor en el AMBA, de modo que la peor performance de los supermercados del conurbano no refleja un porteño que consume menos, sino uno que migró más rápido a canales que la medición no capta; el interior, con menor densidad digital, exhibe una caída más genuina.

Conclusión

El consumo privado creció, pero ese crecimiento es un promedio que mezcla durables, importados y turismo en alza con una góndola que apenas se recupera. La caída de los supermercados es real, pero exagera el retroceso del consumo masivo porque no ve el caudal que migró al comercio electrónico y a los canales de cercanía. Y todo el fenómeno está atravesado por una geografía que separa a las provincias con renta exportadora del resto. Tres capas, tres instrumentos, tres fotografías parciales de una misma realidad.

El autor de la columna es Damián Falcone, Damián Falcone, profesor de Gestión de Riesgos y Finanzas en IAE Business School, y se publicó originalmente en el Informe Económico Mensual – IAE Business School bajo el título "El consumo: ¿récord o derrumbe?"



Logo de Google
Seguí a El Economista en Google Agreganos a tus medios preferidos.
+ Agregar

En esta nota