Viaja por el mundo, diseña para el sur

Martín Redrado: "Argentina necesita un crecimiento integral y sostenido, marcado por una agenda que genere empleo registrado de calidad"

Martín Redrado es alguien que podría estar cómodamente instalado en Washington o Londres; sin embargo ese retorno obstinado a sus orígenes es también una declaración de principios: la convicción de que sigue siendo posible transformar la realidad argentina y que la economía es una herramienta fundamental para lograrlo.

Redrado: "La reducción de retenciones es bienvenida, pero debe formar parte de una estrategia de largo plazo, no ser una acción aislada".
Redrado: "La reducción de retenciones es bienvenida, pero debe formar parte de una estrategia de largo plazo, no ser una acción aislada". Foto: Mariana Eliano
Ramiro Gamboa 1 agosto de 2025

Economista formado en Harvard y expresidente del Banco Central, Martín Redrado se mueve con comodidad entre dos mundos: el de la alta diplomacia financiera internacional y el de la política económica latinoamericana.

En las últimas semanas ha estado intercambiando en Aix-en-Provence con Christine Lagarde, presidenta del Banco Central Europeo, y Mario Draghi, expresidente del mismo organismo y ex primer ministro de Italia, sobre la fragilidad del dólar frente al euro y la fascinación todavía lejana por las criptomonedas. Ha presentado informes sobre América Latina a inversores franceses, ingleses e italianos.

En todos estos encuentros —a los que asiste por invitación— Redrado habla fluidamente en inglés y francés, idiomas que domina con la misma soltura con que se desenvuelve en el engranaje técnico de las finanzas internacionales. No es un hombre incómodo en los aeropuertos del mundo; al contrario, parece habituado a la distancia, al análisis clínico, al vaivén entre culturas.



Sin embargo, algo esencial siempre lo devuelve a Argentina. "Muchas veces recibo más críticas en la Argentina de las que recibo en el exterior —dice con una sonrisa entre dientes en la entrevista con El Economistapero acá se pueden producir cambios profundos. Cuando genero inversiones para México, Brasil, Perú o Argentina, el impacto es multiplicador, mucho mayor que si trabajara en Wall Street o Londres. Eso tiene un sabor distinto".

Ese apego tenaz por lo local es una historia de vida y una historia familiar; no es una construcción reciente. Nacido en Buenos Aires, Redrado proviene de una familia de origen europeo: españoles por el lado paterno y franceses por el materno. Su padre, Félix Redrado, profesor de Bellas Artes egresado de la Prilidiano Pueyrredón, fundó su propia agencia publicitaria tras años de trabajar como dibujante en una empresa del rubro. Su madre, Beatriz Rodríguez Gauna, desciende de franceses: "La abuela de mi mamá era francesa, se llamaba Marie Martin", recuerda. De esa infancia porteña, marcada por la clase media esforzada, Redrado se llevó una convicción que no abandonó: "Soy parte de la típica familia argentina, en la que el abuelo envía a su hijo a la escuela pública, el nieto a la universidad pública, y así sucesivamente. Somos hijos y nietos de inmigrantes que vinieron a buscar un futuro mejor".

Eligió Economía en la Universidad de Buenos Aires porque "siempre me preocupó transformar la realidad", explica. Entre 1979 y 1983 estudió con los "mejores profesores posibles", recuerda, "en grupos diversos, con compañeros de todo el país, algo difícil de replicar en universidades privadas". Luego vino Harvard, el mundo financiero internacional, y una sucesión de puestos clave: presidió la Comisión Nacional de Valores, fue Viceministro de Relaciones Exteriores, fue Presidente del Banco Central de la República Argentina entre 2004 y 2010 y ocupó cargos en organismos como la Organización Mundial del Comercio y el Banco Mundial. 



Aunque la trayectoria de Martín Redrado ha sido exhaustiva sigue volviendo a lo que lo obsesiona: entender y transformar la realidad argentina. Y recuerda una experiencia crucial: la negociación del swap de monedas con China en plena crisis global de 2009.

Esa anécdota con Zhou Xiaochuan, entonces presidente del Banco Central chino, captura la esencia de Redrado como negociador y estratega. Era febrero de 2009, en el aniversario del Banco Central de Malasia, un encuentro informal después de una conferencia sobre la crisis global. Zhou mencionó que estaba cerrando swaps con países asiáticos. "¿Por qué no con América Latina?", preguntó Redrado. Dos meses después, ese acuerdo por 66.000 millones de yuanes (unos US$ 10.000 millones) era una realidad, y le brindaba a la Argentina una señal de respaldo en tiempos turbulentos. "La política económica necesita fundamentos, pero también señales claras. El swap fue más señal que realidad financiera", admite.

Ese equilibrio entre pragmatismo técnico y visión estratégica está también presente en sus últimos libros: "Argentina Primero", una propuesta integral para abandonar las recurrentes crisis argentinas y estabilizar la economía post-pandemia; y "Argentina Federal", escrito junto a José Urtubey, en la que se propone un federalismo fiscal auténtico que permita desplegar el potencial del interior del país, hoy marginado por un centralismo que posterga regiones enteras.



Ideológicamente, Redrado rehúye de las etiquetas fáciles. "Mantengo diálogo con todos los sectores políticos —gobernadores e intendentes de distinta orientación política—, con profesionales, empresarios y sindicalistas", agrega. Desde sus años universitarios lo acompaña un libro que considera de cabecera: El humanismo integral, de Jacques Maritain. "Soy maritainiano, si se quiere poner una etiqueta", aclara. "Tengo un enfoque integral, con el objetivo de una convergencia económica y social. Esto excede lo estrictamente económico y lo expando hacia el terreno sociológico e idiosincrático, esencial para abordar la problemática argentina y su interacción con el mundo".

Martín Redrado es alguien que podría estar cómodamente instalado en Washington o Londres; sin embargo ese retorno obstinado a sus orígenes es también una declaración de principios: la convicción de que sigue siendo posible transformar la realidad argentina y que la economía es una herramienta fundamental para lograrlo.

Economista formado en Harvard y expresidente del Banco Central, Martín Redrado se mueve con comodidad entre dos mundos: el de la alta diplomacia financiera internacional y el de la política económica latinoamericana.



—Luego de haber sido invitado a un encuentro con autoridades del Sistema Europeo de Estabilidad, en el que se discutió el rol actual del dólar, del euro y de las monedas digitales, ¿considera que el dólar sigue siendo la moneda hegemónica global?

—Mi posición, que expuse en un trabajo presentado durante la conferencia, es que si bien el dólar se ha debilitado —y mostré datos concretos sobre cómo las reservas de los bancos centrales han venido cayendo en términos de tenencia en dólares—, no existe hoy una alternativa clara que lo sustituya en términos de liquidez y profundidad de mercado. 

Lo que recomendé a las autoridades europeas —en línea con lo que también sostienen algunos economistas locales— es que si aspiran a que el euro gane peso como moneda de reserva, necesitan avanzar hacia un mercado más profundo y unificado de bonos europeos. Actualmente existen bonos en euros emitidos por cada país miembro: Francia emite los suyos, lo mismo Alemania, Italia o España. Pero mientras no exista una emisión conjunta de bonos de la Unión Europea, el euro difícilmente podrá crecer más allá del 20 % que hoy representa en las reservas globales, un nivel que permanece estancado desde hace tiempo.



Mi recomendación central fue esa: si se quiere competir con el dólar, se debe construir un mercado de capitales que no esté fragmentado, que tenga mayor profundidad, más liquidez y una mayor capacidad de atraer reservas internacionales. Francia es el país que más está impulsando esta idea, y entre mis interlocutores europeos percibí una intención clara de avanzar hacia una mayor proyección global del euro. Sin embargo, mientras ese paso no se concrete, el liderazgo del dólar seguirá siendo difícil de disputar.

—¿Cuál es el rol que observa para la moneda china, el yuan, en el sistema monetario internacional?

—Algunos economistas, colegas aquí, piensan que todavía China no ha abierto su cuenta capital. El punto principal que hago es que es difícil que el yuan sea una moneda mundial, porque  no es convertible, no hay libre movilidad de capitales, la cuenta capital de China no está abierta, y no lo está a propósito, porque las autoridades chinas, y esto lo he visto de mano a mano en distintas negociaciones, no quieren que sean capitales internacionales los que terminan determinando la apreciación o depreciación de su moneda. China tiene una flotación bastante acotada del yuan, y eso a mi juicio no lo van a cambiar.



Han ingresado en swaps bilaterales con distintos países, tanto a nivel comercial como a nivel financiero, pero eso difícilmente pueda hacer que se transforme en una moneda global. 

—¿Qué conclusiones obtuvo, durante su gestión en el Banco Central, sobre la forma en que China encara las negociaciones?

—La política cambiaria, para China, es un elemento central de su estrategia de desarrollo. Por eso no van a permitir que sean los capitales internacionales los que introduzcan mayor volatilidad o determinen la apreciación o depreciación de su moneda. 



Más allá de la expansión de los acuerdos de swap —cuando lo firmamos nosotros había unos diez en total, luego se sumaron Brasil y otros países de la región, y hoy ya existen alrededor de cincuenta con distintos países—, China ha utilizado estos mecanismos fundamentalmente para financiar sus exportaciones. En menor medida, también se usaron para operaciones financieras. Nosotros fuimos el primer país de América Latina en acceder a un swap con China.

Todo esto lleva a pensar que, para que el yuan se consolide como una moneda verdaderamente internacional, debería haber un cambio drástico en la política económica china, algo que no es posible en el corto plazo. Incluso con su ingreso en la canasta de monedas que integran los Derechos Especiales de Giro del FMI, y el desarrollo de un sistema de pagos alternativo al SWIFT, la internacionalización del yuan sigue estando muy controlada por las autoridades chinas. No observo que, en estas condiciones, pueda convertirse en un sustituto real del dólar.

Martín Redrado: "Para que el yuan se convierta en una moneda verdaderamente internacional, debería haber un cambio drástico en la política económica de China, algo que no veo posible en el corto plazo".



—¿Cómo evalúa el vínculo actual entre Argentina y China en términos financieros, comerciales y de inversión?

—Estamos en un mundo que se ha vuelto profundamente transaccional en términos de relaciones económicas internacionales. El propio presidente de los Estados Unidos lo ha reflejado en su estrategia de bilateralización de los vínculos globales. En ese sentido, Argentina debe ir en la misma dirección. Por eso escribí el libro Argentina Primero: porque cada negociación internacional —sea con China o con cualquier otro país— debe tener como objetivo central la generación de empleo en nuestro país y la acumulación de dólares genuinos, que nos permitan reducir la dependencia del financiamiento externo.

No concibo la relación con China como algo excepcional. Cada negociación, ya sea por inversiones o comercio, tiene que evaluarse en función de qué tipo de financiamiento ofrece y qué impacto tiene en nuestra economía. Argentina no debe establecer criterios especiales con ningún país. Necesita una estrategia general de negociación económica internacional que apunte a la creación de más y mejor empleo y a la generación de divisas genuinas. Eso es lo que garantiza estabilidad cambiaria y previsibilidad a largo plazo.



—En su libro Argentina Federal, que escribió junto al empresario José Urtubey, plantea que sin un verdadero federalismo —empezando por el fiscal— no puede haber desarrollo real. Usted viene trabajando con distintas provincias y con actores muy diversos del interior productivo. ¿Qué le dejó el diálogo con gobernadores sobre cómo construir un federalismo real?

—Lo principal que proponemos es la necesidad de revisar la ley de coparticipación, empezando por cuestiones básicas, como la eliminación de las asignaciones específicas. El sistema tributario argentino es una maraña de parches. Por ejemplo, el 11 % del IVA se destina actualmente al financiamiento del sistema jubilatorio. Esa porción debería integrarse plenamente al esquema de coparticipación. Lo mismo sucede con el impuesto al cheque, que es un mal impuesto y, además, no es coparticipable.

Ahora bien, no podemos dejar de financiar las jubilaciones. Por eso el tema central —que muchas veces se evita— es la informalidad. Hoy tenemos seis millones de trabajadores registrados y nueve millones en la informalidad, incluyendo monotributistas y cuentapropistas. No hay forma de sostener un sistema jubilatorio justo con semejante asimetría.



Lo que planteamos con José Urtubey es que hace falta una revolución federal, pero también una revolución tributaria. Hay que simplificar impuestos y ampliar la base de contribuyentes. Es inviable que un país con 50 % de informalidad pueda sostener sus equilibrios macroeconómicos y sociales. Y sin equilibrios sociales, no hay política económica que dure.

Por eso insisto tanto con la integralidad. No se puede tratar de forma aislada la política económica, cambiaria, impositiva o arancelaria. Hay que trazar una hoja de ruta, una agenda integral, que incluya un federalismo fiscal genuino, una lucha frontal contra la informalidad, y una reforma tributaria que elimine distorsiones y amplíe la base impositiva.



—¿Cómo interpreta la decisión del Gobierno de reducir las retenciones al agro en este momento?

—Lo fundamental es brindar previsibilidad. Está claro que las retenciones al agro son un impuesto distorsivo desde principios de los 2000. La reducción que se anunció es positiva, sí, pero no alcanza con una medida puntual. El sector agropecuario necesita un horizonte claro, porque sus inversiones no se proyectan a un año, sino a varios.



Esto no puede ser solo una estrategia para acelerar la liquidación de divisas. Debería ser parte de un programa con cronograma de cuatro años que plantee la reducción gradual y, eventualmente, la eliminación de las retenciones. Solo con esa previsibilidad es posible impulsar una verdadera transformación productiva.

La producción de trigo, maíz y soja en Argentina está estancada desde hace al menos quince años. Podría incrementarse un 50 % si se estableciera un horizonte de certidumbre y se consolidara una política tributaria coherente en el tiempo. En ese marco, la reducción de retenciones es bienvenida, pero debe ser parte de una estrategia de largo plazo, no una acción aislada.

—El sector industrial expresó su malestar porque se atendió el reclamo del agro y no el pedido de baja de contribuciones patronales. ¿Hasta qué punto decisiones como esta pueden reforzar la percepción de un gobierno más alineado con ciertos sectores que con otros?



—Lo que se necesita, siempre, es un enfoque integral. Muchas veces, los distintos equipos económicos avanzan de forma secuencial, paso a paso. A mi juicio, hay que plantear un esquema completo. Por eso propongo una revolución impositiva que contemple la reducción de los impuestos al trabajo, algo que me parece central para todos los sectores, no solo para el industrial, sino también para el comercio, el agro y los servicios. Es la clave para lograr una verdadera formalización del empleo.

Esa debería ser la puerta de entrada a una política que no funcione por turnos —primero un sector, después otro—, sino que permita mejorar la competitividad de forma transversal en todos los sectores productivos y de servicios. No comparto la idea de contraponer industria y servicios; hoy esas fronteras están cada vez más difusas. ¿Dónde termina la producción industrial y dónde comienzan los servicios? Por eso, cuando se diseñan medidas como la reducción de impuestos al trabajo, el objetivo debe ser claro: incorporar a trabajadores informales al sistema, especialmente a los menores de 30 años, que son quienes registran los mayores niveles de informalidad y también de desempleo.

"La reducción de retenciones es bienvenida, pero debe ser parte de una estrategia de largo plazo, no una acción aislada", sostiene Martín Redrado. 



—Usted escribió que un Ministro de Producción "no resuelve los problemas de los sectores reales de la economía". ¿Por qué, a su juicio, esa confusión sigue presente en el debate público argentino, incluso entre quienes toman decisiones?

—Muchas veces se piensa que al designar un ministro de Producción se le otorga un mayor estatus político, una mayor capacidad de decisión. Pero lo central no es el cargo en sí, sino los instrumentos con los que ese ministro cuenta.



Y los instrumentos más importantes en materia de política económica —la política cambiaria, la financiera, la arancelaria, la impositiva, la crediticia, la capacidad de bajar los costos financieros— pertenecen todos al Ministerio de Economía. Por eso, siempre he sostenido que, desde una visión integral, debe ser el ministro de Economía quien lidere ese conjunto de herramientas, acompañado por un buen secretario de Producción, por un buen secretario de Agricultura, pero trabajando de forma articulada, como un equipo, y no de manera aislada o fragmentada.

—En el contexto actual de redefinición de acuerdos comerciales globales, ¿cómo analiza la posibilidad de que Argentina avance en un entendimiento estratégico con Estados Unidos?



—Estados Unidos atraviesa hoy un desafío constante en su disputa por el liderazgo global con China. En ese marco, la actual administración norteamericana ha adoptado una mirada distinta hacia América Latina, y estoy convencido de que la Argentina debe aprovechar esa oportunidad, especialmente orientando los acuerdos hacia proyectos que generen empleo y divisas.

Me toca trabajar en distintos proyectos del sector privado y observo que una institución clave como la Corporación Financiera para el Desarrollo (Development Finance Corporation) ha comenzado a mirar a la Argentina con interés para financiar obras de infraestructura. En ese sentido, así como se busca fortalecer vínculos con otros países, Argentina también debería avanzar en una nueva relación estratégica con Estados Unidos, promoviendo acuerdos —sobre todo de protección de inversiones— que estén guiados por un único objetivo: generar más empleo y más dólares para el país.

Ese debe ser el principio rector en cualquier negociación, tanto con Estados Unidos como con el resto del mundo. Se vive una etapa marcada por lo que defino como relaciones económicas transaccionales, en la que cada nación busca lo mejor para su propio desarrollo. De ahí también el sentido de mi libro, Argentina Primero, que cobra una nueva vigencia en este contexto.



—Entre 2004 y 2010 presidió el Banco Central y publicó en ese período "Sin reservas: Un límite al poder absoluto". Tiene una mirada especialmente informada sobre el régimen de acumulación de divisas en Argentina. ¿Por qué al Gobierno le cuesta tanto acumular reservas?

—Sí, nosotros hicimos de la acumulación de reservas un eje central de nuestra política económica, monetaria y cambiaria porque entendemos —y lo sigo diciendo en conferencias alrededor del mundo— que las reservas son un seguro para los países emergentes. Nos permiten protegernos de la volatilidad que tienen los flujos de capitales a nivel global. El principal desafío de cualquier banquero central es administrar los ingresos y egresos de capitales, que suelen estar muy por fuera de las medidas que se toman en el mercado local.

La decisión de acumular o no reservas es, en el fondo, una decisión de política económica. Este equipo económico, después del acuerdo con el FMI, privilegió la existencia de una oferta excedente de dólares en el mercado oficial de cambios para alcanzar la banda inferior, fijada en mil pesos por dólar. En definitiva, esa meta terminó siendo irrealista, y ni siquiera se logró el objetivo inicial del equipo económico: reforzar la política antiinflacionaria a través de una apreciación del tipo de cambio.



Lo que se desarmó fue una política de estricto control de los agregados monetarios y de no utilizar al Banco Central como caja del gobierno nacional. Desde 2010 en adelante se recurrió a manotear reservas internacionales y a abusar de la emisión monetaria vía adelantos transitorios. Al finalizar mi gestión se reformó la Carta Orgánica del Banco Central y se habilitó un uso más laxo de esos adelantos, es decir, más emisión para financiar al sector público.

En definitiva, no solo se quebró la independencia del Banco Central —con repercusión mundial—, sino que se terminó usando las reservas como si fueran propias, dejando, tal como lo anticipé en Sin reservas, al país sin reservas en 2015. Y lo mismo volvió a pasar al final de 2023. El kirchnerismo siempre concibió al Banco Central como una caja propia; nosotros, en cambio, entendíamos que el Banco Central es de todos los argentinos, y que sus reservas deben garantizar la estabilidad cambiaria, monetaria y financiera del país. No deben ser utilizadas para financiar al sector público.



Uno de los avances más significativos de esta administración fue justamente eliminar el déficit fiscal y cortar de manera total el financiamiento vía adelantos transitorios al Tesoro. De todas maneras, falta mucho por hacer para fortalecer el Banco Central y dejarlo con un balance sólido y reservas adecuadas.

Desde Fundación Capital hicimos un análisis del nivel óptimo de reservas. Según nuestros cálculos, hoy ese mínimo sería de US$47.000 millones. Llegamos a esa cifra combinando dos criterios: por un lado, la necesidad de cubrir cuatro meses de importaciones, como hace cualquier banco central del mundo; por otro lado, la capacidad de asistir financieramente al sector público vendiéndole dólares contra pesos absorbidos, algo que exige una cobertura de doce meses. Ese esquema da como resultado US$25.000 millones para la parte comercial y US$22.000 millones para la parte financiera.



Argentina hoy está lejos de alcanzar ese objetivo, y debería enfocarse en empezar ese camino. Acumular reservas de manera sostenida le daría mucha más certidumbre al esquema cambiario y monetario.

Martín Redrado: "Según nuestros cálculos en Fundación Capital, el nivel óptimo de reservas para Argentina hoy debería rondar los US$47.000 millones". Foto: Mariana Eliano

—El acuerdo entre Estados Unidos y la Unión Europea, según escribió, ayuda a estabilizar el panorama económico global, aunque anticipa que la tensión con China continuará en otras áreas. ¿Qué impacto puede tener este nuevo equilibrio sobre economías emergentes como la Argentina?

—Los acuerdos entre Estados Unidos y Japón, así como entre Estados Unidos y la Unión Europea, comienzan a clarificar el panorama económico global. Lo que se observa es un mayor nivel de aranceles que, hasta ahora, ha sido absorbido por las empresas exportadoras e importadoras, sin trasladarse directamente al consumo.

Nos encontramos ante un esquema que el economista Jagdish Bhagwati describió, con acierto, como "un plato de spaghetti", para graficar la proliferación de acuerdos bilaterales o birregionales que reemplazaron el orden multilateral. En síntesis, el multilateralismo ha quedado atrás, y cada país debe hacer valer sus propios activos estratégicos.

Argentina cuenta con tres vectores que hoy interesan al mundo: la seguridad energética, la transición energética y la seguridad alimentaria. Esos tres activos deben traducirse en acuerdos económicos que nos permitan desarrollar estos sectores con un objetivo claro: generar más y mejor empleo para los argentinos.

Los acuerdos que suscribamos deben evaluarse, en última instancia, a partir de dos criterios: cuántos puestos de trabajo crean en el país y cuántos dólares le aportan a la economía argentina.

—El crédito en dólares al sector privado alcanzó su máximo histórico y superó incluso los niveles de 2018. ¿Cuál es su lectura sobre este fenómeno?

—El blanqueo de capitales aportó cerca de US$21.000 millones, de los cuales aproximadamente US$15.000 millones permanecieron dentro del sistema financiero. Ese fondeo adicional generó en las entidades financieras un incentivo claro para canalizar esos fondos hacia préstamos y obligaciones negociables. Por lo tanto, se trata de un fenómeno directamente vinculado al crecimiento de los depósitos en dólares en el sistema bancario.

Lo importante en este contexto es sostener una regla que profundizamos durante nuestra gestión: evitar descalces de monedas y de plazos entre activos y pasivos de los bancos. Esa es la forma más eficaz de prevenir una crisis.

—En mayo pasado, la Fundación Capital —que usted dirige— publicó un informe en el que advertía que el Gobierno estaba "reforzando el ancla salarial en búsqueda de la desinflación" y que, por eso, era difícil prever una recuperación real de los ingresos durante 2025. ¿Ese diagnóstico conserva actualidad?

El equipo económico está sobreutilizando toda la caja de herramientas con el objetivo de bajar la inflación. Algunas de esas herramientas son virtuosas, como el superávit fiscal y el corte total del financiamiento monetario al Ministerio de Economía. Otras, en cambio, resultan más cuestionables, como el ancla cambiaria y el ancla salarial. Tal como señalamos en el informe de nuestro equipo en Fundación Capital, esta estrategia se mantendrá hasta las elecciones. Pero pasado ese proceso, la Argentina deberá encarar una etapa distinta, marcada por una agenda de transformaciones productivas.

Argentina necesita un crecimiento integral y sostenido, marcado por una agenda que genere empleo registrado de calidad. Para lograrlo, es fundamental avanzar en una hoja de ruta basada en cuatro revoluciones:

  1. Revolución impositiva
  2. Revolución exportadora
  3. Revolución de la infraestructura física y digital
  4. Revolución federal

Solo a través de estas transformaciones podremos alcanzar un crecimiento del consumo, la inversión y las exportaciones: los tres vectores fundamentales para que Argentina logre un desarrollo integral.

"Después de las elecciones, la Argentina va a necesitar algo más que anclas: una agenda de transformaciones productivas", concluye Martín Redrado. Foto: Mariana Eliano

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