Todo empezó con Annie
Mucho antes de que la macro y la micro se volvieran su trabajo diario, hubo una escena en la infancia de Marina Dal Poggetto que le quedó como origen de vocación. "El primer musical que vi cuando era chica fue Annie. Siempre digo que estudié economía por Annie". La obra la llevaba a una niña Dal Poggetto a la Nueva York de 1933, en plena Depresión: un orfanato áspero, una pequeña de once años que esperaba a unos padres que no volvían, y una ciudad donde la distancia entre ricos y pobres era notoria.
Annie salía por un rato de ese orfanato para pasar la Navidad en la casa de un multimillonario de la Quinta Avenida, y en ese cruce —la niña pobre y el hombre más rico— la economía exponía una geografía de desigualdad y una pregunta moral. El magnate quería adoptarla, aunque ella insistía con la fantasía de encontrar a sus padres biológicos; ofrecía una recompensa, aparecían estafadores, y hasta asomaba Roosevelt como personaje de escena, como si el New Deal estuviera de fondo, en el aire. En el medio, la canción "Tomorrow" prometía un futuro a una niña sin él.
Dal Poggetto volvió muchas veces al mítico teatro Lola Membrives en Avenida Corrientes. Antes de cualquier planilla, la economía se le presentó como historia vivida, con personajes y decisiones que podían cambiar la realidad. Se viajaba desde la calle Corrientes hacia lo que la Argentina todavía debía aprender a hacer en el futuro: un país capaz de ofrecer horizonte.
La genealogía de Dal Poggetto es múltiple: del lado materno, abuelos rusos‑ucranianos del lado paterno, italianos y una abuela irlandesa que le hablaba en inglés a su padre. "No soy judía, soy atea. En realidad, en mi familia son todos herejes", ironiza Dal Poggetto en diálogo con El Economista desde su oficina en el centro porteño. Paredes blancas en las que cuelgan decenas de billetes: casi como una exposición de la moneda argentina, desde los primeros ejemplares a los últimos.
Casada con el contador Pablo Marinkovic a quien le dedica su último libro, según Dal Poggetto es quien hace que su consultora Eco Go funcione. Junto a Marinkovic tienen dos hijas, Sofía y Lara, nacidas respectivamente en 1998 y en 2002.
Dal Poggetto nació en una casa porteña donde el dibujo era un oficio cotidiano: el padre dibujaba siempre, y ese recorrido lo llevó al diseño gráfico. "Primero trabajó como dibujante en Canal 11: dibujaba a Leoncio —el personaje infantil que se emitía por la pantalla del canal—, además de realizar placas y piezas publicitarias; después armó su propio taller de fotocomposición", narra.


Cuando ese emprendimiento se puso en marcha, su madre se sumó de lleno y trabajó en conjunto con él. El negocio familiar vivió una paradoja de época: la tecnología avanzaba a una velocidad mayor que la amortización de las máquinas. En un país complejo por definición, ese rubro tenía un agravante concreto: las máquinas quedaban viejas antes de haber sido pagadas y el alivio económico nunca llegaba. Dal Poggetto recuerda el salto desde la tipografía —tapas e impresiones hechas a mano— hacia las primeras Macintosh.
Durante la hiperinflación de febrero de 1989, Dal Poggetto estaba de vacaciones con amigas en Villa Gesell. La tarjeta Banelco todavía era, en sus palabras, "bastante novedosa". La madre le había dejado efectivo y una tarjeta para sacar dinero del cajero, pero no funcionó. "Entonces me hizo una transferencia por correo y encima había paro". Cuando la plata llegó, se trataban de dos billetes de 500 australes. Hoy los tiene encuadrados en su oficina.
La economía quedó fijada como memoria corporal.
Al colegio Carlos Pellegrini entró con la democracia recién estrenada. El examen de ingreso lo rindió en dos tiempos —uno antes del 10 de diciembre de 1983 y otro después—. "El Pellegrini me abrió mucho la cabeza", explica, aunque el clima de esos años considera, fue, "particular": entusiasmo, desorden, vértigo. Libertad, en ese contexto, significaba pensar, discutir, disentir.
"Entré a estudiar Economía en la Universidad de Buenos Aires en plena hiperinflación, en 1989 y salí con el Tequila. Me recibí en 1994; el Tequila fue en enero de 1995". La secuencia arma un arco temporal que parece escrito por un guionista de crisis.
En su formación hay nombres que son pilares. En la carrera hubo profesores fundamentales, entre quienes Dal Poggetto menciona a Alfredo Canavese y Daniel Heyman. Heyman, dice, daba política monetaria y fiscal con un marco que todavía organiza discusiones actuales; Canavese, "brillante, duro y exigente".
La primera experiencia de Dal Poggetto en el sector público llegó cuando trabajó en el INDEC. Alfredo Canavese —quien había sido su profesor y seguía de cerca su trabajo mientras ella estaba en el INDEC— fue quien la presentó con José Luis Machinea. En ese momento, Machinea y Miguel Bein estaban armando una consultora "chica". Dal Poggetto llegó mientras terminaba la carrera y encontró un espacio vibrante de ideas. "La discusión macroeconómica era fantástica".
Con el triunfo del FREPASO en las elecciones de 1997, se aceleró un proceso que desembocó en la Alianza. Detrás del armado político, cuenta Dal Poggetto, también se movía un grupo de economistas. Después llegó el salto a la gestión. "Cuando ellos pasaron a la gestión pública, con José Luis Machinea como ministro de la Alianza, fui con ellos en 1999".
La consultora se cerró cuando Machinea se convirtió en ministro de Economía y el equipo entró al Ministerio. La crisis, entonces, se vivió "desde adentro". En el nuevo libro publicado recientemente junto a Daniel Kerner "Back to the 90s", de editorial Planeta, muchas escenas y fuentes tienen esa cercanía.
El ingreso al Banco Central llegó en 2003, con la asunción de Alfonso Prat-Gay. Fueron tres años. "Mi hija Lara tenía entonces sólo un mes y medio. Era chica y las jornadas eran larguísimas". La política, como suele ocurrir, aparecía fuera de hora. En ese período, recuerda, se encararon una serie de reformas institucionales que hoy son fundamentales: el Informe de Política Monetaria (IPOM), el Relevamiento de Expectativas de Mercado (REM) y la revisión de tasas. "Todo ese proceso llevó muchísimo tiempo. El Relevamiento de Expectativas de Mercado, al comienzo, se hacía prácticamente de manera artesanal".
Cuando dejó el Banco Central, Miguel Bein le propuso armar otra consultora. "Se empezó con un solo cliente: J.P. Morgan". Hacia afuera se la conoció como Estudio Bein, aunque la consultora en los papeles lleva el nombre "Eco Go". El origen del nombre fue técnico: en las terminales de Bloomberg —la plataforma de información financiera que usan bancos, consultoras y fondos de inversión— existe el comando "ECO", que permite acceder rápidamente a información económica y datos macro. De ahí salió "Eco Go", una referencia directa a ese atajo cotidiano del mundo financiero.

Economía con palabras
La trama editorial nace de una conversación profesional. "Conocí al politólogo Daniel Kerner, alrededor de 2011. Él trabajaba (y aún trabaja) en Eurasia Group, una de las consultoras de riesgo político más prestigiosas del mundo, tratando de entender la Argentina".
Se contactaron, Kerner terminó como cliente de Eco Go; con el tiempo, el diálogo se volvió frecuente.
En 2019, Dal Poggetto escribió un documento interno de la consultora: "Dos años y medio, en cuestión. Una mirada". La chispa original fue una pregunta de un funcionario del gobierno de Mauricio Macri: "¿Qué nos pasó?". Ella armó un punteo y lo compartió con un círculo reducido: Miguel Bein, Pablo Gerchunoff, José Luis Machinea. Miguel le sugirió formalizarlo. "¿Por qué no lo publicás como un documento de trabajo del estudio?".
De ahí nace otra propuesta de coautoría con Kerner y "Tiempo Perdido" fue publicado por editorial Perfil en 2022. Después lo redistribuyó Cúspide.
En 2017, la salida de Miguel Bein abrió una etapa nueva también en términos de identidad. La consultora, que hacia afuera se había conocido durante años como Estudio Bein, volvió a usar de manera plena su nombre original: Eco Go.
Dal Poggetto tuvo invitaciones de distintos gobiernos para el Banco Central. La respuesta se mantuvo: no. Ese "no" no implica intransigencia sino límite. En ese punto, su temperamento se vuelve casi similar al de Albert Camus: el rebelde —la rebelde— es quien dice que no, y en ese "no" fija una frontera para que la política no derive en una lógica sin freno. Para pensar antes que hacer. O que hacer sea con pensar.
Economista formada en la Universidad de Buenos Aires, completó una maestría en Políticas Públicas de la Universidad Torcuato Di Tella y concibe teoría política, economía y ética como partes de un diseño unificado. Dal Poggetto desconfía del cortísimo plazo: cuando los actores se concentran en su propio "beneficio económico", el interés nacional queda sin protección. Para Dal Poggetto, se requiere cierto liderazgo político para un proyecto de país.
Tomorrow
"Me gustan mucho los musicales. Me gusta el Colón". Del último tiempo enumera títulos: Matilda, Moulin Rouge y, añade, "este año estoy esperando para ir a ver Hairspray, que se estrena en el centro porteño".
Dal Poggetto habla de un próximo libro por los veinte años de Eco Go. Dice que cuesta. Que lleva tiempo porque escribir implica "pensar hacia adelante, hacer prospectiva".
Al repasar el propio recorrido, comparte que su interés no es sólo en torno a "cómo funciona una empresa" o "cómo funciona un país". Ha sido, desde el principio, la combinación de ambos. "La idea es intentar entender la macro a partir de la micro y la micro a partir de la macro", apunta.
"Me gusta y me divierte lo que hago. Hablo con gente que sabe de temas distintos, trato de entender, pensar, escribir. Hablo con empresas, y trato de entender cómo funcionan. Eso resulta atractivo. El problema es que se volvió una actividad peligrosa. Nunca se tiene razón. Aparecen apodos, burlas. En los últimos cuatro años Eco Go ganó de manera consecutiva el premio a la mejor pronosticadora y sin embargo soy "Dalpifieto"".
En un país donde la política, muchas veces, se empeña en no escuchar y donde la conversación en X confunde subir el volumen con tener razón, Dal Poggetto sostiene un estilo que, en el fondo, es una idea: la economía no se explica sin política, y la política no se cuida sin límites.
"Annie", a los once, le mostró que la brecha entre ricos y pobres no era una foto para mirar de lejos, sino una postal de la vida para transformar; y que una sola decisión puede cambiar el escenario. La canción "Tomorrow", en sus oídos desde pequeña, funciona como ritual —la idea de que, aun en la intemperie, alguien tiene que decidir cómo seguir—. Mañana, para Dal Poggetto, es una realidad.

—¿Cuál es la proyección para 2026 en términos de inflación y nivel de actividad? —le pregunta El Economista a Marina Dal Poggetto.
—Depende de si el Gobierno logra sostener lo que está haciendo hoy: comprar dólares por debajo de la banda original y mantener el tipo de cambio moviéndose por debajo del crawl dentro de esa banda. Si eso ocurre, la inflación, que hoy está en la zona del 2,5% —el ministro dijo eso para enero— podría caer hacia el 1% a fin de año, o incluso algo por debajo. En ese escenario, una inflación que fue de 31,5% el año pasado podría bajar hacia la zona del 19%.
Ahora bien, eso implica comprar dólares y, al mismo tiempo, que el tipo de cambio real vuelva a atrasarse. El ancla sigue siendo cambiaria. La gran pregunta es el empalme a la salida de la cosecha.
Salvo que ocurra algo muy disruptivo a nivel internacional —algún evento ligado a Trump, por ejemplo—, el empalme debería darse entre mediados de marzo y julio. Miguel Bein lo llamaba "el trimestre de oro". Es poco probable que pase algo grave en ese período. Lo más probable es que se puedan comprar dólares; resta ver cuántos. Si eso sucede, el objetivo de ancla cambiaria probablemente se sostenga.
El punto de quiebre va a estar dado por el acceso o no al crédito para pagar los cupones de julio. Aunque 2026 no sea un año electoral, de cara a 2027 hay dos preguntas que en algún momento van a tener respuesta y que pueden impactar sobre el esquema cambiario.
La primera es si la Argentina tiene un prestamista de última instancia permanente. ¿Alguien como Scott Bessent va a estar ahí? Eso va a depender mucho de lo que ocurra en la elección de noviembre en Estados Unidos.
La segunda pregunta es si Milei tiene asegurada la reelección sin balotaje. Un año electoral sin ruido es una rareza en la Argentina. En general, los años electorales son ruidosos, sobre todo cuando los esquemas se plantean de forma binaria o polarizada.
—¿Cómo evaluás el tipo de cambio real?
—El contexto inmediato viene de semanas en las que los tipos de cambio se fortalecieron frente al dólar, con algunas excepciones. La lectura de fondo es que la Argentina no tuvo un salto en la productividad sistémica que acompañara una dinámica. La inflación le ganó de manera sistemática al tipo de cambio.
Con lo cual, aunque los precios relativos se corrigieron, el uso del ancla cambiaria genera problemas de costos en muchos sectores. Dada la combinación de apertura con atraso cambiario aparecen problemas de hoja de balance. Muchos sectores pasaron de jugar en Disneylandia a jugar en la jungla. El nivel de apertura que se observa con este nivel de tipo de cambio está generando problemas de competitividad.
Al mismo tiempo, la Argentina sigue jugando con las mismas reglas del juego: el régimen tributario, el régimen laboral, la estructura de un país federal, la infraestructura, los caminos. Todo eso sigue igual.
Hace poco, un amigo me mandó una foto muy provocativa. Mostraba un túnel moderno en China. Es impresionante: cruza una montaña en una hora. Es injusto hacer competir a sectores locales con esos fierros.
Frente a esta estructura, las formas de ser competitivo pasan por la informalidad o por el RIGI. Siempre aparece el mismo ejemplo: la mitad de cualquier cosa son impuestos. Es el lobby típico de cualquier sector en la Argentina, ya sea de servicios o de bienes. Sin embargo, la recaudación es de 28 puntos del producto y viene cayendo. Se pasó de 34 a 28, sin una baja de impuestos. El problema es la informalidad.
Miguel Bein solía decir que la mejor ventaja competitiva de una pyme es el 21% del IVA. Ese mismo amigo que manda la foto señala que los proyectos que requieren financiamiento y flujo de fondos no resultan viables.
Resultan potables, en cambio, algunos proyectos que no requieren financiamiento externo y que se hacen con capital propio. El problema es que, si la forma de resolver la productividad consiste en aumentar la informalidad, aparece un problema estructural fiscal de mediano plazo que no se resuelve. Algo similar ocurre con el régimen laboral.
En materia laboral, es posible que la reforma reduzca de manera significativa la litigiosidad. Hay varias cuestiones en análisis. Desde hace tiempo se discute que, con las tecnologías actuales, la rigidez no funciona bien. Pero, en la práctica, el monotributo llegó para quedarse. El gobierno intentó instalarlo como tema de discusión y lo retiró antes de que empezara el debate.
—¿Cómo analizás el nuevo sistema de bandas?
—El esquema de bandas se actualiza con la inflación medida con rezago, lo que suele denominarse T-2, es decir, dos períodos atrás, en general dos meses. A su vez, la inflación termina empujando al tipo de cambio. Cuando el tipo de cambio se mueve de manera gradual y no se lo puede sostener fijo, la banda deja de funcionar como un carril rígido "puesto desde afuera" y empieza a desplazarse siguiendo esa dinámica. En ese sentido, la banda se vuelve endógena al propio corrimiento del tipo de cambio.
Se ajusta con la inflación, que a su vez se ajusta con el tipo de cambio. Es una forma de darle flexibilidad al esquema, algo que venía siendo demandado, sin necesidad de explicitar que no existe una certeza absoluta sobre dónde puede ubicarse el tipo de cambio.
El gobierno sigue procurando que la inflación y el tipo de cambio se mantengan por debajo de la banda original, que es el espacio en el que está jugando. En paralelo, compra dólares en la complementaria.
Lo que sí ocurre es que se sigue priorizando el tipo de cambio. El ancla es cambiaria.
"Se sigue priorizando el tipo de cambio. El ancla es cambiaria"
—¿Cuál es tu expectativa sobre la reforma laboral? ¿Considerás que va a tener efectos reales sobre la creación de empleo?
—Algún efecto va a tener. No está claro cuán significativo. La sensación es que la flexibilización de facto ya existe y funciona.
Funciona a través del monotributo y del empleo en negro. Hay algunos cambios, como el fondo de despido y la posibilidad de prever financieramente un despido. También hay una baja del costo laboral para los nuevos empleados. Aún así, todo eso sigue siendo mucho más caro que el monotributo.
Va a depender en gran medida de cómo el gobierno juegue esta partida. El problema es que, cuando la economía deriva hacia una informalidad creciente —como ocurrió en la Argentina— se genera una dinámica difícil de revertir. Esa informalidad fue avalada por un blanqueo, y hoy existe casi un blanqueo permanente. No solo se blanquean los stocks —los activos acumulados en un momento: dólares, inmuebles, cuentas—; también se blanquean los flujos —los ingresos y movimientos que se generan mes a mes: facturación, salarios, transferencias—.
En ese contexto, volver atrás resulta difícil. Hay mucha gente que vive en la informalidad, obtiene ingresos en la informalidad y consume en la informalidad. El sistema de precios de la informalidad es completamente distinto del sistema de precios de la formalidad. Por eso, cuando se afirma que la mitad de cualquier cosa son impuestos, la respuesta depende del grado de formalidad de cada sector.
Desde esta perspectiva, la informalidad es uno de los factores que sostuvo en gran medida la cohesión social y el nivel de actividad.
"La informalidad es uno de los factores que sostuvo en gran medida la cohesión social y el nivel de actividad"
—¿De qué modo interpretás la salida de Marco Lavagna al frente del INDEC?
—Tiene que ver con que todavía hay ajustes tarifarios rezagados. La lectura es que el dato de febrero habría dado más alto si se hubieran usado los ponderadores nuevos en lugar de los viejos.
De todos modos, no queda claro porque todavía no se conocen los ponderadores. En enero, las mediciones que intentaban usar los ponderadores de la encuesta de gastos daban resultados muy parecidos. El año pasado ocurrió lo mismo.
No está del todo claro si este era el mejor momento para publicar el cambio metodológico. Pero una vez que se anunció y se incorporó al calendario, resulta desprolijo retroceder. Hay un problema de desprolijidad institucional.
En otro contexto, vale señalar que las tarifas hoy todavía no alcanzaron los niveles que tuvieron con Macri, aunque la incidencia de los subsidios es mucho menor que en aquel momento.
Pedro Lines, quien quedó a cargo del INDEC, es un técnico del organismo. Es quien maneja las encuestas. Es alguien en quien se puede confiar: no va a dibujar un número para que cierre de determinada manera.
Lo que sí es discutible es que, si suben las tarifas y el peso de las tarifas es más alto, la inflación va a ser más alta. Es una relación directa entre precios y ponderaciones: es matemática, no otra cosa.
—En el caso "Techint", la obra surgió de una licitación de un consorcio privado y se adjudicó a quien ese consorcio consideró más conveniente. ¿Cómo leés que el Gobierno se haya metido en esa discusión?
—En realidad, no es que se haya metido el Gobierno. Techint intentó el first refusal.
Primero hizo una oferta que era 40% más cara. Después le pidieron que revisara la propuesta, dado que había bajado muy poco el precio. Más tarde, cuando se abrió la licitación y ganó el consorcio indio, lo que Techint pidió fue la idea de igualar el precio del consorcio indio.
Hasta donde se entiende, el Gobierno no tuvo nada que ver. Lo que hubo ahí fueron decisiones empresarias. Dos empresas dijeron que sí —Pampa e YPF— y tres empresas dijeron que no. Por mayoría, se impuso el no. Hasta ese punto, es una decisión estrictamente empresarial.
De nuevo: los precios de un sector son los costos de otro.
Argentina tenía precios de bienes ridículamente caros y la forma de resolverlo fue cerrarse. El populismo siempre arranca en una recesión. Siempre arranca intentando impulsar la demanda por la vía distributiva. Sube salarios, congela tarifas, atrasa el tipo de cambio. Y, como dice el economista Adolfo Canitrot, mientras la alianza de clases funciona, el salario es visto como un dinamizador de la demanda, hasta que en algún momento se convierte en un problema de costos. Ahí es donde empiezan los problemas.
A partir de ese punto, el kirchnerismo cerró y cerró y cerró, y puso cepos. La combinación de una economía cerrada con una brecha del 200%, aun con el "sobreprecio" que costaban las SIRA (el Sistema de Importaciones de la República Argentina) y una tasa de interés negativa, era imposible. El precio de la chapa en Argentina no valía lo que había valido siempre.
Se está intentando normalizar. Se normalizó la brecha, se normalizó la brecha relativa, se normalizó la nominalidad.
Todavía no está todo normalizado, pero esto es mucho más razonable que lo que había en su momento.
Ahora, el ancla es cambiaria. Con el ancla cambiaria y con esta estructura, con esta productividad sistémica de la Argentina aparece un problema de costos. Puntualmente, en el caso de Techint, se entiende que los caños eran brasileños; hay discusiones alrededor de eso. Negar que existe un problema de costos y que se va a generar más daño del necesario parece difícil de sostener.
Dicho eso, cuando se escucha a Howard Lutnick —secretario de comercio de Estados Unidos—, lo que aparece es una arenga dirigida, sobre todo, a los alemanes —aunque a veces la amplía a "los europeos"— en términos muy duros: "son unos 'idiotas' y lo que van a hacer es ir a la energía solar y depender de China por los paneles".
La industrialización pesada en Argentina llevó tiempo; después se privatizó, después pasó otra cosa. Todos los países se originan en procesos de acumulación originaria injusta, con guerras, matanzas. En algún momento, eso se ordena: se establecen reglas de juego, un sistema tributario, un tamaño del Estado —más grande, más chico— y se avanza. Argentina es el único país donde se discute la acumulación originaria gobierno tras gobierno.
En cada momento se discute la corrupción del gobierno anterior, sin importar desde dónde se mire. Entonces, lo que aparece es que nunca se termina de arrancar. Es la macro y la micro, no solo la macro.
El peronismo miró únicamente la micro. Milei mira únicamente la macro.
Y la macro le da gobernabilidad porque baja la inflación. Hay un punto en el que el daño sobre la micro puede volverse relevante. Esa es, de algún modo, la advertencia de Adolfo Canitrot: qué pasa cuando las demandas sociales empiezan a aparecer.
—Milei llamó a Paolo Rocca "Don Chatarrín de los Tubitos CAROS". ¿Qué costo económico puede tener atacar públicamente al empresario industrial más importante del país en un momento en el que se necesita prestigiar la actividad empresaria ante la opinión pública?
—La sensación es que Milei tiene una capacidad particular. Hay una frase —la anoté— que escuché a Adrián Díaz Marro, que habla mucho sobre China. Dice, refiriéndose a la cultura china: "Mi ejército nunca retrocede, solo da media vuelta y sigue para adelante".
Hay mucha gente que me impugna diciendo que soy una de los 200 'fracasados' que firmaron una carta contra el programa económico de Milei. Lo que se firmó fue una carta con 200 economistas, algunos muy prestigiosos, sobre los problemas de la dolarización. Si se lee la carta, Milei no aparece mencionado. Obviamente, era quien proponía la dolarización. Pero nunca se firmó una carta contra el programa económico de Milei, porque el programa económico de Milei no fue la dolarización. Fue algo bastante distinto.
Hay una nota en un libro de editoriales donde se hablaba de un shock controlado. La idea es esa: hubo pragmatismo. Por eso van y vienen, fuerzan. Esta vez funcionó. Si se equivocan, puede dejar de funcionar.
No parece probable que Rocca se haga el ofendido. Tampoco parece una situación como la del kirchnerismo con Clarín, donde la pelea llegó a un punto sin retorno. Por ahora, da la impresión de que hay margen para volver atrás.

—En términos comparados, ¿se advierte algo parecido en Estados Unidos? ¿Un presidente como Trump tratando así, en público, a referentes de la industria pesada?
—Trump comete otros errores. Por lo pronto, su discurso es de reindustrialización, de friendshoring, de asegurar la disponibilidad de materias primas. Hay dos cuestiones distintas.
Una es justamente esa: la disponibilidad de insumos en un mundo que se fragmenta, donde se depende de India, que a su vez depende de China. No se trata de juzgar si está bien o mal, sino de describir el escenario.
La segunda es que, en este mundo fragmentado, el prestamista de última instancia terminó siendo Bessent, y los dólares se devolvieron. Estados Unidos puso plata en Argentina para que Argentina compre caños a China.
Esteban Actis planteaba el otro día la pregunta de si las "relaciones carnales" con Trump podían tener consecuencias. Ni siquiera con Estados Unidos, sino con Trump. La respuesta era que no necesariamente: depende de qué se pida y hasta dónde haya que llegar.
Por ahora, lo que se observa es a los cancilleres de China y Brasil despotricando, porque es inviable una política comercial con alguien que habla como habla Trump. En cambio, los ministros de Economía están contentos. Las exportaciones de China a Argentina crecieron cerca de 60%, y las de Brasil también aumentaron.
China está ampliando sus saldos exportables y tiene un superávit récord de comercio, de alrededor de 1,2 trillones, en un contexto en el que las exportaciones a Estados Unidos cayeron cerca del 20%. Argentina está abriendo las puertas. La productividad china está a la vista.
—Es paradójico, porque va a contramano del discurso oficial.
—Todo va y viene. El discurso oficial es inquebrantable porque el Gobierno tiene la capacidad de reescribir la narrativa, como en "1984", de Orwell. La narrativa se reescribe.
—¿Cómo evaluás la relación económica y financiera entre Argentina y Estados Unidos?
—No es con Estados Unidos, es con Trump. Por eso todo depende mucho de lo que pase en la elección de medio término.
Trump se comporta casi como un autócrata: toma decisiones sin consultar al Congreso y usa el esquema arancelario —que probablemente la Corte Suprema termine impugnando— como herramienta de negociación. En algunas jugadas le va mejor que en otras. Con China no le fue bien. El intento de imponer aranceles a ocho países europeos para quedarse con Groenlandia terminó, un día después, en una negociación con la OTAN que no dejó ni aranceles ni Groenlandia.
Va y viene, aunque en el medio erosiona la credibilidad de las instituciones. Ese vaivén es permanente.

—Trump oficializó la nominación de Kevin Warsh para presidir la Fed. Si prospera, ¿cómo puede influir en la Argentina?
—Lo que aparece es que se estaba entrando en una dinámica en la que empezaba a ponerse en duda el rol del dólar como reserva de valor. Trump quiere todo: un dólar débil, una tasa de interés baja, aunque sin resignar el señoreaje. En algún momento se dio cuenta de que, si presiona demasiado sobre las dos primeras variables, puede quedarse sin la tercera.
Lo que sí es claro es que la reputación de la Reserva Federal, en algún punto, va a tener que sostenerse. Todo el sistema de precios global —no solo la inflación, también el precio de los bienes— está anclado a la Fed. La Fed es un ancla. Se construyó una reputación durante décadas y alcanza con cambiar una palabra para mover los mercados. Imaginar un giro brusco en ese esquema resulta extraño.
—¿Puede estar el gobierno mileísta entrando en una zona socialmente riesgosa?
—El igualitarismo, la demanda de igualdad, fue mutando. Milei tiene una narrativa que, guste o no, prende, conecta. Hay un chiste que se usaba en presentaciones y funcionaba muy bien: un chico de Rappi, con su mochilita. Otro le dice que está loco por votar a Milei, que así no va a tener salud, seguridad social, vacaciones; le enumera una lista larga. Y el chico de Rappi le responde: "Es así, pero vos tampoco". Algo de eso es lo que se está viendo.
Por eso aparece la idea de que, en algún momento, el sindicalismo puede terminar defendiendo los derechos de nadie. El sistema financiero hoy puede funcionar con la mitad de la gente o menos. Y tiene menos empleados que en 1989.
Lo mejor que podría pasar es que aparezca algo en el centro político. Algo que tendría que haber aparecido en 2019 y no apareció: alguien que mire la macro y la micro. Algo de sentido común.
"El sindicalismo puede terminar defendiendo los derechos de nadie"
—¿Y dónde se vota eso?
—No se sabe. Primero tiene que haber una oferta. ¿Dónde está la oferta? La oferta no está. Pagni le puso nombre el otro día. Se busca "un ortodoxo productivista". Alguien que mire la macro y la micro. Aunque en la Argentina hay un sesgo complicado con la palabra "productivista". Aparece la pregunta de quién queda afuera. En el fondo, se trata de alguien que mire la micro y la macro.
—¿Esa ortodoxia productivista podría relegar a un tercer lugar a un espacio encabezado por Axel Kicillof, por ejemplo?
—La sensación es que el mercado no va a valorar bien a Axel, aunque hay quienes dicen que sí, porque siempre pagó la deuda. Aun así, parece difícil. Carga con dos motes enormes, con dos juicios gigantes en la Argentina.
Uno es el de YPF. El otro es el del cupón del PIB. Además, no hay demasiada autocrítica. Axel no tiene una visión moderna, sino una visión antigua.
—¿Y la posibilidad de que Kicillof ceda y termine yendo detrás de un espacio de "centro"?
—Eso va a depender de una interna. En 1987 el peronismo se renovó. La renovación fue grande: Menem y Cafiero le ganaron a Herminio Iglesias y a Lorenzo Miguel, entre otros.
Ahí se modernizó el partido. Se le incorporó un valor que no tenía: el de la democracia. Mucho después, Menem incorporó el valor de la estabilidad, aunque no en campaña. Algo así tendría que poder ocurrir. La verdad es que hay mucha pereza política. Si la alternativa a Milei es el kirchnerismo, cerrá el país.

—¿Y quién podría encabezar ese camino más equilibrado entre macro y micro?
—Se tiende a pensar en una mezcla de centro, algo de peronismo, algo de gobernadores. Hay gente que piensa el país. Pablo Touzón dice que en Argentina hay múltiples proyectos de poder, aunque no proyectos de país.
Milei tiene un proyecto de país. Puede gustar o no, pero lo tiene. Haría falta otro proyecto de país que se le contraponga. Un ortodoxo productivista. Alguien que plantee que el proyecto de Milei es excluyente.
El propio Milei dice que la Argentina se rompió con Yrigoyen. Decirlo es casi apoyar el voto calificado.
—En Argentina, economía y política están muy entrelazadas. ¿Cómo analizás esa dinámica de cara a la elección que viene, en particular en el vínculo del Gobierno con los gobernadores?
—Yendo de atrás para adelante, lo primero es la elección y el camino hacia la elección. 2026 todavía es un año no electoral, así que hay tiempo.
En el corto plazo, el Gobierno ganó caudal político en el Congreso. Eso implica dejar de gobernar exclusivamente por DNU y veto, y dejar de hacerlo sin presupuesto. Son habilidades distintas a las que se desplegaron hasta ahora. Hasta acá, el esquema era enojarse y vetar. Ahora empieza una etapa de negociación: qué queda de la reforma laboral, qué queda de las leyes que pasan por el Congreso. Se negocia fuerte, aunque los gobernadores también negocian. Argentina es un país federal.
Siempre digo que el eje de la gobernabilidad es la calle, el Congreso y la Corte. Por ahora, la Justicia mira de costado; cada tanto aparece algo. Pero el eje más importante de la gobernabilidad es alargar el horizonte de las decisiones de Argentina. No hay forma de tener contratos si los gobiernos que se suceden hacen campaña repudiando los contratos que firmó el anterior.
Ese vértice es clave. La convertibilidad tuvo una transición ordenada. Después falló, porque el mercado le bajó el pulgar, el shock externo fue largo y no hubo prestamista de última instancia. Si hubiera existido algo parecido al whatever it takes de Draghi —la frase la dijo en Londres, en 2012, como presidente del Banco Central Europeo, para frenar la corrida contra el euro—, quizás la historia habría sido distinta. No fue así. Pero hubo una transición. De la Rúa no hizo campaña diciendo que iba a romper el esquema, y de hecho ganó porque lo sostuvo.
Mientras la demanda social por la estabilización se mantenga, debería aparecer oferta política. El problema es que la discusión vía Twitter ensordece. No es una discusión: es una conversación entre sordos, y además obsecuentes.
—En Tiempo perdido, con Kerner, describen cómo en 2019 la opción del centro se pulverizó y la elección quedó ordenada por una lógica de extremos. Mirando el presente, ¿esa lógica sigue vigente? ¿Qué tendría que pasar para que, hacia 2027, aparezca una oposición?
—Hay que empezar a trabajar. No es una primera opción, pero es así. Algo empieza a moverse, aunque la mezquindad de la política es infinita. Son proyectos de poder. Pero debería aparecer algo distinto. Si no, es difícil imaginar otro escenario. ¿Cómo funciona una economía de enclave en un país de 48 millones de personas, donde además el enclave no incluye a los conurbanos?
—¿Qué está pasando actualmente con el endeudamiento de las familias? ¿Es deuda para sostener consumo y pagar servicios o empieza a aparecer crédito "bueno" para recomponer capital?
—Aparece un crédito nuevo que antes no estaba, que es el hipotecario. Viene de niveles muy bajos y le está dando a algunos la posibilidad de acceder a una vivienda. Eso tiene valor.
Después se puede discutir si el crédito hipotecario debe aparecer antes o después de construir una moneda. La política suele manejar tiempos más cortos. En lo que respecta al crédito para empresas, la lógica de tasas de interés negativas se agotó. La línea productiva tiende a desaparecer y se entra en una economía más "normal", que no licúa el ahorro para transferirlo al crédito.
Lo que no aparece es demanda de crédito desde muchos sectores. La tasa de interés está por encima de la inflación promedio y hay sectores cuyos precios crecen por debajo de la inflación. Ahí no hay demanda de crédito. Sí aparece demanda de crédito vía obligaciones negociables y crédito en dólares, sobre todo en Vaca Muerta y en algunas compañías financieras.
En las familias, más allá del crédito hipotecario y algún crédito personal, empieza a verse un nivel de endeudamiento que erosiona la capacidad de pago. El ciclo de crédito, cuando arranca, no muestra mora. El problema aparece cuando una deuda se paga con otra deuda: ahí aparece la lógica subprime. El quiebre se da cuando el crédito empieza a restringirse cuantitativamente, como pasó con el apretón monetario de julio-agosto de 2025.
Las empresas con crédito de corto plazo que debían refinanciarse a tasas por encima del 100% quedaron en problemas. Podían vender dólares, activos, hacer otras cosas, pero se apostaba a que fuera transitorio. En el crédito al consumo aparece estrés fuerte, sobre todo en el crédito no bancario. Eso es lo que muestra el informe que se publicó.
—Por lo que se desprende, el crédito para empresas está agotado. Antes se hablaba de rutas, de impuestos a la producción que no bajan.
—Hay un descuido claro del frente empresario. Durante mucho tiempo hubo tasas negativas, pesos regalados que se licuaban con la inflación. La maquinaria salía gratis. Se compraban dólares baratos al Banco Central con brechas promedio del 90% y picos del 200%. Si además se vendía en mercados con precios cuidados, ni el costo ni la demanda importaban.
Había empresas que decían que podían subir precio y cantidad al mismo tiempo. Lo único relevante era la nominalidad: la tasa, el dólar, la inflación. Eso era profundamente perverso.
Pasar de ese esquema a otro, de apertura económica y liberalización financiera, no es automático. Tampoco hay una liberalización plena: siguen existiendo controles de capitales y un esquema pragmático. Pero la tasa de interés cambió de signo: pasó de negativa a positiva.