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Macroeconomía y elecciones (parte II)

El Gobierno deberá hacer un esfuerzo para demostrar que la economía se encuentra en un sostenido sendero de recuperación

06-07-2017
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Por Pablo Mira  Economista

Se vienen las PASO, y el escenario político traerá a debate argumentos sobre la situación macroeconómica actual. En una nota anterior explicábamos que asumir, como la hacen algunos economistas, la pura “racionalidad económica” del votante es una ilusión. En la práctica, no podemos esperar demasiada consistencia acerca de las percepciones del elector promedio sobre resultados de corto plazo, sobre la coherencia entre las distintas demandas de política económica, o sobre la sostenibilidad de largo plazo de las diferentes medidas implementadas. Si bien en ocasiones algunos reclamos del público efectivamente reflejan cierta ingenuidad, esta limitación caracteriza a todos los votantes, incluso a los más sofisticados (el “círculo rojo”): no es fácil para nadie identificar tendencias, establecer el impacto de distintas políticas, o derivar efectos indirectos de ciertas medidas.

Siendo tan compleja la evaluación de la situación económica por parte del votante, a éste solo le queda simplificar el contexto. Aquí es cuando entran los políticos, procurando emplear la mejor retórica para convencer a un público que difícilmente pueda establecer por su cuenta la verdad o la falsedad de cada una de las afirmaciones, especialmente en materia económica.

En aquella nota explicámos además que los individuos son más proclives a considerar la situación económica “reciente” para decidir el sufragio. Pero en estos meses aun predominan los indicadores mixtos, de modo que la percepción de recuperación puede no ser completamente cristalina para todos. Si se crece poco, se nota menos, y no es creíble que alguien “sienta” que su bienestar aumentó 0,4% anual durante los primeros cuatro meses del año, que es el dato duro de crecimiento de 2017 hasta ahora. Como tenemos un sesgo a quejarnos mucho cuando nos va mal y a no festejar demasiado cuando nos va bien, el Gobierno deberá hacer un esfuerzo para demostrar que la economía se encuentra en un sendero de recuperación sostenido y que, tarde o temprano, esto se verá reflejado en un mejor nivel de vida.

El espejismo de asumir una excesiva racionalidad no se limita únicamente a los votantes. No son pocos los políticos y los economistas que exhiben una confianza exagerada en el impacto positivo de las políticas que aplican o que recomiendan. La frustración es grande, entonces, cuando las medidas no tienen el efecto esperado, o bien cuando tornan por diversas circunstancias, hacia resultados inesperados. En muchas ocasiones, incluso, las medidas ni siquiera logran mover el amperímetro del ciclo económico, que a la hora de la verdad parece volverse una bestia difícil de domar.

¿Qué determina, pues, el resultado de las elecciones? Las variables involucradas son muchas y son difíciles de listar y testear. Pero no debemos minimizar el rol de las “buenas historias” a la hora de convencer al electorado. Esto es exactamente lo que hizo Donald Trump: diseñar una historia, no necesariamente verdadera, que sonara creíble y a la vez confortable a los oídos de los votantes. Los primeros sorprendidos por lo fácil que le resultó a Donald “engañar” al electorado fueron los economistas, siendo que en sus modelos económicos los agentes actúan con profunda y preclara racionalidad.

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