El Economista - 70 años
Versión digital

vie 15 Oct

BUE 15°C

Versión digital

vie 15 Oct

BUE 15°C

La dieta de Sísifo

Macri expondrá su programa de “reformas permanentes” destinado a cambiar el paso cansino de una sociedad que, a este ritmo, no logrará escapar de los problemas que la paralizan

Carlos Leyba Carlos Leyba 27-10-2017
Compartir

Por Carlos Leyba

El lunes empiezo la dieta. La tradición ha inspirado la invitación que Mauricio Macri  ha formulado a empresarios, sindicalistas, gobernadores y parlamentarios.

Macri expondrá su programa de “reformas permanentes” destinado a cambiar el paso cansino de una sociedad que, a este ritmo, no logrará escapar de los problemas que la paralizan.

Será una primera etapa ya que su programa es la reforma permanente.

La convocatoria, se supone, ¿será para buscar consenso? Veamos.

Las elecciones han sido auspiciosas para el PRO como para sostener que está en condiciones de empujar y  sostener al proceso económico.

La propuesta de Macri es “el reformismo permanente”, una versión Siglo XXI de “la revolución permanente” de León Trotski, algo que justifica que J. Durán Barba considere al PRO la izquierda argentina.

La reforma a la reforma y así sucesivamente sería la versión perfeccionista del gradualismo. Claro que ese proceso permanente de reforma de la reforma corre el riesgo de conformar una fuente de incertidumbre que es, justamente, lo que la consolidación de la política trata de aventar a partir de la dieta del lunes.

Sísifo, como todos sabemos, fue condenado a empujar una roca desde la base hasta la cima de la montaña y a no poder alcanzarla y a ver desplomarse la roca nuevamente hasta la base y así una y otra vez.

La economía argentina desde hace cuarenta años sufre una condena comparable a la de Sísifo.

Partimos de una crisis y cada vez que, con nuevas energías (y con las mismas carencias), intentamos salir de la crisis heredada, la economía remonta y, llegado el tiempo que pareciera que la roca está por alcanzar la cima, la piedra se desploma arrastrando los efímeros logros generando daños crecientes hasta volver a la base.

La hiperinflación (1989) despatarró al gobierno de Raúl Alfonsín. Su costo  fue superior  a los que infirieron las crisis previas, por otra parte, todas hijas del Rodrigazo (1975) cuyas secuelas se prorrogaron por décadas.

Luego ocurrió la implosión de la convertibilidad de Carlos Menem con costos sociales y económicos inenarrables.

La sucesión de grandes crisis ha significado costos crecientes. Los de la de 1989 fueron superiores a las que le precedieron y los de la de 2001 resultaron incomparables respecto a los costos de la hiper de Alfonsín.

Todas las crisis generaron colosales transferencias de ingresos, destrucción de patrimonios y de capital, parálisis de la economía, desempleo creciente  y acumulación de la pobreza. Todo registro de la última crisis fue siempre superior al de la anterior.

La concentración patrimonial en estas cuatro décadas se ha agudizado.

La parálisis de la economía de largo plazo, más allá de algunos años aislados de tasas chinas, queda en evidencia cuando recordamos que el PIB por habitante, en estas cuatro décadas, ha crecido a una velocidad en la que, para duplicarse, harían falta cien años.

La destrucción del capital se pone en evidencia cuando se hace el inventario de industrias desaparecidas en las que el capital acumulado fue desorganizado por los remates y las quiebras que genera la parálisis.

El número de desempleados, subocupados y/o marginales no ha dejado de  crecer, poniendo en evidencia la caída de la productividad media, entre otras causas, por exclusión de fuerza de trabajo. Conformamos progresivamente una sociedad en que en la población activa aumenta el número de consumidores a una tasa mayor que la de los productores.

Finalmente, esos ascensos de la roca interrumpidos por la rodada, se contabilizan con un crecimiento promedio del 7,5% anual acumulado de las personas que viven bajo la línea de pobreza. Ahí es dónde estamos.

¿La crisis de 2014?  No fue una crisis manifiesta como las anteriores sino una latente que no nos ha abandonado. ¿Por qué?

Los milagrosos términos del intercambio de la década soplada (2003/2014) y la previa maduración del proceso tecnológico del sector agrícola, permitieron financiar (posponer) la crisis sin necesidad de acudir más que marginalmente al crédito externo sin que la “economía para la deuda” haya sido transformada.

Ese financiamiento marginal fue de China con condicionalidades más gravosas que cualquier financiamiento tradicional.

Esas condicionalidades han quedado evidenciadas en la obligada construcción, convalidada por el PRO, de una represa no prioritaria, la construcción de dos centrales nucleares de dudosa tecnología, y, para no detallar, la traba que las importaciones ferroviarias masivas chinas han implicado para la industria y el trabajo nacional.

La latencia de la crisis 2014 es la prolongación de la estanflación con indicadores que no han logrado superar el 2011 y otros merodean el 2015.

El piso de la “U” ?larga en la base? se extiende en el tiempo y con él las tensiones de legítimas demandas sociales para las que no se dispone de recursos que puedan satisfacerlas.

Todas las salidas de las crisis tuvieron el entusiasmo de “milagro” que le asignaron los medios, consultores y beneficiarios de las transferencias, generando un clima contagioso de optimismo.

Es peligroso. La piedra en ascenso permite imaginar alcanzar la meseta del reposo. Pero sostenerla en el mismo lugar es más difícil que la continuidad del ascenso. Es la física de la economía.

En todas nuestras crisis se interrumpió el ascenso y la roca se desplomó dejando una realidad más crítica que aquella de la que habíamos partido.

Macri heredó la crisis latente. ¿Estamos en el clásico “milagro” posterior a la crisis típico de estos cuarenta años? Económicamente, aún no. Políticamente, sí. Una extraña combinación basada en la confianza de los ciudadanos y no de los inversores.

“La piedra económica de Sísifo” no está cayendo. Macri detuvo la caída, impidió que se declare la crisis y la economía se mueve hacia arriba lentamente.

Todos los indicadores, menos el valor real del tipo de cambio, el balance de pagos y las cuentas fiscales, señalan mejoras respecto de 2015. Una zona pantanosa traba el ascenso. El déficit fiscal  ronda el 6% del PIB. La inflación resiste muy por encima de las metas y la tasa de interés, mecanismo de ajuste, es una soga al cuello para la reactivación. La economía real de la crisis latente, gira en un circulo de estancamiento subiendo y bajando a lo largo de cinco años. El déficit de la cuenta corriente del balance de pagos está en el 5% del PIB, y el tipo de cambio atrasado ? según el Gobierno? sufrirá un atraso permanente.

Acceder a la meseta requiere del crecimiento sostenido de todas las variables relevantes. El pantano dificulta el ascenso. Si bien no se ha partido desde una crisis manifiesta, la crisis latente igualmente destructiva. Pantano y ruinas.

Pero hay otra roca que el Gobierno debe remontar la sociedad para superar la crisis latente y que no se convierta en manifiesta.

Alfonsín dejó el cargo anticipadamente. Menem concluyó dos mandatos, pero la crisis de la convertibilidad lo sepultó como dirigente del peronismo y también sepultó a Fernando de la Rúa y puso cerca del cementerio al propio radicalismo.

Es decir, la roca de la política tampoco llegó a la meseta que vendría a ser la consagración de una sociedad democrática en la que los partidos son organismos centrales de su continuidad. Ni la meseta económica ni la política han sido alcanzadas desde hace cuarenta años. ¿Sería posible lo uno sin lo otro?

Macri, al menos, ha logrado sostener la latencia económica de la crisis. Después del triunfo electoral se despejó el clima y tal vez pueda remontar la roca de la política. Está en el trayecto. Un tramo indispensable es el del consenso sobre las reformas.

Pero la idea de “reforma permanente” tensiona cualquier consenso salvo el “consenso permanente” lo que, más que a Trotski, suena a documento del PC de China.

En la ideología PRO no cabe el consenso. Y menos el “consenso permanente”, que sugiere un esquema institucional de concertación.

En el PRO se pretende la adhesión permanente para una reforma permanente, lo que solo sería posible en el ascenso esplendoroso y permanente de la economía y la reducción del conflicto social y en el marco de la inexistencia de una alternativa política. Para el favor del PRO la alternativa no está. ¿Lo demás está?

Para el Gobierno la economía está en ascenso permanente y ?a pesar de los ajustes fiscales anunciados? el conflicto social se amortiguará.

A las dificultades ?el pantano del déficit fiscal y comercial externo, la modestia del desempeño de la economía real y la cuestión inflacionaria? el Gobierno cree poder superarlas sin instrumentos apelando al clima basado en la confianza de los votantes y la dispersión de los adversarios. Según el Gobierno las reformas serán herramienta y climatización a la vez.

El lunes se anunciará la dieta de reformas tributaria, previsional, laboral y comercial.

No se conoce el contenido. Sorpresa. Pero sí la dirección. Aliviar la carga tributaria empresaria. Reducir el costo laboral. Aumentar la recaudación previsional. Apurar la apertura comercial.

Los costos reales de los que pagan impuestos sólo puede reducirse realmente si los que no pagan pasan a pagar y reducen sus “ganancias” de evasión.

De eso se trata el alivio de la carga de los que pagan y esto es lo que permitiría realmente reducir la carga tributaria, previsional y laboral y aumentar ?al mismo tiempo? la recaudación. El test de calidad de esas reformas pasa por si reducen o no la evasión.

El otro tema es la apertura. Mario Negri, en IDEA, fue contundente: no volveremos a los '90. Un problema radical, o de los aliados, para el PRO. Es que con este tipo de cambio, con el ingreso de dólares para el pedal financiero y la emisión para monetizar la deuda, cualquier paso hacia más apertura puede provocar más, y no menos, evasión. Contradicciones de los enfoques no sistémicos.

Empujar requiere la suma de fuerzas. No ocurre hace cuarenta años. El lunes puede ser el de una dieta compartida. O la dieta de Sísifo, que ocurre hace cuarenta años.

Seguí leyendo

Enterate primero

Economía + las noticias de Argentina y del mundo en tu correo

Indica tus temas de interés