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Irlanda: el Estado inteligente que transformó la periferia europea en potencia y Milei no entiende

Ni motosierra ni Estado bobo: estrategia, instituciones y paciencia. Esa es la fórmula país que el desarrollismo propone para nuestro país.

Imagen hecha con IA.
Imagen hecha con IA. EE
Gustavo Reija 11 junio de 2026

Estoy en Dublin. Hace apenas seis décadas, Irlanda era la periferia pobre de Europa: una economía agraria, exportadora de materias primas y de personas, con un PIB per cápita muy por debajo de la media continental y una emigración crónica que vaciaba el país generación tras generación. Hoy exhibe uno de los PIB per cápita más altos del mundo, superávits fiscales sostenidos y dos fondos soberanos en plena capitalización. La pregunta que importa desde una visión desarrollista no es si Irlanda tuvo éxito, sino cómo lo construyó. Y la respuesta incomoda tanto a los estatistas dogmáticos como a los libertarios de manual: Irlanda no se desarrolló achicando el Estado ni agrandándolo, sino volviéndolo inteligente.

El punto de partida fue una decisión estratégica de largo plazo. Desde fines de los años ‘50, con el viraje encabezado por el funcionario T.K. Whitaker y el primer ministro Seán Lemass, Irlanda abandonó el proteccionismo autárquico y diseñó una inserción internacional deliberada: atraer inversión extranjera directa orientada a la exportación mediante un instrumento fiscal potente y, sobre todo, estable. La famosa tasa de impuesto corporativo de 12,5%, recientemente elevada a 15% para grandes multinacionales en cumplimiento del Pilar Dos de la OCDE, no fue un capricho fiscalista sino el ancla de una política industrial sostenida por todos los gobiernos durante medio siglo, sin importar su color político. Esa previsibilidad, ese consenso de Estado, es exactamente lo que Argentina nunca tuvo.

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Pero el impuesto bajo fue condición necesaria, jamás suficiente. El verdadero secreto irlandés fue la institucionalidad desarrollista que lo acompañó. La IDA Ireland, agencia estatal de promoción de inversiones creada en 1949, opera desde hace décadas como un cuerpo técnico profesional que identifica sectores estratégicos, sale a buscar empresas específicas y articula su radicación con infraestructura, formación de recursos humanos y encadenamientos locales. 

El Estado irlandés decidió que quería farmacéutica, tecnología, semiconductores y servicios financieros, y fue a buscarlos. A eso sumó una apuesta masiva por la educación: la gratuidad de la enseñanza secundaria desde 1967 y la expansión universitaria con fuerte sesgo técnico crearon la fuerza laboral calificada y angloparlante que las multinacionales necesitaban. La adhesión a la Comunidad Europea en 1973 completó el triángulo, convirtiendo a la isla en plataforma de acceso al mercado común. Mercado externo asegurado, capital humano formado por el Estado e instituciones de promoción profesionales: eso es planificación indicativa, no laissez-faire.

Los resultados fiscales actuales son contundentes. Irlanda registró en 2025 un superávit presupuestario de 12.400 millones de euros, equivalente a 3,7% de su ingreso nacional modificado, encadenando su cuarto año consecutivo de cuentas superavitarias. La recaudación total alcanzó un récord de unos 106.000 millones de euros, con el impuesto corporativo aportando cerca de 33.000 millones, cuando hace una década rendía menos de 6.000 millones. La paradoja es deliciosa para el debate argentino: el país de los “impuestos bajos” multiplicó por cinco su recaudación corporativa, porque una alícuota moderada sobre una base gigantesca de actividad real rinde más que alícuotas confiscatorias sobre una economía que se achica.



Y aquí aparece la lección más relevante para nosotros: qué hace Irlanda con el excedente. Consciente de que buena parte de esos ingresos corporativos son extraordinarios y están concentrados en un puñado de multinacionales estadounidenses, el gobierno creó por ley en 2024 dos fondos soberanos gestionados por la agencia nacional del tesoro (NTMA). 

El Future Ireland Fund, que recibe anualmente el equivalente a 0,8% del PIB y ya acumula contribuciones por unos 13.600 millones de euros, está diseñado para afrontar desde 2041 los costos del envejecimiento poblacional, la descarbonización y la digitalización. El Infrastructure, Climate and Nature Fund, con unos 4.500 millones, apunta a sostener la inversión pública en capital durante las recesiones, eliminando el comportamiento procíclico de la obra pública que tan bien conocemos en Argentina. Juntos superan los 24.000 millones de euros y siguen creciendo. 

Irlanda no se gasta la renta extraordinaria en consumo presente: la transforma en activos para las generaciones futuras, exactamente el modelo noruego que proponemos para Vaca Muerta con el Fondo Soberano de Desarrollo Argentino.



Conviene no idealizar: Irlanda tiene vulnerabilidades serias, desde la dependencia de un puñado de contribuyentes corporativos hasta una crisis habitacional aguda y estadísticas de PIB distorsionadas por la contabilidad de las multinacionales, lo que obligó a crear el indicador GNI* para medir la economía real. 

Pero el balance es inapelable y la enseñanza para Argentina es precisa. Irlanda demuestra que el desarrollo no resulta de elegir entre Estado y mercado, sino de un Estado Inteligente que define una estrategia de inserción internacional, la sostiene durante décadas como política de Estado, invierte agresivamente en educación, construye agencias técnicas profesionales y ahorra el excedente extraordinario en lugar de dilapidarlo. Ni motosierra ni Estado bobo: estrategia, instituciones y paciencia. Esa es la fórmula país que el desarrollismo propone para nuestro país.

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