Con salarios pisados, fuerte incremento de las importaciones en algunos rubros y nula emisión de pesos para financiar al Tesoro, todo indica que la inflación mantendrá en 2026 el sendero descendente de los últimos dos años. Luego de la vertiginosa reducción desde el pico del 211,4% registrado en 2023 al 117,8% del año pasado, el índice cerrará 2025 con un acumulado en torno al 31%. Ya sin nuevos desplomes por delante, el reto para el año próximo será perforar un piso todavía alto, objetivo que estará supeditado a la evolución del tipo de cambio.
El último Relevamiento de Expectativas de Mercado (REM), que recopila y promedia los pronósticos de las principales consultoras, previó que en diciembre de 2026 la inflación interanual será del 19,6%. En tanto, LatinFocus Consensus Forecast -otro estudio que reúne las proyecciones de bancos y consultoras- prevé un índice del 23,9% para el año próximo. Todas esas previsiones, que se hicieron antes del anuncio del cambio en el régimen de bandas cambiarias, están por encima del 17% estimado por el ministro de Economía, Luis Caputo.

De confirmarse esas proyecciones, aunque el índice todavía se mantendría en niveles muy elevados para los estándares internacionales, la inflación volvería a bajar otro escalón, una meta no solo económica sino también política para el gobierno de Javier Milei. "El 2026 va a arrancar con índices en torno al 2% mensual y, dado que no prevemos turbulencias cambiarias, cerrará a fines de año por debajo del 1% mensual", dijo a El Economista Elisabet Bacigalupo, analista senior macro de Abeceb.
En ese camino de gradual desaceleración que podría recorrer la inflación a lo largo de 2025, una de las claves será el salto de las importaciones, lo que, en un contexto de ingresos reales estancados, promete ponerle un techo bajo a los aumentos de precios en rubros que van desde autos a indumentaria, pasando por electrodomésticos y artículos electrónicos, entre otros. "Ya el 2025 va a cerrar como año record en el ratio importaciones por cantidades/PBI y eso podría profundizarse el año próximo", dijo Bacigalupo.
Factores al alza
A contramano del ingreso vertiginoso de las importaciones y de ingresos reales deprimidos, otros factores amenazan con impulsar el índice de inflación. Un reciente informe de la consultora Invecq advirtió que todavía hay 14 rubros de la economía con precios relativos atrasados si se los compara con el primer semestre de 2019. Con eso, la "inflación reprimida" es de 4,2 puntos.

Las tarifas de los servicios públicos son el ejemplo más concreto. Luego de sucesivas postergaciones de los aumentos en la previa de las elecciones parlamentarias de octubre pasado, el gobierno retomó los ajustes a partir de noviembre, un proceso que continuará a lo largo de 2026. La meta de superávit fiscal primario del 2,2% del PBI acordada por el gobierno con el Fondo Monetario Internacional (FMI) -en el Presupuesto ese objetivo se reduce al 1,5%- exigirá recortar el año próximo más el gasto en subsidios, un rubro en donde aún hay margen para la motosierra. "Queda algo por ajustar, aunque no será tan significativo como en 2024 y 2025", dijo Bacigalupo.
Otro rubro que amenaza con mantener la presión sobre la inflación es el de alimentos, en buena parte debido al aumento proyectado para la carne vacuna. Luego de casi veinte años de caída del stock ganadero, los altos precios locales e internacionales abren una ventana a los productores para desacelerar la liquidación de vientres y, con eso, garantizar una mayor oferta a mediano plazo. "Este año vamos a cerrar con una faena similar a la de 2024, pero ya en 2026 sí probablemente tengamos un 10% menos de cabezas faenadas y eso implicaría 10% menos de oferta: es probable que a lo largo del año próximo tengamos un aumento del precio de la carne del 20% al 25%", dijo a El Economista Andrés Costamagna, director de la Sociedad Rural Argentina y del sitio especializado Ganados & Carnes.
El dólar, la clave
Con esos factores a favor y en contra, las proyecciones de inflación para 2026 se mantienen en torno al 20% para el año próximo. De concretarse, sería el índice más bajo de los últimos quince años. Aún así, la inflación del tercer año del mandato de Milei se situaría muy por arriba de las expectativas que tenía el propio gobierno al comienzo de la gestión. Basado en que "la inflación es, siempre y en toda ocasión, un fenómeno monetario", el presidente ha venido pronosticando el colapso del índice en varias ocasiones. De hecho, hace algunas semanas auguró que la inflación será cero en agosto del año próximo.
Sin embargo, lejos de esas previsiones, el índice de precios al consumidor viene exhibiendo una lenta pero sostenida tendencia ascendente desde mayo. Esa inercia, sumado a la recomposición todavía inconclusa de precios relativos y a la necesidad que tienen muchos sectores de recomponer márgenes en cuanto a se concrete al menos una tímida reactivación del consumo, amenaza con postergar las metas de inflación trazadas por el gobierno. En ese juego de presiones, la suerte que corra en 2026 el esquema de bandas cambiarias y, en consecuencia, la cotización del dólar será clave para la evolución de los precios.

Ya sin la clásica demanda de dólares por cobertura que se registra en los meses previos a cada elección, el gobierno apostaba a seguir manteniendo en 2026 el esquema cambiario de bandas que se ajustan al 1% mensual sin hacer grandes olas. No obstante, con un segundo pedido de waiver (perdón) al Fondo Monetario Internacional (FMI) en camino por incumplir la meta de acumulación de reservas, el cambio de estrategia se volvió inexorable. El anuncio del lunes pasado del Banco Central por el que las bandas cambiarias se actualizarán a partir del 1 de enero en base a la inflación de dos meses antes -en enero, por ejemplo, la actualización será del 2,5%- dará mayor margen para acumular reservas, pero, al mismo tiempo, pondrá un techo más alto al valor del dólar.
A eso se suma que en los índices del próximo año empezará a jugar el demorado cambio metodológico para medir la inflación. El nuevo índice de precios actualizará las ponderaciones de la canasta según la Encuesta de Gastos de los Hogares 2017-2018, que reemplazará a los patrones de consumo de 2004 con los que hoy se miden los precios. Según cálculos del Centro de Economía Política Argentina (CEPA), si ya se hubiera aplicado ese cambio que implica un mayor peso de los servicios, la inflación hubiera acumulado 10,9% más en los últimos dos años. "No es casual que el gobierno haga el cambio a partir del próximo año cuando en alguna medida ya se han reacomodado los precios relativos", dijo a El Economista Guido Bambini, economista del CEPA. "El cambio metodológico no va a incidir demasiado en la inflación hacia adelante".
La desaceleración de la inflación, que fue valorada por buena parte de la sociedad en las últimas elecciones, promete dar otro paso el año próximo. Sin embargo, los factores que han venido contribuyendo para alcanzar esa meta -tipo de cambio atrasado, aluvión de importaciones y consumo planchado- empiezan a pasar factura en la actividad económica y en el empleo. En medio de esas tensiones crecientes, el gobierno deberá enfrentar, además de la cuestión monetaria en la que tanto pone el foco, múltiples desafíos para lograr que en 2026 la desaceleración de la inflación, su principal activo, siga brillando.