Por Jorge Scian y Jorge Kehiayan
Nunca hubo tanta información disponible. Nunca fue tan sencillo acceder al conocimiento. Nunca resultó tan difícil distinguir un hecho de una opinión.
Vivimos una época extraordinaria. En pocos segundos podemos conocer qué ocurre en cualquier parte del mundo, acceder a bibliotecas completas desde un teléfono o escuchar a especialistas sobre prácticamente cualquier disciplina. Paradójicamente, esa abundancia de información no nos convirtió en una sociedad más reflexiva, sino en una sociedad más reactiva. Opinamos más rápido de lo que pensamos, compartimos antes de verificar y discutimos con una certeza que pocas veces se corresponde con el tiempo que dedicamos a comprender aquello que estamos defendiendo.
La psicología cognitiva viene estudiando este fenómeno desde hace décadas. Daniel Kahneman, Premio Nobel de Economía, demostró que nuestro cerebro, para ahorrar energía, recurre constantemente a atajos mentales que simplifican una realidad demasiado compleja para ser procesada en forma permanente. Uno de ellos, conocido como efecto de verdad ilusoria, describe un comportamiento tan cotidiano como inquietante: una afirmación repetida suficientes veces comienza a parecernos verdadera, aun cuando nunca haya sido demostrada. La familiaridad termina reemplazando a la evidencia.

Ese mecanismo siempre existió. Lo novedoso es que la política encontró hace tiempo en las redes sociales y en los algoritmos el instrumento perfecto para convertirlo en un modelo de negocios donde la atención vale más que la verdad. Cuanto más polarizante es un mensaje, mayor interacción genera; cuanto mayor interacción obtiene, más personas lo reciben; y cuanto más veces se repite, mayor apariencia de verdad adquiere. La consecuencia es un debate público donde la visibilidad muchas veces reemplaza a la veracidad y donde la emoción suele imponerse sobre la evidencia.
Así, casi sin advertirlo, dejamos de discutir hechos para discutir relatos. Las opiniones comenzaron a ocupar el lugar que antes pertenecía a los datos. El problema no radica únicamente en la existencia de posiciones diferentes —propias de cualquier democracia— sino en la creciente dificultad para sostener una conversación donde el desacuerdo no implique automáticamente convertir al otro en un enemigo.
Cuando una sociedad pierde esa capacidad, también comienza a deteriorarse su manera de tomar decisiones.
George Orwell imaginó ese riesgo en 1984. Allí, el control no se ejercía solamente mediante la vigilancia, sino a través de la manipulación sistemática de la información. El pasado podía reescribirse, los hechos modificarse y el lenguaje adaptarse para que la realidad terminara respondiendo a las necesidades del poder. Si las palabras cambiaban de significado, también cambiaba la manera en que las personas comprendían el mundo.
Algunos años después, Aldous Huxley propuso una amenaza distinta en Un mundo feliz. En su distopía no hacía falta prohibir libros ni perseguir ideas; bastaba con mantener a la sociedad permanentemente entretenida, saturada de estímulos, información y consumo para que dejara de hacerse preguntas. La censura ya no era necesaria porque la reflexión había sido reemplazada por la distracción.
Durante décadas se discutió cuál de los dos escritores había imaginado con mayor precisión el futuro. Tal vez el siglo XXI haya encontrado una síntesis inesperada. Nunca fue necesario controlar tanto la información como hoy, pero tampoco hizo falta ocultarla. Alcanzó con inundarla de interpretaciones, convertir cada hecho en una batalla de relatos y delegar en algoritmos la tarea de decidir qué merece nuestra atención. La discusión dejó de organizarse alrededor de aquello que ocurrió para concentrarse en aquello que consigue más impacto.
No vivimos solamente una era de sobreinformación. Vivimos una era de sobre opinión.

Quizás por eso algunas obras escritas hace más de cuarenta años siguen resultando incómodamente actuales. Cuando Charly García escribía "El Trabalenguas, trabalenguas..." no estaba describiendo únicamente una época determinada. Estaba retratando una forma de ejercer poder sobre las palabras. El lenguaje deja de servir para aclarar y comienza a utilizarse para confundir; deja de ayudarnos a pensar y empieza a condicionarnos sobre cómo debemos pensar. Cambian los gobiernos, las tecnologías y los protagonistas, pero el mecanismo permanece sorprendentemente vigente.
Algo similar ocurre en José Mercado. Detrás de la ironía de un economista que "compra todo importado" no hay una crítica al comercio exterior ni una defensa automática de la producción nacional. Hay algo mucho más profundo: una advertencia sobre el riesgo de reemplazar el pensamiento por consignas. Cuando los problemas complejos se reducen a respuestas binarias, la realidad deja de analizarse para empezar a consumirse.
Tal vez esa sea una de las principales trampas de nuestro tiempo. Confundimos velocidad con conocimiento, exposición con autoridad y repetición con verdad. Las redes sociales amplifican ese fenómeno porque premian aquello que genera reacción inmediata. No importa tanto la calidad del argumento como su capacidad para despertar indignación, adhesión o rechazo. En esa lógica, el algoritmo no distingue entre una idea sólida y una afirmación falsa; simplemente identifica cuál de las dos consigue mantenernos más tiempo frente a la pantalla.
Las consecuencias trascienden el plano digital. Una sociedad que deja de discutir hechos para discutir relatos termina construyendo diagnósticos equivocados sobre sí misma. Y cuando los diagnósticos son incorrectos, las decisiones también comienzan a serlo. Poco a poco, la discusión pública se convierte en un enorme espejo donde cada grupo encuentra únicamente aquello que confirma sus propias creencias. El desacuerdo deja de ser una oportunidad para aprender y pasa a interpretarse como una amenaza que debe ser neutralizada.
Argentina conoce demasiado bien ese mecanismo. Durante décadas fuimos acumulando etiquetas capaces de simplificar cualquier debate: Estado o mercado, apertura o protección, industria o campo, sector público o sector privado. Cada generación heredó esas discusiones como si fueran verdades inmutables, mientras los desafíos estructurales permanecían prácticamente intactos. Cambiaban los protagonistas, cambiaban las consignas, cambiaban los contextos internacionales; el laberinto, sin embargo, seguía siendo el mismo.
Quizás por eso una de las frases más profundas de la literatura argentina conserva hoy una vigencia extraordinaria. Leopoldo Marechal escribió que "del laberinto se sale por arriba". No proponía escapar de los problemas ni ignorar los conflictos. Proponía algo mucho más difícil: abandonar el plano donde esos conflictos se reproducen indefinidamente y encontrar una perspectiva distinta desde la cual volver a pensar.
Porque hay discusiones que no se resuelven insistiendo con las mismas categorías que las produjeron.