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Atacando la inflación actual en Argentina

No se debe considerar sacrílego solicitar la colaboración de los sectores que lideran las expectativas de la formación de precios

24 octubre de 2017

Por Pablo Mira Economista

El título de esta nota es totalmente adrede. No se trata de atacar “la inflación” en general, sino de capturar los determinantes de la dinámica inflacionaria argentina en este tiempo. Alguna vez Milton Friedman aseveró, con la exageración y convicción que le daba su fama, que “la inflación es un fenómeno monetario en todo tiempo y lugar”. Pese a la devoción monetarista por esta “verdad revelada”, la realidad local se empeña en demostrar una y otra vez que sí es necesario distinguir tiempos y lugares. Cada dos o tres meses, Argentina vuelve a romper moldes y contradecir modelos teóricos, dejando sobre la mesa de debate un menú de perplejidades que se resuelven con excusas y explicaciones ad hoc.

La frase de Friedman podría ser cierta si se refiere al meta-origen de la inflación, pero no tiene por qué saldar la comprensión de los procesos inerciales de este fenómeno, ni tampoco derivar las políticas adecuadas para estabilizar. Para algunos, la ecuación es fácil: si la inflación es monetaria, y disponemos del control de la cantidad de dinero, solo resta reducir el ritmo de emisión para equilibrar la economía. ¿Demasiado fácil para ser verdad? Demasiado fácil para ser verdad.

Hoy en Argentina lidiamos con un proceso no siempre discutido en la noción de inflación monetaria: la propagación de la suba de precios por la vía de las expectativas. La coordinación de expectativas entre firmas, familias y Gobierno en un contexto determinado se conoce como “régimen de inflación”, y es el ámbito dentro del cual se toman decisiones de precios. Los precios no los decide ni el mercado ni las corporaciones, sino cientos de miles de individuos de manera más o menos descentralizada (dependiendo del sector), a partir de un conjunto de información relativamente arbitrario del cual los agentes infieren lo que creen son los “determinantes” de la inflación: el tipo de cambio, los salarios, los precios de los bienes intermedios, los precios de la competencia, los precios de los bienes que consumen, la historia inflacionaria pasada, y todo otro dato que consideren relevante. En esta maraña informacional es absurdo pretender que los agentes, agregada o desagregadamente, formen expectativas “racionalmente”. Dado el régimen de inflación, se apela a decisiones tentativas (sujetas a su vez a ciertas restricciones, como cierta “irreversibilidad” tras los cambios) con la esperanza de lograr beneficios, o al menos evitar perjuicios.

Cuando el BCRA anuncia una meta de inflación, busca afectar el régimen de inflación y las expectativas que lo caracterizan. Para ser creíble, el interlocutor debe ser muy convincente, o bien contar con alguna herramienta para disciplinar a aquellos que se aparten de la meta indicada. La amenaza del BCRA es básicamente competitiva. Supongamos un grupo de decisores mayoritario A y otro minoritario B. Si A decide aumentar sus precios en (digamos) 15%, los B que decidan aumentar 20% perderán ventas y ganancias. Pero por supuesto, los B deben estar seguros de que A aumentará 15%. Si los A suben finalmente 20% y la minoría B ajusta 15%, estos últimos perderán dinero. Es más, en un típico régimen de inflación local las firmas tipo B le temen más a quedarse cortos que a pasarse, porque en inestabilidad la pérdida de clientes por cobrar un precio demasiado alto no es tan común. La razón es que en este ámbito los consumidores no tienen del todo claro cuáles son los precios “correctos”, y por eso buscan y seleccionan con menor intensidad. Los B saben esto, y les preocupa más asimilar lo que hacen los A que evaluar la situación de la demanda de mercado.

Este problema de coordinación no es insoluble, pero requiere considerar al menos dos cualificaciones: paciencia y un nudge. Afortunadamente para el Gobierno, la población ha demostrado en las urnas que la lenta tendencia a la baja de la inflación no es una preocupación fundamental, y esto le permite ganar tiempo. Ya que el votante no castigó el incumplimiento de la meta, esto podría aprovecharse para continuar con un sendero de desinflación gradual. En cuanto al nudge (el “empujoncito” que hicieron famosas las políticas del Nobel Richard Thaler), no se debe considerar sacrílego solicitar la colaboración de los sectores que lideran las expectativas de la formación de precios. Esto incluye a las firmas productoras de insumos, a las grandes cadenas de comercialización y a los sindicatos. Friedman no tuvo tiempo o interés en estudiar estas cuestiones, pero nosotros deberíamos tomarlas en cuenta si queremos ganar la batalla definitiva de la estabilización aquí y ahora.

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