por Carlos Leyba
El kirchnerismo sembró en la política argentina la pésima costumbre de desconocer los problemas, y cuando se estrellaba contra la evidencia de los mismos, simplemente le echaba la culpa a los demás. La práctica de la política y el gobierno, confortablemente ciegos, se sumaba a la idea que la culpa del choque era del transeúnte. Buen y suficiente marketing hicieron y hacen que no se vea la realidad.
No fue sólo lo escandaloso del Indec y la secuela de la negación de la incapacidad y el desinterés para morigerar ?ya no resolver? el drama social de Argentina. No. Fue básicamente la mentira ?cómo llamarlo si no? sobre, por ejemplo, una supuesta industrialización o la conquista de nuevos derechos sociales o la recuperación del papel del Estado como gestor del bien común. Nada de eso ocurrió. Nada que cambie la vida colectiva, nada que supere reivindicaciones de minorías que suman pero no reemplazan los males colectivos.
Durante el kirchnerismo, la oligarquía inútil, grosera y arrebatadora de los concesionarios que se hicieron de los que fueron bienes y servicios del Estado, se apropió, como nunca antes, de los espacios naturalmente protegidos por haber sido del Estado.
Un ejemplo es la invasión del juego a lo largo y ancho de toda la República, la erosión de la Justicia y las fuerzas de seguridad. Y todo a merced del narcotráfico.
En última instancia, lo que dejó es el gobierno de los concesionarios y el dominio de los recursos estratégicos en manos de empresarios titulares de historias escabrosas a quienes se les concedió de por vida, a lo que se suman las fortunas gigantes que acumularon bancos, la forma más sutil de concesionarios, que ganan dinero sin prestarlo.
Todo eso ocurrió con el kirchnerismo. Y lo hemos heredado. ¿Cambió? No.
De atrás para adelante todas las decisiones estratégicas actuales siguen el mismo patrón que predominó durante la etapa K.
Veamos?
¿En que cambió la política energética? ¿Es un “cambio” que el escandaloso subsidio al petróleo o el precio del gas, sin conocer el costo en boca de pozo, lo paguen los usuarios en lugar del Presupuesto público?
La clave de todo proceso económico reside tanto en cómo se genera el excedente, como en a quién fluye el mismo. Y hoy en materia energética el excedente escandaloso va al mismo lugar que antes. No hay diferencia entre Axel Kicillof y Juan J. Aranguren: son lo mismo si es que uno es, en economía, los flujos que genera y dónde los dirige.
Y de igual manera son lo mismo Alejandro Vanoli y Federico Sturzenegger. Uno generó el escandaloso pedal del dólar futuro y, el que lo sucedió, en lugar de evitarlo, lo pagó.
La cuestión energética afecta la competitividad y la cuestión del dólar futuro generó tasas exorbitantes a favor de los especuladores y en contra de la actividad.
¿Cómo venimos?
Lo demás, los resultados, están por verse. El segundo semestre ?que es parte del calendario? no tiene mejores noticias que el primero. No en el empleo, no en el nivel de actividad, no en las tasas de inflación, no en las inversiones realmente en marcha, no en las arcas fiscales.
La marea social crece. Las cifras irrefutables de la pobreza heredada, el trabajo en negro y la informalidad de la changa van quebrando los tejidos de resistencia que justifiquen que todos seamos parte de la misma sociedad. Carlos Auyero, la noche de su muerte, dolido frente a la incomprensión del menemismo representado en ese momento por Eduardo Amadeo, le señalaba, “los excluidos claman por ingresar a la sociedad”, no para destruirla. Veinte años después estamos igual o peor.
La traición expresa del menemismo y del kirchnerismo a los ideales básicos que le permitieron a ambos llegar al poder es un síntoma de la enfermedad de la política argentina que, como dijimos al principio, comienza con negar los problemas y externalizar las responsabilidades.
¿Cambiamos?
La supuesta nueva política del macrismo adolece de los mismos males. No miente con el Indec. Es cierto. Pero niega lo sustancial, porque se niega reconocer la realidad que está detrás de lo que esos números dicen. Hay cuestiones estructurales, no episodios coyunturales. Y peor, no asume la responsabilidad de las consecuencias que su acción o inacción política produce.
Ellos también son producto del marketing. Un marketing que los mantiene muy bien valorados por la opinión pública. Lo que domina el panorama social es una expectativa de que “algo bueno va a pasar”, al tiempo que cada día se va achicando la baldosa en la que estamos parados.
Las cosas no van bien. No es cierto que la inflación haya dejado de ser un problema. Y tampoco es cierto que el bombardeo monetarista haya logrado domar las presiones inflacionarias. No son pocos los que avisan que lo que parecía una declinación inevitable de la inflación ha dejado el lugar a una resistencia inexplicable sobre todo ante la caída innegable del consumo. Y los brotes verdes no llegan y los pocos que llegan están sometidos al riesgo de muerte temprana por helada, porque el clima de la economía es gélido. ¿Por qué habría de ser de otra manera? Nada ha hecho la política económica para que no sea así.
El movimiento obrero, las voces dirigentes de los que tienen el oído cercano a los que más sufren, aquellos que no tienen reservas, los que no tienen nada que “blanquear”, se enfrentan a la necesidad imperiosa de dar lugar a la protesta para ser escuchados más allá de las voces que representan. Un paro es eso, un grito que dice aquello que los que conducen, los que deciden, no son capaces de percibir de otra manera.
Un paro es un silencio enorme a lo largo y ancho de todo el país. Un silencio que señala la dimensión de las carencias. Las carencias requieren satisfacciones aunque sea transitorias.
El movimiento obrero reclama una compensación para pacificar. Un bono, una suma fija, algo que compense más a los que menos reciben y menos a los que están mejor. Y para los que están mejor, una compensación fiscal mínima, transitoria. Todos estos problemas son hijos de la convertibilidad, que liquidó toda forma de indexación y de los hombres de la Alianza que Daniel Scioli postulaba para conducir la economía. La Convertibilidad y la Alianza fueron las causas principales de la decadencia nacional y, sin embargo, el kirchnerismo y los PRO mantienen sus males centrales. Nada cambió.
El cambio real sólo puede darse a partir de un reconocimiento pleno de la realidad y de las responsabilidades propias. Y eso obliga a un verdadero diálogo económico y social. No es posible fuera de ese contexto. Diálogo y concertación con todos los sectores. El Estado, seguramente todo el Estado; los empresarios, todos los sectores; los trabajadores, todos los sectores. Los que, sin duda, no pueden ser parte de ese diálogo son los concesionarios (servicios públicos, energía, juego, bancos, etcétera) porque ellos ?en definitiva? son una prolongación privada del propio Estado que disponen de una capacidad de control, que debe ser necesariamente anulada por el peso del consenso del Estado, en su dimensión política recuperada, y de las fuerzas de la producción representada por empresarios y trabajadores.
Como todos recordamos, durante el menemismo no hubo posibilidad de diálogo, ni de concertación, ni de consenso. Fue un proceso económico y social de imposición. El Estado enfrentó militantemente al bien común. Desmontó el Estado de Bienestar, transfirió el patrimonio público en forma gratuita y caprichosa, eliminó regulaciones, abrió la economía y logró en una década la dependencia de la deuda externa, de las importaciones, generó el desempleo de dos dígitos, la pobreza de un cuarto de la población, destruyó la industria. Los grandes talleres urbanos se convirtieron en lofts a la moda. ¿Cómo podría haber un consenso para una suma tan dramática de decisiones de alta perversidad? No hubo lugar sino a la división del movimiento obrero y a la jibarización del empresariado nacional.
El mismo camino, con otra retórica, recorrió sin diálogo ni concertación el kirchnerismo. Se consagró el monocultivo y la primarización, liquidó el stock ganadero, montó el negocio de la importación de gas, consagró la apertura: entre 2005 y 2015, por cada punto de PIB, las importaciones industriales subieron 2,5 puntos, el país dejó de ser uno de productores y se garantizó mediante un sistema de subsidios, un ejercito de consumidores sin trabajo, una sociedad que se consumió el capital y que acumuló pobreza mientras reducía la productividad. ¿Cómo podría ese programa gestarse con el diálogo y por consenso? Fue, al igual que el del menemismo, un programa impuesto por la mayoría ocasional de un proceso electoral.
En este país estamos hoy. La sociedad que resultó de la imposición y de la ausencia de diálogo, en la que hay un claro beneficiario: el país se organizó desde Carlos Menem para satisfacción de la oligarquía de los concesionarios. Recorra en su memoria la nómina de las nuevas fortunas súbitas y descubrirá que la inmensa mayoría son concesionarios del Estado apropiadores de esas ventajas naturales. Con esa conducción real tan presente hoy como desde los '90, en los intersticios del poder no hay manera de revertir un proceso decadente. Y poco importa que ?como ocurrió con Menem o con los Kirchner? tengamos años de crecimiento económico y sobretodo años de “déme dos”. Elogio de la cultura del consumo y decadencia del compromiso de la producción. No es una fatalidad. Es la consecuencia de quienes deciden.
La Iglesia, una y otra vez, reclama el diálogo económico y social, única manera de construir decisiones democráticas y de liberarse del peso de control de la oligarquía de los concesionarios que atraparon el poder real. Lo reclaman los trabajadores y los empresarios. Y esta es una verdad para pensar el país a largo plazo, lo que es urgente, como también para el corto plazo.
El miembro más calificado intelectual, profesional y moralmente, del elenco PRO, Alfonso Prat-Gay, lo dijo: “Si hubiéramos tenido un acuerdo con sindicatos y empresarios al inicio del año, seguramente habríamos tenido menos recesión e inflación”. Afirmación honesta que abre esperanzas de racionalidad que, de manera grosera, ofensiva y vulgar al estilo Jaime Durán Barba, Mauricio Macri descalificó diciendo “Alfonso es nuestro libre pensador”. Por algo baila cumbia cerca del incendio.