Alberdi, Hamilton, Keynes y el problema del déficit fiscal

A lo largo de nuestra Historia, las fuerzas políticas con su horizonte cortoplacista fueron, y aún son, una de las principales causas de los déficit y los espirales inflacionario

21-08-2017
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Por Juan Ignacio Lecour Economista

Muchas de las teorías económicas que se desarrollaron formalmente en el siglo pasado ya eran conocidas, al menos intuitivamente, por grandes pensadores de los siglos XVIII y XIX. Uno podría pensar que, al separarlos décadas (y hasta siglos), las tres personalidades a las que se refiere el titulo no tienen demasiada relación. Pero lo cierto es que los tres compartían varias ideas que parecen escritas para la Argentina actual.

“Cuando un gobierno incurre en inflación es común decir que la población del país elude los impuestos. Nos consta que no es así. Lo que se recauda al imprimir billetes lo obtiene del público en la misma forma que con un gravamen sobre la cerveza o con el impuesto sobre la renta. Los gastos del gobierno son pagados por el pueblo. No hay tal cosa como un déficit descubierto”. Esa frase fue escrita por John Maynard Keynes en 1924. Sin embargo, parecería que los padres fundadores de Estados Unidos lo tenían en mente un siglo y medio antes de que se publicara “Breve tratado sobre la reforma monetaria”.

El debate de los próceres estadounidenses era sobre quién financiaría el gasto.

En 1779, en una carta a Samuel Cooper, Benjamín Franklin escribió: “Esta moneda, como la manejamos, es una máquina maravillosa. Realiza su cometido cuando la emitimos; paga y viste a las tropas, y proporciona víveres y municiones; y cuando nos vemos obligados a emitir una cantidad excesiva, se paga a sí misma a través de su depreciación”. Este tipo de pensamiento tuvo sus consecuencias: hacia 1790 se decía que algo despreciable no valía ni un continental.

Uno podría pensar que, al separarlos décadas (y hasta siglos), las tres personalidades a las que se refiere el titulo no tienen demasiada relación. Pero lo cierto es que los tres compartían varias ideas que parecen escritas para la Argentina actual.

Para entender la manera de pensar de los próceres estadounidenses hay que entender que, hacia fines del Siglo XVIII, el debate se centraba en quién pagaría las deudas incurridas durante la Guerra de la Independencia. Si lo harían los propios estados, o el gobierno continental. Como escribe Davis Rich Dewey en “Historia financiera de Estados Unidos”, “la pregunta más urgente estaba relacionada con el esquema de financiación de los trece estados”.

Los Artículos de Confederación de 1781 suponían un gobierno central pequeño sin autoridad para cobrar impuestos. La recaudación estaba a cargo de cada uno de los gobiernos estatales. Sin embargo, en la década de 1780, los estados se rehusaron a transferir los recursos suficientes para realizar el pago de deuda y para el financiamiento del ejército. El resultado fue una crisis fiscal.

Las respuestas a esta crisis fueron dos: o los estados pagarían las obligaciones del Congreso continental, o éste adquiriría el poder de recaudar impuestos y pagaría las deudas estatales. Ambas propuestas representaban un quid pro quo: el que tuviera la autoridad para cobrar impuestos debería darle auxilio financiero al otro.

La visión que prevaleció

La opinión de Alexander Hamilton, que a diferencia de Benjamin Franklin creía que el gasto público debía financiarse con deuda e impuestos explícitos, era que el gobierno federal debía asumir las deudas. Esto llevaría al orden de las finanzas nacionales y traería estabilidad. Un plan general de pago de la deuda pública era preferible a diferentes planes generados por diferentes autoridades. Si los estados adoptaban diferentes políticas de recaudación de impuestos para asegurar sus propios ingresos, esto traería confusión y podría dañar a la industria. Además, después de renunciar a cobrar derechos de importación, la calidad crediticia de los estados sería peor que la del gobierno federal. Hamilton, quien sería el primer secretario del Tesoro, tenía estas cosas en mente cuando defendía la unidad política.

Para entender la manera de pensar de los próceres estadounidenses hay que entender que, hacia fines del Siglo XVIII, el debate se centraba en quién pagaría las deudas incurridas durante la Guerra de la Independencia

Su visión triunfó, y la Constitución de 1789 de Estados Unidos introdujo un nuevo marco fiscal: el Congreso adquiriría el poder de cobrar impuestos y pagaría la deuda de los estados. Los gobiernos estatales fueron rescatados y las deudas asumidas por el gobierno federal.

Los aspectos más importantes de la nueva Constitución eran los siguientes: los impuestos debían ser uniformes para todos los estados, los impuestos directos debían ser proporcionales a la población, y el Congreso no tendría poder de cobrar impuestos sobre las exportaciones. Los estados, por otro lado, no podrían emitir dinero ni imponer tarifas.

Con la Constitución de 1789, en Estados Unidos comenzó una era de presupuestos equilibrados que duró hasta la primera mitad del Siglo XX. Sólo se tuvieron déficit en tiempos de guerra y crisis financieras.

¿Y Argentina?

Juan Bautista Alberdi, influido por el trabajo de Hamilton, creía que el papel moneda era una maldición, y que su mera existencia causaría en Argentina un proceso inflacionario que solo se acabaría cuando el gobierno dejara de emitirlo. Buena parte de “Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina” está inspirada en la Constitución estadounidense de 1789 pero, a pesar de esto, las finanzas públicas de ambos países no fueron para nada similares: la Historia Argentina es una de crisis fiscales y déficit.

Michael Bordo y Carlos Vegh argumentan que las experiencias de ambos países fueron distintas durante el Siglo XIX en gran medida por la incapacidad de recaudar impuestos en Argentina. De manera similar, Roberto Cortés Conde escribe que las diferencias entre las dos naciones se originan mucho antes que su independencia. Los argentinos heredamos las ineficiencias institucionales y la incapacidad de los españoles de recaudar impuestos. Es por esto que la necesidad de recursos se tradujo en políticas inflacionarias, mientras que Estados Unidos pudo seguir un modelo de tax smoothing.

Con la Constitución de 1789, en Estados Unidos comenzó una era de presupuestos equilibrados que duró hasta la primera mitad del Siglo XX

Además de estas ineficiencias, hay otras dos circunstancias que llevaron a los diferentes gobiernos argentinos a financiarse por medio del impuesto inflacionario. La primera está relacionada con los problemas que tuvo Argentina para acceder al mercado de capitales. Ya diez años después de nuestra independencia entramos en cesación de pagos y resolverlo no fue fácil. En “La sexta gran potencia: Barings 1762-1929”, Philip Ziegler describe como Juan Manuel de Rosas ofreció, sin suerte, las Islas Malvinas para complacer a los acreedores.

Como ya sabemos, los defaults no fueron algo esporádico en nuestra historia. La segunda tiene que ver con los grupos políticos dominantes que se beneficiaron de la inflación. Ejemplo de estos son los exportadores y los empresarios locales competidores de productos importados que ejercían presión para que se llevaran a cabo devaluaciones reiteradamente, y los gobernantes que querían complacer a estos grupos y que preferían no tener que equilibrar las cuentas públicas, algo muy costoso en términos políticos.

¿Soluciones??

Lo escrito parece una lección de Historia, pero el problema fiscal argentino es un tema actual: en los últimos sesenta y cinco años solo cuatro tuvimos superávit fiscal. Cuando la hiperinflación terminó en 1992 con el Plan de Convertibilidad, el gobierno eligió financiar su déficit a través de la emisión de deuda. Eso duró una década, y el ajuste fiscal necesario nunca fue llevado a cabo. Después de la crisis del 2001, y en parte gracias a la suspensión de pagos de la deuda externa, vinieron los años de superávit fiscal y baja inflación. Pero, en 2007, el Gobierno se quedó sin margen para aumentar el gasto público sin incurrir en déficit fiscales y la inflación empezó a acelerarse. La respuesta por parte del Gobierno fue manipular los datos del Indec. Hoy la cuestión fiscal sigue siendo un problema y las metas para los próximos años parecen difíciles de cumplir.

Michael Bordo y Carlos Vegh argumentan que las experiencias de ambos países fueron distintas durante el Siglo XIX en gran medida por la incapacidad de recaudar impuestos en Argentina

Keynes observaba el efecto que estas dinámicas podían tener en la confianza en la moneda local: “(?) en algunos países parece posible satisfacer y contentar al pueblo, al menos durante un tiempo, y entregarle a cambio de los impuestos que paga unos certificados, bellamente grabados en papel afiligranado. En Inglaterra, cuando el inspector nos entrega los recibos del impuesto sobre la renta, nosotros los arrojamos al cesto de los papeles; en Alemania los denominan billetes y los colocan en carteras; en Francia los llaman rentes y son guardados en la caja de seguridad de la familia”. Por eso, después de tantos períodos inflacionarios, no debería resultar sorprendente que los argentinos no nos contentemos guardando pesos en nuestras billeteras y usemos al dólar estadounidense como unidad de cuenta y reserva de valor.

Como sucedió a lo largo de nuestra Historia, las fuerzas políticas con su horizonte cortoplacista siguen siendo una de las principales causas de los déficit fiscales recurrentes y los espirales inflacionarios. Entonces surge una pregunta aún más importante: si los políticos son un reflejo de los votantes, ¿por qué los argentinos no aprendimos todavía la lección?

Hace más de treinta años que Argentina vive en democracia, pero hay algo que los argentinos no queremos entender: lo que no se paga hoy, se paga mañana. Quizás es hora de dejar de elegir funcionarios públicos que sólo ven el corto plazo y se benefician con las políticas que nos causaron tanto daño. Como escribió Alberdi, “La democracia es la libertad constituida en gobierno, pues el verdadero gobierno no es ni más ni menos que la libertad organizada.” Hay que dejar de buscar soluciones circunstanciales en personalismos. Cambiar solo depende de nosotros.

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