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A la espera de las reformas

Más allá de la notoria mejora en el clima empresarial, “la clase business” (como dijo ayer Marcos Peña) espera más reformas antes de hundir capital en serio

13-10-2017
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Hay fe y hay esperanza, como decía alguien allá por 2015. Y, ciertamente, el clima es mejor. Más normal y típico. “Parece que estamos en Nueva Zelanda”, decía, medio en broma (o sea, medio en serio), un economista recién aterrizado en la ciudad balnearia. Las expectativas están en valores récord (ver página 2) y los hombres de negocios miran el futuro con más calma que antes visavis el experimento Cambiemos va pasando fases. Si antes se hablaba de “crisis” y “gobernabilidad” hoy se habla de “crecimiento” y “reelección”.

“El clima es muy bueno y es el mejor del todos los que he participado. Independientemente de los brotes verdes que están apareciendo, hay optimismo acerca de la dirección por la cual vamos. Aun con los deseos de algunos de ir un poco más rápido, cada vez más son los que aceptan que el gradualismo es lo posible, aunque no está exento de riesgos, como ocurre con el mundo y como vemos todos los días”, sintetiza Ricardo de Lellis, CEO de KPMG, ante El Economista.

La pregunta del millón (o los millones) es si el resurgir de los animal spirits redundará en la famosa lluvia de inversiones que, hasta ahora, fue más una garúa, con una muy baja participación de la famosa Inversión Extranjera Directa (IED). Es cierto, la inversión está creciendo, pero sigue motorizada por la obra pública, por algunos nichos y, sobre todo, sigue muy lejos de los niveles necesarios para reducir fuerte y sostenidamente la pobreza, así como para generar un más que necesario shock de empleo.

“Parece que estamos en Nueva Zelanda”, decía, medio en broma (o sea, medio en serio), un economista recién aterrizado en la ciudad balnearia. Las expectativas están en valores récord y los hombres de negocios miran el futuro con más calma que antes visavis el experimento Cambiemos va pasando fases"

“Eso va un poco más lento. Los empresarios ven a Argentina como una posibilidad, por todo lo que ya sabemos. Pero también cada proyecto tiene sus proyecciones económicas y su tasa interna de retorno. Y ahí es adonde Argentina necesita trabajar y mejorar. Es dispar. La única chances que tiene Argentina de fortalecer las inversiones es si trabaja fuertemente en competitividad y corrige el rumbo que siguió en los últimos años, que la ha encerrado. Argentina tiene que tener un plan estratégico para poder exportar. Si no es competitiva para exportar, a la larga tampoco puede importar y, si eso pasa, la economía se queda. Y si no es competitiva, nadie viene a invertir”, pide de Lellis.

Un poco más optimista es el industrial Miguel Acevedo. “Desde las PASO noto un cambio, veo más optimismo y los números están mejorando, aunque todavía no tanto el consumo”, manifestó ante El Economista.

Pero, más allá de todo eso, los empresarios aún esperan más reformismo, y sobre todo en el frente laboral e impositivo, antes de pasar de los planes y las carpetas a la acción. En criollo, esperan que bajen los costos laborales no salariales y los niveles de tributación.  “Todas las reformas son importantes, pero la que estamos necesitando claramente para bajar el costo argentino es la reforma impositiva porque, además, has tenido un exitoso blanqueo que te permitió aumentar la base imposible y que, si no reformás el esquema, vas a necesitar un nuevo blanqueo en 4 o 5 años”, agregó Acevedo, y manifestó que lo importante no es que lo hagan rápidamente ni “de golpe” sino que marcan un horizonte decreciente.

La pregunta del millón (o los millones) es si el resurgir de los animal spirits redundará en la famosa lluvia de inversiones que, hasta ahora, fue más una garúa

¿Existe el riesgo de que el Gobierno procrastine porque ganó las elecciones y la economía ya está creciendo? “Creo que van a haber algunas reformas y el 2018 va a ser activo, legislativamente, como en 2016, aunque no hay plafón ni estamos preparados para tener reformas estructurales”, dice el número uno de KPMG. “Se van a hacer algunos cambios y hay que adaptarse al mundo de lo posible más allá de lo que queremos”, razona y pide “resolver los problemas de la vieja economía para encarar las asignaturas de la nueva economía”

La telaraña se complejiza todavía más con la economía política detrás de las (posibles) reformas. El Gobierno saldrá fortalecido del proceso electoral, pero seguirá huérfano de mayorías precisamente allí donde nacerán esas nuevas leyes: el Congreso. ¿Va a poder? El olfato político de los economistas no siempre es el mejor, y viceversa. ¿Cómo se realineará la oposición y qué rol tendrá el kirchnerismo? ¿Y qué dirán los sindicatos? El Gobierno, a sabiendas de esa posición y su corsé presupuestario, empieza a recoger el guante y pide que los empresarios (“la clase business”, según Marcos Peña) cedan algo en pos del bien común y salgan de su zona de confort y anuncia que los cambios serán lentos, acaso todo una declaración y un pedido para matizar las ínfulas reformistas. Cosas del gradualismo.

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