Un banco central es una institución que tiene el monopolio de emisión de la moneda de un país. En Estados Unidos, la Reserva Federal se encarga de los dólares; por su parte, en Europa, el Banco Central Europeo acuña los euros.
Más allá de imprimir billetes, los bancos centrales modernos tienen dos tareas.
La primera es regular la cantidad de dinero que circula en la economía. La segunda, es fijar las tasas de interés a las que los bancos comerciales se prestan dinero entre sí, tasas que después se trasladan a los créditos que reciben las empresas y las familias.
El instrumento principal de un banco central moderno es la tasa de política monetaria y funciona de manera relativamente simple. Cuando la economía está recalentada y los precios suben demasiado rápido, el banco central sube las tasas. El crédito se vuelve más caro, las empresas invierten menos, las familias compran menos casas y autos, la demanda general se enfría, y los precios dejan de subir tan rápido. Cuando la economía está fría y hay desempleo, el banco central baja las tasas. El crédito se abarata, las empresas invierten más, las familias consumen más, la demanda se reactiva y el empleo mejora.
Este mecanismo, que parece simple, es el corazón de la política monetaria de todos los países desarrollados desde hace casi un siglo. Se perfeccionó en las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, y alcanzó su forma moderna entre los años ochenta y los años dos mil, cuando la mayoría de los bancos centrales adoptaron una meta explícita de inflación, generalmente del 2% anual, y prometieron usar la tasa de interés como herramienta principal para alcanzarla.
Durante cuatro décadas funcionó razonablemente bien. Cuando la inflación subía, los bancos centrales subían las tasas y la escalada de precios se moderaba. Cuando venía una recesión, bajaban las tasas y la economía se recuperaba. El sistema tenía una lógica aparente y los economistas construyeron una vasta literatura técnica describiendo los mecanismos de transmisión, los rezagos, las expectativas, los efectos de anuncios y todo el instrumental que rodea la operación de política monetaria.
Pero ese sistema fue construido para un tipo muy específico de economía, y para un tipo muy especial de shocks. Un mercado dominado por trabajo humano y capital físico, donde la producción requería mano de obra en cantidad creciente para acompañar la expansión productiva. Shocks como crisis petroleras, guerras, recesiones cíclicas, burbujas financieras.
Todos los casos para los que el instrumento fue diseñado comparten una característica, porque son shocks en los que la política monetaria tiene un canal claro de transmisión. La tasa sube o baja, y hay actores económicos reales, empresas y familias, que reaccionan modificando sus decisiones de inversión y consumo.
Lo que cambia con la inteligencia artificial (IA) es que ninguna de estas asunciones sigue siendo enteramente válida. Y los banqueros centrales, con honestidad intelectual variable, se dan cuenta.
Tomemos el primer problema. La tasa de interés como instrumento funciona porque hay actores que toman decisiones de crédito. Una familia de clase media que pierde su empleo por automatización no toma un crédito hipotecario más barato porque la tasa bajó. No tiene ingreso para garantizarlo. Una empresa tecnológica gigante como Microsoft, Google o Meta, con cientos de miles de millones de dólares en caja, no necesita crédito para expandirse. El canal por el que la tasa de interés supuestamente transmite sus efectos a la economía real queda debilitado en ambos extremos del espectro.
El Banco de Japón descubrió este problema de manera dramática entre 1995 y 2015. Enfrentado a una economía deflacionaria con envejecimiento demográfico y empresas líquidas, bajó las tasas hasta cero, las mantuvo ahí durante años, y la economía simplemente no reaccionaba. Después empezó a comprar bonos masivamente, lo que en la jerga técnica se llama expansión cuantitativa. Eso tampoco alcanzó. Así que luego compró acciones y se comprometió públicamente con el mantenimiento de las tasas bajas durante años. Ninguna herramienta funcionaba como los libros de texto prometían. Durante casi dos décadas, Japón vivió con inflación cercana a cero o ligeramente negativa, a pesar del esfuerzo monumental de su autoridad monetaria.
El segundo problema es que las métricas mismas con las que los bancos centrales miden la economía se construyeron para capturar fenómenos específicos. El índice de precios al consumidor, la tasa de desempleo, el producto bruto interno y la productividad laboral. Todas son creaciones estadísticas del siglo veinte, diseñadas cuando la economía se podía describir razonablemente en términos de unidades físicas producidas, horas trabajadas y precios de bienes tangibles.
¿Cómo se mide la productividad cuando un programa de IA hace el trabajo que antes requería a diez analistas? ¿Cómo se mide el desempleo cuando millones de trabajadores técnicamente no están desempleados, pero sus ingresos reales caen porque sus tarifas como profesionales independientes se derrumban? ¿Cómo se captura la deflación estructural cuando ocurre en servicios que ni siquiera están bien representados en el índice de precios? Las herramientas de medición tienen sus puntos ciegos, y justo los puntos ciegos son donde la IA está operando con mayor intensidad.
Es la paradoja del termómetro. Si una persona está con fiebre, el termómetro funciona. Si una persona está con un problema de presión arterial, el termómetro puede mostrar temperatura normal mientras la enfermedad avanza. Los bancos centrales tienen termómetros excelentes para una economía que se enferma de ciertos modos específicos. La enfermedad que viene no es de esos modos.
El tercer problema es que los bancos centrales operan bajo una doctrina que se consolidó a partir de los años ochenta, llamada independencia de la política monetaria. La idea es que el banco central debe funcionar libre de presiones políticas de corto plazo, enfocado exclusivamente en mantener la estabilidad de precios y, en algunos casos, el pleno empleo. Por eso los banqueros centrales son nombrados por períodos largos, gozan de estabilidad legal, tienen autonomía presupuestaria y rinden cuentas ante el parlamento pero no responden al poder ejecutivo.
Esta doctrina sirvió bien para combatir la inflación del período 1970-1990, cuando el problema era que los políticos querían imprimir dinero para financiar gasto y los bancos centrales debían resistir esa tentación. Pero la doctrina supone que el problema monetario puede separarse limpiamente del problema fiscal y del problema distributivo.

En el escenario que se viene, esa separación se vuelve artificial. Si la IA destruye empleos de clase media masivamente, la política monetaria sola no puede compensar. Harán falta transferencias directas a los hogares desplazados, lo que es política fiscal. Si los beneficios de la automatización se concentran en pocos accionistas de pocas empresas tecnológicas, la política monetaria no puede redistribuir, pero la inacción redistributiva agrava el problema deflacionario. Los bancos centrales modernos fueron diseñados para no meterse en cuestiones distributivas. El shock que viene no admite que no se metan.
Hay un cuarto problema, más sutil pero igualmente importante. Los bancos centrales operan sobre la base de modelos económicos que funcionan razonablemente bien cuando la estructura de la economía es estable o cambia gradualmente. Los modelos son calibrados con datos históricos de décadas, asumiendo que ciertas relaciones entre variables siguen siendo válidas en el futuro.
La IA rompe esa continuidad. Las relaciones entre productividad y empleo, entre salarios y precios, entre tasas de interés y consumo, entre inversión empresarial y crecimiento, todas podrían modificarse simultáneamente en cuestión de cinco años. Los modelos con los que los bancos centrales hacen sus pronósticos van a quedar desactualizados precisamente en el momento en que más se necesitarían pronósticos confiables. Es el equivalente a usar un mapa de rutas dibujado en 1950 para conducir un auto eléctrico autónomo. El mapa puede seguir siendo técnicamente correcto sobre dónde están las carreteras, pero no captura los cambios fundamentales en el sistema de transporte.
Frente a todo esto, ¿qué están haciendo los bancos centrales? La respuesta honesta es que dudan, estudiando y defendiendo el tiempo. En los últimos años proliferaron los documentos técnicos y los discursos de funcionarios que reconocen que la IA representa un desafío importante para la política monetaria. Pero ninguno de esos documentos agrega herramientas fundamentalmente nuevas. Todos oscilan entre dos posturas conocidas. Los halcones, que piensan que el problema sigue siendo la inflación y que hay que mantener tasas firmes. Las palomas, que piensan que la productividad futura permite bajar tasas preventivamente, siguiendo el precedente de Alan Greenspan en los años noventa.
Ninguna de las dos posturas está a la altura del problema. La postura halcón supone que el canal inflacionario sigue siendo el principal riesgo, cuando el análisis sugiere que el riesgo dominante es el opuesto. La postura paloma supone que la IA va a generar un boom económico sostenible, ignorando el componente distributivo que puede hacer que el boom aparente coexista con destrucción masiva de clase media consumidora.
Lo que falta, y que todavía no está en el debate público, son instrumentos nuevos. Permítanme sugerir algunos, sabiendo que son especulativos, pero en el entendido de que el debate tiene que empezar por algún lado.
- Primero, indicadores que capturen la concentración del ingreso generada por tecnologías automáticas, y que sirvan como disparadores de políticas correctivas. Si una fracción creciente del producto bruto interno se concentra en empresas propietarias de modelos de IA, infraestructura de cómputo o datos propietarios de escala, eso es información monetariamente relevante que hoy ni siquiera se mide sistemáticamente.
- Segundo, mecanismos de transferencia directa desde el banco central a los hogares, sin pasar por el sistema bancario tradicional, lo que algunos economistas llaman dinero helicóptero. Hoy está prohibido legalmente en la mayoría de las jurisdicciones, pero enfrentado a un shock de destrucción de demanda por desempleo tecnológico, puede ser el único canal efectivo para compensar.
- Tercero, coordinación explícita entre política monetaria y política fiscal, superando la doctrina de independencia rígida de las últimas décadas. Esto requiere revisar legislación fundamental, pero la magnitud del shock puede justificarlo.
- Cuarto, redefinición de las metas de inflación. Si la inflación estructural de la economía pasa a ser cero o negativa por razones tecnológicas, mantener la meta del dos por ciento puede ser imposible. La alternativa de redefinir la meta hacia abajo, hacia cero o hacia deflación leve aceptada, es doctrinalmente revolucionaria, pero puede ser la única compatible con la realidad emergente.
Ninguna de estas propuestas es fácil. Todas requieren consenso político, reforma institucional o ambos. Pero la alternativa, que es seguir operando con instrumentos del siglo veinte ante un problema del siglo veintiuno, es probablemente peor.
La honestidad intelectual exige reconocer que no sabemos con precisión cómo va a evolucionar esto. Los próximos años van a ser pedagógicos para los banqueros centrales, como lo fueron los años treinta para Keynes, los años setenta para Friedman, los años posteriores al 2008 para Bernanke. Cada generación de banqueros centrales enfrenta eventualmente un shock que las herramientas heredadas no saben manejar, y se ve forzada a reinventar el instrumental. El shock de IA probablemente va a producir una reinvención comparable.
Lo que importa, mientras tanto, es que los ciudadanos comunes y los inversores entiendan que el banco central no tiene las respuestas que parece tener. Que las decisiones monetarias de los próximos años se van a tomar en un marco de incertidumbre profunda. Que las instituciones que heredamos del Siglo XX están siendo puestas a prueba. Y que la prueba, si el análisis es correcto, recién empieza.
Las cosas como son.