En el verano de 2026 dos gigantes de las finanzas firmaron un acuerdo descomunal. Las firmas Apollo y Blackstone reunieron US$ 35.000 millones para financiar a una empresa de inteligencia artificial (IA). El dinero serviría para comprar procesadores especializados y entregarlos en alquiler. Con esa potencia la empresa entrenaría modelos cada vez más capaces. Así, el proyecto prometía levantar una capacidad de cálculo enorme hacia 2028.
Hasta aquí la noticia parece una más entre tantas. Sin embargo, conviene mirar de cerca quiénes pusieron el dinero. Las mismas dos firmas administran fondos de crédito privado para inversores adinerados.
El crédito privado es un préstamo fuera de los bancos y fuera de las bolsas. Consiste en un grupo de inversores que aporta su dinero a un fondo, y este lo presta a empresas a cambio de intereses altos. Los inversores reciben esos pagos como recompensa por su paciencia. Durante años el negocio favorito de estos instrumentos fue prestar a empresas de programas informáticos.
La razón era sencilla y parecía sólida. Esas compañías cobran suscripciones mensuales a millones de clientes. Ese ingreso repetido y previsible permite pagar las deudas con regularidad. Y un prestamista ama esa estabilidad por encima de casi todo. Sobre esa consistencia se construyó una montaña de préstamos.
La IA empezó a corroer ese cimiento desde abajo. Si una máquina escribe programas a bajo costo el negocio cambia y si el cliente reemplaza diez herramientas por una sola los ingresos caen. La renta previsible de esos productos dejó de ser tan previsible y con ella tembló el valor de los préstamos antiguos.
Aquí aparece la figura que da nombre a este texto. Las firmas que prestaron a esas compañías financian también a la IA. Es decir alimentan al animal que devora su propio rebaño. En la cartera de su fondo principal ese rubro seguía siendo el mayor. Cerca de US$ 12 de cada US$ 100 prestados iban a ese sector. Mientras tanto otros US$ 35.000 millones empujaban a la máquina que lo amenaza.

La escena tuvo un segundo pliegue todavía más curioso. Los procesadores envejecen rápido porque la propia IA acelera su reemplazo. El procesador comprado hoy vale mucho menos dentro de tres años. Por eso el acuerdo necesitó una garantía contra esa pérdida de valor. Un fabricante de circuitos se comprometió a cubrir la diferencia. Los financistas apostaron a la IA y al mismo tiempo se aseguraron contra su velocidad.
Así, ¿por qué alguien financiaría aquello que erosiona su propio patrimonio? La respuesta no está en la torpeza sino en la forma de los incentivos. Cada paso por separado resulta razonable y rentable; al tiempo que las comisiones del acuerdo llegan hoy y son enormes. Por otra parte, el daño llega después y se reparte entre muchos. Quien cobra la comisión rara vez sufre el impago lejano.
A esto se suma una trampa más antigua y conocida. Si una firma no financia los procesadores los financia su rival. Ninguna puede negarse sin perder el negocio frente al competidor. La prudencia individual se vuelve una desventaja competitiva y así el sistema premia justamente la conducta que lo socava.
El mismo dibujo aparece muy lejos del mundo financiero. Conviene pensar en el empleado que celebra su nuevo trabajo. Lo contratan para enseñar a un programa a responder como él. Su tarea consiste en etiquetar ejemplos, corregir errores y pulir las respuestas del sistema. Cree que su cercanía con la IA garantiza su futuro, sin embargo entrena con esmero a quien ocupará su silla.
El médico que marca radiografías educa al sistema que leerá las próximas. Por su parte, el traductor que corrige una máquina afila la herramienta que lo jubila. En todos los casos la persona aporta algo valioso y propio, y ese aporte acorta la distancia hacia su reemplazo.
Conviene no confundir esta historia con una fábula sobre tontos. Nadie en ella actúa contra su interés inmediato. El financista cobra, el empleado cobra y la empresa crece. El problema vive en la suma y no en cada parte. Al mismo tiempo, la recompensa cercana oculta el costo lejano y difuso, y casi nadie puede coordinar a tiempo para frenar la marcha.
Los antiguos imaginaron a un hombre condenado a empujar una roca eterna. La escena moderna es más sutil y quizás más cruel. El hombre no empuja una piedra sino que afila un hacha. La pule con orgullo porque le pagan bien por amolarla. Solo que más tarde descubre contra qué tronco caerá el filo. La geometría era perfecta desde el principio y nadie la miró.
Las cosas como son.