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Qué ver en Netflix, Max, Prime Video y Paramount Plus: las mejores series y películas para el fin de semana

Desde una operación militar real hasta el crimen más siniestro del mundo funerario. 5 historias intensas, crudas y atrapantes que vas a querer ver ya.

De la mafia a la guerra: 5 series y películas imperdibles para ver hoy
De la mafia a la guerra: 5 series y películas imperdibles para ver hoy

Una selección especial con las mejores series y películas, que incluye también estrenos en salas de cine.

Estas son las series y películas para ver en el fin de semana en Netflix , Max, Prime Video y Paramount Plus.

1. Película para ver en Prime Video: Tiempo de guerra



Dirigida por Alex Garland junto al ex Navy Seal Ray Mendoza, esta película representa una de las propuestas más radicales y viscerales dentro del cine bélico contemporáneo. A diferencia de los enfoques tradicionales del género, que suelen equilibrar el caos del combate con discursos morales, emociones edificantes o épicas patrióticas, esta obra elimina por completo cualquier atisbo de glorificación o sentimentalismo. 

Basado en una operación real llevada a cabo por un pelotón de Navy Seals en Ramadi, Irak, en 2006 —y más específicamente en los recuerdos de Mendoza, quien vivió esa experiencia en carne propia—, el guion se despliega como una reconstrucción casi en tiempo real de una jornada infernal. 

El relato, intencionadamente minimalista, sigue a un grupo de soldados estadounidenses durante una misión de vigilancia que se convierte en un caos sangriento, sin ofrecer mayor desarrollo de personajes, contexto político ni reflexión ideológica. Esta elección formal, lejos de ser una carencia, es una declaración estética: Garland y Mendoza privilegian un realismo sensorial absoluto, donde lo relevante no es por qué se pelea, sino cómo se sobrevive —o no— cuando todo se derrumba.



La película se inscribe dentro de una corriente del cine bélico que privilegia transmitir la experiencia física del combate más que su significado, alineándose con precedentes como Venga y vea (Elem Klimov, 1985) o Rescatando al soldado Ryan (Steven Spielberg, 1998). Sin embargo, Tiempo de guerra lleva esta lógica al extremo, renunciando incluso al desarrollo dramático clásico. El montaje dinámico, la cámara en mano, la ausencia de música y la crudeza visual son herramientas que intensifican su realismo casi documental. Garland, reconocido por su talento en la ciencia ficción cerebral (como en Ex MachinaAnnihilation), da aquí un giro sorprendente hacia lo físico, lo inmediato y lo brutal, mientras que la coautoría del guion con Mendoza aporta a la película una autenticidad inusual, fruto de la experiencia directa.

El valor cinematográfico de Warfare, tal su título original, reside justamente en su negativa a complacer al espectador. No ofrece redención, ni héroes ni mensajes tranquilizadores. Solo presenta un despliegue técnico admirable que sirve para plantear una pregunta que resuena en el silencio final: "¿Por qué?". Una pregunta que queda sin respuesta, tanto por parte de los personajes como de los directores, porque la guerra, cuando se muestra sin adornos, expone su núcleo más atroz: el absurdo.

Tiempo de guerra no es solo una película, es una experiencia.



Imperdible.

2. Miniserie para ver en Max: La funeraria. Dinero y cenizas

Este documental de 3 episodios, dirigido por Justin Steele, aborda uno de los casos más macabros y desconocidos de la historia criminal estadounidense: el de David Sconce, heredero de una dinastía de servicios funerarios que convirtió la muerte en un negocio clandestino, violento y profundamente perturbador. Con una estructura sobria pero estremecedora, el documental no solo reconstruye los delitos cometidos por Sconce en California durante los años 80, sino que también despliega una crítica sistemática al funcionamiento impune de la industria funeraria, y al poder destructivo del legado familiar.



David Sconce, a cargo de Lamb Funeral Home y luego de Coastal Cremations, se dedicó sistemáticamente a prácticas ilegales como la incineración múltiple de cadáveres —hasta 30 a la vez en hornos industriales no autorizados—, el robo de partes humanas, el tráfico de órganos y tejidos, y la falsificación masiva de certificados de cremación. 

En lugar de realizar los servicios contratados, Sconce manipulaba cuerpos, falsificaba entregas de cenizas (otorgando, en muchos casos, polvo de concreto o de ladrillo molido), y buscaba abaratar costos al máximo, incluso a costa de la dignidad de los fallecidos. 

La investigación judicial que se desató en 1987 reveló un verdadero cementerio clandestino industrial, y el caso terminó con Sconce condenado por múltiples delitos, incluyendo conspiración, fraude, profanación de cadáveres y agresión.



Uno de los aspectos más destacados del documental es el retrato de los padres de David. Su madre, Laurieanne Sconce, es presentada como una figura ambigua: fervorosamente religiosa, pero también involucrada activamente en la administración del negocio familiar. Su aparente devoción y su imagen luminosa, al estilo Doris Day, contrastaban con la frialdad con la que avalaba o ignoraba las atrocidades cometidas. El padre, Jerry Sconce, ex entrenador de fútbol americano y copropietario de la empresa, es mostrado como alguien que, bajo una fachada de respetabilidad comunitaria, construyó las bases de un modelo empresarial sin escrúpulos, donde el volumen y la eficiencia importaban más que el respeto a los muertos. En un momento, uno de sus empleados lo ve extrayendo un par de dientes de oro de la boca de un fallecido y justificándose: "Así es como te pagamos el sueldo". Ambos progenitores fueron finalmente implicados judicialmente, lo que reveló que el caso no fue obra de un "hijo desviado", sino el síntoma de una ética familiar corroída por la ambición.

Los testimonios de las víctimas son el corazón emotivo de la miniserie. Familiares que confiaron sus muertos a la empresa Lamb relatan cómo descubrieron —a veces años después— que sus seres queridos nunca fueron cremados, o que las cenizas que recibieron no eran humanas o estaban mezcladas con las de otros fallecidos. La indignación, el dolor y la impotencia se entrelazan con una sensación de violación íntima, casi sacrílega. El documental permite que estas voces ocupen el centro, evitando el morbo para construir un relato de duelo infinito y de justicia tardía.

En paralelo, La funeraria ofrece un retrato incisivo del mundo funerario californiano: un entorno saturado de prácticas privadas, controles laxos y falta de regulación efectiva. Con entrevistas a expertos legales y ex empleados, el documental revela cómo los vacíos normativos y el secretismo inherente a esta industria facilitaron durante años los crímenes de Sconce. Se destaca también cómo el lenguaje técnico y la confianza social depositada en las funerarias son parte de un sistema que protege, o al menos encubre, abusos sistemáticos.



Desde el punto de vista formal, el documental opta por una estética sobria, de tono casi judicial. La fotografía privilegia encuadres estáticos y tonos fríos, mientras que la banda sonora es discreta, acompañando sin manipular. Las imágenes de archivo —fotografías policiales, documentos judiciales, material publicitario de las funerarias— se alternan con entrevistas cuidadosamente editadas, dando lugar a una narración que combina lo emocional y lo dramático.

El plato fuerte del documental es la entrevista con el propio Sconce, recién salido del horno penitenciario. Sus respuestas, sazonadas con cinismo y cocinadas a fuego lento en la autocomplacencia, van dibujando el perfil de alguien que difícilmente podría llamarse "hombre"; más bien se trata de un bocado indigesto, un mal bicho que deja una siniestra impresión apenas verlo.

La funeraria no solo reconstruye crímenes atroces contra la dignidad, sino que también ofrece una reflexión profunda sobre la fragilidad de los rituales funerarios, y sobre lo indefenso que queda el cuerpo humano una vez desprovisto de vida. El caso de David Sconce, lejos de ser una anomalía, aparece como un síntoma extremo de lo que puede suceder cuando la muerte se transforma en mercancía, y la ética se subordina a la lógica empresarial. En este sentido, el documental no solo es una denuncia, sino también una advertencia.



Muy recomendada.

3. Serie para ver en Paramount Plus: Tierra de mafia

Producida por Guy Ritchie y dirigida en parte por él mismo, la serie marca un giro notable respecto al tono juguetón y descarado que lo consagró en títulos como Snatch: cerdos y diamantesJuegos, trampas y dos armas humeantes. En lugar de repetir fórmulas, Ritchie apuesta por una narrativa sombría, anclada en el drama psicológico y las fracturas familiares, en sintonía con los grandes relatos mafiosos como El PadrinoLos Soprano. El resultado es una obra ambiciosa, contundente y, por momentos, devastadora, que fusiona la lógica brutal del crimen organizado con una tragedia íntima que arrastra a cada uno de sus personajes hacia el abismo.



El eje de la historia es la familia Harrigan, una organización mafiosa de origen irlandés asentada en Londres, cuya cohesión comienza a resquebrajarse tras un crimen impulsivo cometido por Eddie, nieto del patriarca Conrad (Pierce Brosnan). Lo que empieza como una noche desbordada termina con el asesinato del hijo de un mafioso rival, desatando una cadena de venganzas y represalias que sacudirá los cimientos del clan. En el corazón de este engranaje está Harry (Tom Hardy), hombre de confianza, frío y metódico, encargado de limpiar los rastros más peligrosos. Hardy da vida a Harry con una mezcla de contención y amenaza latente: es un ejecutor que jamás alza la voz, pero cuyo silencio impone terror.

Sin embargo, la figura más perturbadora y magnética de la serie es Maeve Harrigan, interpretada por una Helen Mirren afilada y explosiva. Matriarca desequilibrada y manipuladora, de presencia vulgar pero nunca caricaturesca, Maeve actúa como catalizadora del caos. Su parentesco con Lady Macbeth es evidente: no comete crímenes con sus propias manos, pero los anhela, los sugiere, los precipita. Como aquella, se mueve entre la ambición desmesurada y un deseo casi clínico de control, llegando incluso a decidir quién debe vivir o morir entre los suyos. La actuación de Mirren es extraordinaria: cada mirada es una amenaza encriptada, cada palabra un puñal. Maeve no solo impone respeto: infunde miedo.

Conrad Harrigan, interpretado por Pierce Brosnan, inicia la serie como un líder desplazado, erosionado por los cambios de época y las nuevas reglas del juego familiar. Brosnan se toma su tiempo para asentarse en el rol, pero termina entregando una de las interpretaciones más sutiles y complejas de su carrera: la de un monarca envejecido, consciente de tener en peligro el control de su reino y de sus herederos. Al igual que en El Padrino, el legado familiar no es solo un símbolo de poder, sino una maldición que se transmite de generación en generación, teñida de sangre, traiciones y desconfianza.



Las resonancias con Los Soprano también son claras, especialmente en la forma en que la serie aborda la fricción entre la actividad criminal y la vida doméstica. Las escenas entre Harry y su esposa revelan las grietas que aparecen cuando el mundo del crimen irrumpe en el espacio íntimo. Ella le exige explicaciones y hace terapia, pero al mismo tiempo admite que nunca quiso saber en qué consistía realmente su trabajo. Esa contradicción encierra una verdad brutal: todos saben más de lo que dicen, pero nadie está dispuesto a cargar con los resultados.

La narrativa se desarrolla con ritmo firme, desde el asesinato inicial hasta un funeral y un velorio donde se quiebra el frágil equilibrio entre clanes, siempre al borde del estallido. Guy Ritchie sorprende con una dirección más sobria que de costumbre, sin renunciar del todo a su sello de agilidad y tensión sostenida. Esta vez, los juegos de cámara y montaje —marca registrada de sus primeras películas— se ven atenuados, cediendo el protagonismo a un guion filoso, cargado de diálogos intensos, referencias cruzadas y capas de subtexto. La complejidad de los lazos familiares también es fuente de conflictos: Conrad ha dejado descendencia en varios frentes, incluida una hija de ascendencia india, lo que añade tensión y diversidad a la estructura del clan.

Tierra de mafia se revela como una de las propuestas criminales más sólidas del año. Es un thriller mafioso con corazón de tragedia familiar, donde la violencia se manifiesta tanto en actos físicos como en heridas emocionales y símbolos que cargan décadas de peso. Como en El Padrino, la sangre arrastra a los personajes hacia decisiones imposibles. Como en Los Soprano, el humor negro y la introspección psicológica importan tanto como las armas. Y como en Shakespeare, la ambición desmedida se cobra un precio alto y cruel.



Con seis episodios emitidos de un total de diez, la primera temporada deja la vara altísima. Resta ver si los Harrigan lograrán mantenerse en pie entre las ruinas y los cadáveres que ellos mismos siembran.

Imperdible.



4. Miniserie para ver en Netflix: Las mil muertes de Nora Dalmasso

Dirigido por Jamie Crawford, este documental de 3 episodios revisita uno de los homicidios más impactantes de la historia argentina. Con una narrativa ágil y emotiva, la serie reconstruye el asesinato de Nora en Río Cuarto en noviembre de 2006, así como las múltiples "muertes" simbólicas que sufrió su reputación y la integridad de su familia.



Jamie Crawford, oriundo de Río Cuarto y reconocido por su trabajo como guionista y director en documentales, adopta un enfoque sobrio, empático y alejado del sensacionalismo. Su pertenencia a la ciudad cordobesa le permitió acceder a materiales reservados y a testimonios clave que enriquecen el relato, aportando profundidad y rigor informativo. El estilo visual que emplea prioriza la contención: planos estáticos, sonidos ambientales y una puesta en escena austera que favorece la escucha y el testimonio por encima de cualquier efecto de impacto. Esta contención se complementa con un guion que no busca resolver el crimen ni señalar culpables, sino explorar sus múltiples dimensiones: mediática, judicial y emocional. La estructura narrativa combina entrevistas, documentos, archivos y material periodístico para construir una atmósfera envolvente y respetuosa.

Con una trayectoria consolidada en el género del documental a nivel internacional —incluyendo trabajos para Pulse Films y Netflix como Fiasco total: Woodstock '99—, Crawford logra aquí una de sus obras más íntimas y comprometidas. El acceso a los protagonistas directos es uno de los pilares del documental: la participación de Marcelo Macarrón, esposo de Nora y en su momento sospechoso principal, junto a sus hijos Facundo y Valentina, indica que la serie cuenta con el aval de la familia. Lejos de evitar los temas incómodos, los testimonios abordan de frente los años de acusaciones, especulaciones y silencio, en especial desde la perspectiva de los hijos, que crecieron bajo el peso de una mirada pública que los juzgó sin pruebas.

El documental pone especial énfasis en desentrañar los prejuicios y estigmas que rodearon el caso, desde la criminalización mediática de Facundo —detenido un tiempo pese a la invalidez del ADN que se le atribuía— hasta las teorías conspirativas que sugerían vínculos sexuales de Nora con políticos o móviles pasionales atribuidos a obreros. Estas conjeturas, nunca sustentadas por pruebas concretas, revelan una misoginia estructural que la serie pone en evidencia y cuestiona con claridad. El ADN de Marcelo en la escena, por ejemplo, es presentado dentro de un contexto judicial plagado de irregularidades, más que como una condena irrefutable.



La serie se destaca por su construcción formal precisa y su mirada coral: el uso de recursos visuales como recortes de prensa, escenas locales de Río Cuarto y entrevistas a periodistas, peritos, abogados y allegados permite una reconstrucción polifónica del caso. Lo más valioso que ofrece quizás sea su dimensión ética: mostrar que Nora murió físicamente una vez, pero simbólicamente fue asesinada muchas más, en cada filtración, en cada hipótesis infundada, en cada juicio paralelo. El documental no ofrece certezas sobre el autor del crimen, pero reconstruye con sensibilidad el drama de una familia fracturada por la exposición mediática y las heridas abiertas de un sistema judicial que no supo ni pudo protegerla.

Muy recomendada.

5. Película para ver en Netflix: Hasta que llegó su hora



Ese es el título con el que la plataforma presenta Érase una vez en el Oeste, la obra cumbre del spaghetti western, verdadera síntesis poética, política y operática de todo lo que Sergio Leone había venido gestando desde la Trilogía del Dólar —también llamada Trilogía del Hombre sin Nombre—, protagonizada por Clint Eastwood y compuesta por Por un puñado de dólares (1964), Por unos dólares más (1965) y Lo bueno, lo malo y lo feo (1966). 

Estrenada en 1968, con un guion coescrito junto a Sergio Donati a partir de una historia original concebida por Leone, Bernardo Bertolucci y Dario Argento, la película se impone como una reflexión crepuscular sobre el ocaso del Lejano Oeste mítico y el surgimiento del capitalismo moderno, encarnado en el avance del ferrocarril y la lógica implacable de la conquista. 



A diferencia de sus westerns anteriores, más ágiles y violentos, Érase una vez en el Oeste adopta un tono pausado, majestuoso, donde cada plano respira como en un réquiem. El ritmo ralentizado, los silencios tensos y los encuadres minuciosos anuncian desde el comienzo una intención operática, una forma de western barroco donde la tragedia sustituye a la aventura. En lugar de un héroe, Leone nos ofrece una galería de arquetipos complejos, que dialogan con el canon, pero también lo subvierten.

Charles Bronson encarna a "Harmonica", un pistolero lacónico y enigmático, impulsado por una venganza postergada cuyo motivo se revela solo al final, en una de las escenas más desgarradoras del cine del Oeste. Claudia Cardinale interpreta a Jill McBain, una exprostituta que hereda un terreno codiciado por su acceso estratégico al agua: su personaje es una rara avis en el género, una mujer con agencia, capaz de sobrevivir entre hombres que la quieren usar o destruir. Jason Robards es Cheyenne, un bandido ambiguo y carismático, mientras que Henry Fonda —en un giro audaz de casting— interpreta a Frank, un asesino a sueldo despiadado, con una frialdad que choca con su imagen pública previa de héroe noble. Es, quizás, el villano más perturbador del western italiano.



Leone convierte la violencia en coreografía y el duelo en una ceremonia ritual. La influencia de la ópera es evidente no solo en la puesta en escena, sino también en la estructura narrativa: cada personaje tiene su "aria", su momento de lucimiento y muerte; cada secuencia se articula como un acto dramático donde el tiempo se dilata para intensificar la tensión. En este universo, disparar no es lo importante; lo que cuenta es la espera, la mirada, el peso del pasado. El tiempo cinematográfico se convierte en sustancia emocional.

A todo esto, se suma la partitura monumental de Ennio Morricone, que no acompaña la acción: la construye desde dentro. Cada personaje tiene un leitmotiv asociado —la armónica aguda y penetrante de Bronson, la voz femenina que envuelve a Jill, los tonos graves y sombríos de Frank—, y la música se integra orgánicamente con la puesta en escena. Leone filmó muchas escenas con la música ya compuesta, algo inusual en el cine de entonces. El resultado es una fusión perfecta de imagen y sonido, que eleva la narración a un nivel legendario. La música de Morricone no subraya: profetiza.

En su estreno europeo, Érase una vez en el Oeste fue recibida con entusiasmo, pero en Estados Unidos —paradójicamente, la tierra del western— fue severamente recortada en su duración y subestimada. Sin embargo, con el paso de las décadas, fue reivindicada por cineastas como Martin Scorsese, Quentin Tarantino o John Carpenter, y hoy es considerada una de las cumbres absolutas del género. Su influencia atraviesa el cine contemporáneo: puede rastrearse en los planos de Petróleo sangriento o en la dilatación temporal en Los 8 más odiados.



Dentro del canon del westernÉrase una vez en el Oeste ocupa un lugar singular: no es solo uno de los mejores spaghetti westerns jamás realizados, sino un punto de inflexión que marca el final de una era. Leone no celebra el Oeste; lo desmonta y lo entierra con elegancia. Si John Ford y Howard Hawks habían construido la mitología del cowboy, Leone se encarga de escribir su epitafio. Y lo hace con una belleza visual y sonora que convierte a esta película en una experiencia cinematográfica total, donde el silencio es elocuente, el polvo es destino y cada plano es una elegía.

Imperdible.

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