Como si fuera un ghost writer veterano al estilo William Goldman en los setenta y ochenta o David Mamet en los noventa y dos mil, la consultora McKinsey & Company opera como un guionista oculto. No aparece en los créditos finales, pero su intervención puede crear una película completa y su papel ha sido tan silencioso como influyente. El caso de Warner Bros. Discovery, que pagó cerca de US$ 100 millones por sus servicios de asesoramiento estratégico, lo confirma y lo eleva no a Mago del Kremlin, sino de Hollywood.
La megaconsultora fue contratada en 2021 tras la fusión entre WarnerMedia (de AT&T) y Discovery Inc. El CEO resultante, David Zaslav, recurrió a McKinsey para ejecutar una cirugía mayor en el conglomerado: reestructurar, racionalizar, despedir y concentrar. La gente de McKinsey tomó por asalto los equipos internos de Warner Bros. Discovery (WBD), diseñó políticas de decisión, reconfiguró el organigrama y auditó hasta el último dólar. El resultado: cancelación de proyectos, como la famosa por lo ausente Batgirl, ya filmada, cierre de divisiones, eliminación de títulos en streaming, y una plataforma, HBO Max, despojada de identidad, para fusionarse con Discovery+.
El precio del bisturí: alrededor de US$ 100 a US$ 150 millones en honorarios. La paradoja: mientras se recortaban shows y sueldos, la empresa gastaba como si produjera otra entrega de Game of Thrones.
Mientras McKinsey sugería cómo ajustar cada centavo, David Zaslav se convertía en uno de los CEO mejor pagos del planeta corporativo. En 2021, Zaslav embolsó un poco más de US$ 246 millones, una cifra astronómica explicada en parte por acciones a largo plazo otorgadas en la etapa Discovery. El número, sin embargo, desató una ola de críticas en Wall Street y en Hollywood, sobre todo porque coincidía con despidos masivos, cancelaciones de proyectos y caída del valor bursátil.
La presión surtió efecto: en 2022, su compensación bajó a US$ 39,3 millones, y en 2023, subió moderadamente a US$ 49,7 millones. Aun así, el ratio entre su ingreso y el salario promedio en la empresa fue de 290 a 1, e incluso algunos reportes hablan de una distancia de 398 a 1. En 2024, la cifra volvió a subir: US$ 51,9 millones, incluyendo US$ 23,9 millones en bonos y otros US$ 23 millones en acciones.

¿Pero quién es McKinsey?
Para entender el papel que juega McKinsey, hay que retroceder casi un siglo. Fundada en 1926 en Chicago, la consultora nació como un esfuerzo académico por aplicar ciencia a la gestión empresarial. Lo que comenzó como un servicio para empresas industriales se transformó en una arquitectura de pensamiento que hoy permea gobiernos, bancos, fabricantes, ONGs y, ahora, estudios de cine.
La firma no vende productos ni tecnología. Vende claridad o humo, según el punto de vista del observador. Su poder no reside en oficinas lujosas (aunque las tiene), sino en un saber estructurado: frameworks, metodologías, y una red de ex alumnos que ocupan posiciones clave en las élites globales.
Entre sus intervenciones más (tristemente) célebres están:
- El rediseño de Enron antes de su colapso.
- Asesorías a gobiernos como Arabia Saudita.
- Asesoró a farmacéuticas para ocultar la composición de remedios, lo que provocó lo que se llamó "la crisis de los opioides". En 2021, McKinsey pagó al gobiernos de Estados Unidos U$S 650 millones como forma de acuerdo por su responsabilidad.
A pesar de este lindo CV, Warner Bros. lo llamó para la fusión con Discovery. La consultora decidió qué contenidos tenían sentido, cómo debía operar cada división, y qué unidades debían desaparecer, como el cierre de CNN+ apenas semanas después de su lanzamiento. Todo respondía a un criterio: eficiencia. Pero el precio fue la cultura, algo casi ajeno en Hollywood entre los ejecutivos pero no entre los cineastas. En Los Angeles la industria sintió que la identidad de Warner se desdibujaba. Para Zaslav, la lógica de McKinsey tenía sentido: era medible y rápida.
En 2025, el relato volvió a torcerse. Ante resultados mixtos, deuda persistente y acciones estancadas, WBD evaluó una nueva división de sus unidades. Lo que se había prometido como una fusión sinérgica ahora se contemplaba como un caso de sobrefusión. La empresa podría partirse en varias entidades, o incluso vender divisiones enteras.
La ironía es brutal: McKinsey fue contratada para integrar, pero su trabajo dejó la empresa tan racionalizada, tan modular, que ahora es más fácil venderla por partes.
Zaslav, por su parte, enfrenta presiones. Ya no tiene garantizado su rol como CEO de todo. Su compensación, aunque menor que en su pico, sigue generando críticas. Y aunque todavía tiene respaldo del directorio, su discurso empieza a desgastarse.

Cuando Warner Bros. Discovery se fusionó en 2022, la promesa era épica: sinergias de miles de millones, un gigante de medios capaz de rivalizar con Netflix y Disney, y una fórmula ganadora que uniría contenido premium con distribución global. Tres años después, el conglomerado anunció oficialmente que se dividirá en dos compañías públicas separadas, en una operación que se completará a mediados de 2026. La decisión marca un cambio de dirección brutal. Lo que debía ser una historia de integración ahora se convierte en un proceso de separación, una desfusión que admite que el modelo original fracasó.
El nuevo mapa corporativo tendrá dos actores principales:
- Streaming & Studios: incluirá los activos más codiciados: HBO, HBO Max (volverá a llamarse así), Warner Bros. Television, DC Studios y el negocio cinematográfico tradicional.
- Global Networks: agrupará los canales de cable como CNN, TNT Sports, Discovery, otros canales y varios de ellos locales en EE.UU. y Europa. Es la parte que sigue generando flujo, pero cada vez más erosionado por el avance del streaming.
Ambas compañías cotizarán por separado y tendrán estructuras de gestión independientes. David Zaslav, actual CEO del holding, se quedará a cargo de Streaming & Studios. Gunnar Wiedenfels, actual CFO, tomará las riendas de Global Networks. Para hacer viable la operación, Warner Bros. Discovery acordó un préstamo de US$ 17.500 millones con J.P. Morgan. Buena parte de la deuda, más de US$ 37.000 millones, será absorbida por Global Networks, la unidad con flujos más estables pero crecimiento nulo.
El mercado reaccionó positivamente: tras el anuncio, las acciones subieron un 13%. Analistas de UBS y Bank of America coincidieron en que "se libera valor oculto" y que cada unidad podrá enfocarse mejor en su negocio. Es decir: Wall Street prefiere dos empresas medianas con identidad clara a un Frankenstein corporativo con demasiadas cabezas.
Warner ya no sueña con ser "el próximo Disney". Quiere sobrevivir, simplificarse y, si es posible, monetizar. Superman, la nueva película del superhéroe más icónico de la historia, con actor nuevo (David Corenswet) y dirigida por James Gunn, uno de los responsables del nuevo DC Films, va a intentar ser un borrón y cuenta nueva de la última década de vaivenes que tuvo la empresa. El 10 de julio, cuando se estrene en todo el mundo, se sabrá si Warner Bros. puede seguir volando alto o dará tumbos afectada por su autoinflingida kryptonita empresarial.
