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Qué ver en Netflix, Max, Prime Video y Apple TV: las mejores series y películas para el fin de semana

Miniseries y películas que no podés dejar pasar: crimen real, dramas psicológicos, thrillers y clásicos revividos. Lo mejor para ver en Netflix, Max, Apple TV y Prime Video.

Qué ver en Netflix, Max, Prime Video y Apple TV: las mejores series y películas para el fin de semana

Una selección especial con las mejores series y películas, que incluye también estrenos en salas de cine.

Estas son las series y películas para ver en el fin de semana en Netflix , Max, Prime Video y Apple TV.

1. Miniserie para ver en Netflix: Sobrevivientes



Esta miniserie neozelandesa, adaptación de la novela homónima de Jane Harper publicada en 2020, se presenta como una sólida combinación de thriller criminal y drama psicológico. Dirigida por Ian Meadows y rodada en las imponentes costas de Tasmania y diversas locaciones de Victoria, la serie cuenta con seis episodios que profundizan en las huellas del trauma, la culpa y la fragilidad emocional de una comunidad costera devastada por una tragedia que, quince años después, aún no ha cerrado sus heridas.

La historia sigue a Kieran Elliott (Charlie Vickers), quien regresa a su ciudad natal, Evelyn Bay, acompañado de su esposa Mia (Yerin Ha) y su hija pequeña. Años atrás, cuando era adolescente, Kieran sobrevivió a un accidente en una cueva durante una tormenta, en el cual su hermano Finn y otro joven, Toby, murieron tratando de rescatarlo. También desapareció una joven sin dejar rastro. Kieran fue señalado como responsable de aquella catástrofe, y aunque logró rehacer su vida en Sídney, al volver descubre que el rencor y el juicio social en Evelyn Bay permanecen intactos. Todo se recrudece cuando aparece el cadáver de una joven local, Bronte (Shannon Berry), y los fantasmas del pasado regresan con fuerza.

Visualmente, la serie saca un gran provecho de los paisajes naturales, especialmente las zonas costeras de Tasmania —como Boat Harbour y Sisters Beach—, que aportan dramatismo y una sensación de aislamiento que subraya la tensión emocional de los personajes. El constante contraste entre los acantilados azotados por el viento, las playas vacías y los cielos grises acentúa el estado anímico de una comunidad marcada por la pérdida y el silencio. En lugar de ser simples postales, los escenarios naturales se integran al discurso narrativo: son bellos pero amenazantes, abiertos pero claustrofóbicos, como la verdad que los personajes intentan evitar.



Narrativamente, Sobrevivientes entrelaza el relato de una investigación criminal con un drama íntimo sobre el duelo, la redención y las estructuras sociales que perpetúan el sufrimiento. A medida que se reconstruyen los hechos pasados, también se abren preguntas sobre el presente: ¿quién mató a Bronte? ¿Qué ocurrió realmente en la cueva hace 15 años? ¿Hasta qué punto Kieran es víctima o cómplice? Aunque por momentos el guion recurre a lo melodramático y a ciertos lugares comunes —el regreso al pueblo, la comunidad que no perdona, los secretos del pasado—, lo hace con una realización cuidada y una tensión sostenida.

Uno de los aspectos más logrados de la serie es su tratamiento del tema de la culpa, no solo individual, sino colectiva. Se aborda también el machismo estructural de los pueblos pequeños, la fragilidad masculina, el peso de la maternidad y el rol de las mujeres en comunidades regidas por la represión emocional. El personaje de Mia, por ejemplo, se convierte en un contrapeso ético, enfrentando no solo el pasado de su marido, sino las hostilidades veladas de un entorno donde las heridas son moneda corriente.

Aunque Sobrevivientes no reinventa el género y recurre a una fórmula reconocible, lo hace a través de un guion que se maneja con inteligencia emocional, buenas actuaciones (destaca Robyn Malcolm como Verity, madre de Kieran) y una puesta en escena esmerada. A diferencia de otras series similares en catálogo como Dept. Q, su brevedad —seis episodios— le permite avanzar sin relleno ni giros innecesarios, construyendo un relato que invita tanto al suspenso como a la reflexión.



Recomendada.

2. Miniserie para ver en Max: Ken y Barbie: Las cintas perdidas

Mientras la joven pareja estaba casándose, frente al altar, en un lago cercano emergía el cadáver de una de sus víctimas.



Uno de los casos criminales más escalofriantes y polémicos de la historia canadiense lo constituyen los asesinatos cometidos por Paul Bernardo y Karla Homolka entre 1990 y 1992. Apodados por la prensa como los "asesinos Ken y Barbie" por su apariencia atractiva y su imagen de pareja perfecta, Bernardo y Homolka protagonizaron una serie de crímenes que incluyeron violación, secuestro, tortura y homicidio de varias jóvenes, entre ellas Tammy Homolka, la hermana menor de Karla.

La miniserie documental (de 4 episodios) estructura su relato a través de grabaciones policiales, archivos noticiosos, entrevistas con investigadores, fiscales, periodistas y criminólogos, así como material inédito que había permanecido oculto por años. Uno de los elementos más impactantes del caso, y del documental, es el foco en las cintas de video caseras que Bernardo filmó durante la perpetración de los crímenes. Esas grabaciones —que muestran a la pareja participando activamente en la violación, humillación y asesinato de sus víctimas— fueron decisivas para el desarrollo del caso judicial, ya que demostraron que Karla Homolka no fue una víctima manipulada como inicialmente sostuvo su defensa, sino una colaboradora directa en los actos.

Entre las víctimas más destacadas se encuentran Leslie Mahaffy (14 años) y Kristen French (15 años), ambas secuestradas, violadas repetidamente, drogadas y finalmente asesinadas. En el caso de Mahaffy, su cuerpo fue desmembrado y colocado en bloques de cemento que luego fueron arrojados a un lago. La hermana menor de Karla, Tammy, fue también drogada con tranquilizantes robados por Karla en la clínica veterinaria donde trabajaba; murió por asfixia con su propio vómito mientras la pareja la violaba y filmaba el acto. Este crimen inicial fue encubierto por la pareja como una "muerte accidental" hasta que las cintas revelaron la verdad. El contenido de estas grabaciones, aunque no se exhibe explícitamente en el documental, se describe en detalle y funciona como núcleo moral y narrativo de la serie.



Estéticamente, el documental adopta una presentación sobria, sin abusar de las recreaciones dramatizadas, confiando en la potencia del material real: archivos judiciales, cintas de interrogatorios, entrevistas a testigos y un relato en off que ordena los hechos con claridad y progresión dramática. El uso contenido de la música y un montaje preciso contribuyen a una atmósfera opresiva y reveladora. Se destaca también el tratamiento ético de los contenidos más sensibles: aunque las cintas son el eje de la historia, el documental evita la explotación visual y se centra en las consecuencias judiciales, mediáticas y sociales que provocaron.

El equipo de esta producción logra una narración clara, que avanza cronológicamente desde los primeros indicios de los crímenes hasta el juicio de Bernardo y la liberación anticipada de Homolka, quien, tras aceptar un polémico acuerdo con la fiscalía, cumplió solo 12 años de prisión a cambio de testificar contra su esposo. La revelación posterior de las cintas, donde se la ve participando activamente en los crímenes, generó una ola de indignación pública, lo que llevó al caso a convertirse en un punto de inflexión en la legislación canadiense sobre acuerdos judiciales y el manejo de pruebas.

Muy recomendada.



3. Película para ver en Netflix: Titán: El desastre de OceanGate

El emprendedor que dio el mal paso y generó una catástrofe.

Este documental, dirigido por Mark Monroe (IcarusThe Dissident) examina el trágico hundimiento del sumergible Titán, ocurrido el 18 de junio de 2023 durante una expedición a los restos del Titanic, en la que murieron cinco personas, incluido el propio fundador de OceanGate, Stockton Rush. Aunque el documental se presenta con la apariencia de un relato técnico o informativo, su núcleo temático es más profundo y sombrío: la historia de un ego desmedido, de advertencias ignoradas, y de vidas sacrificadas en nombre de la vanidad disfrazada de exploración.



El enfoque no está puesto tanto en las víctimas ni en una emotiva reconstrucción de sus historias, sino en desentrañar cómo fue posible que un vehículo experimental y altamente cuestionado terminara llevándose vidas humanas a las profundidades del Atlántico Norte. Diversos expertos, ex colaboradores y denunciantes coinciden en señalar que el sumergible Titán nunca debió haber sido aprobado para operaciones tripuladas. Las advertencias técnicas se acumularon durante años, pero fueron desoídas sistemáticamente por Rush, quien prefirió despedir a ingenieros e ignorar normas de seguridad antes que retrasar o cancelar su proyecto.

La figura de Stockton Rush domina el relato como una presencia trágica y contradictoria. Ingeniero, proveniente de una familia patricia, visionario para algunos, megalómano para otros, el documental sugiere que su accionar responde a una mezcla peligrosa de imprudencia empresarial y narcisismo extremo. Fundador de OceanGate y obsesionado con ser pionero en un nuevo tipo de turismo subacuático elitista, Rush llevó su ambición más allá del límite de la lógica y la responsabilidad. Su desprecio por los estándares de la industria y su insistencia en utilizar materiales no certificados fueron ampliamente documentados antes de la tragedia.

En este sentido, Titán funciona como un estudio del "síndrome de hubris", concepto tan divulgado en nuestro país por el periodista Nelson Castro y que alude a la arrogancia del poder cuando este se vuelve autocomplaciente y desconectado de la realidad. Rush representa al emprendedor que se cree por encima de la ciencia, de las regulaciones, del sentido común. Un perfil que oscila entre el empresario visionario y el psicópata funcional, incapaz de reconocer el daño potencial de sus decisiones y de empatizar con las consecuencias. No es solo un relato sobre un accidente: es la autopsia de una cultura donde la innovación mal entendida se convierte en culto a la personalidad.



Desde el punto de vista formal, el documental se vale de entrevistas directas, material de archivo y recreaciones animadas para explicar tanto la mecánica de la implosión como el desarrollo del proyecto. Aunque la parte técnica está simplificada y no abruma al espectador, queda claro que este aspecto es secundario. Lo que importa es el retrato del fracaso humano, del desprecio por los límites y de una mentalidad emprendedora marcada por la temeridad disfrazada de audacia.

La película no logra sostener su tensión narrativa durante los 111 minutos que dura. Algunos segmentos se alargan sin aportar demasiado, y su tono ligeramente sensacionalista puede resultar incómodo, sobre todo al tratarse de un evento tan reciente y trágico. Sin embargo, ofrece suficientes elementos de análisis y reflexión como para justificar su existencia, al menos como advertencia para el presente y el futuro.

Recomendada.



4. Película para ver en Apple Tv: Echo Valley

Ambientada en la soledad rural de Pensilvania, Echo Valley es un oscuro y contenido drama psicológico que se desliza hacia el territorio del gótico moderno. Dirigida por Michael Pearce (Beast) y escrita por Brad Ingelsby (Mare of Easttown), la película construye una tensión silenciosa en torno al vínculo fracturado entre una madre y su hija, mientras bajo la superficie se agita un crimen que reconfigura el paisaje emocional de sus protagonistas.

Julianne Moore interpreta a Kate, una mujer reservada que vive aislada entrenando caballos en su finca, Echo Valley. Su rutina austera y disciplinada parece responder a una necesidad de control emocional, luego de haber perdido a su esposa en un accidente y de lidiar con la creciente distancia de su hija Claire, interpretada por la ascendente Sydney Sweeney. Claire irrumpe un día en la finca, alterada, con rastros de sangre y sin explicar lo ocurrido. A partir de este momento, la película se convierte en un relato de encubrimiento, culpa y violencia latente, en el que ambas mujeres deben enfrentarse no solo a un peligro externo —encarnado por un misterioso personaje interpretado con inquietante ambigüedad por Domhnall Gleeson—, sino también a sus propias heridas no resueltas.



La historia avanza con un ritmo lento pero firme, sostenido por actuaciones sobrias y una atmósfera cargada, con varios picos de estridencia emocional. Moore -una vez más- ofrece una interpretación matizada, donde la contención y el dolor se manifiestan en cada mirada y en cada gesto corporal. Sweeney, en un registro más impulsivo, aporta vulnerabilidad y desesperación a su personaje, logrando una dinámica madre-hija tensa pero verosímil. Gleeson, por su parte, aporta una dosis de inquietud al tono general del film, como una figura que irrumpe para desestabilizar la ya frágil calma de Echo Valley.

Lo que comienza como un drama familiar se desliza gradualmente hacia lo gótico contemporáneo, no en clave sobrenatural, sino desde la estética y la simbología: la casa aislada como refugio y prisión, el pasado que regresa bajo la forma del crimen, la relación disfuncional entre mujeres marcadas por pérdidas, y un entorno natural agreste que actúa como reflejo del trauma interior. La fotografía aprovecha la niebla, la penumbra del establo, los amaneceres descoloridos y el silencio del campo como elementos de tensión emocional, configurando un paisaje tanto emocional como físico.



En su progresión narrativa, Echo Valley ofrece varias situaciones implausibles. Pero, si bien no se apoya en revelaciones espectaculares, se crea una escalada dramática que culmina en un acto final contenido pero cargado de implicancias morales. Pearce evita el sensacionalismo y opta por un tratamiento más introspectivo, donde lo importante no es tanto qué ocurrió, sino cómo sobreviven emocionalmente estas mujeres al daño que ya ha sido hecho.

En suma, Echo Valley es un film contenido y abundante en atmosféras que se inscribe en la tradición del drama gótico estadounidense contemporáneo, con ecos de Lazos de sangreEl ruiseñor, donde el crimen sirve como catalizador para explorar dinámicas familiares quebradas, el poder de los lazos de sangre y la resiliencia femenina en entornos hostiles. No es una película que busque complacer al espectador con resoluciones fáciles, sino que lo sumerge en un estado de tensión melancólica, sostenido por una dirección eficaz y dos actuaciones centrales de gran solidez.



Recomendada.

5. Película para ver en Prime Video: Perdidos en la noche

Midnight Cowboy (tal su título original, producida en 1969, estrenada en 1970) es una obra fundamental del Nuevo Hollywood, una etapa en la que el cine estadounidense comenzó a romper con los moldes clásicos para abordar con una libertad inédita temas sociales, sexuales y psicológicos. 



Dirigida por John Schlesinger y escrita por Waldo Salt a partir de la novela de James Leo Herlihy, la película se distingue por su representación cruda y lírica de personajes marginados y por un lenguaje cinematográfico que bebe tanto del Free Cinema británico como de la Nouvelle Vague francesa. El uso de la narrativa fragmentada, el montaje expresivo, la inserción de sueños, recuerdos y alucinaciones, así como la combinación de estilos documentales con una ficción emocionalmente cargada, reflejan una voluntad de ruptura formal que potencia el contenido temático de la obra. Estas estrategias, propias del cine moderno europeo de los años 60, enriquecen la dimensión subjetiva de los personajes y traducen su confusión interior en una estructura visual igualmente fracturada.

La historia sigue a Joe Buck (Jon Voight), un joven tejano que llega a Nueva York convencido de que puede triunfar como gigoló para mujeres adineradas. Su apariencia de vaquero, cuidadosamente construida, lo emparenta con el imaginario del western, pero en lugar de proyectar fuerza y autonomía, revela su desconexión con la realidad y su fragilidad emocional. Schlesinger subvierte el mito del vaquero heroico —encarnado históricamente por figuras como John Wayne— al mostrar a Joe como un antihéroe desorientado, solitario y emocionalmente ambiguo. En este sentido, el film dialoga con el western revisionista, donde los protagonistas son menos moralmente claros; sin embargo, incluso en personajes complejos como el Hud de Paul Newman, dirigido por Martin Ritt en 1963, persiste una imagen de poder que Joe no logra alcanzar. Él encarna una masculinidad herida, alejada de la de sus referentes, atrapada entre el deseo de afirmación personal y una realidad que lo golpea con dureza.

El vínculo que establece con Enrico "Ratso" Rizzo (Dustin Hoffman), un estafador cojo y enfermo, trasciende las etiquetas convencionales: es una relación de dependencia, ternura y mutua necesidad, más allá de lo romántico o lo sexual. En su progresivo acercamiento, ambos personajes revelan lo que el mundo les niega: afecto, cuidado y comprensión. La película no es una obra LGBT en el sentido literal, pero explora con valentía lo homoerótico latente, bloqueado por una homofobia internalizada que solo se disuelve en los tramos finales, cuando la enfermedad y la muerte desarman las defensas.



La dinámica de ilusión y desilusión vertebra todo el relato: Joe llega a la gran ciudad persiguiendo un sueño —ser deseado, triunfar, encarnar una fantasía viril construida por el cine y por los valores del capitalismo—, pero se topa con una realidad cruel, marcada por la miseria, la exclusión y la violencia. Su caída es también la caída de los grandes mitos americanos: el del vaquero invencible, el de la autosuficiencia masculina, el del éxito como recompensa al esfuerzo. La película muestra cómo esos ideales, proyectados durante décadas por el propio Hollywood, resultan inservibles ante la complejidad del mundo moderno.

El estilo visual refuerza este derrumbe simbólico: la fotografía granulada del debutante Adam Hollander, los planos inestables, los insertos de imágenes oníricas o alucinadas, construyen un paisaje emocional fragmentado, a tono con la alienación de sus protagonistas. La música cumple aquí un rol esencial: la canción Everybody's Talkin', interpretada por Harry Nilsson —y compuesta por Fred Neil—, se convierte en un leitmotiv melancólico que acompaña los desplazamientos de Joe, marcando el contraste entre sus ilusiones y su progresivo desencanto. A su vez, la banda sonora original compuesta por John Barry (famoso por su trabajo en las películas de James Bond) aporta una orquestación sutil y melancólica que subraya los momentos de intimidad, desesperanza y pérdida sin caer en lo sentimental. La fusión entre música popular y composición instrumental sofisticada es una de las claves del lirismo emocional del film.



El retrato de la Nueva York underground —con sus clubes marginales, su población errante, sus personajes grotescos— convierte a la ciudad en un infierno moderno, una jungla urbana que, lejos de ofrecer oportunidades, engulle a los que sueñan con encontrar un lugar en ella. En su incursión en la contracultura, la película muestra fiestas psicodélicas, ambientes queer, consumo de drogas y dinámicas de explotación que Schlesinger filma con un ojo documental y al mismo tiempo poético, heredero del Free Cinema inglés. Esta exploración del lado oculto del american way of life es, sin duda, uno de los aspectos más radicales de Perdidos en la noche.

El reconocimiento no tardó en llegar: fue la primera película con clasificación X (dedicada en ese momento a los films pornográficos) en ganar el Oscar a Mejor Película, acompañada de los premios a Mejor Director y Mejor Guion Adaptado, entre siete nominaciones. Críticos como Pauline Kael elogiaron su sinceridad emocional y su rechazo a los estereotipos, mientras Roger Ebert la consideró una metáfora del colapso del sueño americano. Con el tiempo, Perdidos en la noche se consolidó como un hito ineludible del cine moderno, una obra que no solo reflejó las tensiones de su época, sino que ayudó a transformarlas en arte a través de una carga emotiva inolvidable.



Imperdible.

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