Una selección especial con las mejores series y películas, que incluye también estrenos en salas de cine.
Estas son las series y películas para ver en el fin de semana en Netflix, Prime Video, HBO Max y YouTube.
1. Serie para ver en Netflix: Errores épicos
Linda (Laurie Metcalf) ya tiene la vida convertida en un circo de tres pistas: dirige su ferretería y, al mismo tiempo, está decidida a convertirse en alcaldesa de su pequeña ciudad. En medio de esa campaña, el cumpleaños de su anciana madre aparece como una tarea más en la lista infinita, y delega en sus hijos, Nicky (Dan Levy) y Morgan (Taylor Ortega), la compra de un regalo para el festejo. El encargo, sencillo en apariencia, se tuerce cuando Morgan hurta una joya de una tienda de ofertas sin imaginar que está confeccionada con diamantes de alto valor y que pertenece al mafioso Ivan (Mark Ivanir). El error activa una maquinaria de consecuencias: el criminal les ofrece una elección tan clásica como inquietante, trabajar para él o los pasa a mejor vida. Así, un gesto mínimo abre la puerta a un espiral de enredos donde lo doméstico y lo delictivo se entrelazan.
La impronta de Dan Levy, conocido por su interpretación del hijo en Schit´s creek, quien junto a Rachel Sennott impulsa el proyecto. Levy, conocido por su sensibilidad para retratar vínculos familiares excéntricos y fricciones afectivas con humor filoso, retoma ese universo, aunque lo desplaza hacia una zona más híbrida donde el crimen gana peso. El resultado dialoga con fórmulas conocidas, como la del individuo común arrastrado a un mundo que lo supera, pero intenta revitalizarlas mediante un tono que oscila entre la sátira familiar y el thriller ligero. Esa oscilación, a veces inestable, es también el motor de su singularidad.
El núcleo dramático descansa en el trío familiar. Laurie Metcalf compone a Linda como una figura tan ambiciosa como desbordada, atrapada entre la gestión política y el caos ínterior. Dan Levy encarna a Nicky, un personaje atravesado por la neurosis y el desconcierto, cuya química conflictiva con su hermana potencia buena parte del humor. Taylor Ortega, como Morgan, funciona como catalizador del desastre: impulsiva, errática, pero también el motor narrativo que empuja la historia hacia terrenos cada vez más peligrosos. Mark Ivanir, en el rol del mafioso Iván, introduce una presencia amenazante que tensiona el registro cómico, obligando a los personajes a moverse en un tablero más oscuro.
A medida que la historia avanza, la serie revela su naturaleza bifronte: por un lado, una comedia de humor negro sobre una familia disfuncional marcada por discusiones constantes y un volumen emocional siempre al límite; por otro, un relato criminal que se expande desde un error inicial hacia un caos creciente. Esta combinación no siempre encaja con fluidez, y la tonalidad puede sentirse errática, como si dos ritmos distintos compitieran por dominar la escena. Sin embargo, en ese mismo desajuste aparece su atractivo: los personajes, aunque por momentos exasperantes, ganan espesor, y el espectador queda atrapado en la curiosidad por ver hasta dónde escalará el desastre. El resultado es irregular pero magnético, un mosaico narrativo que no siempre cierra, pero que logra sostener el interés gracias a su energía caótica. (8 episodios de 30 minutos)
Recomendada.
2. Serie para ver en HBO Max: Rooster
El guion sigue a Greg Russo (Steve Carell), un novelista de gran éxito comercial que todavía arrastra, como una sombra persistente, el abandono de su esposa ocurrido años atrás. Cuando su hija Katie (Charly Clive) atraviesa una ruptura similar, tras ser dejada por su pareja Archie (Phil Dunster), Greg acude a un college de Nueva Inglaterra para acompañarla. Lo que empieza como un gesto paternal pronto se convierte en una inmersión total: para mantenerse cerca y ayudarla a sostener su puesto, acepta un cargo como profesor invitado. Pero el campus, lejos de ser un refugio, se transforma en un ámbito de tensiones afectivas, rivalidades y desbordes emocionales, donde la vida adulta parece tan desordenada como la adolescencia que se pretende haber dejado atrás.
Steve Carell compone a un hombre emocionalmente desajustado que oscila entre lo patético y lo entrañable. Desde sus trabajos en comedia televisiva hasta roles más dramáticos, Carell ha construido una figura capaz de habitar la incomodidad con una naturalidad casi elástica. En Rooster, ese registro se traslada al terreno académico, donde su personaje encarna una masculinidad en crisis, enfrentada tanto a sus propios fracasos sentimentales como a un entorno generacional que lo interpela. La serie aprovecha esa tensión, aunque no siempre logra profundizarla más allá del gag o la situación incómoda.
El entramado coral se articula alrededor de relaciones cruzadas. Charly Clive compone a Katie como una joven herida que canaliza su frustración en gestos impulsivos, mientras que Phil Dunster da forma a Archie, el ex novio cuya nueva relación con la estudiante Sunny (Lauren Tsai) enciende el conflicto. En el campus, Greg se enfrenta a colegas y alumnos que oscilan entre la fascinación y el rechazo: John C. McGinley destaca como el excéntrico rector Walter Mann, siempre ansioso por caer bien, y Danielle Deadwyler aporta calidez como la comprensiva docente Dylan. A su alrededor orbitan figuras más caricaturescas, como el policía Donnie Mullins (Rory Scovel), que irrumpe en los peores momentos, o el estudiante Tommy (Maximo Salas), cuya relación con Greg bordea lo caótico. Este mosaico de personajes convierte el college en un pequeño ecosistema donde todos parecen observarse con sospecha.
La serie explota el choque generacional como su principal dinamo cómico: crisis de los veinte y de los cincuenta se entrelazan en una danza algo torpe pero nutritiva. El guion, a cargo de Bill Lawrence, retoma un modelo ya probado, poblando un microcosmos institucional de figuras excéntricas y conflictos entrelazados. Sin embargo, aunque los diálogos son ágiles y las situaciones tienden a la exageración, la narrativa a menudo se siente dispersa, como si acumulara episodios sin terminar de integrarlos en una estructura más sólida. La relación entre Greg y Katie emerge como el eje más auténtico, un hilo emocional que intenta dar cohesión a un conjunto por momentos sobrecargado. Entre bromas sobre la cultura contemporánea y giros inesperados, queda una intuición persistente: incluso en los espacios más prestigiosos, la madurez es apenas una máscara frágil, y todos, en el fondo, siguen siendo estudiantes primerizos en el arte de vivir. (Se han emitido 8 de los 10 episodios de 30 minutos).
Recomendada.
3. Película para ver en Netflix: Yiya Murano: Muerte por la tarde
Este documental reconstruye la trayectoria de Yiya Murano, la mujer que asesinó a varias de sus amigas por motivos económicos, utilizando un método tan doméstico como letal: el veneno, servido a plena luz del día. La serie no solo sigue la investigación y la caída de la protagonista, sino que también expone una serie de situaciones -algunas novedosas- donde lo macabro convive con lo insólito, casi rozando lo absurdo.
El relato se arma a partir de testimonios que delinean un retrato fragmentado de Murano: personas que la conocieron, voces vinculadas al caso y registros mediáticos que ayudan a reconstruir tanto sus crímenes como su personalidad. A través de estos testimonios emerge una figura compleja, movida por el deseo de una vida glamorosa que no podía sostener en plena dictadura, lo que la llevó primero a estafas y luego a asesinatos. Los entrevistados coinciden en señalar su frialdad: vínculos afectivos, amistades e incluso relaciones íntimas aparecen como piezas intercambiables en una estrategia de supervivencia y ambición. El documental captura así una subjetividad que parece oscilar entre la necesidad de admiración y una indiferencia radical hacia los demás.
Uno de los aspectos más singulares del film es su tono, que transita una cuerda floja entre el horror y una extraña ironía. Hay algo casi grotesco en la reiteración del método, en esa combinación de cotidianidad y violencia que vuelve la historia tan perturbadora como, por momentos, increíble. El documental parece consciente de esa dimensión, sugiriendo una incomodidad que roza lo risible sin caer del todo en ello. Esa ambivalencia tonal genera una experiencia peculiar: el espectador queda atrapado entre el espanto y una perplejidad que descoloca.
A diferencia de muchos productos del género, la historia no se detiene en la condena. Tras su liberación anticipada mediante un indulto del presidente Menem, Murano reaparece en los medios y capitaliza su notoriedad, construyendo una imagen de sí misma como víctima y convirtiendo el crimen en espectáculo a través de entrevistas con Mirtha Legrand, Chiche Gelblung y Lía Salgado, entre otros.
Otros elementos sobresalientes del documental incluyen la aparición de su hijo, tan atraído por la cámara como su madre, una figura marcada por una carga difícil de eludir que se manifiesta en declaraciones por momentos grandilocuentes. También se destaca la construcción de la imagen de Yiya como símbolo de la "plata dulce". A ello se suman las dramatizaciones que reintroducen su presencia —con una actriz que la encarna desde una posición casi omnipotente— y el cuidado en la ambientación de esas escenas, donde detalles como las frazadas tejidas al crochet sobre las camas o la constante presencia de la televisión, con emisiones de telenovelas de Andrea del Boca, refuerzan la atmósfera. Finalmente, la musicalización de Leo Sujatovich aporta una capa adicional de sentido, con intervenciones como la voz de Tormenta interpretando "Llora, llora corazón".
Con la atinada dirección de Alejandro Hartmann (Carmel: ¿Quién mató a María Marta?) que, de a ratos impregna a la narración con una tonalidad kitsch, y un sólido guion de Lucas Bucci y Tomas Sposato, este nuevo acercamiento a una de las criminales más llamativas de nuestro país se vuelve de visión imprescindible.
Muy recomendada.
4. Miniserie para ver en Prime Video: Lockerbie
El punto de partida de esta miniserie inglesa en 5 episodios es una herida histórica abierta: el atentado contra el vuelo Pan Am 103 en 1988, que dejó cientos de muertos y una estela de preguntas sin respuesta. Décadas después, el guion retoma ese desastre desde la mirada de Jim Swire, un padre que perdió a su hija en la explosión y que, desde entonces, vive atrapado en una investigación sin cierre. Aunque la serie subraya desde el inicio su carácter ficcional basado en hechos reales, los datos esenciales del caso se mantienen: la incertidumbre sobre los verdaderos responsables, las sospechas de pruebas ocultas y la sensación persistente de que la justicia nunca contó con todas las piezas. En ese terreno movedizo, el relato se construye como una búsqueda obsesiva de verdad en medio de versiones incompletas.
Colin Firth -ganador del Oscar por El discurso del rey- encarna a Swire con una sobriedad que parece tallada en piedra erosionada por el tiempo. A lo largo de su carrera, ha transitado desde la elegancia de los dramas de época hasta personajes contemporáneos marcados por fisuras internas, y aquí condensa esa experiencia en una figura consumida por el duelo. Su actuación evita los gestos melodramáticos y apuesta por una intensidad contenida, donde cada pestaneo parece cargado de años de desgaste emocional. Firth no interpreta solo a un hombre que sufre, sino a alguien que convierte el dolor en motor, incluso cuando ese motor empieza a devorar todo lo que lo rodea.
La serie adopta la forma de un thriller de investigación que avanza más por acumulación que por revelaciones. A partir del segundo episodio, se profundiza en la obsesión de Swire por desentrañar los hechos: documentos, juicios, inconsistencias y teorías se encadenan en una pesquisa que nunca termina de cerrarse. El foco no está en resolver el enigma, sino en mostrar cómo la búsqueda misma se vuelve un laberinto. Cuando Swire comienza a defender al condenado Abdelbaset al-Megrahi, la narrativa se desplaza hacia un terreno aún más ambiguo, donde la línea entre justicia y duda se difumina. El espectador queda suspendido en esa incertidumbre, compartiendo la sospecha de que la verdad oficial podría ser apenas una máscara.
Uno de los mayores aciertos de la serie es su capacidad para transmitir el impacto prolongado de la tragedia, no solo en términos individuales sino familiares. La relación con su esposa Jane (Catherine McCormack) y el progresivo distanciamiento de sus otros hijos revelan el costo íntimo de una obsesión que no concede tregua. También destaca la decisión de no cerrar el relato con certezas falsas: la serie siembra dudas de manera constante, evitando una lectura única del caso. Esa ambigüedad, lejos de debilitarla, refuerza su potencia, generando en el espectador una inquietud persistente, casi un eco del propio conflicto real.
Con unos efectos especiales impecables que realzan la tragedia en los primeros dos episodios, un ritmo acompasado y notables interpretaciones del elenco, esta miniserie es todo un logro.
Muy recomendada.
5. Película para ver en YouTube: La prima Angélica
En La prima Angélica, uno de los mejores films de Carlos Saura, el guion sigue a Luis, un hombre de mediana edad que regresa a Segovia para asistir al entierro de su madre. Ese viaje, aparentemente rutinario, se convierte en una grieta temporal: el presente se disuelve y el pasado irrumpe sin avisar. Luis revive su infancia durante la Guerra Civil, su educación en un entorno profundamente franquista y el vínculo ambiguo con su prima Angélica, mezcla de deseo, culpa y represión. Saura no separa tiempos: el adulto ocupa los espacios del niño, los cuerpos envejecidos habitan escenas infantiles. El recuerdo no es flashback, es posesión.
A esa altura, Carlos Saura ya venía construyendo una obra marcada por la memoria, el trauma y la familia como teatro de tensiones políticas. Películas como La caza o Ana y los lobos habían trazado un mapa en el que lo íntimo y lo histórico se contaminan. En los años finales del franquismo, Saura se convirtió en un cartógrafo del silencio: alguien que dibuja lo que no puede nombrarse directamente. La prima Angélica forma parte de esa constelación donde el pasado no pasa, sino que se enquista en los cuerpos.
La sombra de Luis Buñuel -su mentor- flota, pero no como copia sino como herencia transformada. Si Buñuel dinamita la realidad con el surrealismo, Saura la agrieta desde dentro. Aquí no hay irrupciones oníricas estridentes, sino una lógica perturbadora donde lo cotidiano se vuelve extraño. El escándalo no está en lo absurdo sino en lo reconocible: la familia, la religión, la educación, todo atravesado por una violencia simbólica que recuerda al Buñuel de Viridiana, pero filtrada por una melancolía más introspectiva.
La película es también un ejercicio de supervivencia frente a la censura franquista. Saura elude la representación directa de la crítica política mediante una estructura fragmentada, donde los desplazamientos temporales funcionan como camuflaje. La memoria actúa como código cifrado: lo que no puede decirse se muestra como recuerdo, como trauma personal. Esta estrategia no solo esquiva la censura, sino que potencia el efecto: el espectador debe reconstruir el sentido, como si descifrara un mensaje escondido en los pliegues del tiempo.
José Luis López Vázquez ofrece una de las interpretaciones más inquietantes del cine español, encarnando a Luis con una mezcla de fragilidad y perturbación. Su presencia en escenas infantiles produce un efecto desestabilizador, como si el personaje nunca hubiera abandonado ese pasado. Lina Canalejas, como la madre, y Julieta Serrano, en el rol de Angélica adulta, completan un universo donde los personajes funcionan más como emanaciones del recuerdo que como figuras realistas. Cada uno parece atrapado en un ritual que se repite.
La película fue celebrada internacionalmente y obtuvo el Premio Especial del Jurado en el Festival de Cannes en 1974. Sin embargo, en España generó reacciones intensas, incluso violentas, lo que evidencia hasta qué punto tocaba nervios aún expuestos del régimen. Con el tiempo, La prima Angélica se consolidó como una obra clave del cine europeo de los años setenta y una de las piezas fundamentales para entender cómo el cine español enfrentó, con astucia y valentía, el peso de su propia historia reciente.
Imperdible.


