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Espías, desapariciones y sexo sin tabúes: los 5 estrenos que tenés que ver ya

Cinco estrenos imperdibles en Netflix, HBO Max, Prime Video y Cine.Ar que exploran el poder, el deseo, la traición y los secretos más oscuros.
Sexo, traición y misterio: las 5 series y películas que todos están viendo esta semana
Oscar Mainieri 28-11-2025
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Una selección especial con las mejores series y películas, que incluye también estrenos en salas de cine.

Estas son las series y películas para ver en el fin de semana en Netflix, HBO Max, Prime Video y CineAR.

1. Serie para ver en Netflix: El imperio de Amsterdam

Jack van Doorn (Jacob Derwig) parece vivir un auténtico sueño. No solo logró fundar y consolidar durante años un imperio de coffeeshops llamado The Jackal. También mantiene una relación feliz con Marjolein Hofman (Elise Schaap), con quien espera su primer hijo. El problema —y es un problema serio— se llama Betty (Famke Janssen). Porque Jack, en realidad, sigue casado con ella. Cuando la esposa engañada descubre la infidelidad, estalla de furia. Pero lo peor llega cuando Jack anuncia que quiere divorciarse. Para Betty, renunciar no es una opción: piensa contraatacar y hacer que su marido pague por la humillación. Y su amenaza es clara: quitarle aquello que más ama... The Jackal.

El guion (dividido en 7 episodios) narra una historia en la que seguimos a una pareja que se desintegra y convierte el amor en enemistad. Es un tema abordado mil veces por el cine y la televisión —el ejemplo reciente y evidente es La guerra de los Roses. Y al igual que en aquella película, la historia aquí escala muy rápido. De hecho, casi no hay espera: los excesos absurdos comienzan enseguida. Y, a diferencia de tantas ficciones sobre divorcios o crisis matrimoniales donde las batallas son verbales, en Amsterdam Empire no se rehúye a los métodos más violentos. Los personajes ya están, desde el inicio, inmersos en negocios turbios, y eso amplía muchísimo el abanico de posibilidades narrativas.

Buena parte del encanto reside en la curiosidad por ver hasta dónde se animarán a llegar los personajes. Cuando chocan sin vergüenza alguna, cualquier cosa puede pasar. El reverso de esta desfachatez es que casi no hay figuras con las que empatizar: es difícil decidir cuál de los dos protagonistas es "peor", y el resto no mejora mucho el panorama. Algunos parecen, al comienzo, los sensatos del circo —Marjolein, Katja (Jade Olieberg), la exesposa—, pero cuando se trata de obtener ventaja propia, todos se muestran sin escrúpulos. Aquí todo vale si sirve para avanzar o destruir al otro. Así, hacer fuerza por alguien se vuelve imposible: no hay personajes con los que identificarse.

Parte de esto se debe al ritmo frenético. La serie pisa el acelerador desde el minuto cero y deja escaso margen para los matices o el desarrollo de personajes. No hay profundidad psicológica: apenas funcionan como estereotipos, a veces incluso rozando la caricatura. Hay momentos en los que uno piensa que una comedia negra abierta habría sido la vía más adecuada, porque la serie coquetea constantemente con ese tono. Aun así, este thriller atípico consigue ser bastante entretenido.

Gran mérito de ello lo tiene la internacionalmente conocida Famke Janssen (X-MenGoldenEye), que interpreta a una diva pop venida a menos con una energía magnética y un disfrute tan evidente que termina contagiando a la audiencia. También las hermosas vistas de Amsterdam y sus alrededores, y una fotografía inusualmente colorida, contribuyen a hacer de este producto un pasatiempo agradable.

Muy recomendada.

2. Película para ver en HBO Max: Código negro

Este thriller sigue a una pareja de espías —interpretadas por Michael Fassbender y Cate Blanchett— quienes se enfrentan a la sospecha de que uno de ellos es un traidor. La trama explora la tensión entre la lealtad a su matrimonio y a su país, mientras intentan descubrir la verdad sobre una filtración de información secreta que podría implicar a uno de ellos.  

Fiel a su estilo, el director Steven Soderbergh firma tanto la fotografía como el montaje bajo sus alias habituales, garantizando una estética fría, funcional y minimalista. Los planos son limpios, los colores saturados, la iluminación autoconciente. El director prescinde del espectáculo para privilegiar la tensión contenida, los silencios pesados, los pasillos de oficinas sin identidad, y el modo en que las conversaciones veladas transmiten más amenaza que cualquier persecución. Las escenas de acción, esporádicas, son secas y breves: simples irrupciones dentro de un mundo donde lo verdaderamente peligroso ocurre fuera de campo.

La película prolonga una preocupación recurrente en la obra de Soderbergh: la fragilidad del individuo frente a instituciones que ya no responden a principios éticos sino a su propia lógica de supervivencia. En ese sentido, Código negro dialoga con TrafficThe Informant!  y Kimi, proponiendo un espionaje despojado y reducido a procedimientos opacos, códigos y decisiones moralmente ambiguas. El film sugiere que la transparencia es imposible y que los organismos de inteligencia operan como maquinarias que se devoran a sí mismas.

Fassbender encarna a un agente impasible, alguien que duda de la estructura que representa y de su matrimonio, mientras Blanchett compone a una mujer calculadora y pragmática, capaz de mover piezas con una frialdad que la vuelve tan fascinante como inquietante. Su vínculo no se construye solo sobre la mutua atracción sino sobre el choque entre dos formas de entender la supervivencia dentro del vínculo que los une y la dependencia para los que ambos trabajan. Soderbergh vuelve a demostrar su habilidad para dirigir intérpretes en registros contenidos, donde la tensión surge de gestos mínimos y palabras medidas.

Sin ser una obra mayor dentro de su filmografía, Código negro funciona como un ejercicio de precisión narrativa y estilística, un desafío cerebral para el espectador. Soderbergh apuesta por la ambigüedad, la escala pequeña y la observación meticulosa antes que por el clímax convencional, ofreciendo un thriller seco, elegante y rigurosamente coherente con su etapa más reciente. El resultado es un film que, sin estridencias, confirma que el director sigue explorando con lucidez el lado invisible —y corrosivo— del poder.

Muy recomendada.

3. Película para ver en Netflix: El misterio de la familia Carman

A diferencia de muchos documentales recientes, aquí ni siquiera está claro que haya existido un crimen. La historia relata el viaje de pesca que Linda Carman realizó con su hijo Nathan en septiembre de 2016 y que terminó en tragedia cuando su embarcación se hundió. Nathan, entonces de 22 años, fue encontrado días después a la deriva en una balsa inflable; de su madre no volvió a saberse nada. Según declaró, la perdió de vista tras el accidente. Nathan es un joven con un perfil dentro del espectro autista, específicamente un cuadro cercano al autismo de alto funcionamiento: dificultades marcadas para la comunicación social, rigidez cognitiva y una literalidad extrema que vuelve compleja la lectura de sus intenciones. Esa condición volvió su testimonio especialmente problemático para los investigadores, que no sabían si estaban ante un relato confuso producto de su neurodivergencia o ante una manipulación deliberada. ¿Tragedia, accidente... o algo más? El documental niega una interpretación unívoca, reflejando el desconcierto real de la investigación, plagada de incoherencias.

El caso Nathan Carman pertenece a ese tipo de documentales en los que el espectador va cambiando de opinión mientras avanza, porque cada teoría tiene argumentos sólidos y puntos ciegos. El caso se vuelve aún más complejo cuando aparece un antecedente crucial: años antes, el abuelo de Nathan —padre de Linda— fue asesinado de un disparo en su propia casa. No hubo señales de entrada forzada, por lo que todo indicaba que el responsable pertenecía al entorno familiar. Ese antecedente hace que la desaparición de Linda parezca menos azarosa y vuelve plausible que Nathan pudiera haber sido responsable de ambos hechos. Aunque la película se concentra en el naufragio y en la desaparición de la madre, el recuerdo del asesinato anterior contamina inevitablemente toda la percepción del caso.

Para el público que disfruta especulando, este documental tiene material suficiente para horas de discusión. Pero quienes buscan respuestas claras quedarán decepcionados: la desaparición de Linda nunca fue resuelta y probablemente nunca lo sea. No existen pruebas concluyentes, solo indicios que apuntan en direcciones opuestas. Y el documental tampoco aporta revelaciones nuevas ni giros inesperados; no pretende reinterpretar el caso, sino reordenar el material existente. 

Aun así, El caso Nathan Carman no es un ejercicio inútil. Para quienes desconocen la historia, ofrece toda la información necesaria para comprender la complejidad del caso y formarse una opinión propia dentro de los límites que permiten las evidencias. Y, en términos generales, es un relato genuinamente intrigante. Asimismo, resulta valiosa su moderación narrativa: lejos del sensacionalismo o la manipulación emocional que dominan tantas producciones similares, el director Yon Motskin apuesta por una distancia respetuosa que permite observar el caso sin explotar el dolor ajeno, incluso cuando se trata de un protagonista cuya neurodivergencia suele ser usada en otras producciones como recurso dramático. 

Muy recomendada.

4. Película para ver en Prime Video: Cacería de brujas

After the Hunt, el nuevo film de Luca Guadagnino protagonizado por Julia Roberts, se instala en la zona moralmente inestable que le interesa al director: un territorio donde el deseo, la culpa y la ambigüedad afectan tanto la intimidad como las instituciones. La película sigue a una profesora de literatura (Roberts) cuya vida profesional se ve sacudida cuando otro profesor -muy cercano a ella-  es acusado de conducta sexual inapropiada. Lo que comienza como un conflicto académico se transforma en un laberinto personal y emocional cuando retorna un episodio oscuro del pasado de la propia docente, obligándola a revisitar viejas decisiones y silencios que creía enterrados. Guadagnino convierte esta trama —aparentemente simple— en un estudio sobre cómo la memoria y la ética se ponen a prueba en contextos donde cada gesto se vuelve público, pero lo hace con una sobrecarga estilística que resalta por encima de cualquier argumento.

Roberts construye aquí uno de sus trabajos más sobrios y complejos en años. Su personaje combina autoridad intelectual con una vulnerabilidad que aflora lentamente, como si el cuerpo se resistiera a recordar. Guadagnino filma su rostro con una calma casi inquisitiva, atento a cada temblor y cada pausa. No hay mucho espacio aquí para su famosa sonrisa. El elenco que la rodea funciona como un contrapunto: actores jóvenes que encarnan el furor moral del presente, profesores que representan la rigidez de las viejas estructuras universitarias, figuras que intensifican la presión sobre la protagonista y tensan aún más un clima ya enrarecido. No hay actuaciones grandilocuentes; la película se sostiene en la fricción sostenida entre los personajes.

La narrativa avanza como un thriller ético más que como un drama tradicional. El guion introduce capas de información de manera gradual, revelando no tanto la "verdad" de los hechos como la incapacidad de los personajes para escapar de sus contradicciones. En ese sentido, After the Hunt se relaciona con la tradición del cine de juicios interiores, donde el conflicto central no pasa por resolver un caso sino por enfrentar aquello que cada uno preferiría no admitir. La trama evita el panfleto y recalca la imposibilidad de juzgar desde una posición definida, tema que Guadagnino ya exploró en We Are Who We Are y, en cierta medida, en Llámame por tu nombre.

El estilo de Guadagnino vuelve a ser reconocible: una cámara que busca lo sensorial, cercana a los cuerpos y a la textura de los espacios, que convierte lo cotidiano en algo inquietante. La iluminación cálida contrasta con la frialdad emocional de muchos diálogos, generando una disonancia que refuerza el malestar subterráneo. La puesta en escena está cargada de detalles —libros, ventanales, corredores universitarios— que no solo sitúan la acción, sino que reflejan estados internos. Demasiado decorado para su bien, el film se hubiera beneficiado con una exposición menos glamorosa como la de La duda (John Patrick Shanley, 2008), en donde se resaltan los diálogos por encima de lucecitas titilantes.

No es una mala película, pero tampoco una muy buena. Con una Julia Roberts en estado de gracia y un Guadagnino un tanto descarrilado, cumple con su cometido.

Recomendada.

5. Película para ver en Cine. Ar: Mujer nómade

En este documental, el director Martín Farina compone un retrato luminoso, contradictorio y profundamente libre de la filósofa Esther Díaz, una figura que ha hecho de la crítica al poder —al político, al académico, al sexual— una práctica vital. Lejos de la biografía convencional, Farina opta por un acercamiento sensual y observacional: la cámara no explica, acompaña; no clasifica, roza. Ese gesto es fundamental para entender el film: más que contar la vida de Díaz, lo que intenta es capturar la potencia de su presencia, sus modos de habitar el cuerpo y el pensamiento.

Es así que Díaz aparece como profesora, escritora, actriz y mujer que rehúsa la domesticación de la edad. Lo hace mediante fragmentos de su cotidianidad, testimonios íntimos, escenas performáticas y una estética que por momentos roza lo ensayístico. Farina se permite asociar, superponer, insinuar: el montaje no quiere imponer una tesis sino revelar un flujo, una deriva entre el discurso filosófico y la experiencia material. En este punto, el film dialoga con la tradición del ensayo visual argentino —desde La televisión y yo hasta M—, pero lo hace con un tacto notablemente delicado y una sensualidad inusual en documentales biográficos.

Uno de los grandes aciertos de Mujer nómade es su decisión de no separar el pensamiento de Díaz de su cuerpo. En su vida pública, Díaz desafió restricciones impuestas sobre la moral sexual, la vejez femenina y las normas de género. El film recoge ese gesto y lo traduce en imágenes: planos que muestran su piel, sus gestos, su presencia física como territorio de afirmación filosófica. No hay pudor ni solemnidad; hay una reivindicación del cuerpo como espacio de libertad, deseo y construcción intelectual. 

Quizás el aspecto más radical del documental sea su representación del sexo en la vejez. Farina y Díaz lo abordan con una honestidad frontal que todavía hoy incomoda, justamente porque la cultura insiste en negar la dimensión sexual de las mujeres mayores o reducirla a anécdota grotesca. Aquí es al revés: Mujer nómade reivindica el erotismo tardío como un derecho, una forma de resistencia política y un gesto de placer sin culpa.

Díaz -en este film que puede resultar chocante para más de uno-  habla del deseo sin dramatismo, sin la indulgencia de la autoayuda y sin la asepsia del discurso médico. El film la muestra explorando sus relaciones, sus fantasías, su vinculación con prácticas BDSM, todo desde una vitalidad que no tiene nada de caricaturesca. El sexo aparece como una prolongación natural del pensamiento crítico, un lugar donde desarmar estructuras de poder, cuestionar la normatividad y desafiar la idea de que la vejez debe cerrarse sobre sí misma. Farina filma estos momentos con suavidad, evitando el morbo: lo sexual no es espectáculo, sino afirmación existencial. 

Muy recomendada.

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