Una selección especial con las mejores series y películas, que incluye también estrenos en salas de cine.
Estas son las series y películas para ver en el fin de semana en Netflix , Max, Disney Plus y Prime Video.
1. Miniserie para ver en Prime Video: Menem
Este retrato en seis episodios de Carlos Saúl Menem (Leonardo Sbaraglia), que abarca desde su posicionamiento en 1987 para competir en la interna peronista y derrotar a Antonio Cafiero, hasta los albores de su reelección en 1995, se disfraza de comedia para ocultar la tragedia de un hombre profundamente ambicioso.
Con grandes recursos de producción y un montaje inteligente como herramienta narrativa clave, asistimos —con un matiz caricaturesco— a las circunstancias que lo coronan presidente: la expulsión de su esposa Zulema Yoma (Griselda Siciliani), una asonada militar, la utilización de María Julia Alsogaray (Mónica Antonópulos) en el proceso de privatización de ENTEL, y el encumbramiento de Domingo Cavallo (Campi) como ministro de Economía. El tono recuerda al que empleó el director Ariel Winograd en su celebrada miniserie sobre Guillermo Coppola.
El guion es plenamente consciente de los desafíos que enfrenta y deja en claro, de múltiples maneras, que Menem es una construcción ficcional. En ese marco, se permite introducir al personaje inventado de Olegario Salas (Juan Minujín), un fotógrafo de La Rioja que narra visualmente el ascenso del carismático líder, aportando comentarios de tono ambivalente —a veces mediante apartes teatrales dirigidos directamente al espectador. Olegario acompañará al presidente y se establecerá en Buenos Aires junto a su familia, mientras su fortuna crece y elige no ver las señales rojas —como tantos de los votantes que siguieron al líder pragmático— cómo los tentáculos de la corrupción lo van envolviendo.
Las miradas que juzgan el accionar presidencial no se limitan al narrador: también intervienen las de Zulema, un miembro del gabinete y el hijo de Olegario, un joven periodista que intenta denunciar ciertos chanchullos.
Los dos últimos episodios ingresan plenamente en el terreno de la tragedia, con brujas que profetizan, situaciones con tintes de policial negro, el atentado a la AMIA y la muerte de Carlos Menem Jr.
La miniserie dialoga con el retrato que Paolo Sorrentino hizo de Giulio Andreotti en Il Divo (2008), y con el carisma seductor y psicopático de Alex en La naranja mecánica (Stanley Kubrick, 1971), citado visual y musicalmente a través del uso de la obertura de Guillermo Tell —la ópera de Rossini— y el montaje en cámara rápida que acompaña la escena donde Menem debe decidir sobre el indulto a los militares de la dictadura de 1976 (aunque no se mencionan los líderes guerrilleros).
Por momentos, quizás inadvertidamente, Menem también coquetea con la morality play (obra de moralidad), un género dramático medieval popular entre los siglos XV y XVI, destinado a enseñar lecciones éticas a través de la lucha entre el bien y el mal. En ellas, el protagonista —que representa a la humanidad o al hombre común— debe elegir entre la salvación y la condena.
Sobra decir que la perspectiva elegida por los guionistas y por Winograd es fuertemente condenatoria. Las conductas de Menem y su entorno, recubiertas de pizza y champagne en los primeros episodios, reciben un baldazo de brea hacia el final.
Entre los aspectos más sobresalientes de la miniserie se destacan las interpretaciones de Sbaraglia y Siciliani. El actor ha incorporado los tics de su personaje: caricaturesco en los momentos eufóricos, siniestro en las sombras del poder. La actriz alcanza una sorprendente credibilidad, no solo por su apariencia, sino también por la precisión de su acento riojano.
Minujín, otro de nuestros grandes intérpretes, se mueve con soltura al plasmar la ambivalencia de su personaje: entre la ingenuidad genuina y el fingimiento de demencia cuando le conviene. El resto del elenco también construye composiciones sólidas y efectivas.
A lo largo del relato se desarrolla una metáfora relacionada con la sobreexposición fotográfica: si el fotógrafo ilumina demasiado al personaje, este queda excesivamente expuesto; si lo ilumina menos, hay margen para corregir en el laboratorio. En el final, tras la muerte de su hijo y frente a la posibilidad de una segunda presidencia, Olegario debe tomarle una foto al presidente y elige la sobreexposición. Menem, resurgiendo de sus cenizas como un vampiro, la oscuridad.
Muy recomendada.
2. Miniserie para ver en Disney Plus: Adolfo Cambiaso: En el nombre del polo
En tan solo tres episodios, Adolfo Cambiaso: En el nombre del polo despliega un retrato íntimo y poderoso de uno de los máximos referentes del deporte argentino. Dirigida por Juan José Campanella, la miniserie combina con destreza biografía, épica deportiva, afecto familiar y ciencia aplicada al alto rendimiento, evitando el tono de canonización para ofrecer una visión más matizada, sensible y compleja del célebre polista nacido en Cañuelas en 1975.
El relato, construido a partir de archivos audiovisuales, entrevistas exclusivas, dramatizaciones de la infancia y material actual filmado en La Dolfina —el club fundado por Cambiaso en 2000—, elige ir más allá de los logros estadísticos. Si bien estos no son menores (10 US Open, 18 Abiertos de Palermo, múltiples Triple Coronas y premios Konex de Platino), la serie logra enfocar su interés en la pasión, la ambición y la dimensión emocional de un hombre atravesado por la competencia, la familia y una búsqueda permanente de trascendencia.
Campanella, con su habitual sensibilidad, pone el acento en la humanidad del protagonista: un hombre de pocas palabras, con una mirada intensa que oscila entre la concentración extrema y cierta melancolía. Esa mirada sostiene buena parte de la tensión dramática y refuerza su aura mítica sin necesidad de subrayarla. El director de El secreto de sus ojos plasma imágenes de una gran belleza —como los paseos de Cambiaso junto a su esposa María Vázquez en una carreta bajo una arboleda infinita rodeados de caballos que galopan con fiereza— que funcionan como respiraciones poéticas dentro de un universo tenso y competitivo.
Uno de los puntos más fascinantes de la serie es el abordaje del hito biotecnológico que marcó un antes y un después en su carrera: la clonación equina. Tras la lesión de su yegua Cuartetera en 2006, Cambiaso impulsó el desarrollo de una tecnología que hoy le permite competir con más de 20 clones de sus mejores caballos. La serie aborda este tema sin caer en la sobrecarga técnica, pero sí con claridad y profundidad, dejando entrever no solo el costado pionero del deportista, sino también las implicancias éticas y filosóficas de su decisión. Un robo reciente de varios clones es narrado con tensión narrativa, montado sobre imágenes que lo asocian con la argentinidad: remeras con frases del Himno Nacional refuerzan ese vínculo simbólico con la tierra y la tradición.
El conflicto, sin embargo, no se agota en lo deportivo. El documental también revela tensiones personales y vínculos rotos. La amistad de infancia con Bartolomé "Lolo" Castagnola —cuñado, amigo íntimo y cofundador de La Dolfina— se fractura cuando Cambiaso decide separarlo del equipo. Hoy, sus respectivos hijos compiten como rivales en la elite del polo. Esta dimensión endogámica del universo del deporte ecuestre, cerrado y con códigos de clan, es abordada con inteligencia, aunque sin llegar a profundizar en el contexto político o social que rodea al polo en Argentina.
El tercer episodio, dedicado a su presente y futuro, encuentra su núcleo emocional en la relación entre Adolfo y su hijo Poroto, quien a los 17 años ya ganó junto a su padre el Abierto de Palermo y el US Open. La transmisión generacional, el peso del legado y la paternidad configuran un arco narrativo que da cierre con una nota de continuidad y esperanza.
Los testimonios refuerzan esta mirada plural. Su esposa María Vázquez, sus padres, sus hijos, sus colegas Pablo Mac Donough, Gonzalo Pieres, Castagnola, e incluso figuras externas como Emanuel Ginóbili o el actor Tommy Lee Jones, trazan un retrato polifónico del protagonista. Sin embargo, un aspecto disonante del documental es su excesiva musicalización: los momentos deportivos están subrayados por una banda sonora épica que recuerda a la de Gladiador, lo cual, lejos de sumar, satura y resta intimidad, especialmente durante entrevistas personales.
Pese a estos detalles, Adolfo Cambiaso: En el nombre del polo es una pieza audiovisual de gran factura técnica y emotiva. Campanella se aleja del mero documental deportivo y construye una crónica vital sobre un personaje que, desde su silencio, ha redefinido su deporte a través del riesgo, la innovación y una relación singular con los caballos. Cambiaso emerge no solo como campeón, sino como figura cultural, emparentado más con el arquetipo del obsesivo que con el del ídolo perfecto. No por nada lo llaman "el Loco".
En resumen, la miniserie consigue celebrar a una leyenda sin idealizarla, y se posiciona como uno de los mejores productos audiovisuales argentinos recientes. Su valor no reside solo en lo que cuenta, sino en cómo lo hace: con respeto, belleza visual y una comprensión profunda del vínculo entre el deporte, la emoción y el legado humano.
Imperdible.
3. Miniserie para ver en Netflix: Ataque en Londres: La caza de los atacantes del 7/7
El 7 de julio de 2005, Londres sufrió una serie de atentados suicidas coordinados que dejaron 52 muertos y más de 700 heridos. Cuatro atacantes británicos detonaron explosivos en tres trenes del metro y un autobús durante la hora pico de la mañana, en el peor ataque terrorista en el Reino Unido desde la Segunda Guerra Mundial. Los atentados, reivindicados por extremistas islamistas, generaron un fuerte impacto social y político, intensificando los debates sobre seguridad, radicalización y política exterior británica.
Más allá de las dimensiones policiales y políticas de los atentados del 7 de julio de 2005 en Londres, esta miniserie en 4 episodios se distingue por su profundo respeto hacia las víctimas, su empatía hacia los sobrevivientes y su compromiso con la reconstrucción íntima del dolor, el desconcierto y las secuelas que dejaron los ataques.
Desde el primer episodio, Ataque en Londres prioriza las voces de quienes estuvieron allí: hombres y mujeres que ese día tomaron un tren o un colectivo como cualquier otro, y cuya vida cambió para siempre. La serie abre con imágenes de archivo, grabaciones caseras y relatos de primera mano que devuelven el horror con una crudeza difícil de soportar. Uno de los testimonios más sobrecogedores es el de Daniel Biddle, quien perdió ambas piernas en la explosión en la estación de Edgware Road. Biddle recuerda haber cruzado la mirada con el atacante justo antes de que activara la bomba. Su relato, detallado, conmueve por su dolor físico y emocional, pero también por su claridad para transmitir lo que significa sobrevivir a una masacre.
Otra mujer revive el momento exacto en que leyó un mensaje de texto de su pareja que decía: "Tenías razón, eran bombas", justo segundos antes de que explotara el colectivo en el que viajaba. Estas historias no son simples anécdotas, sino fragmentos de un trauma colectivo que la serie recoge con sensibilidad y precisión.
El documental no se limita a reconstruir los atentados del 7 de julio. También aborda lo ocurrido dos semanas después, el 21 de julio, cuando nuevos atacantes intentaron detonar bombas en el sistema de transporte sin éxito. Ese episodio, aunque menos letal, agudizó el pánico y el clima de desconfianza. Al día siguiente, el 22 de julio, la policía mató a tiros al joven brasileño Jean Charles de Menezes en una estación de metro tras confundirlo con uno de los sospechosos. Su rostro, su nombre, su historia son presentados aquí sin ambigüedades: no como daño colateral, sino como una víctima más de un sistema saturado por el miedo y los errores.
El documental incluye, con notable respeto, el testimonio de uno de los agentes que disparó contra De Menezes —su identidad protegida— y el contexto de una policía desbordada, que tomó decisiones precipitadas bajo una presión sin precedentes. Pero es la historia del propio Jean Charles, relatada a través de familiares y amigos, la que permite comprender la dimensión humana de la tragedia.
También aparecen otras voces clave. Mustafa Kurtuldu, un joven musulmán que sobrevivió a la explosión en Aldgate, cuenta cómo al ser evacuado fue tratado como sospechoso por la policía. Poco después, en una entrevista televisiva, le preguntaron "cómo se sentía como musulmán" respecto a los ataques, responsabilizándolo implícitamente por su fe. En Leeds, ciudad de origen de dos de los atacantes, trabajadores comunitarios musulmanes relatan el miedo, la estigmatización y la carga de tener que disculparse públicamente por crímenes ajenos.
Si bien la serie expone el operativo policial más grande de la historia del Reino Unido y analiza las dimensiones técnicas y estratégicas de la investigación, nunca pierde de vista a quienes cargaron con las consecuencias más profundas: las víctimas y sus familias. El análisis de la evidencia, como los restos encontrados en los vagones o el seguimiento de los atacantes en Beeston y Birmingham, es meticuloso, pero siempre anclado en la experiencia humana. Incluso cuando se retrata la captura de Yassin Omar — escondido en una bañera—, la serie no celebra la eficiencia policial sino que redirige la atención al costo humano de los errores cometidos.
Ataque en Londres no busca resolver ni sentenciar. No ofrece respuestas fáciles ni alimenta el morbo. Su fuerza reside en la delicadeza con la que aborda el sufrimiento y la resistencia de los afectados. Casi veinte años después de los atentados, esta producción se alza como un acto de memoria: no solo una crónica de los hechos, sino un espacio donde las víctimas recuperan el lugar que la historia muchas veces les niega. En ese gesto —profundo, ético y necesario— radica su mayor valor.
4. Miniserie para ver en Max: El juicio de Karen Read
Esta miniserie en 5 episodios parte de un suceso trágico: el hallazgo del cuerpo del oficial de policía John O'Keefe, semienterrado en la nieve durante una tormenta en Massachusetts. La sospechosa inmediata es su novia, Karen Read, acusada de haberlo atropellado con su SUV tras una discusión. Sin embargo, lo que parece un típico caso de crimen pasional deviene, episodio tras episodio, en algo mucho más complejo: una posible conspiración institucional, una acusación basada en pruebas frágiles y un juicio cargado de ambigüedad moral y política.
El mayor logro de la serie es su apuesta por la ambivalencia. Aquí no hay una resolución clara ni una postura impuesta. Por el contrario, el guion se nutre de las dudas y las contradicciones: confronta las versiones de Karen Read, los testimonios de los amigos de la víctima, las inconsistencias policiales y la presión social por encontrar a un culpable. La cámara no se ensaña con nadie, pero tampoco protege. Su lenguaje visual —sobrio, directo, sin efectismos— subraya el carácter tenso e incierto de la historia, generando un suspenso que no busca solo atrapar al espectador, sino también incomodarlo.
Uno de los puntos más destacables es el tratamiento del personaje de Karen Read. Su figura pública ha sido tan demonizada como defendida, y la serie logra mostrar esa polarización sin subrayados innecesarios. Le da voz para contar su versión, sin convertirla en heroína ni en villana. En este punto, la producción acierta al evidenciar cómo el juicio contra ella también es un juicio sobre los roles de género, el poder institucional y la narrativa mediática.
A nivel formal, el documental dosifica con precisión su estructura episódica, reservando revelaciones clave para cada capítulo. El uso de imágenes de archivo, audios judiciales, y entrevistas con implicados reales, otorga autenticidad al relato sin renunciar a la dimensión cinematográfica. En momentos clave, el montaje sugiere más de lo que muestra, una elección estética que mantiene la tensión ética sobre lo que realmente puede saberse o no.
El veredicto final —Karen Read fue declarada no culpable de todos los cargos graves en junio de 2025— no cierra la historia, sino que la potencia. Lejos de dar por resuelto el caso, la serie deja en claro que el proceso judicial fue tan cuestionado como el crimen mismo. ¿Fue Read una asesina o una víctima de encubrimiento? ¿Existió una manipulación deliberada por parte de la policía o solo negligencia institucional? El documental no responde, pero tampoco evade. Al contrario: expone.
Recomendada.
5. Película para ver en Netflix: Operación Jacinto
Escondido en los arcones de la plataforma, Operación Jacinto (2021) emerge como un thriller polaco que se adentra en la oscura y opresiva Varsovia de los años 80 bajo el régimen comunista, combinando elementos del neo-noir con denuncia social. La película sigue a Robert, un joven agente asignado por su padre, un teniente coronel de la policía secreta, para investigar un asesinato vinculado a la comunidad LGBTQ+ local. Lo que parece un caso policial rutinario se revela como la investigación de una vasta operación represiva —la "Operación Jacinto"— que documentó y persiguió a miles de personas homosexuales, sometidas a extorsión y violencia institucional.
Estéticamente, la cinta evoca el clima claustrofóbico y nocturno de Cruising (William Friedkin, 1980), sin sus ribetes sensacionalistas ni sus ambigüedades, desarrollando un estilo neo-noir marcado por una fotografía en tonos sepia, iluminación tenue y sombras profundas que reflejan el ambiente de miedo y vigilancia constante. La ambientación, recreada con minuciosidad, sumerge al espectador en una ciudad vigilada, donde la corrupción policial y la impunidad son moneda corriente.
El eje emocional de la película reside en el conflicto interno de Robert, cuya identidad y valores se ponen en jaque cuando, infiltrado en los espacios clandestinos de la comunidad gay, comienza a experimentar atracción por un joven estudiante. Esta fractura personal añade complejidad al relato, que muestra cómo el sistema autoritario no solo persigue a sus víctimas, sino que también destruye las certezas y la humanidad de quienes lo integran.
El guion combina escenas de indagación psicológica con persecuciones a las que el director Piotr Domalewski maneja de manera harto eficiente, mientras expone con crudeza la manipulación policial y la represión sistemática. La banda sonora ochentosa y el montaje sobrio contribuyen a crear una atmósfera de paranoia e intriga constante.
En definitiva, quien busque un buen thriller, con actuaciones destacadas y una ambientación que contribuye a la paranoia de los personajes, tiene una cita obligada con Operación Jacinto.
Muy recomendada.


