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Crimen real, distopía fashion y un halcón inolvidable: lo mejor del finde en Netflix, Prime y Disney+

Desde un robo violento y un virus de belleza hasta una historia queer con Daniel Craig y un clásico del realismo social: 5 joyas para maratonear ya.

Qué ver este finde en Netflix, Prime Video y Disney Plus
Qué ver este finde en Netflix, Prime Video y Disney Plus
Oscar Mainieri 6 febrero de 2026

Una selección especial con las mejores series y películas, que incluye también estrenos en salas de cine.

Estas son las series y películas para ver en el fin de semana en Netflix, Prime Video y Disney Plus.

1. Miniserie para ver en Prime Video: El robo



En principio, la rutina en Lochmill Capital, una firma de inversión dedicada a la gestión de fondos de pensión, transcurre sin mayores sobresaltos. Todo cambia de manera abrupta cuando un grupo armado irrumpe en la oficina de planta abierta y toma como rehenes a Zara (Sophie Turner), Luke (Archie Madekwe) y a numerosos compañeros de trabajo. El pánico se apodera del lugar, en parte porque nadie habría imaginado que algo así pudiera ocurrir precisamente allí. Sin embargo, los asaltantes tenían un objetivo muy concreto y extremadamente valioso. Tras amenazas, tensiones internas y escenas de violencia, el grupo consigue lo que buscaba y desaparece sin dejar rastro. A partir de entonces, el detective Rhys (Jacob Fortune-Lloyd) asume la investigación, y pronto queda claro que los responsables del golpe contaban con información interna.

Hay que reconocer que el guion no pierde tiempo y va directo al grano. A los pocos minutos, incluso antes de que el espectador llegue a familiarizarse con los personajes y el entorno laboral, el asalto ya está en marcha. Estas primeras escenas resultan efectivas y cargadas de tensión, en especial por la violencia directa con la que actúa la banda: golpes, amenazas con armas y una sensación constante de peligro que deja huella, aun sin un gran desarrollo previo de la historia o de sus protagonistas. Aunque las situaciones no se diferencian de manera sustancial de otros relatos de secuestros o robos, la puesta en escena es sólida y logra involucrar al público, que queda atrapado en el centro de la acción.

Está claro, sin embargo, que cuando una serie comienza con un asalto, ese evento no puede ser su verdadero núcleo dramático. Lo que en un relato clásico de robos suele funcionar como clímax aquí se convierte en el punto de partida. La pregunta es entonces hacia dónde se dirige la narración. A diferencia de otras propuestas recientes, que se concentran en el ladrón y su progresiva caída, El robo intenta, al menos en parte, profundizar en sus personajes. Se nos muestra, por ejemplo, que Zara tiene su vida personal desordenada, y que el detective encargado del caso arrastra una adicción al juego. En términos narrativos, la serie ofrece resultados desparejos. 



Con un inicio tan interesante, los siguientes 3 episodios languidecen en una serie de casualidades y encuentros fortuitos que restan potencia a la narración, potencia que se recupera en la resolución. Hay que reconocer que el suspenso se mantiene en gran parte porque Zara, por más errática que sea su vida, se mete en situaciones complicadas y la actuación de Sophie Turner es, por demás, creíble. También colaboran las vistas de una Londres de acero y cristal, tan fría como la mente de quien pergeñó el atraco.

Recomendada.

2. Miniserie para ver en Netflix: El destripador de Yorkshire



De los muchos asesinos seriales que marcaron la historia criminal, Jack el Destripador sigue siendo uno de los más célebres. En el Londres de la década de 1880 asesinó a varias mujeres y, pese a la abundancia de teorías, su identidad nunca pudo probarse. Un siglo más tarde, cuando en Inglaterra volvió a actuar un asesino serial que tenía como víctimas a prostitutas, la comparación resultó inmediata y el desconocido recibió un apodo similar. Hoy esa serie de crímenes ocurridos en el norte de Inglaterra entre 1975 y 1980 apenas es recordada fuera del país, pero en su momento ocupó durante años el centro de la agenda informativa y generó una alarma social constante.

Este documental en tres cautivantes episodios reconstruye ese caso y recupera el clima de histeria colectiva que lo rodeó. Al principio, los asesinatos parecían circunscribirse al mundo de la prostitución, pero con el tiempo otras mujeres también se convirtieron en víctimas, lo que amplificó el miedo. La sensación de desamparo se agravó por la incapacidad de la policía para avanzar en la investigación, limitada a recomendaciones tan vagas como pedirles a las mujeres que no salieran solas de noche. En ese sentido, la serie no solo narra una sucesión de crímenes, sino que también expone el fracaso de las fuerzas de seguridad y de las instituciones encargadas de proteger a la población.

A diferencia de otras producciones recientes del mismo sello, la serie es menos ambiciosa como retrato social. Aunque aborda cuestiones como el sexismo estructural y la forma en que se jerarquizaban las víctimas, su interés principal no está en ofrecer una lectura amplia de la época, sino en centrarse en los hechos, en las personas asesinadas, en sus familias y en algunos de los investigadores que participaron del caso. El relato se apoya en una combinación clásica de material de archivo y entrevistas actuales, sin recurrir a experimentos formales ni a recursos estilísticos llamativos.



La narración adopta un orden mayormente cronológico: comienza con los primeros crímenes conocidos, sigue el curso errático de la investigación y registra las reacciones de la opinión pública hasta llegar finalmente a la identificación del responsable. No es una propuesta pensada para el espectador que disfruta especular o resolver el enigma paso a paso, ya que las pistas son escasas y el flujo de nueva información es lento. A medida que se suman víctimas, no necesariamente se suman certezas; por el contrario, se refuerza la idea de un largo período de desconcierto, en el que nadie parecía entender quién mataba ni por qué.

En lo que destaca El destripador de Yorkshire, manteniendo un tono sobrio y distante, es en la creación de atmósferas, densas, aplomadas y grises como el clima inglés. Cuando el responsable de tantas muertes es descubierto -mediante un hecho minúsculo- el espectador siente que ya puede dejar el impermeable a un lado.

Recomendada.



3. Serie para ver en Disney Plus: Belleza perfecta

En apariencia, el público que asiste a una fastuosa semana de la moda en París busca dejarse seducir por la belleza y el glamour. Ese ideal se quiebra de forma brutal cuando la supermodelo Ruby Rossdale (Bella Hadid) sufre una transformación repentina: se vuelve violenta, recorre la ciudad dejando un rastro de víctimas y termina explotando ante la policía. El hecho no tarda en revelar que no se trata de un caso aislado. El FBI asigna la investigación a los agentes Cooper Madsen (Evan Peters) y Jordan Bennett (Rebecca Hall), quienes descubren que en distintas ciudades del mundo han ocurrido muertes similares, todas vinculadas a modelos. La causa es un virus desconocido que promete belleza absoluta a cambio de una degradación física extrema. En paralelo, Antonio (Anthony Ramos), un asesino a sueldo, elimina por encargo del empresario Byron Frost (Ashton Kutcher) a quienes portan el virus, dando a la serie una segunda línea narrativa de persecución y conspiración.

El elenco reúne varios nombres asociados al imaginario de Ryan Murphy (el creador de series como American Horror StoryMonsterGleeNip/Tuck). Evan Peters, uno de sus colaboradores más habituales y que se luciera como Jeffrey Dahmer, vuelve a ocupar un rol central como investigador marcado por la obsesión y el desgaste moral, mientras Rebecca Hall aporta un contrapunto más racional y contenido. Bella Hadid encarna de manera casi programática el ideal de belleza que la serie se propone explotar y cuestionar a la vez. Ashton Kutcher aparece como un magnate cínico, excesivo, rozando la caricatura, acompañado por figuras como Anthony Ramos e Isabella Rossellini, esta última en un rol secundario que apuesta abiertamente por el exceso interpretativo. El conjunto funciona más como galería de presencias y gestos que como un entramado psicológico profundo.



Las locaciones refuerzan esa lógica visual. París inaugura la serie como escaparate del lujo global, pero la acción se desplaza luego a otras grandes ciudades, como Venecia y Nueva York, siempre filmadas como superficies brillantes y deshumanizadas: pasarelas, mansiones, clínicas privadas, hoteles de diseño. Murphy y su equipo insisten en espacios asociados al poder económico y al culto al cuerpo, contraponiéndolos con escenas de horror corporal explícito, donde la transformación física se vuelve grotesca y dolorosa. La belleza, aquí, no es un estado natural sino un producto industrial, fabricado en escenarios tan relucientes como inquietantes.

No es una serie para tomarse en serio: el exceso estético y la provocación van por delante del desarrollo narrativo. En relación con los antecedentes de Murphy, Belleza perfecta puede leerse como una variación contemporánea de obsesiones conocidas: la crítica al culto a la imagen, la explotación de lo monstruoso detrás de la perfección y la atracción por personajes desmedidos. Sin embargo, al igual que otras de sus producciones recientes como Grotesqueries, la serie privilegia el impacto visual, el morbo y el shock antes que la reflexión sostenida. El resultado es una obra que se mueve cómodamente dentro de su marca autoral: estilizada, provocadora, a ratos contradictoria, más interesada en exhibir la superficie del horror que en explorar a fondo sus consecuencias.

Recomendada.



4. Película para ver en Netflix: Queer

William Lee (Daniel Craig) vive en el México de los años cincuenta, donde el expatriado estadounidense lleva una existencia marcada por el alcohol, las drogas y las relaciones fugaces con hombres más jóvenes. En ese contexto conoce a Eugene Allerton (Drew Starkey), un exsoldado que despierta en él una atracción inmediata y obsesiva. Lee hace todo lo posible por captar su atención y, hasta cierto punto, lo consigue: se ven con frecuencia y mantienen encuentros sexuales. Sin embargo, Allerton conserva siempre una distancia emocional, negándose a implicarse por completo. Desesperado ante esa barrera invisible, Lee propone un viaje juntos por Sudamérica. Tras dudarlo, el joven acepta, aunque el desplazamiento no resuelve, ni mucho menos, la tensión entre ambos.

Luca Guadagnino vuelve aquí a un territorio que conoce bien: las relaciones entre hombres atravesadas por el deseo, la asimetría y la vulnerabilidad. Tras Llámame por tu nombreDesafiantesQueer se presenta como su aproximación más explícita a estos vínculos. Desde temprano, el film expone el componente sexual de la relación, pero el verdadero centro del relato no está en el encuentro físico sino en lo que lo rodea: la espera, la frustración y la insistencia. Las escenas íntimas aparecen de manera intermitente, casi como pequeñas victorias para Lee, que rara vez logra derribar la resistencia emocional de Allerton.



Pese al trasfondo melancólico, la adaptación de la novela semiautobiográfica de William S. Burroughs no se limita a un tono sombrío. Guadagnino introduce momentos de humor y situaciones extrañas que alivian la carga dramática, especialmente en el tramo del viaje por la selva, donde la búsqueda de una planta especial roza lo absurdo. A partir de allí, la película se vuelve cada vez más surreal, con visiones y pasajes oníricos que reflejan el estado mental del protagonista. Los escenarios decadentes de México y la atmósfera densa, entre lo opresivo y lo festivo, refuerzan una sensación constante de calor, deseo y desorientación.

El film se sostiene en gran medida por su elenco, en particular por un Daniel Craig en uno de los trabajos más destacados de su carrera reciente. Libre ya del peso de Bond, compone a Lee como una figura carismática y contradictoria: generosa y egocéntrica, entrañable y a ratos exasperante. Su lucha infructuosa por el amor, atravesada por el miedo al envejecimiento y la enfermedad, lo convierte en un personaje reconocible y humano. El cruce de registros, entre el naturalismo y lo surreal, puede resultar un tanto delirante, pero también es lo que vuelve a Queer una golosina visual digna de ser festejada.

Recomendada.



5. Película para ver en Prime Video: Kes

Este film de 1969 dirigido por Ken Loach, es una de las piedras angulares del realismo social británico y, al mismo tiempo, una de las miradas más compasivas y rigurosas sobre la infancia obrera que haya dado el cine europeo. Basado en la novela A Kestrel for a Knave de Barry Hines, la película narra la historia de Billy Casper, un adolescente que crece en un pueblo minero del norte de Inglaterra, atrapado entre una familia hostil, una escuela autoritaria y un futuro que parece ya escrito. El hallazgo y el adiestramiento de un halcón, al que llama Kes, se convierten para él en una forma de resistencia íntima, un espacio de libertad precaria en un entorno que no ofrece salidas visibles.

El argumento avanza sin giros espectaculares ni concesiones al sentimentalismo. Loach observa la vida de Billy con una paciencia casi documental, siguiendo sus rutinas escolares, los conflictos con su hermano mayor y la ausencia emocional de una madre agotada. Kes no es una fábula edificante sobre la superación personal, sino el retrato de una posibilidad mínima de belleza en un contexto estructuralmente adverso. El vínculo con el ave no promete redención ni ascenso social: es un refugio frágil, condenado desde el inicio a chocar con la brutalidad del mundo adulto que rodea al protagonista.



El realismo social de Kes se manifiesta tanto en sus temas como en sus procedimientos formales. Loach utiliza actores no profesionales o poco conocidos, diálogos en fuerte dialecto local y locaciones reales en Yorkshire, evitando cualquier estilización que embellezca la pobreza. La escuela aparece como una institución disciplinaria más preocupada por imponer obediencia que por educar, y el trabajo en la mina, omnipresente, aunque muchas veces fuera de campo, define el horizonte vital de la comunidad. El film no denuncia a través de discursos explícitos, sino mediante la acumulación de gestos, silencios y rutinas que revelan la violencia cotidiana de un sistema de clases rígido.

Ese realismo tiene también una dimensión ética. Loach se niega a convertir a Billy en un héroe o en una víctima ejemplar. Su cámara no subraya la emoción ni manipula la empatía del espectador; confía en que la simple observación de la injusticia estructural produzca su propio efecto político. Incluso los momentos de humor, como la célebre secuencia del partido de fútbol, no funcionan como alivio, sino como una radiografía mordaz del autoritarismo y la humillación normalizada. La tragedia final, filmada con una sequedad casi insoportable, reafirma esa negativa a ofrecer consuelo narrativo.



En la carrera de Ken Loach, Kes significó una consolidación decisiva. Tras sus trabajos iniciales en televisión y films como Pobre vaca, la película fijó de manera definitiva su identidad autoral: un cineasta comprometido con las clases trabajadoras, atento a los márgenes y crítico de las instituciones. Kes no solo anticipa los grandes temas de su filmografía posterior, desde Riff-Raff hasta Yo, Daniel Blake, sino que establece un método: escuchar a los personajes, filmar los espacios reales y asumir que el cine puede ser una forma de intervención social sin perder complejidad humana.

Para el público británico, Kes fue más que una película: fue un espejo incómodo. En un momento en que el cine nacional comenzaba a alejarse del optimismo del Swinging London, Loach devolvió al centro de la pantalla la realidad de las regiones industriales y de una infancia sin promesas. La identificación fue profunda, especialmente entre espectadores que rara vez se veían representados con tanta honestidad. Con el tiempo, Kes se convirtió en un clásico cultural, proyectado en escuelas, citado en debates sobre educación y desigualdad, y recordado como una obra que demostró que el cine británico podía ser, a la vez, profundamente local y universal en su denuncia de la injusticia social.



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