Una Argentina, dos países distintos
Se fue del país hace más o menos diez años, con su pareja y su hija de apenas unos meses. Durante los primeros cinco de esos diez años no se instaló en un solo lugar. Fueron mudanzas, trabajos nuevos, un idioma que aprender, trámites, alquileres temporarios y adaptaciones permanentes. Todo eso, sin una red de contención. El desarraigo tiene algo de eso: la sensación de que todo lo que antes era cotidiano se vuelve, de pronto, incierto.
No fue una decisión simple. Tampoco fue una decisión épica. Fue una de esas decisiones silenciosas que muchas familias toman cuando sienten que el futuro empezó a volverse incierto.
Con el tiempo encontraron cierta estabilidad. Una rutina, una escuela para su hija, trabajos que van y vienen según la temporada y las oportunidades que aparecen. La vida afuera rara vez se parece a la que uno imaginó cuando tomó la decisión de irse.
En algún momento de la charla alguien le preguntó algo bastante simple: si extrañaba Argentina. Dijo que sí. Extraña a su familia, las comidas, la forma de hablar, y algunas otras cosas pequeñas que uno recién nota cuando está lejos. Pero cuando le preguntamos si volvería, respondió que no.
No lo dijo con enojo ni con entusiasmo. Lo dijo con la tranquilidad de alguien que ya pensó esa respuesta muchas veces. Una respuesta segura pero seguida de un silencio ensordecedor.
Más tarde, conversando sobre el tema alguien dijo una frase que quedó flotando en la mesa: "venimos de dos Argentinas muy distintas".
En todos los países existen desigualdades: nadie elige la familia en la que nace, el barrio donde crece o las oportunidades que va a tener en la vida. John Rawls, un filósofo yankee, llamaba a eso la "lotería del nacimiento": un conjunto de circunstancias arbitrarias que influyen profundamente en nuestras trayectorias.
Pero hay momentos en que esa lotería empieza a producir algo más inquietante.
No se trata solamente de desigualdades económicas. Se trata de trayectorias de vida que empiezan a divergir tanto que personas que comparten una cultura, una forma de hablar, ciertos gestos cotidianos y recuerdos comunes empiezan a sentir que vienen de lugares distintos.
Esto nos resulta particularmente incómodo a los argentinos.
Durante mucho tiempo Argentina se pensó a sí misma como una sociedad relativamente igualitaria. Una sociedad plebeya, donde las diferencias existían -y condicionaban- pero no definían el destino de las personas. La escuela pública, la universidad gratuita y una economía que durante décadas ofreció oportunidades de ascenso permitieron que amplios sectores imaginaran una vida mejor que la de sus padres y abuelos.
Ese imaginario todavía forma parte de la identidad cultural del país.
Por eso encontrarse con otro argentino en cualquier lugar del mundo suele generar una sensación inmediata de cercanía. Compartir un mate, reconocer el acento, hablar de fútbol o incluso de política produce una familiaridad instantánea. Porque claro, más allá de todo, venimos del mismo lugar.
Durante mucho tiempo los argentinos creímos vivir en un país donde las diferencias existían, pero no separaban mundos.
Pero la realidad empezó a moverse en otra dirección.
Hoy más de la mitad de los niños argentinos vive en situación de pobreza, según datos del Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec). En algunos grandes centros urbanos ese número supera el 60%. Eso significa que millones de chicos crecen en hogares donde el ingreso no alcanza para cubrir sus necesidades básicas, con dificultades para acceder a educación de calidad, salud o redes de oportunidades.
La desigualdad también se refleja en las trayectorias educativas. Mientras una parte de los jóvenes accede a universidades, idiomas y redes profesionales, otra parte enfrenta caminos mucho más estrechos. Menos del 20% de los jóvenes provenientes de hogares de bajos ingresos logra terminar estudios universitarios.
No se trata solamente de ingresos distintos. Se trata de horizontes distintos.
Algunos argentinos crecen pensando en estudiar afuera, viajar, construir carreras internacionales. Otros crecen intentando simplemente sostener cierta estabilidad: terminar el secundario, conseguir un trabajo, ayudar a la economía familiar.
Con el tiempo esas trayectorias empiezan a separarse cada vez más.
La emigración, en ese sentido, funciona casi como una lupa. Permite ver con más claridad esas diferencias. Según estimaciones de la Organización Internacional para las Migraciones, casi dos millones de argentinos viven actualmente en el exterior. En los últimos años el fenómeno volvió a crecer, especialmente entre jóvenes profesionales y personas en edad laboral que buscan mejores condiciones económicas o estabilidad a largo plazo.
Pero incluso dentro de esa emigración existen trayectorias muy distintas.
Hay quienes se van con estudios universitarios, ciudadanía europea o redes que facilitan el aterrizaje en otro país. Y hay quienes se van con menos recursos, con trabajos precarios o con la sensación de que el país dejó de ofrecerles un horizonte posible.
También hay otra Argentina —mucho más grande— que directamente no tiene la opción de irse. Porque emigrar también requiere capital y para millones de personas esa posibilidad ni siquiera aparece en el mapa de decisiones posibles.
Por eso cuando los argentinos se encuentran afuera, a veces descubren algo inesperado. Comparten un acento, códigos culturales, la misma nostalgia por algunas cosas. Pero no necesariamente comparten la misma historia.
Hay quienes crecieron en una Argentina de oportunidades educativas, redes familiares estables y cierta movilidad social. Y hay quienes crecieron en otra Argentina mucho más frágil, donde cada avance implica superar obstáculos mucho más grandes.
Tal vez todos los países tengan desigualdades. Pero hay momentos en que esas desigualdades empiezan a producir experiencias de vida tan distintas que quienes nacieron bajo la misma bandera comienzan a sentir que vienen de lugares completamente diferentes.
Venimos de dos Argentinas muy distintas. Y, tal vez por eso, también extrañamos dos Argentinas distintas.
Porque cuando los argentinos se encuentran —en un aeropuerto, en una conversación casual durante un viaje o en cualquier ciudad del mundo— comparten un idioma, ciertos gestos, la misma nostalgia por algunas cosas. Compartimos una cultura y una identidad, pero no siempre el mismo país.
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