Tres generaciones en la UBA y una nueva reforma para la Argentina
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Tres generaciones en la UBA y una nueva reforma para la Argentina

Defender la universidad pública no es conservarla intacta: es hacerla mejor, más transparente, más exigente y más conectada con el desarrollo del país.

La Universidad de Buenos Aires no es para mí una abstracción. No es solo una institución, un presupuesto o una sigla en medio de una discusión pública. Es parte de mi historia personal y familiar. Allí estudió mi padre. Allí estudié yo. Y hoy también estudia mi hijo.

Tres generaciones atravesadas por una misma promesa: que en la Argentina el conocimiento pueda abrir caminos, igualar oportunidades y permitir que cada persona construya su destino a partir del esfuerzo, el estudio y el talento.

En mi caso, además, la universidad pública cumplió una función decisiva: me niveló. El Ciclo Básico Común fue mucho más que un trámite inicial. Venía de la escuela secundaria con algunas fortalezas, pero también con debilidades en materias como química biológica y física. El CBC me obligó a estudiar, a ordenarme, a cubrir vacíos. Me exigió, pero también me dio herramientas. Me puso en mejores condiciones para competir.



Esa es una de las grandes virtudes de la universidad pública cuando funciona bien: no solo abre la puerta, también ayuda a cruzarla. No le pregunta al estudiante de dónde viene para decidir si merece una oportunidad. Le exige, pero antes lo reconoce como alguien capaz de construir un futuro. Eso es profundamente democrático.

Por eso me preocupa que la discusión sobre la universidad pública se haya vuelto tan pobre, tan binaria y tan cargada de consignas. De un lado, a veces se la defiende como si todo estuviera bien y cualquier crítica fuera un ataque. Del otro, se la cuestiona como si fuera apenas un gasto, un privilegio corporativo o un obstáculo para ordenar las cuentas públicas. Ambas miradas empobrecen el debate que el país necesita.

La universidad pública no debe ser intocable. Pero tampoco debe ser debilitada.

La Argentina necesita recuperar una idea más madura: cuidar lo que funciona y reformar lo que no funciona. Defender la universidad pública no significa negar sus problemas. Significa tomarlos en serio para que pueda cumplir mejor su misión. Pedir transparencia, auditorías y rendición de cuentas no debería ser vivido como una agresión: toda institución que administra recursos públicos debe explicar cómo los usa. La autonomía universitaria es un valor fundamental, pero autonomía no puede significar opacidad: significa libertad académica, pluralismo y pensamiento crítico, y debe convivir con controles serios e información pública clara.



Necesitamos una nueva reforma universitaria. No una reforma contra la universidad, sino desde el amor a la universidad. Una reforma que recupere lo mejor de nuestra tradición —democracia, educación pública, república, movilidad social, excelencia académica— y la proyecte hacia algo nuevo, moderno y profundamente argentino.

La Reforma Universitaria de 1918 no fue un museo de consignas. Fue un espíritu. Fue la rebelión de una generación que no se conformó con la mediocracia, el autoritarismo ni el privilegio. Cuando los reformistas escribieron en el Manifiesto Liminar que "desde hoy contamos para el país una vergüenza menos y una libertad más", no hablaban solo de la universidad: hablaban de una Argentina más abierta, más justa y más libre. Honrar ese legado no es repetir fórmulas del pasado. Es animarse a reformar otra vez.

El mundo cambió radicalmente. La inteligencia artificial, la biotecnología, la transición energética, la revolución digital y la transformación del trabajo están modificando la vida humana a una velocidad inédita. La universidad no puede ser espectadora de ese cambio: tiene que ser protagonista. En una época en la que la información está disponible en segundos, el verdadero valor está en aprender a pensar, distinguir lo verdadero de lo falso, resolver problemas, crear y seguir aprendiendo durante toda la vida.



Ordenar la macroeconomía es indispensable. Pero ningún país se desarrolló solo ordenando sus cuentas. Los que cruzaron la frontera del atraso al progreso invirtieron en conocimiento, innovación y capital humano. Entendieron que la ciencia no es un lujo de sociedades ricas, sino una condición para dejar de ser pobres. Y para todo eso la universidad es indispensable.

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Meritocracia y el piso de la igualdad

Hay una palabra que se usa mucho en estos debates pero que pocas veces se examina con honestidad: meritocracia.



Vale la pena recordar que el concepto fue inventado de manera sarcástica por Michael Young, un intelectual laborista inglés, en un libro de 1958 titulado The Rise of the Meritocracy. Young imaginó una sociedad futura donde el mérito —medido por coeficiente intelectual más esfuerzo— determinaba todo. Y mostró que ese sistema, lejos de ser justo, generaba una nueva aristocracia aún más inmisericorde que la anterior, porque los privilegiados ya no solo heredaban su posición: además creían merecerla.

Creo profundamente en el mérito. Pero para que el mérito tenga sentido, tiene que haber igualdad en el punto de partida. Si no la hay, lo que llamamos "mérito" es apenas la ratificación del privilegio de haber nacido en el lugar correcto.

En la Argentina, el 60% de los niños vive en la pobreza. Muchos llegan a la escuela con hambre, sin libros, sin un lugar tranquilo para estudiar, sin adultos con tiempo para acompañarlos, sin acceso a internet, sin expectativas familiares o sociales de que puedan aspirar a algo mejor. Y después les decimos que compitan "por mérito" con quienes tuvieron todo lo contrario. Eso no es meritocracia. Es cinismo.



La universidad pública argentina nació, en parte, para romper esa trampa. Para darle a quien no tuvo nada en la primaria y la secundaria una segunda oportunidad. Para que el hijo del obrero pudiera llegar tan lejos como el hijo del empresario si tenía talento y voluntad. Esa promesa no siempre se cumplió del todo, pero cuando se cumplió, transformó vidas y construyó país.

Defender la universidad pública es defender la posibilidad de que el mérito exista de verdad. No como eslogan, sino como realidad. No como privilegio disfrazado, sino como esfuerzo genuino que puede ser recompensado sin importar el apellido, el barrio o la billetera de los padres.

Cuando se recorta el financiamiento universitario, cuando se deterioran los salarios docentes, cuando los hospitales universitarios quedan sin insumos, cuando los laboratorios no pueden investigar, no estamos solo debilitando una institución. Estamos cerrando una de las pocas vías que todavía le quedan a este país para que la palabra "meritocracia" signifique algo más que la reproducción intergeneracional del privilegio.



Pero para cumplir ese rol, la universidad también debe cambiar. Necesita financiamiento suficiente y previsible, transparencia absoluta, evaluación de calidad y mejor conexión con el mundo productivo. Y debe hacerse cargo de una tragedia educativa previa: muchos jóvenes llegan con dificultades graves de comprensión lectora, escritura o razonamiento matemático. Eso no puede ser motivo para excluirlos. Tampoco puede ser ignorado. La universidad debe nivelar, acompañar, exigir y formar. La igualdad de oportunidades no es bajar la vara: es dar herramientas para que más personas puedan llegar alto.

La UBA, con todas sus dificultades, sigue siendo una marca argentina de prestigio internacional. En sus aulas se formaron científicos, médicos, economistas, investigadores, docentes, emprendedores, servidores públicos y premios Nobel. Pero no podemos vivir solo de la historia: el orgullo por la UBA debe convertirse en responsabilidad por su futuro.

La discusión no debería ser universidad sí o universidad no. La verdadera pregunta es qué universidad necesita la Argentina para salir de su decadencia. Mi respuesta es clara: una universidad pública fuerte, auditada, reformada, exigente, inclusiva, científica, internacional y profundamente democrática.



La UBA le dio una oportunidad a mi padre. Me la dio a mí. Y hoy se la da también a mi hijo. Por eso la defiendo. Pero la defiendo mirando hacia adelante, no hacia atrás. Porque cuidar la universidad pública no es conservarla intacta: es hacerla mejor para las próximas generaciones. Y porque sin universidad, sin ciencia y sin conocimiento, la Argentina no tendrá desarrollo. Tendrá apenas ajuste, resignación y futuro ajeno.

Nuestra misión debería ser recuperar el espíritu reformista para una nueva época: volver a convertir la educación pública, la ciencia y la universidad en motores de movilidad social, productividad, libertad y esperanza. No porque sea fácil. Sino porque es imprescindible.

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