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Mala gestión

Oportunidades y punto de no retorno

Cuando se apaga la cámara de la TV y empieza la necesidad de gobernar, el “hay que” se enfrenta al “cómo” y la energía discursiva se derrite

tenemos Vaca Muerta y la tecnología, pero nos ahoga la incapacidad de quienes gestionan para convertirla en un “bien”.
tenemos Vaca Muerta y la tecnología, pero nos ahoga la incapacidad de quienes gestionan para convertirla en un “bien”. Archivo.
Carlos Leyba Carlos Leyba 15-06-2022
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El Gobierno hizo campaña con el aluvión de dólares de Vaca Muerta

Pero aún no ha podido iniciar ni planear las obras de infraestructura que, de hacerse, darían lugar a un ingreso anual de hasta US$ 50.000 millones, valuando gas y petróleo a precios “de paz”. 

La oportunidad, según A. Pronsato, último responsable kirchnerista de las obras, se desvanece por la ignorancia militante de La Cámpora. 

No es una novedad. Pero es una amenaza para el futuro. Los chicos crecieron y se multiplicaron. 

La pérdida, en dólares, sería mayor si valorizamos la energía, no a “precios de paz”, sino a los que está marcando la guerra imperialista de Vladimir Putin

Apostilla: es verdad que “los ladridos de la OTAN” a la orilla de Rusia, resultaron, resultan y resultarán molestos en las fronteras que tiene el viejo Imperio con Ucrania o con Finlandia. 

Pero esa molestia no habilita a matar al perro del vecino aunque ladre todo el día. 

Nada justifica la destrucción “preventiva” gestada por el Zar ruso. Volvamos. 

Precios de energía (y granos) que una vez que amaine el conflicto, que es una probabilidad ya que en el otro extremo está la Tercera Guerra, bajarán desde los niveles actuales. Y, para colmo, se cruzarán con las tendencias descendentes que acompañan a las subas de las tasas de interés en curso y al ya insinuado freno de las grandes economías. No sabemos cuánto dura el presente.

Nada anuncia que pueda repetirse la China de principios de siglo cuando volaba a 9%. 

Esas tasas eran “el detrás” del viento de cola que malogramos durante la década soplada. Está mal llamarla “ganada”. Aquella oportunidad también la deshilachamos al no acumular para el futuro. 

Nunca debemos olvidar las consecuencias que es lo que verdaderamente importa de las políticas.  

La perspectiva de retorno de las condiciones que dieron lugar al impacto global que indujo la “Chimérica” hoy no está en el horizonte. 

Pero aun así, con “precios de paz” y hasta en condiciones globales de desaceleración, explotar esa riqueza de hidrocarburos sería una condición propicia, aunque insuficiente, para romper la tendencia de 46 años de decadencia económica y social. 

Estamos postergando la oportunidad de los US$ 50.000 millones por año y nada estamos haciendo para cosechar y acumular cuando eso ocurra. Lo hemos hecho con anteriores oportunidades.

Además este “regalo de la naturaleza” tiene fecha de vencimiento: llegará el momento en que la demanda por la racionalidad climática obligue a dejar esa riqueza enterrada para que no contamine. 

Es decir la “oportunidad” subsiste si actuamos bien y con celeridad y planeamos qué hacer con ella. 

El caso “gasoducto” está denunciando la amenaza que, sobre el futuro, ejerce la bajísima calidad de esta gestión. 

Calidad que es independiente de las ideologías. Si Macri y Fernández representan “extremos ideológicos”, lo que sí tienen en común es la bajísima calidad de gestión que se derrama por todos los intersticios de la Administración Pública. “La política” tiene consecuencias multidimensionales para bien o para mal. 

El daño que a la sociedad infiere un Gobierno se puede medir por el desaprovechamiento de las oportunidades que la historia le brinda; y toda mala gestión se derrama sobre la Administración Pública que se instala como una barrera de inutilidad que está creciendo como una enfermedad silenciosa. 

Sabemos qué tenemos en Vaca Muerta. Y tenemos la tecnología. Pero nos ahoga la incapacidad de quienes gestionan para convertirla en un “bien”. Trabas, sospechas, judialización. 

Un segundo ejemplo -puede ser menor y producto de la extrema sensibilidad de una sociedad muy golpeada- es el del avión iraní venezolano. 

El final es igual: judialización. El principio es el mismo: incapacidad, llegar tarde. 

Y además la voz del gobierno resultó igual. 

Hay que ver la cara de sorpresa del periodista Pablo Duggan de C5N cuando escuchó al jefe de los espías, el incombustible Agustín Rossi, decir que la explicación de la tripulación del avión sospechoso era simple: “Una escuela volante”. El periodista, feliz con la exclusiva, dijo: “¿Es información?” 

Rossi aclaró: no, es mi deducción. 

Insólito, el jefe de los espías no maneja información, ejercita la deducción en público.   

Un ejemplo más de una larga historia hace de nuestras sucesivas administraciones las constructoras de una secuencia de “oportunidades perdidas”. 

No es sólo el patético sainete del gasoducto. También faltan obras vinculadas a los insumos, las inversiones de explotación y las de transformación de las materias primas de petróleo y gas.  

Todas esas ausencias de planes y de realizaciones, hablan a las claras de un colectivo gobernante que es a la vez  multitudinario, caro, inoperante. 

Multitudinario: ¿conoce Ud. quién podría mencionar, no ya el cargo, sino el nombre de los actuales ministros? 

Convengamos que no es el de Alberto Fernández el primer Gobierno multitudinario e inoperante, de funcionarios desconocidos fugazmente mencionados. 

El heredó los desaguisados del “mejor equipo de los últimos 50 años” integrado por más de 20 ministerios, y tres insólitos ojos, boca y oreja de un mismo Mauricio Macri (sic Peña, Lopetegui, Quintana). 

Los horrores del presente -mirando desde la decadencia- hacen “mejor” a todo Gobierno anterior por distorsión de imagen. 

Claro, Mauricio, a su vez,  heredó el desastre de la administración de Cristina que tiene el “enorme mérito” de haber adulterado, por primera vez, las estadísticas públicas de precios, pobreza y hasta las de las Cuentas Nacionales. 

Es decir, CFK “trató de gobernar en la obscuridad autoprovocada”.

Una muestra: Aníbal Fernández para avalar las mentiras o la ignorancia de Cristina -discurso en la FAO (Roma) en que inventó la pobreza del 5%- afirmó que en Argentina había menos pobres que en Alemania. 

Cierto: este hecho es mucho más grave, pero no menos indecoroso, que los imaginados “brotes verdes” del entonces ministro Nicolás Dujovne que hizo gala, durante su gestión, de daltonismo económico: en su semáforo veía verde cuando ardía el colorado. 

Tenía vocación por exponer acuarelas infantiles para distorsionar la realidad de un derrumbe inexorable. 

Después de haber aplicado retenciones a todas las exportaciones, Dujovne fue eyectado y le dejó a su sucesor la tarea de poner el cepo y además “reperfilar” (default) la deuda en pesos. 

Los economistas del PRO hicieron todo lo que creían que no había que hacer. 

Resultaron ser administradores escasos de recursos o de débiles convicciones. Cuando se apaga la cámara de la TV y empieza la necesidad de gobernar, el “hay que” se enfrenta al “como” y la energía discursiva se derrite.  

Fernández prometió usar las Leliq para aumentar jubilaciones. 

Lo mal que estamos pertenece tanto al pasado como al presente, aunque también a acontecimientos ajenos a nuestra capacidad de decisión. 

Son muchos los años de extravíos de lo público y de ahí los muchos años de mal común. 

Los vientos o brisas de cola, sin transformación, no cambian la dirección de una economía estructuralmente diseñada para la regresión. 

Pocos son los años de “bien común” que es lo que debe perseguir “la política”. 

Esa es la consecuencia de la mala “calidad de la política” que se derrama en la “calidad de la administración”. Mala política, mala administración, traba para lo que viene. 

La política hace años que falla. Se quiebra con la primera piedra del camino. 

Recuerde que en los años del viento de cola “veníamos bien”: apenas aumentó el empleo y bajó la pobreza, se aceleró la inflación y entonces “la política” fue falsificar las estadísticas.   

Es que la política tiene, entre otras, dos fallas centrales. ¿Cuáles son sus signos? 

El primero: la ausencia de agenda, de programa, de planes, que implica definir un sistema de prioridades. 

No las hay y por eso nos gobierna lo inmediato.

El segundo es la ausencia de “consenso” que es una consecuencia lógica de lo primero. 

Es imposible gestar un “consenso” sin dialogar sobre una agenda (los temas), un programa (los objetivos) y los planes (las herramientas) y, fundamentalmente, sobre “las prioridades”. 

El “disenso” es, por definición, la condena al “corto plazo”, a responder al y por “accidente”. 

Por eso no logramos hacer lo que todos sabemos que tenemos que hacer. Por eso somos una sociedad de “demanda excedente e incapacidad de oferta”. 

Todas nuestras crisis son de insuficiencia de oferta, de la pobreza a la crisis externa, de la carencia educativa a la inseguridad. 

Hay una relación directa entre insuficiencia de oferta y el dominio político del disenso. El ejercicio del poder por el disenso. En ese marco se agiganta la urgencia de prioridades.

En la agenda, la prioridad es establecer qué es lo primero: el orden importa. En el programa, la prioridad es establecer cuál es el objetivo preciso, identificar es central. En el plan, la prioridad es establecer las herramientas y prever las consecuencias.  

La realidad es que todos estos años han sido una larga secuencia de “vamos viendo”. 

Sin prioridades por ausencia de agenda, programas y planes. Por eso estamos condenados a las consecuencias no deseadas. 

Nos gobierna el accidente. 

La agenda real, no pensada, de los últimos gobiernos han sido los problemas que surgen, casi siempre, producto de la imprevisión o, en los últimos tiempos, de las demandas de las minorías activas. 

Gobernados por el ruido. 

El orden lo imponen el día a día, las minorías activas fijadas en objetivos tan legítimos como sectoriales y que por lo tanto, sin quererlo, derogan la prioridad de lo colectivo. 

El gobernar por el día a día, diluye lo colectivo y acumula el excedente de demanda social y amenaza la llegada al punto de no retorno. 

El inventario de situaciones límites todos lo conocemos.

Navegamos entre la oportunidad y el punto de no retorno, sin rumbo, sin conocer la agenda, el programa y los planes de la política, sea de un lado o del otro de la grieta. 

Condenados al corto plazo, el consenso o el éxito no son utópicos, sólo son quimeras.

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