La política argentina nunca deja de sorprender. Un presidente urgido del núcleo tradicional del peronismo fracasa por su incapacidad de liderar, mientras un economista outsider, sin experiencia en gestión pública, asume el poder con una impronta de liderazgo inconfundible. Alberto Fernández y el gobierno del Frente de Todos dañaron la marca del peronismo: no ejercieron el poder de manera efectiva.
Mostraron una gestión débil e ineficaz, hicieron poco y mal. Javier Milei, en cambio, con escasos recursos institucionales, ha logrado acumular un poder significativo en poco tiempo.
Podríamos debatir interminablemente si el libertario supo interpretar el clima de época mejor que nadie o si fue la sociedad quien lo eligió para castigar a quienes percibe como responsables de sus frustraciones. Sin embargo, este debate sería anecdótico a los efectos prácticos: con un puñado de diputados, apenas unos senadores y sin el respaldo de gobernadores e intendentes, Milei ha iniciado una profunda discusión sobre el rol del Estado en la sociedad. Con motosierra en mano, las herramientas del Poder Ejecutivo y el acompañamiento de la opinión pública dispuesta a tolerar ajustes drásticos, impulsó la más política de todas las discusiones: la reconfiguración del Estado.
Con una consigna sencilla sentó el punto de partida: "No hay plata". En este contexto, el ajuste y los recortes han desmantelado lo que resultó ser un tigre de papel: "El Estado presente".
No se derramaron muchas lágrimas por los caídos en pos del equilibrio fiscal. En algunos casos, solo se vertieron algunas lágrimas de cocodrilo. Para llevarse puesto a las vacas sagradas de las últimas décadas deberían darse muchas condiciones, aunque una resulta esencial: que los derrotados en las urnas hayan quebrado íntimamente sus convicciones.
Si bien algunas decisiones generan protestas, muchas de las críticas han sido más simbólicas que efectivas. Incluso sectores opositores parecen aceptar (aunque en privado) con más cinismo que pragmatismo, que ciertas medidas eran necesarias, dejando entrever que prefieren que sea Milei quien haga el "trabajo sucio" para luego intentar "volver mejores". Faltan ideas, nuevos referentes y auténtica autocrítica. Frente a esta actitud, La Libertad Avanza... y festeja.
Curiosa variación de roles: los republicanos de ayer ahora legitiman el decisionismo del presidente, justificándose con el caudal de votos obtenidos en el balotaje. Mientras que los populistas de antaño se desgarran las vestiduras invocando la división de poderes y citando a Alberdi.
El Presidente, pragmático por naturaleza y autodeclarado "bilardista", entiende que en política solo importa ganar. Su estilo estridente, auto-celebratorio, repleto de insultos hacia detractores, a quienes tilda de "degenerados fiscales", "mandriles", "ensobrados" y otras lindezas, no paga costos porque los beneficiarios del modelo saben distinguir entre lo esencial y lo accesorio y sus víctimas no cuentan con prestigio social como para hacer oír su indignación.
El Presidente, como cualquiera, tiene derecho a gritar sus goles. Sin embargo, cabe recordarle que su partido recién está en el primer cuarto de juego. Aunque ha probado que no le falta pragmatismo (o quizás precisamente por eso) tiene que mantener la intensidad discursiva que lo llevó al poder y sostener el volumen de sus retóricos y virtuales castigos para que no se enfríen las pasiones de quienes lo pusieron en el sillón de Rivadavia.
Mientras tanto, los distintos integrantes del colectivo denominado casta ("sindicagarcas", "empresaurios", "depravados fiscales", "periodistas ensobrados") soportan con distintos grados de estoicismo los rugidos del león, confiando que tarde o temprano será la realidad la que lo devolverá a la jaula o lo domesticará.
Claro que no arriesgan pronósticos respecto de los tiempos. Los viejos políticos perezosos escuchan a los economistas que señalan el talón de Aquiles de todos los gobiernos desde hace décadas: el dólar. El tipo de cambio bajo que sostiene Toto Caputo es la gran esperanza blanca de los que no se animan a pensar más allá del horizonte. Estiman que tarde o temprano la sobrevaluación del peso pasará por caja a facturar.
La historia argentina ofrece fundados motivos para pensar que una crisis cambiaria podría desestabilizar al gobierno. Pero incluso si la profecía se cumple, no hay garantías para el regreso de los sospechosos de siempre. Quizás, si se diera en algún momento una corrida, ellos también deberían considerar atarse bien las zapatillas.