Las últimas décadas las hemos pasado de milagro en milagro en la economía. Nada que ver con el espíritu de las Navidades, que, a todos, creyentes o no, nos invita al reencuentro del seno familiar, el que nos dio la vida y nos invita a renacer.
Dicho esto, vuelvo a eso de "milagro en milagro".
Después de cada crisis económica, hiperinflación o hiper desempleo la economía, renació para la mayor parte de la sociedad.
Cada resurgir fue celebrado por los medios como "un milagro argentino". Varias veces. Felipe Pigna dedicó un "piloto de tormentas" -reservado para el enorme Carlos Pellegrini -a un ministro protagonista de una breve recuperación luego de un gigantesco desbarranco. Otro historiador acaba de dedicar a Milei, el mismo elogio.
Nuestros historiadores reparten laureles al presente de manera precipitada, dejando de lado lo que podemos llamar corrientes profundas de la historia.
J. Ortega y Gasset, nos recuerda la experiencia del comandante Perry - explorador del Polo Norte - que viajaba en su trineo de perros; a la noche ubicó su posición por las estrellas: se encontraba mucho más al sur. Viajaba sobre un témpano al que, la corriente marina, arrastraba hacia el sur. Estos fenómenos son "consecuencias inesperadas de la acción" o que la acción ha sido incapaz de modificar las tendencias que la gran historia ha puesto en marcha.
Volviendo al principio, todos los "milagros", de los últimos 50 años, no pudieron quebrar una corriente profunda que nos lleva en la dirección contraria a la que los argentinos vivimos en los 50 años anteriores. Los últimos cien años son una "V" invertida, los primeros 50 de progreso, y los que acabamos de vivir, de decadencia.
La corriente profunda, en este medio siglo, fue el sistemático incremento de personas en la pobreza. En los últimos 50 años de, punta a punta, el número de personas en la pobreza creció a 7% anual acumulativo y nunca bajo de ser 25% de la población. Un piso escandaloso que nunca se logró perforar.
Sin embargo, en estos mismos 50 años, tres veces se habló del "milagro argentino". Al menos dos de esas tres veces, "el milagro" fue una transformación del consumo de las clases medias: viajes y vacaciones en el exterior y disfrute del dólar barato y pari passu el aumento de la deuda externa. Mejora en la calidad y precio de los bienes y servicios a consumir, con una contrapartida de "populismo" que es endeudarse en moneda extranjera y no aplicar esos recursos a nuevas capacidades para poder pagar servicios y capital de esa deuda. Populismo para mejorar por un tiempo el consumo de los mejor instalados a costa de su futuro; y a costa del presente -avalancha importadora sustituidora de producción nacional - de miles de personas sin trabajo o sobreviviendo con trabajos de bajísima productividad, entre ellos, el "empleo público".
Fue la corriente profunda de populismo a favor de los sectores más acomodados o placebos para calmar necesidades de los postergados.
Cada vez que salimos de una crisis "por un milagro", duró un tiempo y cuanto más duró "el milagro", más terrible la crisis que lo sucedió.
No puedo dejar de recordar que uno de los prestigiosísimos historiadores que denominaron "pilotos de tormenta" a sus contemporáneos, publicó un ensayo en el que aseguró que la convertibilidad de Cavallo había terminado definitivamente con la inflación.
Deberíamos moderar los pronósticos basados en datos coyunturales, No sólo por lo del témpano y la corriente profunda que nos obligan a mirar la estructura en profundidad, sino por el carácter de la medicina de urgencia. Me explico. Un enfermo grave es trasladado al Hospital, la ambulancia vuelca y el enfermo se rompe la pierna. Ingresa por Urgencias, lo curan y en trayecto a la internación programada, muere de la enfermedad que lo había llevado al Hospital.
Pasan, lo urgente y lo prioritario. El riesgo mayor y el riesgo menor.
Nuestro país, en estos 50 años, ha sido gobernado por "intendentes", no por "estadistas". Un "intendente" es aplaudido y espera serlo, por resolver el problema que está preocupando a la mayoría. El problema está a la vista de todos. El intendente lo resuelve y recibe el aplauso de la comunidad. Resuelve el problema que ya ocurrió y logra la popularidad gracias a la eficacia inmediata de resolver lo evidente: la pierna quebrada.
El hombre de Estado, el estadista, resuelve los problemas que sólo él ve - o que los hombres de su talento ven - y que los ciudadanos de a pie urgidos por el presente, no contemplamos, no vemos, no consideramos. La pierna quebrada, la enfermedad terminal; la dirección del trineo, la dirección del témpano.
Durante cincuenta años gobernados por intendentes. Influye el sistema electoral, la inexistencia de partidos políticos, la ausencia de discusiones programáticas, una suerte de aversión a analizar el futuro deseable y el posible.
La dramática carencia de hombres de Estado, en las alternativas electorales, nos ha metido en este ciclo de crisis-milagro- crisis y siempre consolidando, en lugar de resolver, los males profundos que nos aquejan. Veamos.
Primero la dramática, densa, perturbadora, pobreza estructural, que no baja de 25% de la población y que afecta a la mayoría de nuestros niños, es decir, nuestra insólita e impagable hipoteca demográfica.
Segundo, el vacío territorial, la escandalosa concentración demográfica en el AMBA y una de sus consecuencias, el dominio de la cultura portuaria, sin contrapeso de la geografía que le da sentido a la idea de Nación; una cultura portuaria que se evade de pensar "la nación" desde adentro o la sociedad pensada "como un proyecto sugerente de vida en común". Cuando Brasil pegó el salto hacia su desarrollo, Celso Furtado había inaugurado la idea del desarrollo desde adentro, desde el interior.
Tercero, "las fugas", la fuga de cerebros en cuyo cultivo y desarrollo todos hemos invertido; y la fuga del ahorro, que es propio del que fuga, pero que no se hubiera generado sin el concurso del conjunto.
Cuarto, la cultura de la trampa sin sanción, la ausencia de conducta moral y de justicia reparadora; ahí están la evasión tributaria y los blanqueos: premios en lugar de sanción; jueces, políticos y miembros de la burocracia manejando la cosa pública y al mismo tiempo generando fortunas personales inexplicables, siempre asociadas a la "nueva oligarquía de los concesionarios", el juego, la banca, los servicios públicos, los "otorgamientos del Estado", una verdadera maraña de "asociaciones" que forman una suerte de gobierno subterráneo.
En estos días, por ejemplo, es difícil disociar del imperio Eurnekian, tanto del "desgobierno" de A. Fernández y Cristina, y también de esta Administración que tiene cartón lleno de ex funcionarios de ese Grupo. No es el único caso. Los "concesionarios" son una nueva clase que ha hecho fortuna a la manera de la mafia rusa, basada en la apropiación de los bienes del Estado, generando un poder económico difícil de compensar a causa de la debilidad de las instituciones. Basta seguir las peripecias del señor Tabaco y como dice C.Pagni, el inefable Pucho, que se refiere a las "cosas grandes.
Y también a las más "pequeñas" como el reguero de Bingos. Ahora se vota uno nuevo en Ing. Maschwtiz. El concejal, del PRO o Juntos por el Cambio, que lo promueve a metros de dos escuelas, dice que lo hace "en función de una necesidad social", argumento tan canallesco y desopilante, como el último decreto de Néstor Kirchner que "obligó al concesionario de las maquinistas del Hipódromo" a colocar unos miles más, para "satisfacer las necesidades sociales".
Como insiste un amigo muy querido (EWR), la decadencia, y - para mi - el "ciclo crisis-milagro-crisis", es, antes que nada, una decadencia moral, ética, que lo ha contaminado todo.
Sin embargo, cada año nos sorprende el milagro de la Navidad que - para creyentes y los que no lo son - es sentir, querer volver a nacer.
Esta Navidad nos ha hecho testigos de una colosal transformación del discurso y de los declarados deseos del presidente. Un milagro de conversión. Veamos.
Mientras escuchaba una alocución presidencial dedicada a lo que él llamó los "zurdos hijos de puta", una tormenta de improperios, propia de un poseído, dedicada a todos los que no somos sus entusiastas seguidores, recibí la Carta que el presidente, en esta Navidad, le dirigió al Episcopado.
Un milagro de conversión: Javier, en esa carta, dice cosas como "bien común". Si hay bien común hay un Estado para velar por él. Reconocer el bien común es la negación del anarcocapitalismo que niega el bien común para negar al Estado. Javier en esa carta, que le demandó 12 días de preparación, señala la necesidad de "promover los caminos del diálogo", el "desarrollo integral" y colocó la palabra "Patria" -una contradicción, una conversión, para quién siendo presidente argentino, aceptó ser ciudadano italiano - y convocó a los obispos a "construir espacios de diálogo".
Nuestros pastores, iluminados por la energía de los curas villeros, han logrado el milagro de la conversión del discurso de Milei, en esta Navidad.
Y aunque sólo sea una carta, nos da derecho a imaginar que no nos insultará más, que no tratará de acumulará más poder "calentando a la turba" que disciplinadamente dice que "el que se mueve es un puto"; o que gritaba "hijos de puta" dirigidos por Javier.
La conversión de Milei es haber puesto los términos de "bien común, desarrollo integral, espacios de diálogo, y Patria" que es decir que reconoce "algo" por encima del "mercado". Un verdadero milagro.
Porque, en el estado que estamos, y en la secuencia "crisis-milagro- crisis" que ya hemos vivido, suenan algunos tambores en la selva del mercado y nos hacen pensar que tal vez esta milagrosa conversión de las palabras pueda generar la conversión de los hechos; y que la idea de Patria, esta vez evite lo que todos tememos. En mis términos, "evitar las consecuencias del milagro económico" será un milagro, tal vez, consecuencia de la conversión navideña epistolar de Javier. ¡Milagro!



