La neutralidad como privilegio
Durante décadas, la objetividad funcionó como una especie de ideal regulador en las ciencias sociales. Un horizonte deseable: mirar la realidad "tal como es", sin interferencias personales, sin emociones, sin intereses. El problema es que ese ideal se apoya en una imagen bastante irreal: la del observador que puede pararse fuera del mundo que analiza, como si no estuviera afectado por su historia, su clase social, su educación o su experiencia de vida.
Pero nadie piensa desde la nada. Nadie observa sin ser observado por su propio contexto. Las sociedades desiguales no producen miradas neutras: producen miradas situadas. Lo que solemos llamar "objetividad" muchas veces no es otra cosa que un punto de vista particular que logró imponerse como norma. Como decía Bourdieu, el mayor poder de una mirada es hacer pasar por universal lo que en realidad es socialmente localizado.
John Rawls hablaba de la "lotería natural" para explicar que nadie elige con qué talentos, capacidades o condiciones nace. En América Latina esa lotería se duplica: además de la natural, existe una lotería social. No todos nacemos en el mismo barrio, con la misma red de contención, con la misma relación con el Estado, con el mismo margen para equivocarnos sin caer al vacío. Esa desigualdad aparece cuando miramos el mundo y decidimos qué cosas nos parecen problemáticas, urgentes o tolerables.
Por eso, no existe ese famoso "punto cero" desde el cual hablar sin estar implicado. Lo que sí existe es la posibilidad —mucho más modesta y más honesta— de reconocer desde dónde se habla. La objetividad no es una condición previa; es, en todo caso, un efecto de posición. Algunos lugares sociales permiten creer que lo propio es neutral; otros obligan a explicitarlo.
Ser objetivo no es no tener postura
Acá aparece una confusión frecuente: asumir que la objetividad es imposible no significa caer en el relativismo ni decir que "todo da lo mismo". Significa algo distinto y más exigente: reconocer que la objetividad no consiste en no tener una posición, sino en no mentirse sobre ella.
Puedo no estar de acuerdo con Victoria Villarruel o con Ofelia Fernández —por sus ideas, por sus proyectos, por sus diagnósticos— y aun así reconocer virtudes en sus discursos, capacidades políticas, coherencias internas o rasgos que considero valiosos. Mi postura es subjetiva: tengo preferencias, desacuerdos, límites. Pero mi análisis puede ser objetivo: puedo describir con precisión, sin caricaturizar, sin negar hechos incómodos para mi propia posición.
Lo mismo pasa con conflictos complejos como Israel-Palestina. Puedo reconstruir la historia del conflicto, los hitos, las responsabilidades, las asimetrías de poder, los marcos jurídicos, y hacerlo con rigor. Eso no elimina que, al final, tenga una postura ética, religiosa o política. La objetividad está en el método, en el cuidado del análisis, en no forzar los hechos para que encajen con mis deseos. La subjetividad está en el juicio final. Confundir ambas cosas empobrece el debate.
Hannah Arendt lo decía con claridad: comprender no es justificar, pero tampoco es negar la complejidad. Comprender exige sostener la tensión entre los hechos y nuestras evaluaciones morales, sin borrar ninguna de las dos.
Esta discusión se vuelve especialmente visible en el análisis de políticas urbanas. El caso de la Villa 31 no es excepcional: es pedagógico. Ahí se enfrentan dos formas de entender la ciudad y, sobre todo, dos formas de mirar a quienes la habitan.
La urbanización integral parte de una premisa clara: el derecho a la ciudad no depende del valor del suelo sino de la necesidad de garantizar condiciones mínimas de autonomía, seguridad y proyecto de vida. La alternativa —entregar títulos de propiedad y dejar que el mercado "resuelva" el futuro del barrio— parte de otro supuesto: que la valorización del suelo céntrico es inevitable y que la política pública debe facilitar esa transición, incluso si eso implica que los actuales habitantes queden expuestos a una presión inmobiliaria que no pueden resistir.
Estas no son diferencias técnicas sino interpretaciones morales del otro: en una, el habitante es sujeto de derecho; en la otra, es un ocupante transitorio cuyo eventual desplazamiento no se considera un problema central. Son dos modelos de ciudad y, al mismo tiempo, dos concepciones de justicia distributiva. La técnica, en estos casos, no es neutral: es una forma de política encubierta.
Una objetividad más exigente, no menos
Aceptar que la objetividad total es inalcanzable no debilita el análisis; lo fortalece. Cambia la pregunta: en lugar de preguntarnos "¿cómo eliminar el contexto?", la pregunta pasa a ser "¿cómo hacer explícito desde dónde hablamos y cómo eso estructura nuestra mirada?".
Las ciencias sociales latinoamericanas fueron más potentes cuando asumieron esta condición. No cuando renunciaron a la aspiración de universalidad, sino cuando entendieron que lo universal se construye desde lo situado. Las categorías más fecundas no nacen de la abstracción pura, sino de conflictos reales, vividos, pensados desde adentro.
Además, en sociedades atravesadas por desigualdades extremas, la distancia emocional necesaria para una supuesta neutralidad es un privilegio. No todos pueden darse el lujo de observar sin implicarse. En ese sentido, la objetividad entendida como desapego absoluto no solo es improbable: es políticamente costosa.
La discusión no es si la objetividad existe o no, sino qué hacemos con su imposibilidad. El desafío es construir teorías que incorporen el conflicto, la historicidad y la posición social como parte constitutiva del análisis. No se trata de militar ideas disfrazadas de ciencia, ni de rechazar el conocimiento global, sino de producir pensamiento honesto: consciente de sus límites, pero también de su potencia.
La objetividad total es inalcanzable pero la honestidad intelectual, no. Y en contextos como los nuestros, esa honestidad no debilita el pensamiento: lo vuelve más preciso, más responsable y, sobre todo, más verdadero.
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