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La narrativa de la responsabilidad o el arte de dar pronto las malas noticias

Un gran desafío para el nuevo presidente: tomar las decisiones simbólicas necesarias que mantengan el idilio con su electorado, pero al mismo tiempo tender puentes de diálogo que necesitará para hacer reformas profundas.

El presidente electo, Javier Milei.
El presidente electo, Javier Milei.
Carlos Celaya 21 noviembre de 2023

En la noche del triunfo electoral de Javier Milei vimos dos imágenes de una nueva narrativa. 

La primera la generó el propio presidente electo, con una escenografía distinta. Lejos de la fotografía partidaria del peronismo o del radicalismo en las noches electorales, lejos de la alegría pueril de los globos amarillos del PRO, los signos de Milei fueron un escudo institucional estilo presidencia norteamericana y una solemne soledad. 

La otra imagen fue una escena fugaz: militantes libertarios celebrando en el entorno del Obelisco y, a la japonesa, levantando papeles del suelo, limpiando la calle tras la fiesta de su triunfo. Eran chicos jóvenes, parte de la nueva generación que ayer votó por cambiar de una forma rotunda.

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En los dos gestos hay un mensaje implícito sobre la responsabilidad. No solo en contraposición a la histriónica imagen del presidente electo (lo que fue diseñado), sino reforzando la idea de que llegó la hora para los argentinos de "hacerse cargo" (lo que parece mas auténtico).

Una de las deudas más perniciosas de buena parte de los dirigentes políticos, empresariales y sindicales del país es su tradicional irresponsabilidad ante las decisiones tomadas. Muchos votantes quisieron saldar ese pasivo.

El domingo, precisamente, ganó la generación nacida en la democracia: hombres y mujeres de 40 años o menos que vieron fracasar varios gobiernos de manera persistente y secuenciada y comprobaron que, mientras ellos se empobrecían, los funcionarios responsables de la mala gestión vivían cada vez en mejores condiciones.

Milei no contará con 100 días para tomar decisiones estratégicas. Apenas tiene un momento dulce de unos minutos, generado por el apoyo de 14,5 millones de argentinos, el mayor caudal de votos reunido hasta ahora por un presidente. En breve, en verano, empezarán a visualizarse las dificultades parlamentarias que tendrá. Y ahí empieza el ruido.

Es por eso que, incluso antes de tener la "muñeca política" necesaria, deberá reforzar su narrativa para mantener esa pasión electoral efímera. Dicho de otro modo: mientras logra tejer las alianzas políticas que necesita, algo que requiere tiempo, debe mantener el idilio con la calle que ganó el domingo y no tiene tiempo.

Cuenta con las "primeras medidas": un catálogo de acciones que marcan rumbo y establecen la agenda de la conversación colectiva.

Algunas son inevitables: sin ellas, los riesgos para la economía argentina son inmediatos. Derrapar en la curva hiperinflacionaria es la escena más previsible sin esas decisiones. La solución a las Leliq está en el centro.

Sea cual sea el ministro de Economía que designe Milei, la circulación de nombres como Federico Sturzenegger o Luis Caputo no deja de tener un mensaje subliminal, intencionado o no, precisamente sobre la responsabilidad. Sobre asumir las consecuencias de las decisiones tomadas y arreglarlas si el plan salió mal. 

Otras son decisiones simbólicas. Tienen el significante de inaugurar una nueva época. Algunas, con gran trascendencia económica. La privatización de la obra pública o de YPF, el cierre de ministerios, la reducción del gasto político, moverán grandes oposiciones de sectores (sindicales y empresarios) a los que la sociedad les bajó el pulgar el domingo.

Otras proyectan gestos de cambio, más allá de su valor económico, como la privatización de la Televisión Pública: no habrá una manifestación de millones de ciudadanos solidarizándose con los sueldos en los medios públicos de información ni por la denuncia de contratos millonarios con artistas, periodistas o personajes conocidos.

Donald Trump, Jair Bolsonaro o Giorgia Meloni, por poner ejemplos en los que Milei dice referenciarse, tomaron medidas simbólicas de inmediato. La reducción del salario mínimo en Brasil, las restricciones inmigratorias de Trump, el fin de la obligatoriedad de la vacuna contra el Covid en la Italia de Meloni. Mucho antes, entre las primeras medidas de Margaret Thatcher, a quien Milei alaba, estuvo el debilitamiento de los sindicatos.

Lo que tienen en común estas medidas es un mismo tono: todas polarizarán. Ahí radica un gran desafío para el nuevo presidente: tomar las decisiones simbólicas necesarias que mantengan el idilio con su electorado, pero al mismo tiempo tender puentes de diálogo que necesitará para hacer reformas profundas. Su permiso social electoral es importante, pero el voto al peronismo, incluso en estas condiciones, congregó a más de 11,5 millones de personas, tres millones menos que el ganador. Es mucho, pero no es tanto.

Tanto las decisiones inevitables que debe tomar, como las más simbólicas, deben aguardar hasta el 10 de diciembre, por más que se enuncien ahora. 

Y ahí aparece una oportunidad, previa a su asunción. Y es la fotografía de la realidad argentina. En toda su crudeza, genuina y sin "tibiezas" como al propio Milei le gusta repetir.

Contar, detallar, ser elocuente con la imagen precisa de la magnitud del descalabro económico, social y político argentino es el lugar opuesto en el que empezó Mauricio Macri en 2015: se trata de dar las malas noticias ahora, con contundencia. 

Quizás no sea la fotografía que esperan los argentinos. O quizás sí. Probablemente es la imagen que más se necesita. Al fin y al cabo, controlar las expectativas es parte del arte de narrar un nuevo gobierno.

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