Todo un palo, ya lo ves

Jobs, el Indio y el fin de una época de ruptura

No sigo al Indio Solari y los Redondos desde Cemento. Llegué de veterano, como se llega a las cosas que importan cuando ya no hay tiempo para el entusiasmo fácil.

Jobs, el Indio y el fin de una época de ruptura

No sigo al Indio Solari y los Redondos desde Cemento. Tampoco desde Paladium. Menos aún desde bares poco recordados como Stud Free Pub o Látex Nexo Bar. Y, ni qué hablar, desde aquellos escenarios que inspiraron el hitazo “Masacre en el puticlub”.

Nada de eso. Para mí la historia transcurrió en otra zona, dentro de una lógica como la que experimenté con otros músicos, pintores, escritores o creativos de cualquier especie: en un momento, más tarde o más temprano, nos enlazamos. Y no nos abandonamos más.

En ese plano, mantengo vivo el recuerdo de mi conexión con los compositores nórdicos Edvard Grieg y Jean Sibelius, aunque también con Frédéric Chopin y Richard Wagner: un entonces novedoso Discman JVC y una habitación gélida en una casa victoriana de Filadelfia en el invierno boreal de principios de los años noventa.



De igual modo, entré de lleno al mundo Gardel en los dos mil, en el marco de la experiencia de viajes nocturnos de rutina donde conectaba vía Bluetooth un iPhone 4 al casco de mi moto y atravesaba la avenida 9 de julio y una Buenos Aires nocturna casi vacía, que me tendía la trampa gardeliana de las luces que marcaban mi retorno.

En aquél contexto de las duras pujas que generaba el primer kirchnerismo, de esas que siempre dejan algún líder político de culo, me volaba la cabeza escuchar “solo y triste, casi enfermo, con sus derrotas mordiéndole el alma”. ¿Pensaba en los entonces triturados Eduardo Duhalde o Felipe Solá? Muy probablemente.

Viéndolo a la distancia, semejantes estrofas quizás me calaban tan hondo como las que hace pocos días sonaban en el tren Roca, con el auxilio de un potente parlante inalámbrico, hoy al alcance de cualquier artista callejero. “Mordí el anzuelo una vez más, siempre un iluso, nuestra estrella se agotó, y era mi lujo”.



La postal de una pareja tarareando esa estrofa, con dos jarras de vino tinto en mano donde tintineaban unos hielos herejes a los ojos del experto, parecía darle un justo tributo a ese otro boom de los Redondos que define a las despedidas, vía un oxímoron de esos tan del paladar de Borges, en término de “esos dolores dulces”.

Pero volvamos un poco para atrás.

Villa Domínico, 2026

Llegué tarde al Indio Solari y hoy tengo bien en claro cómo se dio el proceso: lo que fueron durante los primeros dos mil, los viajes familiares musicalizados hacia la escuela o, ya más largos, hacia mi Córdoba natal, hicieron eclosión durante la pandemia bajo el formato de caminatas nocturnas con auriculares en una Docta desolada, pero, aún así, menos hostil que una Buenos Aires de la que necesité rajarme a como diera lugar.



“Pará mi amor, esto está muy Shanghái”. Así, de esa manera, firmaba a fines de 2020 mi prueba de amor con el Indio en un apartado de mi libro “Estados Unidos versus China, Argentina en la nueva guerra fría tecnológica”. 

Hasta ahí, vale decir, los Redondos eran esa banda a la que iba y volvía, pero mezclada en una suerte de galería donde ese grupo, hoy de culto para mí, convivía a la par de otros monstruos locales como Charly García, el Gustavo Cerati solista, Divididos o un más distante Sumo.

Es decir, mientras los ricoteros de la primera hora construían su liturgia en los campos y las rutas, yo rastreaba Spotify y mi vieja colección de CD's en múltiples variantes que los incluía, pero no en la categoría de música fijada aún, ni siquiera en playlists conteniendo versiones alternativas de los mismos hits que hoy no me canso de escuchar una y otra vez.



En resumen, llegué de veterano, como se llega a las cosas que importan cuando ya no hay tiempo para el entusiasmo fácil.

El canal es la trampa

Villa Dominico era un velorio y una fiesta al mismo tiempo, que es la única forma honesta de despedir a alguien que cambió algo. En el asfalto, alguien había pintado su rostro, los anteojos oscuros, la mandíbula, el gesto inexpresivo que era en realidad una máscara de alta precisión.

La gente pisaba su imagen sin querer y lo veneraba sin saberlo. Eso también era el Indio: una presencia que se cuela por el suelo.



Pero lo que sentí no era solo dolor por un músico. Era el reconocimiento de un patrón que ya conocía: el fin de una época de narrativas construidas por una generación que entendió antes que nadie que el canal es la trampa. 

Que la discográfica, el sello, la cadena de distribución, la televisión, el negocio del entretenimiento masivo no son neutros, sino que son máquinas de estandarización que operan sobre el contenido antes de que llegue al público

Y que la única salida era construir un sistema alternativo de control total, con sus propias reglas, su propia distribución, su propia relación directa con el usuario o el fan. 



Una generación que, paradójicamente, sabía desde el principio que también ella sería víctima, que al iTunes de época siempre le llega su Spotify.

Que los que vienen llegan hambrientos y con las mismas consignas que definiera un ícono de la contracultura beat como William Burroughs en estos términos: “corten las líneas de palabras, corten las líneas de música, destruyan las imágenes de control, destruyan la máquina de control, quemen los libros, maten a los sacerdotes, ¡maten! ¡maten! ¡maten!”.

Por cierto, alguien que había inflamado la mente de muchos jóvenes de la generación del Indio Solari. Y, un poco más lejos de la Argentina, de un tal Steve Jobs, por si hiciera falta recordarlo, el fundador de Apple.



Si hay algo que conectaba en forma inalámbrica a los jóvenes de ese tiempo, era la idea de que el futuro ya había llegado. Y no era como lo esperaban.

1 Infinite Loop, 2013

Dos años después de la muerte de Jobs, fui a Cupertino en California con una duda seria. No con la certeza del obituarista ni con la fe del fanático, sino con la incomodidad del que ha visto demasiado como para conformarse con el relato oficial.

Me paré en la entrada de visitantes, brazos cruzados, y miré el edificio como se mira a alguien que todavía no sabés si vas a poder seguir queriendo o admirando.



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Bien vale recordar, Jobs había hecho algo que muy pocos logran: construir un sistema alternativo de control tan perfecto que terminó siendo más dominante que el sistema que vino a reemplazar. 

El beat lo había intuido. Tanto Kerouac como Burroughs o Ginsberg entendieron que el canal domestica, o doma como les gusta decir hoy a nuestros “libertarios”, antes de que el contenido llegue, pero Jobs lo ejecutó con una precisión que la generación beat nunca tuvo acceso a ejercer. 



Primero con la compañía NeXT, el laboratorio caro e “inviable” donde incubó el sistema operativo que luego sería el corazón de todo. Después el regreso a Apple, el iMac grafito, que aún conservo de reliquia; como un huevo del que nacería otro mundo, el iPhone como ruptura de categoría que hizo que Nokia pareciera arqueología en tiempo real.

En aquél momento, 2013, la pregunta que me hacía hasta en voz alta era ésta: ¿puede una máquina de futuro seguir fabricando futuro sin el que la construyó?

Infinite Loop, el nombre de la calle era un chiste que Jobs nunca aclaró si era intencional. Un loop infinito en programación es un error: el sistema ejecuta la misma instrucción, sin poder salir. Desde adentro no se distingue del movimiento.



Me fui de Cupertino sin respuesta. Con la duda intacta y algo que no era todavía certeza, sino su antesala: la sospecha de que el “maten, maten, maten” de Burroughs ya estaba consumado, que las líneas habían sido cortadas, que la máquina de control había sido destruida, y que en su lugar había nacido, inevitablemente, otra.

One Apple Park Way, 2024

Once años después volví. Ya no con duda, sino con la hipótesis casi confirmada de quien ha seguido mirando desde lejos. El campus nuevo, el Apple Park, la nave espacial de Foster, es la metáfora más honesta que la empresa pudo construir sin querer: un edificio diseñado para girar sobre sí mismo, perfecto y cerrado, sin fricción con el exterior.



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En la tienda, un chico probaba el Vision Pro asistido por un empleado de mediana edad con el logo de la manzana en el pecho. 



La escena tenía algo de consultorio: el dispositivo conectado por un cable, el tutor que guía la experiencia, el cliente que sonríe con la expresión de quien está dentro de algo que todavía no entiende para qué sirve. Tres mil quinientos dólares para ver películas con mejor resolución y mover íconos con los ojos.

El Vision Pro es el NeXT de Tim Cook, pero con una diferencia crucial. El NeXT de Jobs era un fracaso comercial que incubaba el futuro. Éste parece un objeto de vitrina que administra una promesa. 

No hay ecosistema real, no hay caso de uso masivo, no hay ruptura de categoría. Hay ingeniería de precisión al servicio de una intuición que alguien tuvo y que nadie dentro de Apple sabe todavía cómo terminar de formular.



Eso fue lo que sentí con certeza en 2024, once años después de la duda: Apple ya no tiene que ver con el futuro de la misma manera que en aquella época. No porque sea una mala empresa, ¿quién puede dudar que sigue siendo extraordinaria en los fierros que hace?

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Sino por otro motivo: porque lo que hace ya no es romper líneas, sino pulir las que heredó. La catedral quedó en pie. El arquitecto se fue. Y los que administran el edificio confunden mantenimiento con creación, bien que hoy escasea y el heredero de Jobs nos la debe pa’ la próxima.



Aquí es donde adquiere pleno sentido otra comparación: el Indio sin Skay era el mismo diagnóstico en otra lengua.

No es que la música hubiera desaparecido, es que la corriente entre dos polos, esa tensión irreproducible que hacía que ninguno de los dos pudiera predecir completamente el resultado, ya no estaba.



Quedó el autor rodeado de sesionistas, músicos de oficio impecable que ejecutan con fidelidad lo que el autor concibe, sin la fricción generativa que Skay aportaba. 

En tal sentido, los Fundamentalistas del Aire Acondicionado es el nombre más honesto que el Indio pudo elegir. Fundamentalistas de su aire acondicionado, no de una temperatura negociada entre dos.



En ambos casos: el escenario impecable, la producción cuidada, el público que sigue viniendo. Pero el futuro, como dijo el propio Indio, ya había llegado.

Vidas paralelas, a modo de epílogo

Plutarco comparaba griegos con romanos no para establecer jerarquías, sino para que la semejanza iluminara lo que cada uno, solo, no podía revelar. 

El método supone que ciertas estructuras del destino se repiten con independencia de la geografía y el idioma, que hay una gramática profunda en cómo los que rompen el mundo terminan siendo consumidos por lo que construyeron.



Más vale que Steve Jobs y el Indio Solari no se conocieron. No tenían por qué. Operaban en hemisferios distintos, en industrias distintas, en lenguas distintas. 

Pero compartían una epistemología que los une más que cualquier biografía cruzada: ambos entendieron, con la precisión de los que llegan antes, que el canal es la trampa.

Que la discográfica, el sello, la televisión, el negocio del entretenimiento masivo no son neutros: son máquinas de estandarización que operan sobre el contenido antes de que llegue al público. 



“El medio es el mensaje”, in memoriam Marshall McLuhan.

Y que la única salida era construir un sistema alternativo de control total, con sus propias reglas, su propia relación directa con el usuario o el fan.



Ambos lo hicieron. Y ambos lo lograron de una manera que sus predecesores beat como Kerouac, Burroughs o Ginsberg solo pudieron intuir desde los márgenes. 

La diferencia generacional es esa: los beats resistían desde afuera, mientras que Jobs y el Indio construyeron contrapoder con su propia lógica de cierre.



Pero ambos necesitaban un otro polo para que la corriente fluyera. Jobs tenía a Wozniak en el origen, a Jony Ive en la madurez. El Indio tenía a Skay. No eran socios ni subordinados: eran la condición de posibilidad de algo que ninguno hubiera generado solo.

Una banda, no un solista con músicos. Una dupla creativa donde la tensión entre los dos producía resultados que ninguno podía predecir de antemano.

Cuando esa tensión desaparece, lo que queda es administración. Jobs muere y Apple hereda a Tim Cook, el mejor sesionista posible, un ejecutivo de precisión extraordinaria que sabe reproducir y perfeccionar pero no romper. 

El Indio continuó con Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, músicos de oficio impecable que ejecutan con fidelidad lo que el autor concibe, sin la fricción generativa que Skay aportaba. 

En ambos casos, el escenario sigue en pie, la producción es cuidada, el público sigue viniendo. Pero la corriente entre los polos ya no existe.

Lo que sobrevive es el culto al objeto perfecto. Y el culto, a diferencia de la creación, no necesita futuro, le alcanza con el pasado.

Burroughs lo hubiera reconocido sin piedad: toda estructura de control tiende a replicarse, incluso la que nació para romperla. El “maten, maten, maten” no es un punto de llegada, sino que es el punto de partida de la próxima máquina

Ya hay una generación que llega hambrienta con las mismas consignas. Ya están cortando líneas que Jobs y el Indio tendieron. Ya están quemando los libros que ellos escribieron. Lo que ayer fue transgresión, y control por cierto, mañana será mainstream.

"El futuro ya llegó, llegó como vos no lo esperabas, todo un palo, ya lo ves”.

¡Vamos Argentina!

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