El mileísmo después de las elecciones

Ezequiel Burgo: "Milei todavía habla como economista, pero cada vez se comporta más como político"

Inversiones, rol del Estado, liderazgo político, aciertos y desaciertos del gobierno, Macri, Kicillof. Tras los resultados electorales, El Economista dialoga con Ezequiel Burgo, el editor jefe de la sección de Economía del diario Clarín, quien reflexiona sobre aspectos decisivos del presente.

"El peronismo tiene un vacío en la narrativa macroeconómica", asevera Ezequiel Burgo.
"El peronismo tiene un vacío en la narrativa macroeconómica", asevera Ezequiel Burgo.
Ramiro Gamboa 30 octubre de 2025

Ezequiel Burgo: economía con política, Núñez, Londres y el periodismo

El mapa personal de Ezequiel Burgo arranca en Núñez y traza un arco que toca Russell Square, vuelve por Constitución y desemboca en redacciones porteñas. Entre estaciones y bibliotecas, el licenciado en Economía y editor jefe de la sección de Economía del diario Clarín afina una convicción que atraviesa su recorrido: en la Argentina, la economía no existe en abstracto; respira política

Especialista en macroeconomía nacional y global, Burgo nació en 1972 y se crió y creció en el barrio porteño que tiene como epicentro la cancha de los millonarios, club del que es fanático. También es simpatizante de Defensores de Belgrano. Familia de origen: su padre era ingeniero y su madre trabajaba en un estudio contable. Su hermano, Andrés Burgo, se dedica al periodismo al igual que Ezequiel, aunque deportivo. 

Burgo llega al Ciclo Básico de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires por intuición y por un profesor del secundario, quien le enciende la chispa del deseo por una mezcla precisa: números, historia y ciencias sociales. De este modo, la UBA se convierte en su bisagra formativa: "La Facultad de Ciencias Económicas de la UBA me cambió la vida. Me cambió el ambiente: venía de un colegio católico de zona norte y la facultad fue un choque de civilizaciones, una inmersión en un entorno mucho más diverso y estimulante. Me abrió la cabeza con lecturas nuevas, autores eclécticos, enfoques heterodoxos. Fue una experiencia extraordinaria", cuenta en conversación con El Economista



Ese ecosistema tiene nombres propios y miradas concretas: Andrés "el Colo" Borenstein, Sebastián Campanario, Axel Kicillof, Maximiliano Montenegro, Verónica Rapoport y Guido Sandleris. Todos compartían aulas, cafés y debates en esos claustros, en una época en la que el pasillo era parte fundamental de la discusión intelectual. Por esos días, Ezequiel Burgo se inscribió en TEA, una escuela de periodismo a pocas cuadras de la facultad.

De ese clima nació una revista universitaria independiente en la cual un grupo de estudiantes comenzó a escribir sobre temas económicos y de coyuntura con ambición analítica y tono crítico. 

Aquel proyecto, artesanal y apasionado, condujo a distintos economistas en formación a escribir para el diario El Economista, dirigido en los años noventa por Juan "Boni" Radonjic: Gabriel Burín, Ricardo Delgado, Javier Finkman y Juan Pablo Spinetto. Ese grupo —Javier Finkman lamentablemente ya fallecido—, con los años, siguió escribiendo y editando economía desde múltiples medios y consultoras.



A comienzos de los 2000, la línea biográfica se vuelve londinense. Burgo se forma en Birkbeck College, parte de la University of London, donde cursa un MSc en Global Politics. Russell Square como una Plaza Houssay inglesa con la gran biblioteca de la universidad como punto de encuentro. Vive en la capital británica en los años 2001 y 2002, y vuelve en 2003. 

Desde 2003 en adelante, Ezequiel Burgo trabajó como periodista en el equipo del diario El Economista durante diez años, y luego, en 2013, se sumó al equipo de Clarín

"En Clarín confirmé algo que me enseñó mucho Boni [Juan Radonjic], exdirector de El Economista: en la Argentina no se puede escribir sobre economía sin considerar la política. Los funcionarios, los ministros, los dirigentes no toman decisiones en abstracto, sino en un contexto político. En Clarín esa idea está muy presente: la cobertura económica tiene siempre un componente político. Hay que pensar el ciclo político para entender la economía", señala Burgo. Y agrega: "En El Economista y en Clarín aprendí a seguir a los editores de política, a leerlos con atención, a interesarme por esa área. Entendí que la economía es una ciencia limitada y que los economistas muchas veces subestiman a los políticos. Esa conciencia me vuelve más prudente".



Biografía y textura cotidiana. De martes a sábados, Burgo hace el trayecto de la estación Rivadavia, todavía en el barrio porteño de Núñez, a Constitución —donde se encuentra la redacción de Clarín—. En el viaje, libros —actualmente Capitalism and Its Critics, de John Cassidy, editor de Economía de The New Yorker— y música —Bruce Springsteen— junto al paisaje de ventana y al registro de quienes viajan con él. Burgo es un experto en economía, sí, aunque también un lector ávido del mundo en el que vive. 

Como autor y coautor Burgo publicó cuatro libros. 7 ministros. La economía argentina: historias debajo de la alfombraEl creyente. ¿Quién es Axel Kicillof? Y, junto a Juan Carlos de PabloLa cocina de la política económica de Frondizi a MileiTratando de entender el fenómeno Milei. La perspectiva de que la economía no se termina de comprender sin una mirada política recorre las publicaciones de Burgo. Así como su vocación por pensar fuera de todo condicionamiento y con el pulso del presente. 

"El peronismo tiene un vacío en la narrativa macroeconómica", asevera Ezequiel Burgo.
Burgo es un experto en economía, sí, aunque también un lector ávido del mundo en el que vive. 



El ascenso de Axel Kicillof: un intelectual en el corazón del poder

En El creyente. ¿Quién es Axel Kicillof?, publicado por Planeta en 2012, Ezequiel Burgo afirma una tesis que mantiene vigencia, la de la singularidad de un político economista: Axel Kicillof. "Kicillof transmite una imagen que ningún integrante de La Cámpora irradió hasta el momento. Un joven que dice lo que quiere y con discurso propio. Las ideas de Kicillof, obviamente, abrazan el relato kirchnerista y son absorbidas por él. Pero el economista es un envase con contenido propio", escribe Burgo en El creyente.

A más de diez años de su publicación, el libro se mantiene actual en tanto captura esa autenticidad, ese nervio. Burgo arma el itinerario en cinco estaciones narrativas: "Jungla militante", "Buscando a Keynes", "La ambición de Axel y la necesidad de Cristina", "El desembarco", "Kicillof vs. Moreno", junto a un último relato titulado "Un marxista de acero" y un epílogo, "El creyente". 

En "Jungla militante" recorre la formación de Kicillof, la familia y la primera militancia: del clima de 2001 al puente con el kirchnerismo. Allí escribe: "Hijo de madre psicóloga y padre psiquiatra, Kicillof es el producto de una familia intelectual de clase media de Las Heras y Uriburu. Le gusta escuchar a las personas que están a su alrededor, y sabe hacerlo". 



"Buscando a Keynes", por su parte, sigue el pasaje de la teoría a la coyuntura en su recorrido intelectual y profesional en el que se cruzan la figura de Keynes, su aparición en el debate público y la llegada a Aerolíneas Argentinas. 

El tercer capítulo, "La ambición de Axel y la necesidad de Cristina" explica por qué se gana la confianza presidencial, con las urgencias de la Casa Rosada como telón de fondo: "Kicillof llegó adonde está porque luchó y peleó. Fue su ambición la que lo impulsó: por sus venas corre el ADN del emprendimiento. El sueño de Kicillof es dirigir la economía argentina, planificarla, moldearla a su gusto", escribe Burgo. 

"El desembarco", en tanto, da a conocer el equipo que ha acompañado en el ministerio de Economía; así como también en YPF, Cancillería y Aerolíneas. 



"Kicillof vs. Moreno" narra una disputa de método y poder en 2012: "Si Moreno controlaba los precios internos y las operaciones de divisas, según Kicillof hacía falta alguien responsable de conducir férreamente la política de ingresos. De vuelta. Para Kicillof, algunos deben cargar el piano. Y otros, como él, tocarlo",  ha reflexionado Burgo. 

Como relato —no un capítulo—, "Un marxista de acero" concentra su mirada sobre ganancias empresarias, el rol del Estado y la injerencia en decisiones de firmas, al narrar su tiempo como miembro del directorio de Siderar, una de las empresas más grandes del país perteneciente al grupo Techint. 

La figura de Axel, según el propio libro, importa por tres razones: "Es el primer economista de confianza de la Presidenta tras la muerte de su esposo. Néstor Kirchner fue el único jefe de la economía nacional entre 2005 y 2010. Segundo, es el portador de una fórmula que ilusiona a Cristina de cara a las elecciones de 2013: recuperar la iniciativa estatal con la prioridad de atender las necesidades del mercado interno. Tercero, Kicillof es el primer economista que entiende la psicología de la Presidenta". En cierto modo el rol decisivo de Axel en la actual coyuntura ya se esbozaba en este libro al ahondar en la construcción de su perfil político. 



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"El sueño de Kicillof es dirigir la economía argentina, planificarla, moldearla a su gusto", escribe Burgo en El creyente

En El creyente escribís sobre Kicillof: "El economista es un envase con contenido propio". ¿Qué evaluación hacés hoy del liderazgo de Kicillof, en el presente y hacia adelante?

—Kicillof demostró ser uno de los líderes más importantes del peronismo. Es el gobernador de la provincia más grande del país, y además encarna una figura similar a la de Milei: un intelectual devenido político. Con la diferencia de que lleva más tiempo en la arena política y trabajó al lado de Cristina Kirchner. En ese sentido, podría decirse que ya mudó su piel: hoy es, plenamente, un político y un líder del peronismo.



—¿Cuán bien interpreta Kicillof el mensaje de las urnas?

—No lo sé. Dentro del peronismo, del kirchnerismo y del propio kicillofismo, se avecina un debate duro, que no será fácil. En parte, el fenómeno Milei se explica por el final de lo que fue el ciclo que terminó en 2023.

No creo que Milei sea resultado de una sociedad que se volvió más de derecha o de ultraderecha, sino de un final de gobierno —el de Alberto Fernández, elegido por Cristina Kirchner— marcado por una aceleración inflacionaria fuerte y un clima de vértigo e incertidumbre. En medio de esa crisis, hubo también una pelea de poder, con la salida de Martín Guzmán. Hasta que no haya una lectura compartida o una suerte de cicatrización sobre ese período, será difícil saber qué lectura harán ellos de lo que pasó. Lo que sí parece claro es que Milei está aprovechando ese vacío.



—¿En qué sentido?

—En el sentido de que logró bajar la inflación, y puede decir: "Bajé la inflación y el peronismo nunca planteó la necesidad de un plan de estabilización". Lo más llamativo del peronismo de los últimos años, e incluso de Axel, es que nunca se plantearon la necesidad de hacer un plan de estabilización. Macri lo intentó y fracasó. Milei lo planteó y, al menos por ahora, los resultados lo acompañan.

El kirchnerismo, en cambio, nunca quiso tomar ese toro por las astas. Incluso se ha dicho —Alberto Fernández lo insinuó, y Guzmán también— que no creían en los planes. Pero un plan de estabilización implica, necesariamente, un ajuste: el Plan Austral implicaba un ajuste, la Convertibilidad también. Y como el peronismo dejó vacante ese espacio, esa iniciativa, y además dejó una inflación alta, Milei capitalizó ese vacío.



El peronismo tiene un vacío en su narrativa macroeconómica. No significa que dentro del espacio no existan personas que comprendan la necesidad de construir esa narrativa, aunque desde la conducción aún no se logró unificar una línea.

—En El creyente escribiste que el ascenso de Kicillof se explicaba por "la ambición de Axel y la necesidad de Cristina". Ese binomio parece haberse desajustado. ¿Por qué ese engranaje original está en crisis?



—Quizás por esto mismo. Ambos creyeron que era posible seguir estimulando la economía, seguir ampliando el gasto público y el tamaño del Estado para reducir la pobreza y mejorar la distribución del ingreso. Ésa fue la gran apuesta. Sin embargo, pese a haber aumentado el gasto público en más de 15 puntos del PBI, los indicadores sociales no mejoraron.

Cuando se ejecuta una política y el resultado empírico muestra que la pobreza no baja y la desigualdad no mejora, hay un problema. Axel y Cristina quedaron atrapados en esa lógica. Aun así, la economía de 2015 no terminó en una crisis, ni mucho menos. Tanto es así que Cristina pudo elegir al candidato presidencial en 2019; si su gobierno hubiera terminado en una crisis, no habría tenido ese poder.



En cambio, la experiencia de 2023 sí terminó mal. Y lo que se percibe hoy entre Axel y Cristina no es tanto un distanciamiento personal como el agotamiento de una idea: la idea de que se puede reducir la pobreza sólo a través del gasto público. Hoy hay países como Chile, Perú o Uruguay —incluso con gobiernos de izquierda— que redujeron fuertemente la pobreza por otra vía: la estabilización macroeconómica y la baja de la inflación, sin duplicar el tamaño del Estado.

Por eso, más que un conflicto político entre Axel y Cristina, lo que se advierte es el fin de un paradigma. Del mismo modo, cuando se analiza a Milei, no tiene sentido reducirlo a su "locura" o a una mera excentricidad. Lo que ocurre en la Argentina es que un modelo que alguna vez dio resultados —el de expandir el Estado para reducir la pobreza— se agotó. Y ahora, otro modelo, en apenas dos años, mostró resultados. Eso es lo que verdaderamente está pasando.

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Burgo: "Más que un conflicto político entre Axel y Cristina, lo que se advierte es el fin de un paradigma"



—En tu libro sostenés que Kicillof "irradia discurso propio" y "no finge". Milei también se presenta como alguien auténtico. ¿Observás algún punto de contacto entre esas dos figuras —más allá de sus diferencias ideológicas— en el vínculo que construyen entre convicción económica y liderazgo político?

—Sí, son dos creyentes. Dos creyentes en ideas económicas del siglo XIX, convencidos de sus propias visiones. Milei de la suya, y Kicillof de la que mencionaba recién: la idea de alcanzar la reducción de la pobreza o la mejora del empleo a través del Estado.

"Milei y Kicillof son dos creyentes"



—En el relato "Un marxista de acero" analizás la visión de Kicillof sobre el rol del Estado y su disputa con el sector privado. ¿Cómo dialoga esa matriz con un escenario donde Milei, con su narrativa liberal, obtiene buenos resultados electorales? 

—Creo que el peronismo —más allá de Axel— conserva hoy una mirada algo anacrónica. En el mundo actual, los sectores más dinámicos en la creación de empleo no surgen del Estado, aunque las políticas públicas sigan siendo importantes. Si se observa la realidad, el Estado argentino duplicó su tamaño y, sin embargo, hoy hay menos egresados universitarios que en Chile. ¿Cómo puede ser? Chile tiene un sistema de acceso restrictivo a la universidad. Está claro que la idea de que sólo con más dinero se logran buenos resultados es equivocada. Esa concepción ya quedó fuera de época; atrasa. En el mundo, los sectores públicos son sofisticados, con funcionarios altamente calificados. Ese anacronismo local todavía está lejos de superarse.



Descifrar el enigma Milei

Ezequiel Burgo, junto al destacado economista Juan Carlos de Pablo —quien oficia como puente entre academia, empresa y política— publicaron en 2024 por Sudamericana La cocina de la política económica de Frondizi a Milei. Se trata de un recorrido por la trastienda del Palacio de Hacienda que reconstruye contextos, decisiones y resultados desde Frondizi hasta Milei; el libro integró durante varias semanas el top ten de no ficción en la Argentina. 

La misma dupla ha publicado este año Tratando de entender el fenómeno Milei por Sudamericana. La estructura del libro incluye un prólogo, y luego se divide en tres partes: dos ensayos de autoría individual de Burgo y de De Pablo, una segunda parte integrada por cuatro entrevistas a Javier Milei realizadas en días distintos del mes de marzo de 2025 y una tercera parte conformada por siete entrevistas de largo aliento a destacadas voces autorizadas.



El libro comienza con dos ensayos que fijan el marco: "El fenómeno Milei: apreciación desde el campo de batalla", escrito por De Pablo, y "El viaje de Milei: del pizarrón de la economía a la selva de la política", en el que Burgo escribe: "Para muchos, hay que ir hasta Arturo Frondizi con su intento de estabilización, salida de los controles de cambio, acuerdo con el FMI y Estados Unidos para recrear el crecimiento de la economía. Milei es un poco de todo eso aunque sobre bases nuevas: la sustitución de capital intensivo ya no está más entre nosotros sino más bien un surgimiento de nuevas materias primas que podría cambiar el federalismo argentino de la mano de Vaca Muerta y la minería". En el mismo ensayo Burgo reflexiona: "Quizá Milei para la Argentina sea esto que subrayan Volcker y Rubin: no hay que ser un genio para entender lo importante de la economía y que el día a día en un gobierno es un trade-off entre la opción mala y la menos mala". 

El corazón del libro late en cuatro conversaciones con el presidente Javier Milei —extensas, profundas, de alrededor de tres horas cada una— en las cuales los autores preguntan y repreguntan —sin apuro— sobre sus años escolares, sus trabajos previos, su salto a la política y su primer año de gobierno. Con respeto, pero sin concesiones.

Se abre una rendija poco habitual: Milei concede temas que suele clausurar y deja ver el reverso de su estilo de poder. "El mundo es el que es, y no el que quiero o deseo", dice entrevistado por los autores, y agrega: "Lamentablemente, no creo que haya una suerte de manual para este trabajo, un procedimiento estandarizado".



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En el libro Tratando de entender el fenómeno Milei se abre una rendija poco habitual: Milei concede temas que suele clausurar y deja ver el reverso de su estilo de poder.

Desde ahí, el libro encara una cuestión delicada: el vínculo entre biografía y carácter. Se cita el pasaje en el que Milei recuerda la deslegitimación paterna: "Mi padre no fue un gran motivador para que estudiara Economía. Decía que no era una carrera, que más bien era una inmundicia, que no servía para nada y que me iba a morir de hambre. Que eso no iba". Asoma la tentación de leerlo como explicación psicológica. Burgo y De Pablo, sagazmente, eligen otra vía. No niegan el dato íntimo, aunque rehúsan convertirlo en llave maestra. La apuesta es ordenar lo que parece caótico con criterios económicos y políticos: decisiones, restricciones, incentivos, coordinación con el gabinete. El efecto es claro; buscan la lógica de Milei, la comprensión profunda.

De ese ida y vuelta entre Burgo y De Pablo con Javier Milei queda un registro menos doctrinario y más práctico: un político que acepta el factor contingente —"la vida y la política económica no son movimientos rectilíneos uniformes"— y que, al narrar derrotas y correcciones, exhibe una flexibilidad que en su discurso público suele pasar desapercibida.



En la última parte, se reúnen siete entrevistas —no coyunturales, sino pensadas para resistir el paso del tiempo— con voces con autoridad: Rosendo Fraga, Gerardo Della PaoleraSebastián Mazzuca, Mariano Tommasi, Federico Weinschelbaum, Adrián Ravier y Eduardo May. Como un hilo entre todas esas voces se cruzan la historia económica, la teoría, la economía política, la escuela austríaca, las empresas y las relaciones internacionales. 

En el fondo, en este libro se pone de manifiesto el vector que sostiene y conduce el pensamiento de Burgo: economía y política como gramática para entender por qué una decisión técnica no se sostiene sin una coalición viable, por qué un paper académico naufraga si no se ancla en un ciclo político. Ahí se ubican sus columnas recientes y ese ademán de editor que ordena la urgencia sin desatender el zoom out: contexto, actores, voces.



—Retomando lo que proponen en el libro, si hubiera que identificar tres decisiones en las que Javier Milei optó por la peor alternativa disponible en lo que va de su mandato, ¿cuáles serían y por qué?

—Es una pregunta difícil. Sobre todo hoy, después del triunfo en las elecciones de medio término. Hasta hace unas semanas, alguien podría haber señalado que el gobierno había dejado caer demasiado el precio del dólar o que se había equivocado en decisiones puntuales. Sin embargo, hoy desde el propio gobierno pueden decir: fueron aciertos.



Para responder, la decisión más desacertada fue no haber tenido una mayor apertura al diálogo o no haber hecho más política. Incluso lo reconoció hace poco el propio ministro de Economía, Luis Caputo. De hecho, ahora puede verse cómo el gobierno intenta volver a tender puentes, a hablar con algunos gobernadores.

Hasta el momento, la prioridad de Milei fue concentrarse en su tarea económica, casi como si todavía actuara más como economista que como político. Pero lo que empieza a verse, lentamente, es un cambio de piel: se está transformando en un político.

El lunes por la mañana, en una entrevista, se refirió a los economistas como sus "excolegas". Milei todavía habla como economista, aunque cada vez se comporta más como político

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Ezequiel Burgo: "Milei todavía habla como economista, aunque cada vez se comporta más como político"

—En el libro, Milei relata que nació en Palermo, aunque su infancia discurrió en el oeste del conurbano, antes de volver a cruzar la General Paz para vivir en Villa Devoto. Esa trayectoria biográfica, con un costado poco habitual en la cima del poder político argentino, ¿qué novedad sociológica supone?

Milei es un presidente de derecha, aunque claramente no proviene del mismo origen social que Mauricio Macri. En ese sentido, es más producto de la clase media, aunque de una clase media acomodada. No se trata de un origen humilde: sus padres tuvieron siempre buenos ingresos, él asistió a colegios privados y estudió en una universidad privada. Sin embargo, no pertenece a una derecha de herencia empresarial, como la que encarnan Macri o, en Chile, José Antonio Kast o Sebastián Piñera, representantes de un sector más vinculado al empresariado.

En ese aspecto, Milei se asemeja más a un intelectual que a un empresario, una figura que expresa con mayor claridad a la clase media argentina.

—En el libro aparecen repreguntas, sobre todo en los pasajes en los que Milei se refiere a sus vulnerabilidades o recuerda escenas de su infancia. ¿Qué revela ese aspecto?

—Él habló de todos los temas. Entrevistar a un presidente en ejercicio es muy complejo: hay mil preguntas que quedan afuera porque, como dice la vieja frase del New York Times"All the news that fits to print", uno tiene que decidir qué entra en las páginas. Esto es lo mismo, pero en un libro. Hay muchos temas que no abordamos —por ejemplo, el caso Libra, entre otros— porque el foco estaba puesto en la economía: en cómo un presidente toma decisiones, cómo se relaciona con su gabinete y cómo gestiona la política económica que impulsa.

Desde esa perspectiva sí incluimos aspectos personales, como la relación con sus padres, porque ayudan a entender su personalidad y cómo llegó a interesarse por la economía. Aunque en ningún momento dio la impresión de estar esquivando las preguntas sobre su padre, su madre o su hermana. Milei es, en ese sentido, bastante transparente: el libro lo refleja y sus respuestas también.

—En la entrevista, Milei despliega una metáfora clara: el arquero como el distinto, el que define partidos sin quedarse con la gloria del gol. Si se analiza su presidencia desde esa imagen, ¿cuáles fueron, según su mirada, sus jugadas decisivas —las que habilitaron o facilitaron goles— en estos casi dos años de Gobierno?

Bajar la inflación. En un principio también la baja de la tasa de interés y el rebote de la economía, aunque habría que nombrar una sola: la reducción de la inflación.

Muchos creían que esa baja había tenido un costo, que él había pagado un precio alto por lograrla después de las elecciones del 7 de septiembre en la provincia de Buenos Aires. Sin embargo, con el triunfo obtenido en las elecciones nacionales de medio término, queda por ver si realmente hubo un costo o no. En todo caso, si lo hubo, no fue tan elevado, porque los beneficios resultaron mucho mayores que los costos.

—Luego, al referirse al apoyo de Bullrich y de Macri después de haber ingresado al balotaje, Milei afirma en el libro Tratando de entender el fenómeno Milei: "El día que escuchamos el discurso de Patricia estaba claro que había tendido puentes para esta unión. Patricia entendió la naturaleza del problema de manera instantánea y se acercó. Mauricio quería hacer un focus group para ver si la gente nos apoyaba o no. Patricia dijo no al focus group y nos apoyó directamente" ¿Ese contraste —Patricia apoyando "directamente" y Macri consultando el "focus group"— funciona todavía como una herida política para Milei? 

Considero que no. Milei, en esta campaña y en este 2025, atravesó un año de mucho aprendizaje. Habrá que ver, además, qué sucede con la conformación del futuro gabinete.

Lo que quedó claro después de la crisis y la corrida cambiaria que se desató en medio de la campaña es que, en un momento dado, necesitó apoyarse en dos figuras: Donald Trump y Mauricio Macri.

No veo a Milei como alguien rencoroso. Es más, no estoy seguro de poder decir lo mismo de Macri, pero en el caso de Milei no lo percibo así.

Por eso no creo que aquella reacción —la que tuvieron Bullrich y Macri después de la elección— perdure en él como un obstáculo para seguir trabajando juntos en el futuro.

—En un pasaje de la conversación, Milei señala como condición clave de su plan que el ahorro generado por el ajuste se transforme en inversión privada. ¿Hay señales concretas de que la inversión pueda aumentar en lo que queda del mandato de Milei?

—Es difícil. En un momento, el gobierno apostó a que los argentinos sacaran los dólares del colchón para dinamizar la economía, y eso no ocurrió. Además, la inversión que más probablemente aparezca es la de cartera, la financiera, la de portafolio. La inversión más real, productiva tarda más en llegar.

Aunque con la victoria del 26 de octubre pasado se dio un paso, para que esas inversiones efectivamente vengan todavía deben despejarse varios frentes: el cambiario y el de la economía real, que incluye tanto el frente tributario como el del mercado de trabajo.

—Recientemente, Milei afirmó que junto a Demian Reidel —economista con quien comparte trabajo desde hace años— elaboró un paper que implicaría reescribir el 80 % de la teoría económica universal. ¿Qué lectura hacés de esa frase? 

—Milei es una persona que me sorprendió por todo lo que leyó de economía. Es alguien muy formado, incluso en autores keynesianos que no esperaba que conociera, algunos muy de nicho. Me sorprendió realmente. Axel también es una persona sumamente leída. Ambos lo son, muy leídos en economía. No creo que sean grandes lectores de literatura, aunque en economía, sí: Milei es alguien muy formado, y Axel también.

Milei plantea: "A mis ministros sólo les exijo resultados. Hay ministros que tienen personas con las que yo literalmente me odio. Riquelme y Palermo se llevaban pésimo y Boca ganaba. Yo pido resultados". ¿Qué dice este modelo de conducción sobre su tipo de liderazgo?

Es un modelo más sólido que el que tenía, por ejemplo, Macri. Menos atomizado, más vertical. Obviamente hay diferencias de tiempo y de contexto, pero el gabinete de Macri, desde la Jefatura de Gabinete, tenía mucho volumen de trabajo concentrado. Marcos Peña y sus dos asesores, Lopetegui y Quintana, absorbían gran parte de las decisiones, los pliegos, las licitaciones, todo pasaba por ahí. Pero al mismo tiempo, la conducción de la política económica estaba muy fragmentada, y eso generó inconsistencias.

El modelo de Milei, desde la perspectiva de la política económica, está mucho menos atomizado. Es más vertical, más compacto, y hay una coordinación muy fuerte entre el equipo económico y el Banco Central, lo que, en consecuencia, lo conecta directamente con el Presidente.

Ahora se habla de posibles cambios en la Jefatura de Gabinete, justamente para darle más volumen de trabajo en la relación con las provincias y hacer circular más decisiones desde ese ámbito. En ese punto, comparado con la gestión de Macri, el gobierno actual todavía tiene una estructura más débil.

—Milei ha dicho: "Y ni les cuento en mi caso, que tengo una estrella de la traducción. Walter es un genio". Se refiere a Walter Kerr, un intérprete con casi tres décadas en el Estado, quien trabajó con Menem, De la Rúa, Duhalde, Néstor y Cristina Kirchner, Macri, Fernández y ahora Milei. En un gobierno que cuestiona el tamaño y la calidad del sector público, ¿cómo interpretás este reconocimiento presidencial a lo público? 

—Milei está lleno de contradicciones y se va a seguir contradiciéndo todo el tiempo. Quizás Milei sea pura contradicción.

Otro caso evidente, por ejemplo: cómo un presidente libertario termina siendo asistido por un Estado, por el Tesoro de Estados Unidos. O el reconocimiento de que existen fallas de mercado cuando, ante una corrida cambiaria, incluso desde la explicación de su propio equipo económico, se admite que la volatilidad del tipo de cambio puede deberse al riesgo de un eventual triunfo del kirchnerismo. Eso, justamente, es reconocer una falla de mercado. 

Contradicciones hay muchas. Aunque no es necesariamente un defecto. Cuando Fernando Henrique Cardoso —otro intelectual que llegó a la presidencia— ganó en Brasil, dijo en su primera entrevista, según cuenta en sus memorias: "Olvídense de todo lo que escribí y de todo lo que dije". Quería decir que, a partir de ese momento, se iba a contradecir constantemente.

Por eso, volviendo a lo del intérprete presidencial Walter Kerr, no me sorprende. Es, más bien, una muestra de autoconciencia. Un reconocimiento de sus límites, de su atención al lenguaje y la comunicación, y de su decisión de profesionalizar ese aspecto. Es un momento importante cuando dos presidentes que hablan lenguas distintas se comunican, incluso si uno domina el inglés. Milei lo habla, lo entiende, pero prefiere apoyarse en un profesional. Como dice en la entrevista, "el traductor me edita y me mejora". Es, en definitiva, una aceptación de sus propias limitaciones.

"El peronismo tiene un vacío en la narrativa macroeconómica", asevera Ezequiel Burgo.
"Quizás Milei sea pura contradicción", concluye Ezequiel Burgo. 

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