Debate

El problema de no saber decir "no sé"

Estanislao Bachrach dijo algo simple: no sabemos decir "no sé". Y tiene razón. Vivimos en una época donde la opinión dejó de ser una posibilidad para convertirse casi en una obligación.
Estanislao Bachrach y Nati Jota EE
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Hace unos días circuló un recorte de una conversación entre la conductora Nati Jota y el doctor en biología molecular Estanislao Bachrach

Como suele pasar en Internet, el debate rápidamente se desvió hacia las formas, los tonos, quién quedó mejor parado o quién fue más soberbio. 

Pero en el medio de toda esa discusión apareció una idea bastante más interesante que el clip en sí. Bachrach dijo algo simple: no sabemos decir "no sé". Y tiene razón.

Vivimos en una época donde la opinión dejó de ser una posibilidad para convertirse casi en una obligación. Todo el tiempo, sobre todo, en cualquier formato. 

  • La lógica de las redes sociales, los streams, los programas de actualidad e incluso muchas conversaciones cotidianas parecen funcionar bajo una misma premisa: hay que tener algo para decir. Rápido. Seguro. Contundente. Aunque uno no entienda demasiado del tema.

El problema es que esa presión por opinar permanentemente empezó a borrar algo bastante básico: la posibilidad de admitir desconocimiento.

Hoy decir "no sé" parece una derrota intelectual

Como si reconocer que uno no tiene una respuesta inmediata implicara automáticamente ser menos inteligente, menos formado o menos interesante. Entonces pasa algo curioso: personas que jamás dedicarían años a estudiar medicina opinan con absoluta certeza sobre salud; personas que no abrieron un libro de economía en su vida explican cómo resolver una crisis macroeconómica; personas que no tienen una posición realmente pensada sobre un tema construyen una igual, en tiempo real, para no quedar afuera de la conversación.

  • No se trata solamente de ignorancia. Se trata de una cultura que castiga la duda y premia la seguridad performática.

Las redes sociales potencian eso. El algoritmo favorece la afirmación tajante, el clip categórico, la sentencia rápida, el mejor título. La duda no viraliza. La prudencia no genera engagement. Nadie comparte a alguien diciendo: "No conozco suficiente sobre este tema como para opinar seriamente". Y, sin embargo, probablemente esa sea una de las posiciones más razonables posibles.

Hay algo profundamente paradójico en todo esto: cuanto más sabe alguien sobre un tema, más consciente suele ser de sus propios límites. Las personas realmente formadas suelen hablar con más cuidado, hacer más aclaraciones e introducir más matices. No porque sepan menos, sino porque entienden mejor la complejidad de las cosas.

No es casualidad. Existe incluso un fenómeno estudiado —el efecto Dunning-Kruger— que muestra cómo quienes menos saben suelen sobreestimar sus capacidades, mientras que quienes realmente dominan un tema son mucho más conscientes de todo lo que todavía ignoran.

Y quizás por eso hoy Internet produce una escena tan extraña: los más categóricos muchas veces son también los menos preparados para entender aquello sobre lo que hablan.

La consecuencia es un espacio público saturado de opiniones instantáneas, donde reflexionar parece un signo de debilidad y donde cambiar de idea casi funciona como una humillación pública. Todo tiene que resolverse rápido: qué pensar, de qué lado estar, qué postura tomar. No hay tiempo para la duda, para la contradicción o para algo tan simple como admitir: "Todavía no formé una opinión".

Y quizás ahí esté parte del problema.

Porque no saber no está mal. No tener posición sobre todos los temas no está mal. Necesitar tiempo para entender algo antes de hablar tampoco está mal. De hecho, probablemente sea bastante más honesto que llenar silencios con opiniones improvisadas.

Tal vez una sociedad que recuperara un poco más la capacidad de decir "no sé" sería también una sociedad que escucharía más, discutiría mejor y entendería que la inteligencia no siempre aparece en quien tiene una respuesta inmediata, sino muchas veces en quien todavía conserva la humildad suficiente para reconocer sus propios límites.

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