La revista Nature lanzó una advertencia fuerte: El Niño que está creciendo en el Pacífico podría ser el más intenso en al menos 150 años. En la Argentina, el Gobierno ya prepara un operativo y el campo mira con atención un fenómeno que puede traer más dólares, pero también inundaciones, pérdidas e inflación.
Karina Milei tiene agendado un viaje poco habitual. El próximo 3 de agosto, la secretaria General de la Presidencia llegará a Resistencia, Chaco, para encabezar una reunión dedicada exclusivamente a un tema: la posible llegada de un "súper Niño".
No irá sola. Estará acompañada por el jefe de Gabinete, Diego Santilli, y la ministra de Seguridad, Alejandra Monteoliva. La idea es sentar en una misma mesa a funcionarios nacionales, gobernadores, intendentes y equipos de emergencia para prepararse ante un escenario de lluvias intensas, crecidas e inundaciones en la Cuenca del Plata.
"No habrá tiempo para la rosca", dijeron fuentes oficiales a Infobae.
El tema no es menor. La revista científica Nature advirtió que el fenómeno que está tomando fuerza en el océano Pacífico podría convertirse en el episodio de El Niño más intenso registrado en al menos 150 años.
Y para la Argentina no es solamente una cuestión climática. Dependiendo de cuánto llueva, dónde y en qué momento, El Niño puede cambiar el resultado de la cosecha, el ingreso de dólares, la inflación de los alimentos y hasta los planes del Banco Central para acumular reservas en pleno año electoral.
Qué está pasando en el océano Pacífico
El Niño es un fenómeno natural. Se produce cuando una parte del océano Pacífico ecuatorial se calienta por encima de lo normal y ese cambio empieza a modificar los vientos y las lluvias en distintas partes del mundo.
Suele aparecer cada dos a siete años y no es provocado directamente por el cambio climático. El problema es que ahora ocurre sobre un planeta y unos océanos mucho más calientes. Esa combinación puede hacer que sus efectos sean más extremos.
La NOAA, la agencia meteorológica de Estados Unidos, confirmó que El Niño ya está en marcha y que continuará fortaleciéndose durante los próximos meses.
El organismo calcula que existe un 97% de probabilidades de que el fenómeno continúe hasta comienzos del otoño argentino de 2027. También estima una posibilidad del 81% de que alcance una intensidad "muy fuerte" entre octubre y diciembre.
El nombre "súper Niño" no es una categoría científica oficial. Es una manera informal de describir aquellos eventos en los que la temperatura de una zona clave del Pacífico, conocida como región Niño 3.4, se ubica más de 2 °C por encima de su promedio durante un tiempo prolongado.
Hasta ahí, un fenómeno conocido. Lo que ahora inquieta a los científicos es la velocidad con la que se está calentando el océano y lo que muestran los modelos para los próximos meses.
Un pronóstico que sorprendió hasta a los científicos
Zeke Hausfather, científico climático de Berkeley Earth, reunió 667 simulaciones elaboradas por 14 modelos internacionales.
El resultado fue impactante: la proyección media indica que la temperatura en la región Niño 3.4 podría alcanzar un pico de 3,6 °C por encima de lo normal hacia fines de 2026.
Eso sería 0,8 °C más que el récord establecido durante El Niño de 2015-2016. Según el análisis, existe una probabilidad cercana al 91% de que el evento actual marque un nuevo máximo histórico.
Nature habló directamente de una diferencia "difícil de imaginar" frente a los registros anteriores.
Ahora bien, hay que tomar estos números con cuidado. Cuando se utiliza otro indicador que descuenta de manera más amplia el calentamiento general de los océanos, la proyección baja a 3,1 °C y la probabilidad de récord se reduce al 77%.
Sigue siendo muchísimo, pero no es lo mismo. Y ahí aparece la principal advertencia: ningún modelo fue probado antes frente a un episodio de esta magnitud porque, sencillamente, nunca se observó algo igual.
Que tantos modelos coincidan es una señal fuerte. Pero no significa que el pronóstico vaya a cumplirse exactamente.
Por qué 2027 podría ser el año más caluroso de la historia
El Niño libera hacia la atmósfera parte del calor acumulado en el océano. Ese efecto suele aparecer con algunos meses de demora.
Por eso, aunque el fenómeno alcance su pico hacia fines de 2026, el golpe más fuerte sobre la temperatura global podría sentirse en 2027.
Las proyecciones citadas por Nature plantean que la temperatura media del planeta podría ubicarse el próximo año cerca de 1,7 °C por encima de los niveles preindustriales. Si eso ocurre, 2027 se convertiría en el año más caliente desde que existen mediciones.
Eso no significa que el mundo haya incumplido automáticamente el objetivo de 1,5 °C del Acuerdo de París. Ese límite se calcula sobre un promedio de largo plazo, no por un solo año. Pero sería, de todos modos, una señal muy preocupante.
Y el costo no sería solamente ambiental.
Un estudio publicado en Science estimó que El Niño de 1997-1998 provocó pérdidas globales acumuladas por US$ 5,7 billones durante los cinco años siguientes.
Justin Mankin, uno de los autores de ese trabajo, advirtió ahora que el fenómeno actual podría generar pérdidas económicas globales por hasta US$ 10 billones hacia 2032.
No es una factura cerrada ni una predicción exacta. Es un escenario. Pero sirve para entender algo: los daños de un gran Niño no terminan cuando deja de llover.
En la Argentina, la cuenta puede dar para cualquier lado
Para el campo argentino, El Niño puede ser una gran noticia. O convertirse en una pesadilla.
Un informe de EPyCA Consultores al que accedió El Economista explica que las lluvias podrían recargar los suelos de la región pampeana después de varias campañas atravesadas por la sequía.
En los campos con buen drenaje, más agua suele significar mejores rendimientos de soja y maíz. Si a eso se suman problemas productivos en otros países y precios internacionales firmes, la Argentina podría encontrarse en 2027 con una muy buena cosecha y un ingreso importante de dólares.
Ese es el escenario optimista.
El problema aparece cuando la lluvia se pasa de largo. Si las precipitaciones son demasiado intensas entre noviembre de 2026 y febrero de 2027, pueden anegarse los campos, dañarse las raíces y complicarse el ingreso de la maquinaria.
También pueden aumentar los hongos, las enfermedades y la necesidad de aplicar más fitosanitarios. En algunos casos, si los suelos quedan demasiado embarrados, los productores tienen que recurrir a aplicaciones aéreas, que son bastante más caras.
Con el trigo hay otro riesgo. La etapa de cosecha coincide con noviembre y diciembre, justamente cuando podrían aparecer algunas de las lluvias más intensas. Demasiada agua en ese momento puede provocar brotado en espiga, enfermedades y una pérdida de calidad que termina castigando el precio del cereal.
El mundo puede necesitar más alimentos argentinos
El contexto internacional podría jugar a favor de la Argentina.
El último informe WASDE del Departamento de Agricultura de Estados Unidos proyectó la menor producción estadounidense de trigo desde la campaña 1970-1971. Además, redujo las existencias finales mundiales a 272,8 millones de toneladas.
En maíz, las existencias globales fueron recortadas en 6 millones de toneladas, hasta los 275,3 millones. Europa está sufriendo olas de calor y, si las previsiones se cumplen, Francia tendrá su menor producción en más de tres décadas.
La soja presenta una oferta más cómoda, aunque la demanda de China y el crecimiento del procesamiento industrial están absorbiendo buena parte de esos granos.
Para la Argentina, el escenario ideal sería bastante claro: una buena cosecha local en un mundo con problemas de oferta. Más volumen y mejores precios.
Pero para llegar hasta ahí primero habrá que evitar que el agua arruine la producción.
Las economías regionales, mucho más expuestas
El panorama es más complicado para las economías regionales.
En Mendoza y San Juan, más humedad durante la primavera y el verano puede aumentar la presencia de hongos en los viñedos. También aparece el riesgo de granizo y de una pérdida de calidad de la uva.
En Entre Ríos, Corrientes y Tucumán, las lluvias pueden complicar la producción de cítricos y frutas. El exceso de agua provoca caída prematura, rajado de la fruta y anegamiento de las quintas.
Y después está el problema de siempre: los caminos.
Una producción puede estar en perfectas condiciones, pero si los camiones no logran entrar al campo, la fruta queda sin retirar y termina pudriéndose. En estos casos, el daño climático se mezcla rápidamente con las deficiencias de infraestructura.
La ganadería tampoco queda afuera. En las zonas bajas del Litoral y la Cuenca del Salado, las crecidas pueden obligar a trasladar hacienda hacia terrenos más altos, aumentar la mortalidad de terneros y encarecer los costos de la cría.
No todo es negativo. Un mayor caudal en los ríos Paraná y Uruguay permitiría generar más electricidad en las centrales hidroeléctricas de Yacyretá y Salto Grande.
El riesgo para las PyMEs y los precios
Muchas PyMEs agropecuarias llegan a la campaña 2026-2027 con deudas bancarias o compromisos pendientes con proveedores de semillas, fertilizantes y servicios.
Una pérdida parcial de la cosecha puede cortar la cadena de pagos en pueblos enteros. Y si al daño productivo se le suman seguros más caros, mayores gastos en fitosanitarios y problemas de transporte, la situación puede volverse todavía más pesada.
El impacto también llega a los trabajadores temporarios. Cuando el agua impide cosechar, desaparecen jornales y baja el ingreso de muchas familias del interior.
Al mismo tiempo, los problemas de oferta y logística pueden empujar el precio de frutas, verduras y otros alimentos frescos.
Así se da una paradoja bastante argentina: una gran cosecha de soja y maíz puede convivir con pérdidas en las economías regionales, problemas laborales y más inflación en las góndolas.
Los dólares que espera el Banco Central
La parte que más le interesa al equipo económico llegará durante el segundo y el tercer trimestre de 2027.
Si la campaña es buena y las inundaciones se mantienen bajo control, el complejo cerealero y oleaginoso podría aportar un flujo importante de divisas. Esos dólares ayudarían al Banco Central a sumar reservas y a enfrentar una eventual dolarización de carteras antes de las elecciones.
Pero nada está asegurado.
Los anegamientos pueden achicar el volumen exportable y destruir caminos. Además, si los productores consideran que el tipo de cambio está atrasado frente a sus costos, podrían demorar la venta de los granos a la espera de mejores condiciones.
En ese caso, los dólares tardarían más en llegar. También caería la recaudación por retenciones y las provincias afectadas recibirían menos ingresos por Ingresos Brutos e Impuesto Inmobiliario Rural.
EPyCA no arriesga todavía una cifra sobre cuántos dólares podría ganar o perder la Argentina. Sería apresurado hacerlo. Todo dependerá de cuánto llueva, en qué zonas y en qué momento de la campaña.
El operativo que prepara el Gobierno
El viaje de Milei no será el primer movimiento oficial.
El Ministerio de Seguridad ya aprobó, mediante la Resolución 559/2026, el Plan de Coordinación Federal ENOS 2026-2027.
La norma reconoce que existe un mayor riesgo de lluvias superiores a las normales durante la primavera y el verano, especialmente en la Cuenca del Plata.
La Agencia Federal de Emergencias tendrá que coordinar a municipios, provincias y organismos nacionales. Del operativo participarán las fuerzas federales, Vialidad Nacional, la Dirección Nacional de Emergencias Sanitarias y los Bomberos Voluntarios.
La reunión del 3 de agosto en Chaco buscará bajar ese esquema general a protocolos concretos: qué recursos tiene cada provincia, cómo se monitorearán las crecidas y quién actuará si una emergencia supera la capacidad de respuesta local.
Los temporales recientes, las evacuaciones y las crecidas de los ríos muestran que la región es vulnerable. Pero no conviene meter todo en la misma bolsa: no puede afirmarse que cada tormenta actual haya sido causada por El Niño. Para vincular un evento puntual con el fenómeno se necesitan estudios específicos.
El "súper Niño" todavía es un pronóstico. Puede no alcanzar el pico más extremo que muestran los modelos. También puede generar lluvias muy distintas según la zona.
Pero la señal de alerta está encendida. Y esta vez la pregunta no es simplemente si El Niño será bueno o malo para la Argentina.
La pregunta es bastante más concreta: quién recibirá el agua que necesita, quién sufrirá sus excesos y si el Estado llegará preparado antes de que empiece a llover en serio.