Diego Guelar habla con la vehemencia de quien conoce el recorrido y el mapa. Abogado, exdiputado y diplomático, fue embajador en la Unión Europea, en Brasil, en China y dos veces en Estados Unidos —primero con Carlos Menem y luego con Eduardo Duhalde—. Actualmente es candidato a senador nacional por la Ciudad de Buenos Aires por la Unión del Centro Democrático (UCeDe).
Su obsesión es que sin unidad nacional —coalición para gobernar y pacto de convivencia con quien se quede en la oposición— la Argentina seguirá atrapada en su péndulo.
Nació en la Capital, pero la infancia fue entrerriana, en la localidad de Villaguay. Hijo de productor agropecuario y madre ama de casa, bisnieto de inmigrantes judíos llegados desde Rusia, su itinerario vital condensa una trayectoria completa por la educación pública, militancia juvenil y una larga carrera de servicio exterior.
—¿Cómo recuerda la experiencia de formación en la Facultad de Derecho de la UBA?
—Fundamental. Toda mi educación fue pública. Por eso estuve en las distintas marchas en defensa de la universidad: ¿cómo no voy a defender la educación pública, si es la mía? La educación y la salud pública, en un país que llegó a tener mejor nivel que Europa en esas áreas, son un orgullo para todos los argentinos. Una cuestión son las limitaciones presupuestarias, pero el Presidente tendría que mostrar empatía con aquellos que representa parte de nuestra identidad nacional. Educación y salud pública son el corazón de la Argentina liberal. Hoy me siento profundamente nacionalista y profundamente liberal. En la Argentina, en esencia, todos somos liberales.
—Es un desafío al peronismo, que suele repetir: "Todos somos peronistas".
—En realidad, todos somos liberales. Perón nunca fue antiliberal. En realidad, fue todo lo contrario.
"Todos somos liberales"
En los pasillos de la universidad comenzó la política: primero en ámbitos vinculados a la CGT de los Argentinos, luego en una agrupación peronista, hasta desembocar en Montoneros. Se fue de la organización tras el golpe de 1976, con disidencias abiertas frente a la conducción de Mario Firmenich. La clandestinidad dejó marcas: amigos asesinados o desaparecidos, documentos falsos, un miedo permanente que —dice— nunca niega.
—¿Ha sentido miedo?
—Siempre. Cuando tenía 21 o 22 años, mis chances de sobrevivir una semana eran mínimas. Y tengo 75. El que dice que no tuvo miedo, miente. Soy un sobreviviente. El 80% de mis amigos de juventud fueron asesinados o desaparecidos.
En 1981, Ángel Federico Robledo —peronista de fuste, quien había sido ministro de Defensa y del Interior en gobiernos de Perón— lo incorporó a su estudio jurídico. "Ángel Federico Robledo era una gran figura, lo venero. Lo hizo sabiendo el riesgo que implicaba. Yo me recibí en 1971, con 21 años", detalla Guelar.
—¿Y cómo pasó de la militancia a la política institucional?
—Recién en 1983. Fui coordinador de la Coordinadora de Acción Justicialista, la corriente interna que encabezaba Robledo.
—¿Qué destaca de Robledo?
—Su brillantez. Fue el que entendió que frases como "combatiendo al capital" y los viejos eslóganes eran prehistóricos. Que el peronismo debía transformarse en un partido socialcristiano. En mi caso, judeocristiano, porque soy de origen judío pero con una mirada socialcristiana. Era una mente clarísima.
En 1983, Guelar llegaría al Congreso en el retorno democrático. Ese cruce entre biografía y política —la sobrevivencia, la insistencia, el afán de reconstrucción— estructura su mirada actual.
—¿Cómo recuerda aquella primera etapa parlamentaria entre 1983 y 1987?
—Extraordinaria, fundacional. Mandamos detenido por quince días al general Luciano Benjamín Menéndez —uno de los jefes militares más duros de la dictadura— por amenazar con un cuchillo a un periodista. Derogamos por aclamación la autoamnistía. Fue un momento clave. Tengo enorme respeto por Alfonsín: ha sido el refundador de la democracia y estadista.
A fines de los ochenta, el diputado y dirigente peronista Guelar también fue periodista: en 1987 asumió la dirección editorial de La Razón mientras era secretario general del bloque peronista en el Congreso. Mesa de redacción diaria, edición a las siete y madrugadas con dos horas de sueño: "Un esfuerzo físico e intelectual enorme", recuerda. Ese que él reconoce como "triple sombrero" —político, diplomático, periodístico— aparece como marca de ADN en el recorrido de quien salta de la mesa de cierre a la mesa de negociaciones internacionales.

El tramo diplomático lo llevó a las ciudades de Bruselas —Unión Europea—, Brasilia, Washington —dos períodos— y Beijing. Guelar acepta, con una mezcla de orgullo y oficio, que en la calle lo llamen "embajador Guelar".
Ese recorrido convive con la escritura de libros como: "¿Concertación o disolución nacional?" —editado por Sudamericana en 1985— un ensayo de posdictadura que propone una concertación estable entre la UCR y el PJ; El robo de la Gioconda: una historia argentina —publicado en 2004— una novela que toma como disparador un relato del periodista norteamericano Karl Decker y despliega una trama en tres tiempos en la que se constituye su singular mirada sobre el histórico cuadro; y La invasión silenciosa: El desembarco chino en América del Sur —editorial Debate en 2013— un ensayo de geopolítica que abre con una reflexión sobre los orígenes remotos de los vínculos entre Asia y América Latina.
La unidad nacional aparece una y otra vez. Para Guelar, los países vecinos de Argentina —con diferencias ideológicas agudas— alternan derechas e izquierdas con riesgo país bajo y crecen de modo persistente. "Aquí, en cambio, el péndulo y la grieta bloquearon la integración de un 'nosotros' por encima de las facciones", señala Guelar. Su receta: coalición para gobernar y acuerdo de convivencia con la principal oposición.
—Asegura que Alfonsín y Menem son los dos últimos grandes políticos de Argentina. ¿Qué haría falta para que vuelva a emerger un "gran dirigente" como los expresidentes?
—Un período de reencuentro y sanación. El próximo presidente no tendrá partido hegemónico; deberá armar una coalición y firmar un pacto de convivencia pacífica con quien quede enfrente. Eso es unidad nacional.
Si es elegido senador nacional en las próximas elecciones del 26 de octubre, promete donar un tercio del sueldo y toma como vara el salario de Alberto Crescenti, titular del SAME: "¿Cómo un senador va a ganar $10 millones y tener 20 asesores? Eso es corrupción institucional. Ser senador es un honor, no un negocio".
Está casado con Viviana Marcela Fontanini, florista de renombre y dedicada al rubro. Y tiene un hijo, Alejo, de 51 años. Su corazón, además de la política, está en la vida familiar.

Cuando se le pregunta dónde se siente en casa no duda: la Argentina. "Soy profundamente nacionalista. Y sufro el destino argentino. Hoy lo vivo con angustia. Estamos otra vez al borde de una crisis muy fuerte. Espero que podamos resolverla, aunque no veo voluntad política de hacerlo".
Sobre el tiempo presente, Guelar cuestiona la deriva del PRO y sostiene que la "centroderecha liberal" volverá a tener un espacio "enorme". Cita con aprecio a Ramón Puerta —expresidente interino en 2001 y dirigente peronista misionero— y al diputado nacional Miguel Ángel Pichetto. Valora a los gobernadores Nacho Torres y a Rogelio Frigerio, y diagnostica un vacío generacional que obliga a los "viejos" a sostener la guardia.
El cierre vuelve a su tesis matriz. La Argentina —dice— no puede sostener por sí sola un sistema de salvatajes sucesivos: China, el FMI, el Tesoro de Estados Unidos. La salida no vendrá en un cheque sino en una arquitectura política nueva.

—¿Qué actores políticos considera indispensables en la mesa de unidad nacional de los argentinos?
—Razonablemente en esta coyuntura debería incluir a la derecha "dura", aglutinada en La Libertad Avanza, y a la alianza de centro-derecha —que incluso contiene sectores de centro-izquierda— de Juntos por el Cambio. Esa coalición tenía que gobernar, y quien ganara la elección debía presidirla. En este caso fue Javier Milei, pero la coalición representaba al 65% de los argentinos.
—En agosto había señalado que el acuerdo con La Libertad Avanza implicaba la desaparición del PRO. Actualmente, tras aquella crítica fuerte a Mauricio Macri, ¿sigue pensando lo mismo?
—Sí. No voy a repetir el término que usé, pero creo que hubo una abdicación enorme. El PRO se disolvió por esa combinación: falta de conducción y de cuadros políticos que comprendieran la necesidad de defender una identidad de centro-derecha liberal diferenciada de la derecha dura.
—¿Confirma que esa rendición ya es un hecho en el PRO?
—Sí, en la práctica ya se materializó. Dos millones de simpatizantes se quedaron en sus casas y no votaron en la provincia en la elección bonaerense del 7 de septiembre pasado. La abdicación de Mauricio fue acompañada por supuestos dirigentes del PRO que no dieron ninguna batalla, ni siquiera un debate. Yo intenté impulsarlo, pedí desde comienzos de año una interna abierta, convocando a los aliados, aunque no hubo eco. Ni en Mauricio ni en el resto. El PRO perdió su identidad.
Incluso, en algún momento, el propio Macri me dijo que estaba de acuerdo con mi diagnóstico. ¿Qué le pasó? No lo sé. Se encerró con un grupo muy pequeño de alcahuetes y terminó tomando una decisión funesta. Y la supuesta dirigencia del PRO consintió.
—¿Qué rol le asigna en la actualidad a Mauricio Macri?
—Rifó un rol importantísimo. De la crisis del 2001 surgieron dos emergentes: los Kirchner y Mauricio Macri. Los Kirchner gobernaron veinte años y todavía siguen presentes. Mauricio llegó a la presidencia, completó su mandato, garantizó la transición, pero no logró trascender su administración por falta de definición política e ideológica. Fue perdiendo terreno hasta abdicar. Y hoy ya no cumple un rol activo.
—¿Usted interpreta que él se arrepiente de algunas de sus decisiones?
—Él es muy ingeniero. Tiene poca comprensión de los fenómenos históricos, políticos, de la partidocracia y de la historia en general. Su rol era fundamental. En parte lo cumplió: armó primero un partido local, luego nacional, y presidió y encabezó una coalición. Recorrió un camino importantísimo y no termino de entender por qué se destruyó a sí mismo.

—En 2015 se lo mencionaba como futuro canciller. ¿Cómo recuerda ese episodio?
—Se suponía que iba a ser canciller. Yo era el secretario de Relaciones Internacionales del PRO. Mauricio Macri me dijo que no podía ser su canciller porque no era obediente. Le respondí: "No puedo ser su canciller no por no ser obediente, sino por no ser obsecuente".
Me miró y terminé siendo embajador en China. Algo que fue extraordinario y se lo agradezco. Fue en su despacho, en la municipalidad, en Uspallata.
—¿Y cuál es su mirada hoy sobre el vínculo entre Macri y Milei?
—El sábado pasado se habían reunido en Olivos; Mauricio lo reconoce el lunes. Y el martes, el presidente lo omite. Como si no hubiera existido. El presidente Milei nunca mencionó ese encuentro. Después de haber dado varias entrevistas en televisión y radio, no lo menciona. Nunca. Es un ninguneo absoluto.
—¿A quién estima actualmente en la política?
—Mantengo dos relaciones históricas: Ramón Puerta y Miguel Ángel Pichetto, que son de mi generación. Algunos jóvenes me han desengañado. ¿Quiénes son los jóvenes del PRO?
El espacio va a resurgir. El nombre no importa. La centroderecha liberal en la Argentina va a tener un espacio enorme. Voy a dar la batalla hasta el último día. Soy un combatiente.
—Sostiene la importancia de una interna amplia con radicales, peronistas, la Coalición Cívica. De cara a 2027, ¿es posible el armado de esa mesa opositora?
—Sí. No sé cómo se llamará, aunque ese espacio existe. En Argentina, el concepto de una coalición de centro-derecha en diálogo con parte de la centro-izquierda, el centro político, es enorme. En octubre de 2023 esa coalición ganó 10 gobernaciones y 500 intendencias. Hoy, de modo inorgánico, porque no hay partidos nacionales, se intenta recuperar ese espectro. Las Provincias Unidas son un ejemplo.
—¿Cuál debería ser la prioridad de la oposición en 2026 para llegar competitiva a la presidencial?
—Estamos en un momento crítico. No hay un camino lineal al 2027. Vamos a vivir traumas, porque el modelo de "pintar la Argentina de violeta" ya fracasó. Va a fracasar en la elección de octubre. Como gobierno pueden sumar más diputados, aunque van a ser derrotados políticamente. Van a mejorar su representación parlamentaria, pero estarán lejos de alcanzar un esquema hegemónico y autoritario. Ganarán y serán derrotados al mismo tiempo.
—Hoy el centro aparece fragmentado.
—Tengo dudas de que exista un "centro" como tal. Lo que hacía falta era que Macri forzara una coalición de gobierno. Era más importante el PRO que La Libertad Avanza. Lo que logró en términos de gobernabilidad fue extraordinario, pero no lo capitalizó. La diferencia entre ser de centro derecha liberal o "derecha dura" está en poner a la educación y la salud pública como prioridades del Estado.
—¿Qué lectura hace de Axel Kicillof como dirigente político?
—No me gusta. No tengo afinidad con él. Soy republicano, soy demócrata. Pero reconozco que resolvió una interna con Cristina y que hoy es el máximo representante de ese espacio que se puede llamar kirchnerismo peronista. La figura más importante de ese sector es Kicillof.
Pero mi opinión personal no importa. Tiene base social y liderazgo. Por eso creo que es fundamental que el presidente acepte la oferta de encuentro que el propio Kicillof hizo. Porque eso forma parte de un acuerdo de gobernabilidad —con los que acompañan al gobierno— y de un acuerdo de convivencia —con los que están en la oposición—.
No se trata de que guste o no. Eso lo define la gente. El dato es que la figura más importante del peronismo kirchnerista hoy es Axel Kicillof.

—Esta semana en el Senado se rechazaron los vetos a la ley de financiamiento universitario y a la ley de emergencia pediátrica. ¿Se confirma que al Gobierno le cuesta construir consensos?
—No sólo le cuesta: ni siquiera está buscándolo. En lugar de abrir los números, el Presidente suspende la promulgación de leyes de forma ilegal y dice: "que me digan de dónde sacan los gastos". ¿Cómo va a poder hacerlo el Congreso si no hay presupuesto? No puede. Y sin presupuesto, tampoco puede ordenar la anulación de partidas. Eso es competencia del Ejecutivo. Lo que hizo es totalmente ilegal.
Es cierto: por cada gasto debe haber un origen de fondos. Pero si no hay presupuesto, el Congreso no tiene de dónde recortar ni reasignar. Ese mecanismo no está disponible.
—Y respecto a Rafael Grossi, director de la agencia nuclear de la ONU (OIEA), ¿considera que tiene chances de ser el próximo secretario general de las Naciones Unidas?
—Ojalá. Creo que tiene todas las cualidades y sería un gran secretario general.
El tema es que Inglaterra tiene derecho a veto, y él es argentino. La duda es hasta qué punto aceptarían un secretario general con la carga de Malvinas a cuestas. Quisiera que lo logre. Sería un paso muy importante en la consolidación de la relación de la Argentina con el mundo.
—Actualmente, Milei parece subordinar la política exterior casi exclusivamente a Estados Unidos, ¿cómo evalúa esa estrategia en comparación con las de otros presidentes como Menem?
—Menem hizo una geopolítica abierta. Le dio mucha importancia a la relación con Brasil y a su vínculo personal con el expresidente Fernando Henrique Cardoso, lo que se conocía como "diplomacia presidencial", que fue muy útil en esa etapa.
Aunque su discurso privilegiaba a Washington, también cultivó una gran relación con China. En ese sentido, la política de Menem fue mucho más equilibrada de lo que se decía. Por ejemplo, yo mismo fui el autor de una doctrina que consistió en el doble repudio a la política norteamericana de embargo a Cuba y, al mismo tiempo, a la violación de derechos humanos en la isla.
—Cuando fue embajador en Estados Unidos, ¿cómo vivió la puja respecto a las retenciones?
—Es un dato estructural de la relación con Estados Unidos. No somos una economía complementaria con ellos: somos una economía que compite. Complementarios somos con China. Esto no es ideológico, es objetivo.
Los chinos compran alimentos y nosotros los vendemos; Estados Unidos, en cambio, también exporta carne y cereales.
Esto explica que los agricultores estadounidenses presionen para que la Argentina pague retenciones: al hacerlo, nos volvemos menos competitivos frente a ellos.

—¿Por qué en Brasil no existen las retenciones al agro?
—Porque en Brasil hay casi 300 diputados integrados a la bancada agropecuaria sobre un total de 513. Es imposible que el Congreso apruebe retenciones con ese peso político del sector agrícola; su poder en Brasil es muy fuerte.
—En La invasión silenciosa usted analizó en 2013 el avance de China en América Latina, situación que continúa en escalada. El propio secretario del Tesoro de Estados Unidos, Scott Bessent, asegura querer apoyar a la Argentina para, según distintos analistas, debilitar esa influencia. ¿Cómo interpreta este movimiento de Washington?
—Milei jugó ideológicamente muy fuerte. Se pronunció a favor de Trump cuando aún era candidato. Ideológicamente Milei es un hijo de Trump, libertario, de derecha, y hoy es el presidente del club de admiradores de Trump en el mundo.
Y digo en el mundo, no sólo en la región. Trump tiene pocos amigos en el mundo y muchos enemigos.
Milei construyó una personalización fuerte frente a un líder con el estilo de Trump. De ahí el gesto de apoyo del estadounidense, aunque sin dinero directo: el secretario del Tesoro, Scott Bessent, aclaró hasta el momento que no habrá fondos frescos, sí una línea de swap.
El martes 14 de octubre, Trump recibirá a Milei en la Casa Blanca en visita oficial —una semana después de su encuentro en Nueva York durante la Asamblea General de la ONU—, enmarcado en el intento de la Casa Rosada por afianzar la 'alianza estratégica' con Washington.
Milei es alguien que gira alrededor de Trump. El gesto de apoyo del Tesoro norteamericano fue más bien moral, porque todavía no llegó un dólar ni se armó la cartera que defina cómo va a instrumentar Estados Unidos un swap para la Argentina.

—¿El aporte quedaría condicionado a una victoria en las elecciones y no se otorgaría si pierde?
—Es confuso. Primero dijeron "apoyo incondicional". Después: "Vamos a trabajar tras las elecciones". Y esta semana, Bessent declaró que para la Argentina no hay plata.
En el último año ya hubo tres salvatajes. Primero, el de China, que en 2024 prorrogó por dos años un crédito de corto plazo de US$ 5.500 millones que había tomado Sergio Massa. Si no se prorrogaba, caíamos en default. Luego, en mayo de este año, fueron US$ 20.000 millones del Fondo Monetario. Y ahora, el Tesoro norteamericano. Ya no queda a quién recurrir.
El problema es que no tenemos consolidado un acuerdo de unidad nacional. Y eso requiere, a mi juicio, dos pasos. Primero, un acuerdo de gobernabilidad, que permita mayorías propias en el Parlamento, con gobernadores y sectores afines, entre ellos el PRO. Segundo, un acuerdo de convivencia con el jefe de la oposición, hoy Axel Kicillof.
—¿Qué riesgos advierte para el país si la relación con China se transforma en un obstáculo permanente para la Casa Blanca?
—Es que no puede transformarse en eso. No hay forma. China es nuestro principal mercado agroexportador: compra el 80% de nuestras carnes y el 70% de nuestros granos. Es imposible prescindir de China, porque es el núcleo del perfil exportador argentino.
Estados Unidos podría decir "lo compro yo", pero no lo hace. Entonces, no es viable que la Argentina prescinda de China.
—¿Qué debería hacer entonces la diplomacia argentina?
—Lo que hacen 140 países del mundo: mantener muy buenas relaciones con Estados Unidos y, al mismo tiempo, tener a China como principal cliente. El problema es nuestro, por incapacidad. Por ejemplo, Europa es socia de Estados Unidos y, a la vez, de China.
