El decano de la Escuela Interdisciplinaria de Altos Estudios Sociales de la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM) y doctor en Sociología Ariel Wilkis nació en Buenos Aires en 1976. Recuerda su infancia como "normal, de un chico judío en la ciudad, a fines de los setenta y principios de los ochenta". En ese momento transcurría la vida de todos los días y, a la par, se delineaba el eco de una historia familiar que más tarde encontraría un cauce inesperado en su obra académica. De eso se trata la historia de Wilkis. De la conexión entre la vida y la obra. De poder "enchufar" cómo vivimos a cómo pensamos. De encontrar los hilos detrás de todas las historias.
En Una historia de cómo nos endeudamos (Siglo XXI, 2024), Wilkis abre con una frase personal: "La prehistoria de este libro se escribe en ídish. El crédito y las deudas son parte de mi historia familiar". Se refiere a su abuelo, inmigrante del Este europeo quien llegó a Buenos Aires en los años veinte y trabajó como kuentenik, vendedor ambulante de baratijas que ofrecía todo a crédito. "La lógica era construir clientela vendiendo de este modo", explica. Una leyenda urbana sostiene, incluso, que la expresión "comerse un clavo" viene de ese mundo, detalla Wilkis: cuando un cliente no pagaba, el kuentenik dejaba un clavo en la pared para advertir al próximo vendedor. Su abuelo en cierto momento pudo dejar atrás ese oficio y montar una fábrica textil.
¿Fue esa herencia la que lo llevó a dedicar su vida académica a estudiar la sociología del dinero, el crédito y la deuda? "No, no creo que haya sido eso específicamente", responde. Hubo otros factores que intervinierion: la formación contable en el Carlos Pellegrini, donde cursó sus estudios secundarios; las expectativas familiares para que estudiara como contador; y luego el hallazgo decisivo de su objeto de estudio: "Descubrí el dinero como objeto sociológico. Es fascinante: permite observar relaciones, prácticas, imaginarios, desigualdades, todo en simultáneo y a lo largo del tiempo. No hay vínculo social que no esté atravesado por dinámicas monetarias".
Ese hallazgo se convirtió en obsesión y dedicación. Estudió Sociología en la UBA durante los años noventa, entre icónicos profesores —Horacio González, Emilio de Ípola, Juan Carlos Portantiero, Ricardo Sidicaro— y un clima de plena efervescencia universitaria contra el menemismo. "Fue un gran momento de formación, aunque atravesado por la incertidumbre sobre el futuro", rememora. En 2007 viajó a Francia, a la École des Hautes Études en Sciences Sociales (EHESS), para hacer un doctorado en cotutela con la UBA. La sociología francesa vivía un esplendor marcado por la impronta de Pierre Bourdieu y Robert Castel, y París era el epicentro de esa atracción.
Su director fue Gérard Mauger, discípulo de Bourdieu. "Llegué al centro del sociólogo después de su muerte, pero su espíritu todavía se sentía con fuerza", cuenta Wilkis en diálogo con El Economista. Wilkis escribió su tesis, una etnografía sobre los usos del dinero en los sectores populares. Ese trabajo implicó varias capas de publicación: primero, como Las sospechas del dinero (Paidós, 2013), luego, como The Moral Power of Money (Stanford University Press, 2017), una traducción aunque con cambios sustanciales. El libro obtuvo en 2018 la importante mención de honor de la American Sociological Association.
Y, en 2020, fue publicado en francés por la editorial de la misma EHESS con un prólogo de Viviana Zelizer, una figura central de la sociología económica norteamericana y profesora en Princeton. La sociología también se trama entre pensamientos, gestos y afectos.
Profesor en la UNSAM y en la Universidad Nacional del Litoral (UNL), decano de la Escuela IDAES, investigador independiente del CONICET, Wilkis ha participado como autor, coautor, editor y coeditor de numerosas publicaciones, entre las cuales se destacan Las sospechas del dinero (Paidós, 2013), The Moral Power of Money (Stanford University Press, 2017), Dolarizaciones (Fondo de Cultura Económica, 2024), Una historia de cómo nos endeudamos (Siglo XXI, 2024) y El dólar. Historia de una moneda argentina, junto a Mariana Luzzi (Siglo XXI, 2025).
Un hilo conductor recorre la investigación de Ariel Wilkis: "Digo que hago sociología del dinero, y es como abrir una puerta: no hay mundo social que me resulte ajeno". En su trabajo conviven sojeros, inversores, amas de casa endeudadas, inmigrantes paraguayos, feriantes de La Salada, militantes políticos y religiosos. "Toda gran pregunta de la sociología puede entrar en diálogo cuando se la observa a través del dinero: el poder, las jerarquías, la moral, los imaginarios de futuro".
Wilkis señala también que, aunque siempre está en diálogo con una sociología global, busca interrogar problemas específicos de América Latina, desde la marginalidad hasta la democracia. En la actualidad prepara dos nuevos proyectos: The Global of Money Talks, compilación coeditada con Daniel Friedman que reúne voces de todo el mundo sobre sociología del dinero, y La sociología del dinero en la era digital, libro de su autoría que publicará la prestigiosa editorial británica Polity Press en 2027.
La pasión por escribir y por pensar sigue intacta. "Cuando, al terminar el secundario, decidí estudiar Sociología, nunca abandoné. Tuve un enamoramiento temprano, y más de treinta años después, lo sigo manteniendo". Así es Wilkis: un trabajador de pasiones firmes. Mientras conversa con El Economista, su perro Indio interrumpe varias veces la conversación. Wilkis también es capaz de pausar lo que está diciendo para hacerle una caricia. Como en el principio, todo empieza en un gesto.

Sobre cómo nos endeudamos
En Una historia de cómo nos endeudamos, Ariel Wilkis reconstruye cuarenta años de democracia argentina a través de un prisma inesperado: el de las deudas. No sólo las públicas, sino también las familiares, las del barrio, las que afectan a consumidores y votantes. Como dice el autor, las deudas son "método y símbolo" de nuestra democracia, al mismo tiempo cifra contable y relato moral. Su tesis es tan simple como contundente: "El saldo de estas promesas democráticas es claro y demoledor: una economía sin crédito, una sociedad con deudas".
Wilkis no se limita a repasar episodios ya trillados. Encuentra en ellos huellas nuevas. Así, la "circular maldita" de los ochenta o el "voto cuota" de los noventa aparecen no sólo como hechos económicos, sino como tecnologías de gobierno y dispositivos de inclusión/exclusión social. Propone una idea poderosa: que las deudas son experiencias vividas, con peso emocional, que ordenan biografías y orientan pasiones políticas. Durante la pandemia, por ejemplo, un 58% de los hogares se declaró altamente endeudado. "Esta deuda era pesada, vergonzosa y dolorosa. Todo junto", escribe. El endeudamiento, sugiere Wilkis, se vuelve una "nueva cuestión social, fuente de malestares contemporáneos".
El libro respira la convicción de que la sociología del dinero es un "capítulo crucial de la sociología política". De hecho, Wilkis logra algo singular: convertir balances y cuotas en materia narrativa. Quizá por eso el epílogo dialoga de frente con el presente. La presidencia de Javier Milei llega —escribe Wilkis— a un país en el cual el bienestar cotidiano se sostiene con endeudamiento. "Al recortarse el gasto social del Estado en esferas como la vivienda, la salud, la educación, las pensiones y los salarios, las tendencias que contribuyeron a convertir a las deudas en una nueva cuestión social podrán profundizarse y relanzar un nuevo desencuentro entre promesas políticas y expectativas sociales", propone Wilkis.

—En 2020 y 2021 relevaste a más de 5.000 personas para encontrar que el 58% de los hogares tenían un alto grado de endeudamiento. ¿Cómo pensás que cambió esa foto en la Argentina de Milei?
—Si se siguen diferentes datos —ya sean encuestas parciales o el monitoreo de deudores del Banco Central— aparecen claras alarmas amarillas sobre la dinámica del endeudamiento de los hogares en el marco de la actual gestión de Milei.
Ese endeudamiento tiene que ver, en gran parte, con la caída de los salarios y, también, con el mayor peso de los servicios en el presupuesto de los hogares. Además, se relaciona con la ampliación de la oferta de crédito y esa expansión crediticia permitió a muchos sectores medios lidiar con las dificultades de llegar a fin de mes. Ahora esa oferta se está retrayendo. Ésa es, en definitiva, la radiografía que se puede trazar con la información disponible sobre la dinámica del endeudamiento de los hogares en este contexto.
—En Una historia de cómo nos endeudamos destacás que la inflación "se refuerza como proceso que impacta en los bolsillos, en el orden cotidiano, en el tiempo dedicado a los vínculos y en las relaciones afectivas". En la actualidad, con Milei en el gobierno, la inflación bajó. ¿Qué preocupa ahora a los argentinos?
—La paradoja del contexto actual, desde el punto de vista socioeconómico, y mirado desde la perspectiva de los hogares, es la estabilidad de precios que convive en tensión con la escasez de ingresos. Ésa es la gran tensión que hoy se juega a nivel macroeconómico, pero sobre todo en la experiencia cotidiana y ordinaria de las familias argentinas, en particular las de clase media, aunque también las de sectores bajos. Las estadísticas muestran que la caída de ingresos fue más fuerte en los sectores medios que en los de ingresos bajos, en parte por la política de transferencias monetarias del gobierno. Esa política fue expansiva: no se limitó a acompañar la inflación, sino que incluso la superó. Entonces, esa tensión entre ajuste y estabilización es lo que ordena las preocupaciones y las conversaciones cotidianas.
En definitiva, esa dinámica contradictoria entre estabilidad monetaria y escasez de ingresos es la que define la especificidad de la situación actual. Marca la vida económica de las familias, pero también impacta en la dinámica política: en las expectativas de acompañamiento, de distanciamiento o incluso de abandono frente a la propuesta del gobierno de Milei.
Sea porque obliga a generar recursos extra —más horas de trabajo, más ocupaciones— para llegar a fin de mes; sea porque, pese a la caída de ingresos, la estabilidad monetaria permite algún tipo de planificación.
—Has escrito: "La gestión de las deudas de las familias fue un hilo conductor del sacrificio de parte de la sociedad durante la pandemia y el ciclo de alta inflación. Contribuyó a engrosar el voto antisistema que llevó a Javier Milei a la presidencia". ¿Qué factores podrían engrosar ahora un voto anti-Milei?
—El equilibrio actual entre escasez de ingresos y estabilidad monetaria es extremadamente precario. Puede romperse con facilidad si esa estabilidad se quiebra o si se profundiza todavía más la escasez de ingresos. El acompañamiento de la sociedad a la propuesta de Milei no es eterno ni un pacto sin expectativas. En un eventual distanciamiento se va a jugar, precisamente, en cómo se desarrolle —o se desequilibre— esa relación entre estabilidad monetaria y escasez de ingresos.
Ahora bien, la historia previa —que es hasta donde llega el libro y donde mi foco estuvo puesto en descubrir las dinámicas de endeudamiento durante la pandemia y la pospandemia en un contexto de inflación creciente— muestra que esas dinámicas de endeudamiento generaron una lógica que podríamos llamar sacrificial por parte de las familias.
Esa lógica reforzaba la idea y la autopercepción de que "no me salva el Estado, me salvo yo y los míos". Y parte de esa salvación implicaba tomar créditos y pagar deudas para llegar a fin de mes, para vivir mejor, mientras que las ayudas del Estado se percibían como menores, inexistentes o incluso degradantes. Esa idea de sacrificio, asociada a las dinámicas de endeudamiento, fue generando una distancia respecto de una oferta política que prometía: "yo te cuido", frente a una parte de la sociedad que sentía que no la ayudaba ni la cuidaba.
Esta acumulación de legitimidad que obtuvo Milei, a partir de esta lógica sacrificial de familias endeudadas, le permitió, y todavía le permite, sostenerse como un líder político central. Su gestión de gobierno tiene recaídas, pero mantiene aún un acompañamiento importante de la sociedad.

El dólar, pasión argentina
En Argentina, el dólar no es una divisa extranjera; es una moneda "especial, argentina y popular". Ése es el origen del libro El dólar —escrito por Mariana Luzzi, socióloga y profesora, y Ariel Wilkis—. En él, se proponen indagar cómo la moneda estadounidense dejó de ser asunto de élites para convertirse en termómetro de la calle, medida del humor social y, en muchos sentidos, una "institución de la democracia".
Los autores ofrecen una respuesta que combina archivo, sociología y cultura popular. Desde la década de 1930, pero sobre todo a partir de los cincuenta, se fue conformando en torno del dólar "una particular forma de actuar, evaluar e interpretar la vida económica, es decir, una singular cultura de la economía". Entre otros subrayados, se destaca una viñeta de Landrú con el niño que "se tragó un dólar" y el médico que lo tranquiliza: "va a bajar". O el momento televisivo en ¿Quién quiere ser millonario?, con Santiago del Moro en 2019, cuando la pregunta a una participante sobre la cotización histórica del dólar despertó risas y suspenso.
El argumento central es demoledor: Argentina es el segundo país del mundo con mayor cantidad de dólares por habitante, después de Estados Unidos. El dólar, insisten, es "interés de mayorías", un artefacto que ofrece "interpretaciones viables de la realidad nacional".
A su vez, el libro conecta con la coyuntura: el gobierno de Javier Milei prometía dolarizar, pero al cabo reafirmó "la vieja fórmula de la democracia argentina: gobernar el mercado cambiario para gobernar la nación". Lo que muestran Luzzi y Wilkis es que la vida pública del dólar excede cualquier programa económico: es una gramática cultural que atraviesa generaciones.

—Si gobernar el mercado cambiario es gobernar la nación, ¿hasta cuándo considerás que Milei podría gobernar el mercado cambiario? ¿Puede 2026 convertirse en un nuevo 2018?
—Ésa es una de las interpretaciones posibles. En 2023, durante la campaña electoral, la gran virtud política de Milei fue, a mi juicio, haber construido la dolarización como una propuesta no tanto económica sino política. Una propuesta política que le permitió dos cosas al mismo tiempo: por un lado, hablar de la inflación frente a un contrincante que no podía hacerlo, en gran parte porque su propio gobierno y él como ministro eran responsables de una inflación que ya bordeaba el 200% anual.
Milei hablaba de la inflación a través de la dolarización y, al mismo tiempo, al hablar de la dolarización elaboraba un discurso político-moral de cuestionamiento a lo que él definía como "la casta". La dolarización era, a la vez, un ataque a la inflación y un ataque a la casta.
Ponía fin al instrumento que esa casta utilizaba para perpetuarse en el poder: la emisión monetaria.
Ya en la Casa Rosada, sabemos que la propuesta de dolarización quedó en un segundo plano, oculta, y que lo que se desplegó fue su músculo más pragmático. No sólo dejó de lado la dolarización, sino que mantuvo gran parte de las regulaciones cambiarias que le permitieron conservar cierto control sobre el mercado de cambios.
Paradójicamente, "la nueva derecha" sucumbe frente a lo que llamo la "vieja ley de la democracia argentina". Desde 1983 hasta hoy, el mercado cambiario se convirtió en el gran árbitro de los procesos políticos y electorales. Y eso, el gobierno de Milei lo ejecuta de manera extrema. Con la conciencia de que, si no controla ese mercado, si no gobierna el mercado cambiario, hay altas chances de que se avecine una derrota electoral.
—El dólar se cierra con un llamado a defender la universidad pública y el sistema científico. ¿Cuáles dirías que son hoy las amenazas que plantea Milei a esos espacios?
—Hay dos planos. Uno es el del desfinanciamiento: el recorte de programas de investigación, la reducción de los presupuestos universitarios para su funcionamiento, y la feroz caída de los salarios tanto de los docentes universitarios como de los investigadores del Conicet.
Y el otro plano es el de una agenda discursiva, narrativa, ideológica. Una agenda en la que el sistema universitario y el científico no sólo no cumplen un rol positivo para la sociedad, sino que cumplen roles negativos porque aparecen como sectores protegidos por el Estado y, bajo esta lógica, son acusados de no probar su valor en el mercado.
El dinero y el poder
En The Moral Power of Money, Wilkis se adentra en el mundo popular argentino para explorar que el dinero no es sólo un medio de intercambio, sino un terreno moral donde se disputan poder, reconocimiento y jerarquías. En el cruce de Bourdieu y Zelizer, Wilkis propone la noción de "capital moral": así como existe capital económico, social o erótico, también existe un capital "capaz de ayudarnos a comprender la dinámica del reconocimiento y sus efectos en la distinción de los individuos en función de su moralidad percibida", escribe.
Lo singular es cómo el autor encarna esta teoría en la vida concreta de Villa Olimpia, en el área metropolitana de Buenos Aires, con préstamos, changas, donaciones, subsidios y ofrendas religiosas. Cada billete circula cargado de juicio, distinción y sospecha.
Stanford University Press lo presenta como parte de la serie Culture and Economic Life, y se entiende por qué. El texto combina la densidad analítica sociológica y económica con la narración viva de historias de barrio, bares y devociones populares. El resultado es un libro que no sólo ilumina un lugar de la Argentina, sino que interpela a cualquier sociedad atravesada por la desigualdad. En la circulación moral del dinero, sostiene Wilkis, se define buena parte del orden social contemporáneo.

—En el libro proponés capital moral como categoría analítica. ¿Qué ejemplos de capital moral advertís hoy en la Argentina?
—Milei supo expresar muy bien una dimensión de capital moral virtuoso por ser acumulado en contra o a pesar del Estado. Un capital moral que reconoce virtudes, grandeza y mérito cuanto más lejos se sitúa de cualquier acompañamiento estatal. Captó con eficacia ese sentir de una parte de la sociedad que considera que cuanto menos dependa del Estado, más auténticas serán sus virtudes y sus logros.
A la vez, hay otra parte importante de la sociedad que piensa lo opuesto: que la mediación del Estado es necesaria y virtuosa, y que el compromiso con lo público, con la educación, con los servicios, se construye necesariamente a través del Estado.
En la Argentina contemporánea el lugar del Estado se vuelve clave para procesar los reconocimientos morales que dividen a la sociedad. Una parte acumula capital moral a distancia del Estado; otra, en cambio, lo acumula enlazada a él. Y Milei arbitra, explícitamente, en favor de la primera lógica.
—¿De qué modo el capital moral se vincula con la legitimidad de los grupos sociales?
—Se trata de descubrir cómo cada sector se vincula con una dimensión moral del dinero. No hay un sector que sea más moral que otro. La moral no está sólo ni en los ricos ni en los pobres.
La tarea es ver cómo, en cada universo social, operan reglas propias de acumulación moral: en el de los pobres, en el de los ricos, en el de las clases medias. No hay monopolio moral sobre el dinero; cada mundo establece sus propias lógicas y dinámicas.
Quizá sí pondría la atención en la dinámica particular de los súper ricos asociados a las empresas tecnológicas porque dinamizan una ética cuyo principio de acción es romper todo tipo de límites para la acumulación económica, incluidos —y sobre todo— los límites morales.
Relatos en clave local de una moneda salvaje
La decisión de Nixon de cortar la convertibilidad del dólar con el oro, lejos de minar su rol como moneda global, lo terminó consolidando. Con ideas como ésta, Ariel Wilkis propone en Dolarizaciones, un recorrido para pensar al dólar como "moneda salvaje" en el que se intercalan las miradas y las reflexiones de distintos autores que integran el libro. Desde la "diplomacia del dólar" de la década de 1910 hasta el neoliberalismo posterior a Bretton Woods, la historia de la moneda estadounidense aparece no sólo como un engranaje financiero, sino como un actor político, cultural y hasta existencial.
Ésa es la apuesta central: salir del estrecho marco de la sustitución monetaria para iluminar lo que el dólar produce cuando se incrusta en la vida pública y cotidiana, de países tan distintos como Argentina, Haití, Georgia o Vietnam. No es casual que Wilkis convoque a Borges. En El Zahir, ese cuento inquietante de El Aleph, una moneda se vuelve obsesión y memoria infinita. "Tal vez, atrás de El Zahir esté Dios", escribió Borges. El dólar, sugiere este libro, es nuestro Zahir contemporáneo.
El volumen, primer estudio transnacional sobre dolarizaciones desde una perspectiva sociológica, reúne investigaciones de distintos países. El resultado es un libro coral y urgente, que obliga a pensar al dólar no solo como divisa, sino como gramática: un idioma compartido, hecho de ansiedades, deudas, esperanzas y desigualdades. Un idioma que, nos guste o no, ya hablamos todos.

—En Dolarizaciones se señala que el uso del dólar puede operar por ley o de facto, y se mencionan casos como Ecuador, El Salvador, Zimbabwe o el período de la convertibilidad en la Argentina. ¿Por qué interpretás que Milei insiste con la dolarización, si ninguno de los países a los que Argentina querría parecerse —Francia, Canadá, Noruega— consagró nunca una dolarización?
—Las propuestas de dolarización son muy excepcionales. En el establishment económico, tanto en organismos internacionales como entre expertos globales, no son propuestas que tengan aceptación, sino todo lo contrario: son fuertemente rechazadas. De hecho, han tenido poco apoyo incluso por parte del gobierno de Estados Unidos o del Fondo Monetario Internacional. Ese respaldo, cuando existió, fue en momentos específicos, para casos puntuales. Si se considera el largo plazo, la dolarización nunca fue una propuesta hegemónica.
Lo que aparece en el caso argentino se vincula con procesos idiosincráticos y con dinámicas políticas propias. De hecho, si se observa el experimento Milei desde otro ángulo, como integrante de "la nueva derecha global", él es un rara avis,porque es el único que propone la destrucción de su propia moneda nacional.
En el resto de "la nueva derecha", lo que suele estar en su matriz política es el nacionalismo. En las propuestas de Meloni, del propio Bolsonaro o de Trump, hay un fuerte componente nacionalista. Ninguno de ellos plantea ir contra una institución clave para cualquier proyecto de nación y de Estado fuerte como es la moneda nacional.
El caso de Milei, en cambio, desentona dentro de ese elenco de líderes de "la nueva derecha global". Y desentona porque su proceso político se apalanca en la propia historia argentina, en lo que llamamos la "popularización del dólar", que ocupa un lugar clave en la política, la economía y la cultura del país. Esa dimensión histórica del dólar es lo que Milei absorbe y convierte en parte constitutiva de su oferta política, al punto de construir una propuesta extraña en relación con la familia de gobernantes de "la nueva derecha global".