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Cómo es Rusia hoy: entender el país que la derecha y la izquierda todavía miran con ojos del siglo XX

¿Por dónde pasaría hoy la construcción de una sociedad emancipada y qué lugar ocuparía allí el legado ruso? Martín Baña intenta aportar respuestas a estas preguntas alejándose de cualquier tipo de emoción o estereotipo.

Rusia
Rusia .
18 abril de 2025

A pesar de su presencia constante en medios de comunicación y redes sociales, ¿sabemos qué es Rusia hoy? Las reacciones a la vacuna Sputnik durante la pandemia (el orgullo de algunos y la paranoia de otros ante la posibilidad de ser inoculados de comunismo) o a la invasión rusa a Ucrania (que reavivó debates sobre geopolítica y también desató respuestas absurdas, como cancelar a artistas rusos en Europa o eliminar la ensalada rusa de algunos menús en la Argentina) nos recuerdan que seguimos mirando a ese país con los ojos del siglo XX, atrapados en categorías del mundo bipolar de la Guerra Fría que impiden comprender su historia y su presente.

Las visiones reduccionistas afectan tanto a la derecha como al progresismo, que parecen ignorar las contradicciones reales de la política y la sociedad rusas. Si la primera oscila entre el rechazo visceral al cuco comunista y el consumo irónico, el segundo no consigue salir de la reivindicación acrítica y la justificación. 

Martín Baña es Doctor en Historia, docente e investigador del CONICET.



En este ensayo, Martín Baña, uno de los especialistas más reconocidos en el tema, busca en el pasado para contar cómo es la Rusia actual. Y pone el foco en los tres ejes que producen mayor incomodidad: el legado del comunismo, que Putin invoca pragmáticamente en un país integrado por completo al capitalismo; el autoritarismo, encarnado en un liderazgo que reprime la disidencia; y el imperialismo, evidente en la anexión de territorios aun cuando se sostenga una retórica antiimperialista. Este libro aporta una respuesta que se aleja de cualquier tipo de emoción y estereotipos.

A continuación un fragmento del libro:

Como vimos, nuestro vínculo con Rusia y el modo en el que nos formamos un juicio y una interpretación sobre ella están atravesados no solo por una idealización de esa entidad legal e histórica que deja de lado sus complejidades y contradicciones, sino también por el impacto de las emociones, lo que no pocas veces lleva a confundir -de manera poco feliz- las decisiones de su dirigencia con una población tan heterogénea cultural y políticamente como desigual en términos económicos. Así, la adhesión incondicional a ese país -o su contrario, el desprecio absoluto por él- no tiene que ver con el desarrollo de un sistema cerrado de ideas o con el mantenimiento de una coherencia ideológica y política, sino con un ánimo que en su trayectoria suele tocar fibras íntimas y retrotraernos a otras vivencias o a otras estructuras de sentimientos, como son los recuerdos de la época comunista.

Portada de Rusia hoy publicado por Siglo XXI.



Esa experiencia histórica contribuye a que nuestra relación con Rusia esté distorsionada y atravesada por categorías analíticas heredadas del pasado -principalmente de la Guerra Fría- que simplifican la realidad actual al reproducir una visión dicotómica del mundo. Incluso en esa época, la realidad soviética era más compleja y contenía muchos más matices de los que la temporalidad del comunismo quería aceptar. De hecho, la "ideología soviética (es decir, la visión que el Kremlin tenía sobre el mundo y el lugar soviético en él, y las prescripciones asociadas) cambiaba continuamente, incluso si el canon marxista-leninista permanecía igual por mucho tiempo". Esto también vale para el siglo XXI, en el que un nuevo enfrentamiento entre Rusia y esa vaga unidad llamada "Occidente" no supone necesariamente la repetición de un patrón anclado en el siglo XX.

Caída del muro de Berlín.

Algunos eventos de los últimos tiempos, como la disolución misma de la Unión Soviética al finalizar el siglo pasado, el anuncio del registro de la primera vacuna para combatir el covid-19 en 2020 y, especialmente, la más reciente invasión a Ucrania iniciada en 2022 -que incluso puede remontarse a 2014 cuando el Kremlin decidió unilateralmente la anexión de la península de Crimea, que hasta entonces formaba parte del territorio ucraniano-, no solo nos recuerdan la histórica relevancia de Rusia a escala planetaria, sino que también nos obligan a repensar nuestra relación con ella. Muchas veces, en función de las orientaciones políticas, los influjos emocionales y las categorías analíticas heredadas, es posible construir una imagen diseñada à la carte que conduce a la formulación de paradojas, como la idea de que Rusia es un país comunista o de que Vladímir Putin es un líder antiimperialista.



Vladímir Putin.

En nuestros días, la izquierda, en particular, no sabe muy bien qué hacer con el pasado comunista que convive con el presente capitalista; tiende a hacer un uso selectivo y forzado para justificar, sobre todo, análisis y posicionamientos geopolíticos en el nivel internacional (como la defensa incondicional de ciertas acciones decididas por el Kremlin). A pesar de que la reivindicación que esa corriente política puede hacer de Rusia tiene que ver con un sentimiento nacido de una esperanza colectiva que perdura en la memoria -inevitablemente identificada con ese país- y no con una predisposición genética hacia lo autoritario, actualmente ese legado funciona más como un lastre que como un insumo para pensar la emancipación social.

Pero el malentendido alcanza también a la derecha, sobre todo cuando se confunde el pasado del país con su presente y se utiliza esa operación para hacer de una experiencia tan rica como compleja una etiqueta que puede servir como descalificativo político como ocurrió, por ejemplo, cuando el presidente Javier Milei optó por calificar al diario Página/12 como "Pravda/12" -en referencia al periódico oficial del Partido Comunista de la URSS- en un intento por desvalorizarlo. (El diario no se quedó atrás y al día siguiente respondió con una tapa alusiva y burlesca). Rusia es un país que en función de su compleja historia suele desorientar a esos dos polos del arco político.



Edición impresa de Página 12 el 16 de octubre de 2024.

¿Qué hacer, entonces? ¿Cómo entender Rusia hoy? El interrogante entraña un juego libre e impertinente con una de las preguntas malditas (prokliatye voprosy) más destacadas de la historia cultural y política rusa: precisamente "¿qué hacer?" (chto delat?). Esa condición maldita se debe a que, en apariencia, su respuesta es evasiva e irresoluble, a pesar del espesor que contiene el enunciado. A lo largo de los siglos XIX y XX, el intento por resolverla motivó una extensa y fascinante lista de textos publicados cuyos autores eligieron esa lacónica interrogación para titularlos.

Tal vez el más conocido sea el de Lenin, publicado en 1902. Pero antes y después hubo otros, tanto obras de ficción como textos programáticos. El teórico del populismo -nombre que adoptó el socialismo ruso en sus orígenes- Nikolay Chernyshevsky había escrito en 1862 un ¿Qué hacer? que ejercería una enorme influencia en el movimiento revolucionario ruso y particularmente en Lenin. El anarquista Piotr Kropotkin también publicó en 1906 su ¿Qué hacer? -en forma de folleto- y hasta el afamado escritor Lev Tolstoy había escrito el suyo propio en 1886 señalando, entre otras cosas, las raíces bíblicas de esa pregunta.



En Qué hacer Lenin presenta propuestas concretas sobre la organización y la estrategia que debe seguir un partido revolucionario. 

El objetivo de todos estos textos, y de los muchos otros que se publicaron en ese extenso período, era doble: por un lado, ayudar a pensar el ordenamiento político y social contemporáneo y, por el otro, intentar proponer alguna alternativa superadora. Decidí retomar esa pregunta porque, salvando las enormes distancias, querría recuperar ese espíritu crítico para reflexionar sobre el modo en el cual pensamos y nos vinculamos con Rusia hoy en día desde una mirada externa, que se ubica en el Sur Global.

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