Los grandes bancos de Wall Street publicaron cifras favorables para el primer trimestre de 2026 y superaron las expectativas del mercado. JPMorgan, Goldman Sachs, Morgan Stanley, Citigroup y Bank of America reportaron juntos más de US$ 40.000 millones en ingresos de negociación, el mejor resultado combinado en al menos doce años. Los titulares lo celebran y los analistas se felicitaron.
Sin embargo, esa algarabía es, en gran medida, un error de lectura.
Para entender por qué, conviene saber de dónde viene ese dinero. Los bancos no ganaron esa cifra porque la economía esté bien ni porque sus clientes prosperen, sino porque la guerra de Irán, el cierre del Estrecho de Ormuz y la volatilidad del petróleo generaron un caos de mercado sin precedentes en años. Cuando las variables se agitan con violencia, las mesas de negociación de los bancos cobran cada vez que intervienen. Cuanto mayor caos, más cobros. El banco no apuesta con su propio dinero, sólo capta un diferencial por cada transacción de un cliente que necesita cubrirse del desastre. En ese sentido, la guerra fue para Wall Street lo que un terremoto es para una empresa de construcción, un negocio que llegó solo.
El problema es que ese ingreso desaparece cuando el caos se va. Si la guerra termina mañana, la volatilidad cae, los diferenciales se comprimen y esos US$ 40.000 millones no se repiten el trimestre siguiente. Si la guerra continúa, la volatilidad persiste pero la inflación del petróleo deteriora la economía real y con ella la calidad de los préstamos de los bancos. En ninguno de los dos casos el cuadro es tan bueno como los titulares sugieren.
Hay un problema más profundo que los resultados de esta semana esconden porque todavía no está reconocido en los balances. Durante los últimos años los grandes fondos de crédito privado, con vehículos como Blue Owl y Apollo entre otros, prestaron cientos de miles de millones de dólares a empresas de software.
Los bancos grandes, a su vez, prestaron dinero a esos fondos usando como garantía esa misma cartera de préstamos de software. Es una cadena de tres eslabones: banco, fondo, empresa de software.
El eslabón más débil es el último porque la inteligencia artificial (IA) destruye el modelo de negocios de muchas de esas empresas de software y sus ingresos caen junto a su capacidad de pagar deudas. Así, el valor de esas carteras de créditos se desgrana. Y cuando el fondo no puede honrar sus obligaciones con el banco, este tiene una pérdida.

Morgan Stanley estimó que las tasas de incumplimiento en el crédito privado directo llegarían al 8%, muy por encima del promedio histórico del 2%. En febrero y marzo de este año los inversores ensayaron el retiro de más de US$ 10.000 millones de esos fondos de una sola vez, y varios fondos les cerraron las puertas a esas salidas.
Esas pérdidas no aparecen todavía en los balances de los grandes bancos porque los préstamos de crédito privado no se cotizan en mercados públicos. No hay un precio visible que obligue al banco a reconocer el deterioro y este refinancia el préstamo problemático en lugar de declararlo en incumplimiento, una práctica que los analistas llaman informalmente "extender y simular". El problema existe pero la contabilidad lo oculta.
Este mecanismo no es nuevo. En 2008 los grandes bancos tenían en sus balances títulos respaldados por hipotecas que nadie valoraba con precisión. El gobierno autorizó US$ 700.000 millones para estabilizar el sistema bancario, y entre los receptores directos estuvieron Citigroup con US$ 45.000 millones, Bank of America con otros US$ 45.000 millones, JPMorgan con US$ 25.000 millones y Wells Fargo con otros US$ 25.000 millones. Los contribuyentes pagaron la cuenta, pero los ejecutivos conservaron sus bonos. Los bancos emergieron más grandes que antes.
El economista Paul Volcker advirtió en ese momento que los rescates crean riesgo moral, porque le señalan a las instituciones que pueden asumir contingencias imprudentes y que si el peligro se materializa, los contribuyentes absorberán las pérdidas. Esa advertencia no cambió nada porque el sistema que produjo 2008 opera con la misma lógica.
Corresponde ver más allá de los US$ 40.000 millones en ingresos de trading porque esa cifra ya ocurrió, ya está en el precio, y no se repite de forma predecible. Lo que se debe observar es qué dicen los directivos sobre la calidad de los préstamos a fondos de crédito privado, cuánto aumentan las provisiones para pérdidas futuras, y si los balances empiezan a reflejar el deterioro que los mercados ya descuentan en las acciones. El índice KBW de bancos cayó 6% en el primer trimestre a pesar de los buenos resultados operativos. El mercado no es generoso y sabe que los buenos números de esta semana son el resultado de una guerra que nadie eligió, no el producto de una economía sana.
Un inversor que compra acciones de bancos grandes esta semana, seducido por los titulares, compra el pasado. El futuro es otra cosa.
Las cosas como son.