La IA no es solo innovación: es un shock macroeconómico
Durante años, la inteligencia artificial fue presentada como una promesa de largo plazo: una tecnología que transformaría la economía en algún momento del futuro. Ese momento llegó. Y no llegó en silencio. Llegó como un shock de inversión de magnitud histórica que ya está moviendo variables macroeconómicas concretas.
La distinción importa. Una innovación tecnológica puede ser revolucionaria sin impactar necesariamente la demanda agregada en el corto plazo. Un shock de inversión, en cambio, traciona el ciclo aquí y ahora: genera gasto en bienes de capital, empleo industrial, consumo energético, expansión de infraestructura. La inteligencia artificial cruzó esa frontera.
- La carrera por entrenar modelos más grandes, ampliar capacidad de cómputo y asegurar suministro energético está empujando la demanda a través de una cadena de valor extensa: chips de alto rendimiento, servidores especializados, centros de datos, redes eléctricas, sistemas de refrigeración e infraestructura energética.
En un contexto de desaceleración global, ese flujo de capex tecnológico funciona como uno de los principales amortiguadores del ciclo: sostiene la inversión, sostiene las ganancias corporativas y sostiene la actividad industrial, especialmente en Estados Unidos y en el arco de Asia tecnológica.
Esta dinámica explica en buena medida por qué la economía mundial sigue expandiéndose cerca de su potencial pese al shock energético, la fragmentación comercial y las presiones geopolíticas. No es que los fundamentos globales sean particularmente sólidos. El ciclo industrial clásico muestra debilidades, Europa occidental se frena, los servicios globales pierden impulso. Lo que ocurre es que el capex tecnológico compensa esas debilidades con una intensidad que pocas veces se había visto fuera de grandes ciclos de inversión en infraestructura física.
Pero lo que viene puede ser todavía más significativo. El próximo capítulo de esta historia no es solo de software y modelos. Es de infraestructura física, energía y escala. Se avecina una ola de salidas a bolsa de gigantes del sector —SpaceX, OpenAI y Anthropic entre los más relevantes— que podría profundizar la narrativa de crecimiento tecnológico y movilizar nuevo capital hacia el sector. Si la primera fase de la revolución de la IA fue la carrera por los modelos y los chips, la segunda parece ser la carrera por la infraestructura física: quién controla la energía, quién construye los centros de datos, quién garantiza la escala necesaria para los próximos saltos de capacidad.
El caso de Anthropic ilustra la velocidad de esta transformación con una cifra que resulta casi difícil de procesar. Sus ventas anualizadas habrían pasado de 14.000 millones de dólares en febrero a más de 47.000 millones en mayo, un crecimiento que implica una tasa de expansión mensual compuesta cercana al 50%. No es un dato sobre ganancias ni sobre valor de mercado: es un dato sobre ingresos corrientes, lo que hace aún más llamativa su magnitud. Ese tipo de crecimiento no tiene antecedentes comparables en la historia reciente de la industria tecnológica, y refleja hasta qué punto la demanda empresarial de servicios de inteligencia artificial está superando cualquier proyección razonable de hace apenas dos años.
A ello se suma la figura de Elon Musk, cuya estrategia integra SpaceX, Starlink y xAI en un ecosistema que apunta a algo que todavía suena a ciencia ficción pero que empieza a tomar forma concreta (la posibilidad de desarrollar centros de datos en el espacio). La idea puede parecer extravagante, pero responde a una lógica de costos y escala que no es irracional.
La energía solar en órbita no tiene los problemas de dispersión ni de intermitencia que enfrenta en la superficie terrestre, y la ausencia de gravedad resuelve buena parte del problema del calor que hoy limita la densidad de procesamiento en los centros de datos convencionales. Si la segunda fase de la IA es la carrera por la infraestructura física, Musk está apostando a que esa infraestructura eventualmente escape de los límites terrestres.
¿Qué implica todo esto para el análisis económico? Al menos tres cosas.
- Primero, que el ciclo de inversión tecnológica tiene una profundidad que va mucho más allá de lo que sugieren los indicadores convencionales de gasto en tecnología de la información. Abarca energía, construcción, logística, materiales.
- Segundo, que la concentración geográfica de ese impulso —Estados Unidos y el arco del Pacífico asiático— está ampliando la divergencia entre regiones, con Europa cada vez más relegada como destino de inversión productiva en el sector.
- Tercero, que la entrada al mercado de capitales de empresas como SpaceX, OpenAI o Anthropic no es un evento solo financiero. Es un mecanismo de movilización de ahorro global hacia el sector que puede realimentar el ciclo de inversión por varios años adicionales.
La pregunta que queda abierta es si esta dinámica es sostenible o si estamos ante una burbuja de capex que terminará ajustando con fuerza. La historia de los ciclos tecnológicos sugiere que ambas cosas pueden ser verdad al mismo tiempo. La tecnología puede ser genuinamente transformadora y el ciclo de inversión puede igualmente sobrepasar los fundamentos en el corto plazo.
Lo que parece claro, por ahora, es que mientras la carrera por la infraestructura de la inteligencia artificial siga en marcha, su impacto sobre la demanda agregada global será difícil de ignorar.
Y esa carrera, a juzgar por las señales disponibles, no muestra señales de detenerse. Seguí a El Economista en Google Agreganos a tus medios preferidos. + Agregar