Nos van a salir dólares por las orejas. Esa imagen con la que el presidente Javier Milei intentó graficar un futuro de abundancia en contraposición a la severa escasez del presente no representa una novedad. Desde que se confirmó el altísimo potencial de Vaca Muerta a inicios de la década pasada, los gobiernos de Cristina Kirchner, Mauricio Macri, Alberto Fernández y ahora el de Milei han venido anunciando para el mediano plazo una lluvia de dólares no solo por el impulso de los hidrocarburos, sino también de la minería.
Según el consenso de buena parte de la dirigencia política y empresarial, el boom proyectado de las exportaciones en esos sectores, sumados a la histórica fortaleza del agro a la hora de generar divisas, permitiría superar en el mediano plazo la maldita restricción externa, esto es, la recurrente falta de dólares con la que ha venido chocando la economía argentina desde hace décadas. Para fortalecer esa presunción, el gobierno libertario agregó a las extraordinarias ventajas naturales que Argentina tiene en esos sectores el Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI). Ese esquema, con el que la Casa Rosada busca darle impulso a proyectos superiores a los U$S 200 millones mediante beneficios fiscales, aduaneros y cambiarios, está dirigido en gran parte a proyectos energéticos y mineros.
En base a ese escenario, en el informe Proyecciones de la Balanza Comercial 2024-2030 publicado la semana pasada, el Banco Central estimó que las exportaciones totales de bienes saltarán de US$ 89.545 millones registrados el año pasado a US$ 143.801 millones en un lustro. Dos tercios de ese incremento serían aportados por los hidrocarburos y la minería. Ahora bien, ¿ese destino de abundancia anunciado desde los dos lados de la grieta está garantizado o su concreción finalmente estará condicionada a que se alineen una serie de factores tanto internos como externos?
"Argentina ya se creyó el granero del mundo cuando nunca lo fue, y corremos el riesgo de volver a comernos el mismo cuento, ahora por duplicado: ya no solo seríamos el granero, sino que también le proveeríamos al mundo energía y minerales", dijo a El Economista Martín Kalos, director ejecutivo de EPyCA Consultores. "Hay todavía mucho por hacer en infraestructura y en licencia social para que estos proyectos avancen y hay que tener en cuenta además de que se trata de commodities con precios que Argentina no controla".
Las tareas pendientes
Uno de los pocos puntos de consenso de la dirigencia política en los últimos 15 años pasa por la necesidad de desarrollar Vaca Muerta, la formación geológica que contiene la segunda reserva de gas y la cuarta de petróleo no convencional en el mundo. Con un avance sostenido desde que fue confirmado su primer hallazgo en 2011, la producción de Vaca Muerta representó entre enero y agosto de este año el 60,3% del petróleo producido en el país y el 53,4% del gas natural, según el Instituto Argentino de la Energía General Mosconi.
Aún con semejante crecimiento, lo mejor estaría por venir. De acuerdo a un reciente informe del Instituto Argentino del Petróleo y Gas (IAPG), la producción de la cuenca neuquina trepará desde los actuales 800.000 barriles equivalentes diarios a entre 1,3 y 1,5 millones de barriles en cuatro años. Ese crecimiento proyectado está impulsado en gran parte por el avance de obras de infraestructura clave como el Oleoducto Vaca Muerta Sur, que se extenderá por 437 kilómetros hasta el puerto de Punta Colorada, en Río Negro, donde se está construyendo una terminal de exportación. La capacidad de transporte de hasta 550.000 barriles de petróleo por día permitiría alcanzar exportaciones de gas natural licuado (GNL) por más de U$S 15.000 millones anuales a los precios actuales a partir de 2030.
En medio de esas proyecciones optimistas, Horacio Marín, presidente y CEO de YPF, afirmó a fines de agosto pasado que las exportaciones de petróleo podrían acumular unos U$S 350.000 millones entre 2030 y 2050. No obstante, esos sueños aún deben superar varios obstáculos para convertirse en realidad. Por un lado, la falta de equipos de perforación y fractura, además del déficit de mano de obra especializada -se requerirán entre 30.000 y 43.000 nuevos trabajadores en los próximos cuatro años-, son factores que encienden luces amarillas. Por el otro, el deteriorado estado de la infraestructura en la zona agrega una carga alta a los proyectos.
Un ejemplo de esos déficits es que recorrer los 100 kilómetros desde Añelo -la localidad más cercana a Vaca Muerta- a Neuquén, donde residen buena parte de quienes trabajan en los pozos, implica una demora de entre dos y tres horas debido al pésimo estado de la ruta de una sola mano que une a esas dos ciudades. Además, para alcanzar el desarrollo proyectado en 2029 se necesitarán entre 9 y 11 millones de viajes en camión para transportar desde agua a químicos, pasando por combustibles y equipos.
"El potencial productivo está, pero para concretarlo falta mucha inversión privada y la existencia de algunos proyectos de infraestructura básica que, de no hacerlo, pueden convertirse en cuello de botella", dijo a El Economista Marcos Cohen Arazi, responsable de la sección productiva del Instituto de Estudios Económicos sobre la Realidad Argentina y Latinoamericana (IERAL) de la Fundación Mediterránea.
El panorama es similar en la minería. Proyectos cupríferos como Los Azules, El Pachón, Josemaría, Filo del Sol y Altar, ubicados todos en San Juan, prometen impulsar con fuerza las exportaciones a mediano plazo. Sin embargo, esas iniciativas, ubicadas a miles de kilómetros de altura en la cordillera de los Andes, se enfrentan a la falta de caminos y vías férreas, además de que están emplazadas en zonas donde el acceso a las redes eléctrica es escaso.
Los proyectos de litio están jaqueados por problemas similares dado que muchos de ellos están ubicados en zonas de gran altitud en Salta, Catamarca y Jujuy. El problema es que la infraestructura clave para que no se trabe el avance de estos proyectos no parece que vaya a estar disponible en el corto y mediano plazo. La ausencia de una planificación estatal para cubrir esos baches con inversión privada, en un contexto en que el gobierno de Milei mantiene paralizada casi la totalidad de la obra pública, no genera buenos augurios.
El factor precio
Además de los obstáculos internos, el avance de los proyectos de hidrocarburos y minería también está condicionado por la evolución de los precios. El barril de petróleo Brent, de referencia para Argentina, comenzó el año con un valor en torno a los U$S 80 y actualmente ronda los U$S 60.
Las expectativas no son mejores para el año próximo. Por el exceso de oferta a nivel mundial, la Agencia Internacional de Energía (IEA, por sus siglas en inglés) estima un barril a U$S 52 promedio para el 2026. Aunque esos valores todavía arrojan rentabilidad -el breakeven (punto de equilibrio) actual de las petroleras en Vaca Muerta ronda entre U$S 35 y U$S 45-, las inversiones podrían desacelerarse en los próximos años si la tendencia a la baja del precio del barril se mantiene.
En todo caso, el factor precio no es el único riesgo por delante a la hora de proyectar cuántos dólares netos generará el sector hidrocarburífero. Con el foco puesto casi exclusivamente en Vaca Muerta, la producción de petróleo y gas convencional es en la actualidad casi 40% inferior a los volúmenes registrados hace diez años.
De consolidarse esa tendencia, Argentina podría necesitar importar crudo pesado a partir de 2030 para satisfacer la demanda de sus refinerías, lo que abriría una nueva puerta de salida de divisas. Las especificaciones técnicas de las refinerías argentinas hacen que solo una proporción menor de crudo pesado pueda ser reemplazada por variantes más ligeras.
En la minería, los cambios de tendencia provocados por los precios ya se hicieron evidentes en el litio. Ante la moderación de las expectativas en la demanda de vehículos eléctricos, el precio FOB del carbonato de litio pasó de unos U$S 17.000 por tonelada a comienzos del año pasado a unos U$S 9.500 en la actualidad. Con eso, algunos proyectos están en reestructuración o reevaluación.
"Si bien se puede suponer una trayectoria de mediano y largo plazo de estos precios, qué pasaría si, por ejemplo, las baterías de litio son reemplazadas antes de que terminen de explotar por algún otro material", se preguntó Kalos. "Ya hay investigaciones que dan buenas señales a otros materiales que incluso podrían ser mejores para las baterías que el litio", añadió.
A eso se suman los riesgos de no contar con una política de desarrollo consensuada entre los distintos sectores. "Hemos tenido políticas tan pendulares sobre la necesidad de atraer inversiones en rubros con foco en la exportación que muchas empresas creen que apostar a la exportación en Argentina es riesgoso debido a que una misma actividad puede ser rentable unos años y en otros no de acuerdo a las decisiones del gobierno de turno", dijo Cohen Arazi. "Por ejemplo, si a futuro alguien decidiera ponerle retenciones a la actividad minera o la de hidrocarburos, eso pondría un freno a esas actividades".
Sin sequía en las últimas dos campañas, la máquina de generación de dólares del campo viene operando a buen ritmo. De todos modos, no parece ser suficiente para compensar la creciente salida de divisas, al menos con este nivel de tipo de cambio.
A mediano plazo, la expectativa es que Vaca Muerta y la minería sean las fuentes de donde provendrían los dólares necesarios para resolver esos desequilibrios. Sin embargo, aún si esa promesa se hiciera realidad, los problemas estructurales de la economía argentina no desaparecerían.
"Si se duplicara el techo de exportaciones gracias a Vaca Muerta y la minería, podría bajar la dependencia que tenemos del clima en la generación de dólares, pero el riesgo pasaría por volver a estancarnos", dijo Kalos.
"El objetivo de Argentina debe ser desarrollarse, no solo dar un salto solo porque se encontró un nuevo recurso exportable: sin cambios en la estructura productiva, volveríamos a chocar a mediano plazo nuevamente contra la restricción externa en un nivel más alto", concluyó.

