La tregua entre Estados Unidos e Irán generó un alivio inmediato en los mercados energéticos, con correcciones a la baja en el Brent y en el gas europeo (TTF), pero no logró normalizar el funcionamiento del sistema global de suministro. La crisis, según especialistas, dejó de ser un problema de interrupción total para transformarse en una disputa por el acceso a los volúmenes disponibles.
El análisis del ingeniero Roberto Carnicer, director del Instituto de Energía de la Universidad Austral, advierte que el mercado energético internacional continúa operando bajo condiciones de alta tensión logística y estructural, incluso tras el alto el fuego.
"La tregua redujo el riesgo inmediato, pero no recompuso el sistema: el Brent y el TTF cedieron desde los picos, mientras la logística física sigue afectada por daños, seguros elevados y congestión marítima", señaló Carnicer.
Uno de los principales focos de disrupción fue el estrecho de Ormuz, por donde transita cerca de un tercio del comercio marítimo mundial de petróleo. Durante el conflicto, el flujo se redujo drásticamente: de unos 95 buques diarios a apenas 5, es decir menos del 10% del promedio histórico.
Esa caída generó un bloqueo operativo sin precedentes. Según el especialista, entre 187 y 200 buques quedaron retenidos en la región, acumulando alrededor de 172 millones de barriles de crudo y derivados sin posibilidad de descarga o redirección inmediata.
"Si el estrecho operó durante casi 40 días a un 5% de su capacidad, el sistema dejó de procesar del orden de 3.600 tránsitos potenciales, un déficit logístico imposible de compensar en el corto plazo", explicó Carnicer.
Aunque la reapertura del paso marítimo reduce el riesgo extremo, el ajuste del sistema será lento. Permisos de navegación, seguros, disponibilidad de prácticos, congestión portuaria y reprogramación de contratos extienden la normalización por varias semanas.
"Aun en un escenario de estabilidad, la red logística global tardará entre seis y ocho semanas en recuperar niveles operativos normales", advirtió.
En paralelo, la respuesta del lado de la oferta resulta limitada. El aumento de producción de OPEP+, estimado en unos 206.000 barriles diarios, es marginal frente a una disrupción que en el pico del conflicto habría afectado entre 12 y 15 millones de barriles diarios.

Golpe estructural en el gas
El impacto más profundo se registra en el mercado de gas natural licuado (LNG). Carnicer detalló que dos de las catorce líneas de producción de Qatar quedaron fuera de servicio, lo que implica una reducción de aproximadamente 12,8 millones de toneladas anuales durante un período que podría extenderse entre tres y cinco años.
"A esto se suma la afectación de una planta de GTL, con reparaciones que podrían llevar cerca de un año, y efectos colaterales sobre condensados, LPG y helio", indicó.
El daño en el complejo de Ras Laffan no solo compromete la oferta actual, sino que también podría demorar la expansión del proyecto North Field, clave para el crecimiento futuro de la oferta global de gas.
En ese contexto, los precios reflejan la tensión persistente. El índice asiático JKM se mantuvo elevado incluso tras la tregua, lo que confirma que el problema ya no es exclusivamente financiero, sino físico.
Estados Unidos, amortiguador parcial del shock
En el corto plazo, Estados Unidos aparece como el principal proveedor alternativo. Sus exportaciones de LNG alcanzaron un récord de 11,7 millones de toneladas en marzo, consolidando su rol como actor clave en la compensación parcial del faltante global.
Además, proyectos como Golden Pass —con capacidad proyectada superior a 18 millones de toneladas anuales— comenzaron a incorporarse al mercado, con Europa, especialmente Italia, como uno de los principales destinos.
Sin embargo, la capacidad de sustitución es limitada. Gran parte de la nueva oferta ya estaba contratada o prevista para un mercado en expansión, lo que reduce el margen de maniobra.
"Sustituir LNG qatarí por estadounidense implica rediseñar rutas, competir por buques y adaptar infraestructura de regasificación, lo que ralentiza el ajuste", señaló Carnicer.
Para el especialista, el cambio más relevante es conceptual: el mercado energético global dejó atrás una "crisis de disponibilidad" para entrar en una "crisis de asignación".
"La crisis cambió de forma, pero no de gravedad: ahora no todos pueden acceder a la energía disponible en igualdad de condiciones", afirmó.
En este nuevo escenario, los países con mayor capacidad financiera, infraestructura y flexibilidad logística logran amortiguar el impacto, mientras que las economías emergentes quedan más expuestas a precios altos y restricciones de suministro.
Aunque Irán no cerró formalmente el estrecho de Ormuz, mantiene capacidad de disrupción operativa, lo que sostiene un riesgo geopolítico latente sobre el comercio energético global.
"La seguridad energética internacional sigue dependiendo de una apertura frágil y reversible, más cercana a una tregua operativa que a una solución estructural", concluyó Carnicer.