Biocombustibles en la mira: el negocio que crece con el petróleo caro, pero presiona los precios
El salto en los precios internacionales del petróleo, impulsado por el conflicto en Medio Oriente, volvió a poner a los biocombustibles en el centro del debate energético en la Argentina. Según un informe de Nicolás Arceo, de la consultora Economía & Energía, el sector enfrenta un escenario de expansión global, pero con tensiones locales por su impacto en precios y en las cuentas fiscales.
En el corto plazo, la dinámica está atravesada por la suba de los combustibles en surtidor. Desde el inicio del conflicto, los precios registraron aumentos significativos, aunque todavía no alcanzan niveles de paridad de exportación con un barril de Brent cercano a los U$S 100. Esta corrección pendiente agrega presión inflacionaria: cada incremento del 10% en combustibles suma 0,36 puntos porcentuales al índice de precios.
En ese contexto, los biocombustibles aparecen como una alternativa para reducir la dependencia de los combustibles fósiles, pero con efectos mixtos. A nivel global, la demanda crecería 3,4% anual hasta 2030, impulsada principalmente por el transporte terrestre y con un avance creciente de nuevos segmentos como el combustible sostenible de aviación (SAF).
Sin embargo, en la Argentina el desempeño del sector es heterogéneo. Mientras la industria del etanol opera cerca del 90% de su capacidad instalada —con el maíz explicando cerca del 60% de la producción—, el biodiésel atraviesa una fuerte contracción, con niveles de uso en torno al 20% tras la caída de las exportaciones.
El impacto económico también es dispar. Por un lado, el etanol muestra un saldo positivo en términos externos, al permitir sustituir importaciones sin resignar exportaciones. Por otro, el biodiésel acumula una pérdida de divisas de más de U$S 3.300 millones desde 2010, ya que el ahorro en importaciones no compensa la menor exportación de aceite de soja. A esto se suma un costo fiscal significativo por las exenciones impositivas del sector.
En términos de precios, el mayor uso de biocombustibles también genera tensiones. El biodiésel sigue siendo más caro que el gasoil, lo que implica un sobrecosto estimado del 12% incluso en un escenario de petróleo alto. En cambio, el etanol —especialmente el de caña— podría ayudar a moderar los aumentos en naftas.
Hacia adelante, el Gobierno impulsa un nuevo marco regulatorio que propone desregular el mercado y avanzar hacia un sistema de licitaciones, con subas en los cortes obligatorios a partir de 2027. En un contexto de elevada capacidad ociosa, el desafío será lograr precios más competitivos que permitan ampliar el uso de biocombustibles sin trasladar mayores costos al consumidor.
Así, el nuevo ciclo energético global abre una oportunidad para el sector, pero también expone sus límites: entre la necesidad de diversificar la matriz y el riesgo de seguir presionando sobre los precios internos
A fines de 2025, ingresó al Congreso un proyecto para sancionar una nueva Ley de Biocombustibles, que busca transformar al sector hacia un mercado más dinámico y desregulado. La propuesta establece un período de transición hasta 2028, con licitaciones públicas, precios máximos, autorización de importaciones si los precios externos son menores, y un incremento progresivo de los cortes obligatorios: el biodiésel pasará del 7,5% en 2026 al 10% en 2027, mientras que el etanol subirá del 12% al 15%.
El objetivo es combinar previsibilidad para la industria con una mayor competitividad en precios para el mercado local, reduciendo la presión sobre los surtidores.
Hacia adelante, el desafío será equilibrar la necesidad de diversificar la matriz energética y fomentar la producción local con la obligación de no trasladar mayores costos al consumidor, en un contexto de elevada capacidad ociosa en la industria. Seguí a El Economista en Google Agreganos a tus medios preferidos. + Agregar