El desarrollo del gas no convencional abre una ventana inédita para la economía argentina. Con Vaca Muerta como epicentro, el país podría dar un salto productivo de magnitud y reposicionarse en el mercado energético global, siempre que logre resolver sus limitaciones estructurales.
Así lo planteó Marcelo Hirschfeldt, director de Oil Production Consulting, durante un seminario organizado por MEGSA, donde analizó el presente del sector y delineó los escenarios posibles a mediano plazo. "El potencial está. Si no hay interferencias, Argentina puede jugar en las grandes ligas del gas", sintetizó.
Escala exportadora y salto productivo
Uno de los ejes del análisis estuvo puesto en el desarrollo del gas natural licuado (GNL), considerado la llave para transformar el crecimiento productivo en divisas.
De acuerdo con las estimaciones presentadas, los proyectos en carpeta permitirían alcanzar exportaciones del orden de 24 millones de toneladas anuales. En términos operativos, ese volumen implica sumar entre 90 y 100 millones de metros cúbicos diarios al sistema, una magnitud que prácticamente duplicaría la producción actual.
El dato no es menor: la Argentina pasaría de un esquema centrado en el abastecimiento interno —con limitaciones estacionales— a uno con capacidad sostenida de inserción internacional.
El especialista remarcó que el desafío ya no radica únicamente en extraer más gas, sino en construir un modelo de negocios competitivo. Esto implica asegurar demanda externa, desarrollar infraestructura y sostener condiciones macroeconómicas previsibles.
En ese sentido, la ecuación energética empieza a depender tanto de factores geológicos como de variables económicas y regulatorias.
"La oportunidad existe, pero hay que transformar ese recurso en un flujo exportador estable", fue la lógica que atravesó la exposición.

Vaca Muerta como núcleo del sistema
El crecimiento proyectado descansa casi exclusivamente en Vaca Muerta, que concentra la mayor parte de la producción no convencional del país. La dinámica del sector confirma una tendencia consolidada: tanto el petróleo como el gas incrementan su volumen año tras año, impulsados por esa formación.
Este fenómeno marca un cambio estructural en la matriz energética, con el no convencional desplazando progresivamente a los desarrollos tradicionales.
Sin embargo, el salto productivo enfrenta un límite concreto: la infraestructura. La capacidad de transporte y procesamiento continúa siendo el principal cuello de botella para escalar la producción.
Oleoductos, gasoductos y plantas de licuefacción aparecen como inversiones críticas para sostener el crecimiento y habilitar el ingreso al mercado global de GNL.
En este punto, el timing es clave: la velocidad de ejecución de estas obras definirá si la Argentina logra capitalizar el ciclo internacional favorable para el gas.
Un modelo concentrado y sus riesgos
El avance del no convencional también expone una creciente concentración geográfica de la producción. Mientras Vaca Muerta acelera, otras cuencas muestran señales de agotamiento o estancamiento.
Esta asimetría plantea interrogantes sobre la sostenibilidad del modelo energético y la necesidad de diversificar fuentes y territorios productivos.
En un escenario global donde el gas gana protagonismo como energía de transición, la Argentina tiene la posibilidad de posicionarse como proveedor relevante. Pero el resultado no está garantizado.
La clave, según el diagnóstico del sector, pasa por alinear inversión, infraestructura y reglas de juego. Si ese equilibrio se logra, el país podría transformar su potencial geológico en una plataforma exportadora capaz de generar divisas y estabilidad macroeconómica.