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Debate eterno

Subsidios, corsi e ricorsi kirchnerista

¿Habrá recortes de subsidios? Nada significativo. No más de 0,5% del PIB que alcance a algunos vecinos ruidosos de la ciudad de Buenos Aires

El Gobierno nacional emepzó con el traspaso a CABA de 32 líneas de colectivos
El Gobierno nacional emepzó con el traspaso a CABA de 32 líneas de colectivos
Daniel Montoya Daniel Montoya 10-02-2022
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“La luz y el gas subirán en octubre”, vaticinaba en agosto de 2003 el entonces vicepresidente y actual embajador en Brasil, Daniel Scioli

Tal declaración le costó al exmotonauta su primer escarnio público dentro del universo K. El repertorio de duros castigos patagónicos abarcó desde el cierre de los teléfonos, hasta la eliminación de cualquier vestigio sciolista en la órbita de la secretaría de Turismo de la Nación. 

“Vamos a ir quitándole el subsidio a quienes pueden pagar”. De esta manera, el otrora poderoso ministro de Planificación Federal, Julio de Vido cerraba a fines de 2013 el círculo de una década de energía muy subsidiada. ¡Ojo, no se coman la curva! La clausuraba en teoría. El contexto de la declaración del ministro álter ego de Néstor Kirchner coincidía con una loca carrera donde los subsidios energéticos evolucionaron de 0,5% del PIB en 2005 a 5% del PIB en 2013 y la billetera de “la década ganada” estaba exhausta. No sólo en la faz económica sino también en la política.

En simultáneo al enfriamiento de la economía en 2012, el Frente para la Victoria venía de una paliza en la provincia de Buenos Aires a manos del Frente Renovador creado por Sergio Massa. 44% versus 32%. 

Aunque fuera cierto que las elecciones legislativas no determinan la elección ejecutiva posterior, tal como ocurrió en 2009 y 2017, la señal política emitida por De Vido denotaba la gravedad del momento. 

Por un lado, mostraba el deterioro del libreto keynesiano de un oficialismo con una década de rodaje encima. 

Por otra parte, desnudaba el debilitamiento de su poderosa caja. En paralelo, preanunciaba el sendero de cepos que sería marca registrada del segundo mandato de Cristina Kirchner, tras la apoteosis electoral del 54% en 2011. 

Y, en última instancia, le abría la cancha política a una oposición que proponía la eliminación de los controles, así como martillaba alrededor de la corrupción implícita en la administración de semejante factura de subsidios energéticos.

En tal sentido, el carnaval alrededor de las importaciones de gas y del buque regasificador de Bahía Blanca eran apenas la punta del iceberg de esa película que continúa rodándose en Argentina desde hace varios años y que, ¡oh casualidad!, vuelve a encontrar al kirchnerismo en el centro del ring político. 

En realidad, de coincidencia ni hablar. Al igual que Papá Noel, la economía kirchnerista sin subsidios focalizados en el área metropolitana, son los padres. Sería como imaginárselo a Diego Maradona defendiendo los colores de Inglaterra en 1986. Imposible. 

Pero ¡atenti!, ello no tiene que ver sólo con una primera y lógica, aunque insuficiente, explicación electoral. Si bien los subsidios a la energía y al transporte, la pichicata K, benefician en gran medida a su bastión electoral del Gran Buenos Aires, también alcanzan a sectores de altos ingresos del AMBA muy alejados de acompañar la propuesta electoral oficialista. En blanco sobre negro, los gorilas consumen igualmente esos anabólicos.

Inversiones, exportaciones y mercado interno

Quien piense clausurar el debate sobre los subsidios con alguna suerte de segmentación de sus consumidores que, a posteriori, abra la puerta para una eliminación focalizada, debería desechar la idea. La pichicata K es un rasgo fundacional de esta cepa peronista de época que hoy marcha, aún con fallidos pronósticos de muerte anunciada, hacia su vigésimo aniversario. 

En realidad, los subsidios tienen razones que la razón económica entiende. Me cuesta imaginar a algún economista que, consultado acerca de cómo estimular la economía, no indique algún balance entre tres canales tradicionales: inversiones, exportaciones y mercado interno. 

Ilustremos el primero con un ejemplo de moda. Un inversor que instala una planta de shale gas en Vaca Muerta. Compra el terreno, contrata servicios de diseño, de exploración, de seguridad de la planta, compra insumos, entre otros muchos gastos que financia con dólares del exterior o que extrae de algún colchón o caja de seguridad local. ¿Por qué no bitcoins?

En segundo término, ¿qué mejor ilustración de las exportaciones que la soja volando a U$S 600 la tonelada? Algún trader internacional compra granos argentinos desde Oriente, presionando sobre los precios por mayor demanda o, tal como ocurre hoy, por cuestiones climáticas que afectan a la oferta. Como en el ejemplo anterior, vale aclarar que los granos no son electrones sueltos. Sus productores demandan insumos locales, maquinarias, servicios profesionales, es decir, las exportaciones también estimulan la economía local. 

Por último, está la gran cantidad de pymes, comerciantes de barrio, profesionales, monotributistas, manteros y otras yerbas que conforman “el mercado interno”. 

¡Atenti! Que se los clasifique aparte, no significa que éste no tenga ningún vínculo con la góndola de las inversiones o de las exportaciones, pero mayormente tiene su vida propia. Pues bien, la economía argentina es una relación de 65/35 o 70/30 entre esta gran góndola del mercado interno y las restantes que engloban a las inversiones y a las exportaciones.

En un mundo ideal o casi, lo lógico sería apostar a una trifecta, es decir, a tres caballos ganadores, como en el hipódromo. Más aún, estando los tres mundos vinculados, ¿cómo se puede estimular el mercado interno sin los dólares que generan las exportaciones? ¿O cómo se puede exportar más en ausencia de empresarios que inviertan en plantas industriales modernas?

Pero en este mundo que no es ideal, donde se vota cada dos años y donde la mayoría de los votantes están vinculados a una de las tres góndolas , ¡oh casualidad, a la más grande!, el objetivo político de proteger el mercado interno, a cualquier precio, termina predominando sobre cualquier lógica de compatibilización del corto y el mediano plazo. 

Ello no puede ser de otra forma. En la política real (¿en la vida no es igual?), el único tiempo válido es el presente. Quien aplique otro criterio de ordenamiento, corre el riesgo de volverse prematuramente a su casa, a contarle a sus familiares o a los canales de cable, acerca de los grandes planes que tenía para el futuro del país y no pudo aplicar. En conclusión, ¿habrá recortes de subsidios? Nada significativo. No más de 0,5% del PIB que alcance a algunos vecinos ruidosos de la ciudad de Buenos Aires, que sirva para mostrarle al FMI muchas tapas de diario y algunas pocas realidades. 

De paso, que le sirva a un kirchnerismo de vacas flacas para la campaña electoral 2023, para mostrarle a sus votantes que si no hay pan, al menos había un poco de circo. Y, ¿por qué no?, que también ayude a que el oficialismo no pierda a gobernadores e intendentes aliados en el camino que, seguramente, ya deben estar cruzando algún que otro mensajito con Horacio Rodríguez Larreta.

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