Cambios

RIGI: la revolución silenciosa que Argentina todavía no dimensiona

El RIGI ya reúne proyectos por US$ 100.000 millones, con foco en energía y minería. Una ola de inversión equivalente al 15% del PBI que podría redefinir el futuro económico argentino.

RIGI: la revolución silenciosa que Argentina todavía no dimensiona

Hay un dato que pasa desapercibido: el Régimen de Incentivo a las Grandes Inversiones (RIGI) ya reúne proyectos por unos US$ 100.000 millones, con más de US$ 27.000 millones aprobados. Traducido: estamos hablando de inversiones equivalentes a cerca del 15% del PBI. No es una cifra más en el flujo diario. Es escala macro. Y, aun así, la opinión publica está naturalizando inversiones multimillonarias.

Lo llamativo no es sólo el volumen, sino la composición. La cartera del RIGI muestra una fuerte concentración en energía y minería, con proyectos que no miran al mercado interno sino al mundo. 

GNL, petróleo, litio, cobre, renovables: sectores transables, generadores de divisas, intensivos en capital y con potencial de arrastre sobre proveedores locales. Es, en los hechos, la mayor ola de inversión desde los noventa —y, si se quiere ir más atrás, comparable con el impulso desarrollista de Arturo Frondizi—, pero con otra lógica: exportar más para salir del ciclo de la escasez de dólares y empezar a dejar atrás la "restricción externa" como explicación recurrente, así como el sesgo excesivo hacia el mercado interno. Esto no implica restarle importancia al consumo doméstico, sino recuperar una mirada que en las últimas décadas se fue diluyendo: entender al sector exportador como un motor central del desarrollo.



Cuando se baja a los proyectos, la película se vuelve más concreta. Los desarrollos vinculados a GNL y midstream explican buena parte del monto total, con inversiones de escala que apuntan a transformar a la Argentina en exportador relevante de gas. En paralelo, la minería —con foco en litio y cobre— consolida al NOA como nodo estratégico, mientras que las renovables y obras de infraestructura acompañan esa expansión. No es un mosaico desordenado: es un patrón.

Ese patrón tiene dos rasgos que vale la pena subrayar.

El primero es su anclaje en cadenas de valor. Cada uno de estos proyectos no es sólo una inversión aislada, sino el punto de partida de una red productiva más amplia. Detrás de un proyecto energético o minero aparecen proveedores de bienes y servicios: metalmecánica, ingeniería, transporte, software, mantenimiento. El dato fino del portafolio de proyectos es ese: no sólo hay capital entrando, hay demanda potencial para un entramado productivo que, si se articula bien, puede escalar en complejidad.



El segundo es su carácter federal. El mapa de proyectos muestra polos claros: Neuquén, Río Negro y la costa atlántica como plataforma energética; el NOA —con Salta, Jujuy y Catamarca— como epicentro minero; corredores logísticos que empiezan a ordenar la salida exportadora. No es menor. Durante años, la inversión se concentró en pocos puntos. Acá lo que aparece es una red de nodos productivos distribuidos, con capacidad de traccionar economías regionales.

Estiman que la minería está en condiciones de recibir US$ 20.000 millones en inversiones directas
 

En ese contexto, el RIGI no es sólo un régimen de incentivos. Es una pieza dentro de un tablero más grande: el de la geoeconomía. En un mundo que fragmenta cadenas y prioriza la seguridad de suministro, los países compiten no sólo por vender más, sino por ser proveedores confiables. Eso implica volumen, sí, pero también estabilidad, previsibilidad y cumplimiento.



Ahí está la oportunidad, y el desafío, para la Argentina. Los recursos están. Los proyectos empiezan a materializarse. La pregunta es si el país puede construir alrededor de eso una oferta exportadora consistente en el tiempo.

La experiencia internacional ofrece una pista. Los casos exitosos no se limitaron a exportar recursos naturales; construyeron capacidades alrededor. El diferencial no está en el yacimiento, sino en la densidad de la cadena de valor que se desarrolla a su alrededor. Porque, aunque la magnitud impresiona, el resultado no está escrito. Hay condiciones que van a definir si esta ola se convierte en desarrollo.

Hay, además, un cambio más sutil pero igual de relevante. Durante años, la Argentina pensó su economía desde la escasez. El RIGI abre, por primera vez en mucho tiempo, la posibilidad de pensar desde la abundancia potencial: más exportaciones, más dólares, más escala. No es menor.



El escepticismo está ahí. La historia lo justifica. Pero también puede nublar la lectura del presente. Cuando se acumulan proyectos por el equivalente al 15% del PBI, cuando aparecen nuevos polos productivos en provincias que antes no estaban en el radar inversor, cuando la inversión se orienta a sectores estratégicos a nivel global, no estamos frente a una anécdota. Estamos frente a un cambio de escala.

El RIGI no es una estrategia de desarrollo en sí misma. Es una herramienta. Pero es, probablemente, la herramienta más potente que tuvo la Argentina en décadas para reordenar su estructura productiva y su inserción internacional.

La discusión, entonces, debería ser otra. No si el RIGI es mucho o poco. Sino qué vamos a hacer con él. Porque las locomotoras ya están en marcha. La diferencia entre un nuevo ciclo de desarrollo y otra oportunidad perdida va a depender de si, esta vez, construimos las vías y las sostenemos en el tiempo.



 

Pereira es Investigador senior del Centro de Estrategias Internacionales de Gobiernos y Organizaciones (CIG) de la Universidad Austral

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