Maradona como escuela de economía
"Soy muy maradoniano. Muy, extremadamente maradoniano", dice Martín Rapetti en su oficina sobre la avenida 9 de Julio, donde funciona Equilibra, la consultora que fundó en 2021 junto a otros cuatro socios. Macroeconomista con licenciatura y maestría de la UBA y con un doctorado en la Universidad de Massachusetts, donde vivió cinco años, entre 2006 y 2011. Rapetti tenía diez años cuando vio en la televisión algo que le cambió la vida: el gol de Maradona a los ingleses, en ese Mundial del 86, desde su casa de Villa Crespo, que todavía hoy le humedece la mirada: "Maradona es mucho más que un jugador de fútbol. Es una metáfora. Un héroe. Una divinidad. Un tipo que le hizo el mejor gol de la historia al país que había matado a la gente de su generación; hay algo en eso que me resulta metafísico".
Casi cuarenta años después, Rapetti reivindica a quienes buscan revancha y a quienes ponen el cuerpo en momentos de adversidad. Así como Maradona encarnó, para él, una gesta colectiva en un solo cuerpo, hay en su mirada económica una búsqueda similar: "El conflicto distributivo no se supera con una fórmula técnica, sino con una fórmula política", escribe junto a Pablo Gerchunoff y Gonzalo de León en La paradoja populista. Y esa convicción —la de que no hay solución posible sin acuerdos, sin épica, sin representación— también lo define.
Desde 2021, Rapetti es director ejecutivo y cofundador de Equilibra. También es investigador del CONICET —cargo ad honorem—, profesor titular de Macroeconomía II en la UBA e investigador titular del CEDES. Equilibra nació durante la pandemia y, recién en diciembre de 2023, abrió su sede actual. Antes, el equipo funcionó durante más de un año en las oficinas del CEDES, en un formato híbrido, hasta consolidar la nueva etapa.

—En La paradoja populista citan un discurso de Perón de fines de 1951, en el que convocó a empresarios y trabajadores para acordar precios y salarios, y escriben: "Perón apuntó a encontrar, en medio de las tensiones de la época, la coincidencia entre el tipo de cambio real de equilibrio macroeconómico y tipo de cambio real de equilibrio social; en otras palabras, buscó un acuerdo entre las necesidades de la macroeconomía y las aspiraciones populares, poniendo en juego su capital político". ¿Hubo ministros de Economía que encarnaran, a su manera, esa combinación de coraje, técnica y representación política?
—A Roberto Lavagna lo aprecio, lo respeto e hizo una muy buena gestión. Lavagna es un ministro que toma una situación muy compleja, de mucha inestabilidad, y la deja en una mejor situación.
Algunos desmerecen la gestión de Lavagna porque dicen: "El trabajo sucio lo hizo Remes Lenicov", y hay un elemento de verdad en eso. Pero la situación que hereda Lavagna era compleja. Yo recién empezaba como economista a analizar, y todo el mundo decía: "Esto vuela por los aires". Cuando asumió, nadie hacía cola para ser ministro.
Es cierto que las condiciones macro fundamentales estaban en un lugar tal que, si se lograba estabilizar y se hacían las cosas correctamente, como las hizo Lavagna, se iban a obtener buenos resultados. Y no dejó situaciones problemáticas. Porque también puede pasar que un ministro de Economía agarre una situación caótica, la deje mejor, pero deje sembrado un problema futuro. Ése es el caso, por ejemplo, de Cavallo con la convertibilidad.
Cavallo también hizo una buena gestión, hizo una gran transformación. El gran problema es que, para resolver el tema de la inflación, se comprometió demasiado con el régimen de convertibilidad. Y la salida de ahí fue muy problemática. No era una decisión fácil, porque justamente, si Cavallo no estabilizaba en 1991, no sé cómo seguía la historia de Menem.
Del mismo modo que fue clave la estabilización que hizo Sourrouille en el 85. Si Sourrouille no lograba bajar transitoriamente la inflación, el de Alfonsín hubiera sido un gobierno que estaba hackeado por la dictadura, que seguía muy presente en aquel contexto. La democracia estaba hiper frágil. Fue crucial esa intervención del equipo de Sourrouille, a pesar de haber sido un plan de estabilización que tuvo un éxito transitorio y terminó fallando.
Y también quiero hacer un pequeño homenaje a Remes Lenicov. Salió volando a los tres meses, aunque logró manejar una situación compleja y resolver cosas que dejaron un fruto para que después viniera Lavagna y pudiera continuar sobre una base más sólida.
Cuatro: Sourrouille, Cavallo, Remes Lenicov y Lavagna. Son ministros que tuvieron gestiones positivas.

En otro orden de cosas, no soy amigo ni lo conozco personalmente, pero también Luis Caputo ha hecho una gestión que, por cómo recibió la situación económica, ha sido relevante en esta etapa. Él agarró una situación bastante comprometida y logró un ajuste fiscal. Obviamente, no es un mérito exclusivo del ministro: ahí está la gestión de Milei como presidente.
Caputo logró llevar al gobierno de Milei a una situación en la que en quince meses tiene méritos como haber logrado bajar la inflación de forma sustantiva, haber corregido fuertemente el déficit fiscal, haber saneado la hoja de balance del Banco Central —aunque pasó parte del problema al Tesoro—. Hoy la situación macroeconómica argentina está en un lugar más sólido que cuando Luis Caputo agarró el timón.
Y tiene por delante un problema, que es el tema cambiario. Cuando se tiene el tipo de cambio atrasado, en algún momento hay que corregir, y las correcciones pueden ser traumáticas. El problema de Caputo es que tuvo logros, pero dejó una semilla de algo potencialmente problemático. El tipo de cambio tiene que estar más alto, porque con este tipo de cambio las cuentas externas son muy deficitarias.

Lo que falta no es técnica: es política
Martín Rapetti considera que, para que la Argentina salga del pantano, no alcanza con tener razón técnica ni buenas ideas económicas. Hace falta algo más profundo: acuerdos. Una fórmula política. "Parece mucho más seguro y provechoso recorrer ese camino de la mano de una construcción política basada en acuerdos básicos. [...] Depende de la política", escribió junto a Pablo Gerchunoff en Panamá Revista.
Martín Rapetti y Pablo Gerchunoff se conocieron en Twitter en 2014 y, desde entonces, compartieron varias colaboraciones intelectuales, como No bombardeen Argentina, publicado en Panamá Revista.
"¿Qué es lo que más valora de Martín Rapetti como economista?", le pregunta este medio a Pablo Gerchunoff.
Gerchunoff, reconocido historiador económico, responde:
"Martín es un macroeconomista de extraordinaria solvencia, alejado de cualquier dogmatismo, capaz de escuchar 'al otro', al que piensa distinto, inmune a las modas, sensible a los ingredientes sociales y políticos que son imprescindibles para pensar la economía. Y todavía va a crecer mucho".

—Desde 2011, el ingreso per cápita cayó quince puntos. Una catástrofe. ¿Cuántos países hay, que sin guerras, sin fenómenos climáticos terriblemente adversos, durante trece años tengan una caída secular del ingreso per cápita de esa magnitud? No existen —asegura Rapetti.
Para Rapetti, el deterioro de la economía no es sólo una serie de errores técnicos, sino también el resultado de una cultura política que no supo poner la macroeconomía en el centro. "La estabilidad macroeconómica es un activo que tiene que defender toda la clase política. Y en ese sentido, el kirchnerismo ha sido muy malo", dice. "Desde el punto de vista programático, político, es hora de que demos vuelta la página. Y quienes creen que tienen que defender los valores peronistas, tienen que ser líderes que no carguen con ese estigma sobre la espalda y que abracen la idea de que es clave para la justicia social tener equilibrio macroeconómico, defender la estabilidad de precios, la estabilidad de las cuentas públicas y externas".
"El problema que tiene la Argentina es que no tiene, como en la mayoría de los países del mundo, dos fuerzas que estén de acuerdo en que la macro es un activo: aunque una sea más sensible a las cuestiones sociales y a la defensa de los derechos de los sectores populares, y la otra esté más inclinada a los negocios y a la defensa de las clases altas".
En la región —recuerda— hubo un momento donde ese acuerdo parecía al alcance de la mano. "En América Latina, salvo Venezuela, Ecuador y Bolivia, a mediados de los 2000 todos los países fueron en esa dirección. Y Argentina tenía todo para ir en esa dirección. Pero bifurcó".
"Hay que tener un Banco Central que sea tecnocrático, que tenga independencia, no en el sentido de estar flotando en la estratósfera, desconectado de todo, eso no existe. Tiene que ser nombrado por la política, pero puede ser un Banco Central tecnocrático, con representación política. Y más aún: amplia. No solamente que esté el banquero central propuesto por un gobierno, sino también que haya directores nombrados por miembros de la oposición, sugeridos, que sean tecnocráticos", explica Rapetti.
"Un montón de economistas —agrega— reputados en Argentina tienen alguna vinculación política. Y con ellos se puede armar un Banco Central de mucho nivel, con representación y con la independencia para decir: 'Estás nombrado y tenés un mandato de seis años. Tenés que cumplir con estos objetivos que te fija la Carta Orgánica del Banco Central'. Y obviamente, dada la historia inflacionaria, se va a tener que sobreactuar el tema desinflacionario. Lamentablemente, se van a tener que mostrar muchos años de superávit, por lo menos primario, porque hay que convencer al mundo de que el país cambió. Porque son muchos años, décadas, de fallas".
Y entonces Rapetti vuelve a cargar contra una de las decisiones más controversiales del kirchnerismo: "Cristina tenía una situación de superávit gemelos, con una inflación que se le había ido un poco de las manos. Ya con Néstor habían empezado a "truchar" los índices. Y eso es casi —casi te diría— un crimen de Estado. Porque puso al Estado a mentir. No fue un político que dijo: 'Voy a dolarizar' y después no dolariza —como pasó con Milei—. Esto no fue una promesa incumplida: puso a decir al INDEC que la inflación era 10% cuando era 20%".

—¿Y aparte de una cuestión moral, hay daños prácticos de la intervención del INDEC? —le pregunta El Economista a Rapetti.
—Por supuesto. Ahí empieza el riesgo. Porque cuando se empiezan a "truchar" los índices, se daña toda la deuda que está atada al CER [Coeficiente de Estabilización de Referencia]. El kirchnerismo mató un instrumento de ahorro en moneda local, y le hizo un daño terrible al mercado de capitales. Además, hoy, cada vez que se publica un número del INDEC que suena raro, las personas dudan y se preguntan: "¿Lo están 'truchando'?". Es un daño terrible.
Ese camino, dice, exige ahora sobreactuar. Convencer. Reconstruir una institucionalidad económica que pueda durar más que un mandato presidencial. Lo que Rapetti propone es generar una base de confianza que permita pensar una Argentina con justicia social y productividad sin que ambas ideas parezcan irreconciliables. Un nuevo acuerdo para que el país no vuelva a bombardearse a sí mismo.
Y si hace falta una figura que encarne esa mezcla de coraje, riesgo y representación, Rapetti vuelve a su héroe de los diez años.
—Maradona es un líder, alguien que es capaz de defender causas que no son las suyas. Maradona no peleaba por su premio, peleaba por el de todos. Él podía haber sacado ventaja. Era capaz de perder para que ganen otros. Eso es un líder. En el Mundial del 90, cuando silban el himno argentino, él está recaliente. Y se ve que espera que llegue la cámara para putear a todos: "¡Hijos de puta!". Yo tenía 14 o 15 años y era capaz de pintarme la cara, agarrar un fusil y salir a pelear detrás de él. Porque es alguien que me estaba representando. Hay clivajes en la vida. Cosas que dividen. Yo estoy del lado de los maradonianos.

—¿El mercado necesita que Milei gane las elecciones de medio término para retomar la tendencia alcista?
—Sí, sí. El mercado, en la actualidad argentina, ve dos opciones: Milei o el peronismo, donde Cristina Kirchner (pese a que se ha diluido su poder) sigue siendo la cara más visible y la persona con mayor poder. No descarto de ningún modo que emerja una nueva figura o una nueva configuración. Pero lo que se ve hoy es que hay dos melodías: Milei o el cristinismo. El mercado ve con malos ojos al peronismo-cristinismo. Naturalmente, la continuidad de la mejora de los precios de los bonos y de los valores argentinos depende de que Milei siga y de que a Milei le vaya bien.

Cuando el fútbol no alcanza, entra la macro: la épica desplazada de Rapetti
En la foto de portada de su cuenta de X, Martín Rapetti eligió una imagen de Maradona con la pelota pegada al pie, esquivando a una hilera de figuras británicas. Entre ellas, la Reina Isabel, los Beatles, Churchill, Shakespeare y hasta un caballero medieval.
A Rapetti, la imagen lo representa. De chico jugaba de 10 en Ferro, lo invitaban a probarse en inferiores, aunque su padre —dice él— lo desalentó. "Sí, el fútbol es bárbaro, pero hay que tener una profesión", le dijo. Compró ese buzón rápido. Jugó en el secundario en el Nacional Buenos Aires, en GEBA, y un año en la tercera de fútbol 5 de River. Después vino la facultad, y chau. No hubo gambeta.
Ese deseo desplazado creció en otro lado. Quizá lo que no pudo encarar en el fútbol lo encara en la economía. En la política. En 2017, en plena luna de miel del macrismo, advirtió en una conferencia de la UIA que el déficit de cuenta corriente era insostenible y que bastaba un cambio en el escenario global para que el financiamiento se cortara. Un año después, pasó exactamente eso.
—Si bien los contextos fueron distintos, Macri ganó en 2017 y en 2018 hubo una crisis. ¿Qué tiene que hacer Milei para que en 2026 no le pase lo que a Macri le pasó en el 2018?
—Hay una primera diferencia central, que es que Macri necesitaba muy fuertemente de los mercados porque tenía que financiar un déficit, cosa que Milei no. La necesidad de apertura de los mercados que tiene Milei por delante es más módica. Eso juega a su favor.
También juega a favor de Milei que el panorama de exportaciones de Argentina es más ventajoso, porque hoy se tiene una Vaca Muerta mucho más desarrollada que la que tenía Macri.
Ahora bien, Macri no tenía cepo, y Milei tiene que abrirlo. Eso es una desventaja.
Es factible levantar el cepo, empezar a flotar, tener una corrección cambiaria moderada, un poco de inflación, una caída del salario real, un tropezón contractivo, una baja en la imagen del presidente, y que a los pocos meses —en la segunda mitad de 2026— la economía empiece a normalizarse: ya sin cepo, con superávit fiscal, con un tipo de cambio flotando, tal vez no mucho más alto que el actual, y que la economía funcione bien. Y que le vaya bárbaro. Es un escenario absolutamente factible.
—¿Qué sería para vos "un poco más de inflación"? ¿Un 3, un 4% mensual?
—Hay que ver la corrección cambiaria, el timing, la forma. No estoy hablando de inflaciones mensuales de dos dígitos en ese escenario. Aunque también puede pasar que la corrección del tipo de cambio sea más brusca.
Soy optimista con Argentina en el largo plazo, porque tenemos vectores de crecimiento. Pero todavía salir del desbarajuste macroeconómico que heredó Milei puede ser más complicado de lo que el propio gobierno cree.
—Algunos economistas advierten que una devaluación significativa antes de las elecciones sería un error político grave, porque rompería con el proceso de desinflación, que es hoy el principal activo del Gobierno. ¿Compartís ese diagnóstico?
—Sí, coincido con eso. Ningún gobierno quiere ir a una elección con una devaluación en los meses previos. Ahora hay una negociación con el Fondo, y el Fondo le dice al gobierno: 'no te dejo mantener el tipo de cambio fijo como lo tenés ahora'. Lo que creemos que va a pasar es que el tipo de cambio no va a seguir como hasta ahora. Está claro que no van a continuar con el crawl al 1%.
Si fuera por el gobierno, le diría al FMI: "dame la plata, yo mantengo el control y después de las elecciones corregimos". El Fondo le dijo que no. Coincido en que, desde el punto de vista estratégico, a un gobierno no le conviene devaluar antes de una elección. Sin embargo, parte de la desinflación que hubo hasta ahora es algo mentirosa, porque hay inflación futura que no está en la cuenta. Hay más inflación por delante, porque el programa tiene que corregirse. Me cuesta imaginar que el Fondo —sobre todo el staff— quiera darle plata a la Argentina sin cambios significativos en el régimen cambiario.
—"No creí que el primer año de Milei iba a ser tan exitoso", dijiste en una entrevista con Forbes. Si proyectás a 2027, ¿qué tendría que pasar para que puedas decir: "No creí que la presidencia de Milei iba a ser tan exitosa"?
—Si pasara un escenario donde se hace una corrección cambiaria que no es traumática, se mantiene el equilibrio fiscal, las cuentas externas más o menos se viabilizan con un tipo de cambio que no genera una disrupción, un impacto inflacionario recesivo ni una tensión social fuerte, deberíamos tener una economía que funcione bien.
Y Argentina terminaría teniendo —si Milei llega competitivo a las elecciones— una economía que crece, con un PBI per cápita más alto que el de 2023, con una inflación mensual más baja —entre uno y cero—, con el tipo de cambio flotando, sin cepo y con acceso a los mercados internacionales —es decir, que el riesgo país cayó por debajo de 500—. Así yo diría que fue una presidencia exitosa en materia económica.
—Algunos analistas proyectan una inflación por debajo del 2% mensual para octubre. ¿Creés que este año puede romperse esa barrera simbólica del 2%?
—Si el gobierno quiere, puede romper la barrera del 2%. En Equilibra anticipamos para marzo una inflación de 2,7%, que es una aceleración muy leve.
La clave de cómo sigue la inflación va a estar muy asociada a cuál sea el nuevo régimen cambiario que se imponga con el Fondo. Yo creo que va a haber un tipo de cambio que suba más que el 1%, y eso va a generar un poco más de inflación que si se mantuviera el tipo de cambio subiendo al 1%.
Sumaría que, en un mundo que parece encaminarse hacia la estanflación, debería haber más inflación importada. Naturalmente, bajar del 2% va a costar.
—Trump anunció aranceles generalizados del 10% y medidas más duras contra China, la UE y otros socios comerciales. ¿Qué impacto concreto puede tener esto sobre el comercio global y, en particular, sobre países periféricos como la Argentina?
—Hay una enorme incertidumbre. El país que fue el arquitecto del sistema de comercio global desde la Segunda Guerra Mundial hasta hoy, patea la mesa y dice: "Bueno, señores, esto es el fin". Muchos decían: "está amenazando, no va a hacer esto". El primer punto es: incertidumbre. Mucha incertidumbre. El segundo punto es que el impacto va a ser globalmente estanflacionario. Va a encarecer los productos. Poner un arancel en una economía cuyas cadenas de valor están súper integradas globalmente va a tener un impacto inflacionario. Y eso va a tener, obviamente, un impacto recesivo.
A los países emergentes les va a pegar. Probablemente la Reserva Federal tenga una reacción cautelosa, pero si esto sigue, va a tener que subir la tasa de interés o bajarla menos de lo que pensaba. Es muy probable que, para los países emergentes o en desarrollo, el impacto no sea positivo. Y para Argentina, en particular —dentro de ese grupo—, siendo un país que está muy vulnerable por su situación, con más de una década de deterioro y con todas las dificultades que tiene hoy no es una buena noticia.
—Algunos analistas plantean que, detrás del proteccionismo de Trump, hay un objetivo paradójico: forzar a otros países a bajar sus propias barreras para comerciar con EE.UU. ¿Te parece verosímil esa estrategia de presión?
—Da toda la impresión de que estamos en una guerra comercial que no tiene una fecha de vencimiento cercana. No veo que esto sea algo pasajero. Es un proceso que arranca con Trump hace ocho años, con Biden no cambia tanto. Ahí empieza el nearshoring, el friendshoring, con la pandemia, y ahora Trump acelera.

La segunda mitad del mandato: más estanflación que fiesta electoral
—Algunos economistas esperan que el último trimestre del año sea el mejor para el Merval, en parte por un posible acuerdo con el FMI que habilite una salida gradual del cepo, y por una potencial victoria del oficialismo en octubre. ¿Qué tan realista ves ese escenario?
—En general, en Argentina, las correcciones cambiarias no fueron pequeñas o suaves. Son correcciones que muchas veces resultaron muy bruscas. Por eso, saber que vamos camino —en el proceso de flexibilización del cepo y del régimen cambiario— a una corrección del tipo de cambio, me genera cierta preocupación.
Hay dos cosas que, cuando se mira el futuro, no se pueden dejar de lado: Hay una corrección del tipo de cambio por delante, que va a generar un poco más de inflación, y va a provocar una caída en los ingresos reales. Va a tener un impacto probablemente estanflacionario: va a subir la inflación y va a ser contractivo en el corto plazo.
Asimismo, hay un oficialismo liderado por Milei, sin dudas. Fuera de Milei no hay nada que se le parezca en La Libertad Avanza. Y del otro lado hay un peronismo mucho más licuado, con muchos problemas, pero con una figura que sigue siendo la predominante: Cristina Kirchner.
Dado que hay por delante un ajuste cambiario en términos reales, que va a tener un impacto estanflacionario, y que es probable que la próxima elección se defina en un escenario de segunda vuelta donde una fuerza con alguna influencia de Cristina tenga chances de ser gobierno, considero que la segunda mitad del mandato de Milei viene con riesgos.
"No me alquilé un yate en Rímini, me quedé investigando"
La suya es una voz escuchada y consultada, y también apuntada. En febrero, el periodista Alejandro Fantino lo nombró en su programa junto a otros economistas como Frenkel, Fanelli, Katz y Stanley, y los acusó de "cobrar en dólares desde el 2000" y de financiarse con "informes que se venden al exterior" para luego "alquilarse un yate en Rímini y nadar con los delfines".
Martín Rapetti responde:
—El CEDES es un centro de calidad y con mucha reputación internacional, que consigue financiamiento para investigaciones. Eso hay que celebrarlo. Yo pude hacer carrera académica durante unos cuantos años full time en Argentina. Ahora sigo haciendo parte de investigación académica, pero básicamente me la subsidio con el trabajo en Equilibra.
La denuncia de Fantino omitía, quizá, lo más evidente: el rol crucial que cumple la ciencia pública en países desarrollados. Como escribió Verónica Ocvirk en Le Monde Diplomatique de abril, el Estado argentino destinó en 2024 apenas el 0,216% del PBI a ciencia, muy lejos del 1% mínimo que destinan todos los países de la OCDE. En Israel, por ejemplo, es 5,56%; en Corea del Sur, 4,93%; en Estados Unidos, 3,46%. Pero además —como sostiene la economista Mariana Mazzucato en El Estado emprendedor— es el sector público el que suele asumir los mayores riesgos, financiar la investigación básica y allanar el camino antes de que llegue el capital privado.
La oficina de Equilibra Rapetti la comparte con un equipo, donde una de las socias fundadoras y economista jefa es Lorena Giorgio.
—¿Qué es lo que más valorás de Martín Rapetti como colega? —le pregunta El Economista.
—Martín es un economista muy sólido, con análisis rigurosísimos de cada tema en el que se adentra. Nunca deja de preguntar y repreguntarse. Piensa y 'vive' la economía 24/7. Pero si tuviera que definirlo con dos palabras, diría que es generoso y humilde. Generoso, porque está siempre dispuesto a compartir sus conocimientos con todo el equipo, desde los más juniors hasta los más seniors. Tiene una vocación docente infinita: siempre se aprende algo nuevo de las charlas con él. Y humilde, porque, lejos de creerse dueño de la verdad, está siempre abierto a lo que pueda aprender —o más bien absorber— de las conversaciones con nosotros —responde Lorena Giorgio.

La revancha posible
Cuando habla de su recorrido, Rapetti dice que eligió Economía cuando estaba de moda por Cavallo, que su madre —abogada, con sensibilidad matemática— lo empujó, y que el Nacional Buenos Aires le dio una base sólida. Después vinieron la licenciatura y la maestría en la UBA, el doctorado en Massachusetts, cinco años de vida universitaria en Estados Unidos. Terminó el doctorado. Podía quedarse a trabajar allá, pero eligió volver. Se había enamorado de Julia. No se arrepiente. Ese regreso fue también una reafirmación. Un "volver a lo que importa".
La primera vez que su hijo mayor lo vio llorar fue el día que murió Maradona. 2020. El encierro. Un Zoom de preescolar. "Me entero y me voy a otra habitación para que no me vea. Me pongo a llorar. Mi hijo, que estaba en clase, se para, viene hasta donde estoy y me ve llorar. Ver llorar a tu papá es extraño".
El episodio tiene algo íntimo, aunque también es político. En la vida pública de Rapetti, Maradona es un emblema. La revancha posible.
Y esa revancha —la del país empobrecido que alguna vez jugó bien— no es sólo futbolera. Es también económica. Una pregunta repetida, obstinada, como un loop: ¿cómo fue que todo salió mal? Rapetti no tiene una respuesta simple y cita a Umberto Eco: "Para cada problema complejo existe una solución simple, y está equivocada". Entre los interrogantes asoma una certeza: el desarrollo argentino no se resuelve con saber técnico desalmado. Hace falta otra clase de sustancia: una forma de coraje que convoque, que sepa encarnar un nosotros sin anular lo singular.
Quizá la revancha económica que sugiere Rapetti no promete la solución, pero hace posible el comienzo. Una revancha que no niega la necesidad de ordenar y de soñar, y que entiende que la estabilidad no es un fin en sí mismo, sino el comienzo de algo compartido. Hace falta una forma de orquestación más delicada.
Algo de ese espíritu —de esa revancha posible— vuelve en quienes buscan hoy una forma de cohesión entre las necesidades macroeconómicas y las aspiraciones populares. No como nostalgia, sino como horizonte. No se trata de aplicar una receta, sino de animarse a ensayar una gambeta. Otra. Como el que se emociona sin cinismo y discute macroeconomía con pasión un sábado a las 9am. Como el que, al recordar un gol, está imaginando un país.