El lunes, en el Salón Héroes de Malvinas, el Presidente dedicó dos horas y media —con pizarra y atril— a explicarles a los legisladores de La Libertad Avanza la reforma de la Carta Orgánica del BCRA. Los ejes son conocidos: mandato único para preservar el valor de la moneda, prohibición total de financiar al Tesoro, fin de las letras intransferibles, gobernanza blindada del directorio, no distribución de utilidades contables y sanciones penales para quien emita con fines fiscales. El argumento oficial es que la reforma de 2012 le asignó al Banco Central una multiplicidad de objetivos y que esa multiplicidad es, literalmente, "una declaración de ignorancia".
El diagnóstico sobre el financiamiento monetario del déficit tiene fundamento: pocos países se desarrollaron con una autoridad monetaria convertida en caja del Tesoro. Pero el salto lógico que va de ahí al mandato único es una decisión ideológica, no una verdad técnica. Y conviene decirlo con la historia sobre la mesa: el banco central de objetivo exclusivamente antiinflacionario es la excepción reciente, no la regla.
La banca central que construyó países
Alexander Gerschenkron mostró que, en los países de industrialización tardía, la banca no fue un espectador neutral del desarrollo sino su organizador: donde faltaban los prerrequisitos del despegue inglés —ahorro previo, empresariado consolidado, mercados de capitales profundos—, el sistema bancario y luego el Estado ocuparon ese lugar. La historia de la banca central confirma esa intuición. El Banco de Inglaterra nació en 1694 para financiar una guerra, no para anclar precios. El Banco de Japón operó durante décadas la window guidance, orientando el crédito bancario hacia los sectores exportadores hasta comienzos de los noventa. El Banco de Corea, bajo el esquema de préstamos de política, redescontaba crédito de exportación a tasas preferenciales y fue pieza central del milagro coreano que documentó Alice Amsden en Asia's Next Giant: allí no se "acertaron los precios", se los distorsionó deliberadamente y se disciplinó a las firmas por desempeño exportador. El Reserve Bank of India sostiene hasta hoy el priority sector lending, que obliga a la banca a destinar una proporción del crédito a agro, pymes y vivienda.
Tampoco los bancos centrales del mundo desarrollado son lo que la pizarra sugiere. La Reserva Federal tiene, por ley, un mandato dual desde 1977-1978: precios estables y máximo empleo. El Banco de Inglaterra persigue la estabilidad de precios y, sujeto a ella, debe apoyar los objetivos de crecimiento y empleo del gobierno. El BCE fija la estabilidad de precios como objetivo primario pero, sin perjuicio de ella, debe respaldar las políticas económicas generales de la Unión. El único caso puro de mandato único fue el Bundesbank —y conviene recordar que Alemania construyó su entramado productivo con el KfW, la banca pública regional y el sistema de Hausbank haciendo el trabajo que el Bundesbank no hacía. El mandato único alemán no era una renuncia al crédito productivo: era una división del trabajo institucional.
Los números que no estaban en la pizarra
Y esa es exactamente la pregunta que la reforma no responde. Si el BCRA se blinda contra todo objetivo que no sea la moneda, ¿qué institución argentina asume la función de canalizar crédito a la producción? Los datos son elocuentes. El stock de préstamos al sector privado equivale al 12,3% del PBI (junio de 2026), contra más del 70% en Chile y Brasil. La morosidad de las familias trepó al 12,7%, el nivel más alto en casi veinticinco años. Las tasas activas de personales rondan el 65% y las de tarjetas el 85% de TNA, contra una inflación esperada por debajo del 30% interanual. La industria utiliza el 59,8% de su capacidad instalada —metalmecánica 40%, textil 40,2%, automotriz 49,6%— y perdió unos 68.800 puestos entre noviembre de 2023 y enero de 2026.
Un país con crédito privado del 12% del PBI no tiene un problema de exceso de objetivos monetarios: tiene un sistema financiero que le presta al Estado y a nadie más. Escribir en la ley que la autoridad monetaria jamás deberá rendir cuentas por una fábrica parada no corrige esa anomalía: la consagra.
Estabilizar no es desarrollar
Nicholas Kaldor lo formuló hace medio siglo: el crecimiento de la productividad depende del crecimiento del producto manufacturero, y la causación es acumulativa. Gerald Epstein, revisando la experiencia comparada, concluyó que los bancos centrales fueron históricamente agentes de desarrollo y que la doctrina del objetivo único es una construcción de las últimas tres décadas. Ha-Joon Chang agregaría que los países centrales están "pateando la escalera" cuando recomiendan a los periféricos las instituciones que ellos mismos no usaron mientras se industrializaban. Nada de esto es una defensa de la emisión sin límite. Es lo contrario: es la advertencia de que se puede tener una moneda perfectamente estable y una economía perfectamente estancada.
La estabilidad es condición necesaria del desarrollo; jamás fue condición suficiente. Prohibir el financiamiento del déficit y, en el mismo acto, prohibirse a sí mismo pensar el crédito productivo es quedarse con la mitad del problema resuelto y la otra mitad convertida en ley. Una moneda fuerte sin aparato productivo no es un logro macroeconómico: es, apenas, un mejor tipo de cambio para importar.