En 1999, Daniel Simons y Christopher Chabris, de la Universidad de Harvard, realizaron un experimento en donde, exponiendo un video con un grupo de jóvenes moviéndose y pasándose una pelota de basquet, se pide contar cuántos pases dieron los de camiseta blanca. El ritmo es moderado y llevar la cuenta de los pases es una tarea relativamente fácil.
Por la mitad del video, alguien disfrazado de gorila entra en la escena por el lado derecho, se detiene entre el movimiento de jugadores, se golpea el pecho y se retira después de unos diez segundos.
Pero cuando se les preguntó a los sujetos del estudio si habían visto al gorila, la mitad contestó que no, la misma respuesta que solían dar quienes renovaban el registro de conducir de manera presencial en CABA y se les mostraba el mismo video. Al observador que requirió la atención en algo muy puntual, se le pasa por alto algo muy significativo: la atención focalizada nos hace perder información que ocurre en el mismo entorno. Cuando se vuelve a mirar el video, esta vez sin contar los pases, el gorila se detecta inmediatamente.
El Gobierno de Javier Milei enfrentó el enorme desafío de estabilizar la economía luego de 19 años con inflaciones en dos dígitos y con estancamiento económico desde hace una década, o década y media, según el indicador que se use. De manera más estructural, desde 1945 (78 años) sólo 13 años tuvieron una inflación promedio de un dígito (8 de la Convertibilidad) y 28 fueron recesivos.
Con este panorama, el objetivo gubernamental colapsa en uno solo y es el que se lleva todo el foco: estabilizar la economía es como contar los pases con la pelota en el experimento anterior. Y es lógico que sea así. El despilfarro kirchnerista y la mala gestión macroeconómica y de incentivos hicieron mayoritaria la visión de hacer su negativo una virtud.
El Gobierno dio muestras de tener cintura para salirse de algunos mensajes canónicos de su campaña. Por ejemplo, finalmente desecharon una dolarización que, calculadora en mano, alteraba a los mercados. Y, acertadamente, tomó nota de qué cosas hicieron naufragar estabilizaciones anteriores, con el equilibrio fiscal en primera fila, que sigue siendo el principal sostén de este modelo.

El ajuste fiscal derribó mitos
El ajuste fiscal es inédito en velocidad y derribó el mito de que no podía realizarse, lo que da cuenta de que, a veces, restricciones que se perciben como estructurales pueden esconder falta de voluntad o temores exagerados.
O simplemente cambió el contexto con una sociedad que mayoritariamente comenzó a valorar la austeridad fiscal, frente a la frustración por los malos resultados anteriores. Pero el equipo económico también supo mantener, en una lógica pragmática de evaluación de riesgos, varias restricciones cambiarias, tal vez con la memoria traumática de los episodios de 2018 y 2019.
Luego de la devaluación de diciembre de 2023, la inflación se ubicó en octubre en el nivel más bajo (2,7%) desde fines de 2021, cuando la dinámica que adquirió desde aquel año era realmente preocupante: 50% anual en 2021, 100% en 2022, 200% en 2023.
Quiero resaltar fundamentalmente que es un Gobierno que ha comunicado que la estabilidad de precios es un bien público central (algo compartido con el gobierno de JxC), en el entendimiento de que no alcanza con mover algunas variables de política económica. Y en eso ha contrastado completamente con la desidia mostrada por los gobiernos kirchneristas frente a ese problema.
Por cierto, la inflación bajó más lento que en otros programas con inflación inicial similar; seguramente por su configuración genética y a pesar del pragmatismo mostrado, el gobierno no quiso intervenir (o lo hizo muy tibiamente) con otras herramientas que podrían ayudar a romper los componentes inerciales de la inflación, que ciertamente existen (si no, ya tendríamos estabilidad de precios relativos e inflación 0). Suelo convencerme de que pudo haber habido una mayor eficacia acudiendo a esas otras herramientas complementarias, pero sin dudas que haber logrado inflaciones mensuales de entre 2 y 3% ha sido muy meritorio, aún lejos de ser una meta final y aún afectando a la competitividad cambiaria.
La política monetaria fue más errática
La política monetaria fue más errática, tal vez para acomodar una práctica a algunos mensajes presidenciales. Considero que no había ningún "overhang" de pesos o pasivos remunerados, y que el "saneamiento" del BCRA implicó, en definitiva, una licuación de riqueza en pesos de depositantes o gente con saldos en billeteras virtuales (además de más deuda del Tesoro), a partir de las tasas tan negativas de comienzos de año. Ese "efecto riqueza negativo" pudo haber incidido en algo sobre los precios, pero no hay que olvidar que, a mediados de año, predominó el "efecto sustitución" (el canal habitual de tasas bajas) que hizo subir la brecha cambiaria y la incertidumbre.
Por otro lado, los programas monetarios suelen ayudar a coordinar la nominalidad de una economía, pero el utilizado este año fue tan extraño que pasó a ser intrascendente, por imponer metas no operativas (demasiado laxas para el corto plazo, y duras para el largo, además de hacerse sobre un agregado, la base monetaria, que es inmanejable al ser tan transaccional). Sirvió, sí, para justificar una política de intervención en el mercado de títulos y de la brecha.
El año evidenció un quiebre positivo. Si bien hubo progresos en los meses anteriores, el blanqueo ayudó, y mucho, a que las medidas fueran acompañadas por mejoras en la percepción del riesgo, lo que da cuenta de que estuvo bien diseñado para los propósitos que se buscaban.
El blanqueo brindó dólares, el bien escaso que mantenía la incertidumbre en niveles altos, y a eso se sumaron diversos anuncios de posibles líneas de financiamiento del exterior, algunas más cercanas en el tiempo que otras (BID y Banco Mundial, repo de bancos o, eventualmente, fondos frescos del FMI), además de la consolidación del superávit fiscal. Todo eso derrumbó las expectativas de depreciación (lo que gatilló el carry), al tiempo que el gobierno ganó reputación, como lo evidencian distintas encuestas de opinión.
La dulzura se esparció en los mercados y se respiró otro aire, que potencialmente puede extrapolarse a otros ejes, como el de la economía real o la dinámica política. Aunque, en realidad, no siempre esa extrapolación sea correcta.
La cuestión cambiaria como principal riesgo
Sabemos que estos procesos de validación de expectativas cambiarias funcionan tanto cuando el dólar se hace barato como cuando el dólar se va haciendo más caro. Así, estos esquemas suelen ser bastante frágiles.
Lo importante son los fundamentals, y acá se combinan la robustez fiscal con las dudas respecto del valor del dólar, con el tipo de cambio real en valores históricamente bajos. Argentina no es un país en donde se tolere impávidamente, y de manera persistente, déficits de comercio exterior financiados con entradas de capitales, ni aun intentando que el peso sea un bien escaso, que lejos está de serlo.
El año 2017 deja una lección reciente. Pero en todo proceso de atraso cambiario siempre aparece el "esta vez es diferente", y ahora lo diferente es la expectativa por los dólares de Vaca Muerta. La entrada de capitales para financiar el déficit sólo sería transitoria, se dice, hasta que madure el superávit energético. Si fuera así, tendríamos los dólares, pero también varios sectores con problemas serios de competitividad, lo que se denomina enfermedad holandesa, que difícilmente se cure con un lento proceso de reducción impositiva.

Pero además, en la actualidad estamos viendo niveles de importaciones extremadamente bajos. Niveles más razonables, junto con renovados bríos de turismo emisivo, podrían superar con creces cualquier superávit energético en los próximos años, en el caso de que el peso no sea competitivo. Con el stock de reservas en terreno negativo, el flujo no ayudará de no hacerse alguna calibración.
Resta esperar y ver cómo vendrán los números de comex y de turismo en los meses de nuestro verano, y la reacción del mercado frente a estos números. Por lo pronto, el gobierno se siente seguro, en el medio de cierta euforia financiera, y continuó tomando medidas para abaratar los productos del exterior (aranceles, barreras o burocracia).
Sin ningún lugar a dudas, Argentina venía ubicándose en una posición muy cerrada, casi paranoica, a productos y servicios del exterior, lo que acentuaba el sesgo anti-exportador y además dificultaba el proceso desinflacionario. Pero una cosa es una bienvenida apertura comercial con un dólar equilibrado, y otra es con atraso cambiario. Ahí también podemos apelar a la historia.
Desde ya, eventuales correcciones cambiarias no tienen por qué ser dramáticas, sobre todo porque se mantendrá el equilibrio fiscal. Pero sobre un andamiaje todavía frágil, eso cortará un poco con la dulzura actual que viven los mercados. Es evidente que, si se decidiera, o negociara con el FMI, ajustar el valor del tipo de cambio, eso sólo podría ocurrir con la excusa de eliminar el cepo y, por un tiempo, desestimar toda intervención cambiaria.
El debe y el haber del crecimiento y los temas estructurales
La Ley Bases y muchas otras iniciativas de desregulación y desburocratización hicieron su aporte para señalizar un cambio de régimen, sabiendo que nuestra economía estaba excesivamente maniatada con restricciones.
Cada vez que enfrentábamos un dilema o complicación por desmanejos macroeconómicos, aparecía un parche normativo microeconómico para intentar sortearlo, y eso afectó nuestra productividad.
Durante el año se vieron iniciativas que están muy bien orientadas, otras intrascendentes que no hacen a nuestros padecimientos, y algunas equivocadas o que conllevan riesgos. Y hay que decir que en varios casos la mención pública de la iniciativa excedió con creces al efecto real, al menos hasta el momento.
Por ejemplo, AFIP sigue teniendo incentivos mal alineados y siendo cara para los niveles de evasión vigentes, y sólo se llevó adelante un cambio de nombre, tal vez reduciendo ingresos de un puñado de altos funcionarios. Telam sigue existiendo cuando el imaginario colectivo dice que no. Lo mismo ocurre con el régimen de Tierra del Fuego, aunque habrá que ver si las ventajas del courier lo altera en algo.
Y después quedan muchas otras omisiones:
- Reforma previsional (dado nuestro sistema ineficiente e inequitativo).
- Regímenes de promoción que subsisten, eficientización del Poder Judicial y del Poder Legislativo.
- Combate de la economía en negro.
- Malos incentivos de nuestro federalismo y de la articulación con las provincias en general.
- Tributación ambiental (más otros temas ambientales como ley de envases).
- Mejoras en administración financiera y sistemas de control, que suelen dejar mucho que desear.
En educación se avanzó correctamente, de manera consensuada con las provincias, en un enfoque minimalista con foco en la alfabetización; pero falta músculo, ideas y presupuesto para poder torcer el estado de situación actual y lograr esa deseada sociedad educadora.
En salud, más allá de los aciertos en eliminar las triangulaciones en la elección de prepagas, no está claro que, sin ninguna coordinación y planificación, el sistema revierta la fragmentación actual o que disminuyan los costos. Eliminar toda obra pública nacional no significa que pueda ser tomada completamente por el sector privado, y el Estado es fundamental para abrir oportunidades de vender productos al exterior o atraer empresas.
Todo esto requiere de capacidades estatales, planificación, y un abordaje holístico y centralizado, capacidades que surgen de un Estado cada vez más transparente, profesional y eficiente. Es una de nuestras mayores cuentas pendientes, que también nos impide alcanzar estándares de países desarrollados.

No tenemos por qué descartar que se tome esta agenda, aun ausente, en el futuro. Pero por el momento rige la idea de que retirar al Estado de su rol coordinador es suficiente. Vivimos tiempos en donde abundan las fallas del Estado y las fallas del mercado no existen, y la robustez institucional tampoco importa. Al igual que el gorila en el experimento del sesgo atencional, estos temas no se ven porque el foco está puesto en la estabilización, al deseo omnipresente de que no haya más inflación. Incluso los padecimientos por la fragilidad social y un crecimiento todavía raquítico son tolerados con altura. Hoy no nos interesa intentar ser como Alemania, es suficiente con intentar ser Ecuador con estabilidad de precios.
Pero lo que se ve a nivel mundial son frustraciones sociales cada vez más rápidas, no una devoción por alguna ideología puntual. Hay más ansiedad por lograr resultados y mayor bienestar, y eso tendrá que verificarse pronto en estos pagos. Y Argentina, a pesar de los logros de corto plazo y la vocación irrenunciable por estabilizar, sigue teniendo restricciones estructurales que nos ubican frente a dilemas difíciles de resolver.
Incluso con el objetivo cumplido de desterrar la inflación, no hay que descartar que pronto dejemos de contar pases, y el gorila aparezca nítidamente en escena.