Ideas

El festín de Vaca Muerta y el litio no construye ciudades

El futuro ya llegó, llegó como vos no lo esperabas. In memoriam Carlos “Indio” Solari.
Daniel Montoya 08-06-2026
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Una mano apoyada sobre una pared de bronce acanalado. Me tomé esa selfie en Detroit en 2024, en el interior del Fisher Building, y lo primero que pensé no fue en la arquitectura, sino en el peso. No el peso del bronce, aunque también, sino el lastre de lo que ese metal me transmitía: que alguien, en algún momento, decidió que una ciudad industrial merecía esa clase de belleza.

Tal edificio, hoy emblemático de la arquitectura del Medio Oeste norteamericano, fue encargado a Albert Kahn en 1928 por los hermanos Fisher, quienes habían hecho fortuna fabricando carrocerías para Ford. La cúpula está cubierta de mosaicos, mientras que las arañas cuelgan de cadenas forjadas, todo ello a la par de pisos de mármol travertino. 

El coloso costó más de US$ 30 millones de la época y fue diseñado, según reza la leyenda local, para durar mil años. Afuera, cuando uno sale, el viento del lago Erie corta la cara y las plantas industriales que lo rodean hoy ya están vacías o demolidas.

Al margen de ello, la Michigan Central Station, la estación de trenes que fue durante décadas el símbolo del abandono de Detroit, tardó casi un siglo en ser comprada y restaurada. Vale aclarar, no por ningún actor extraño del mercado, sino por la legendaria automotriz Ford tan presente en el nombre de calles, hospitales, escuelas y estadios, por citar algunos.

Por cierto, un detalle importante: esa compañía tan asociada a la historia de la ciudad, tanto como Chrysler y General Motors, tuvo que ocuparse de lo que el mercado no supo qué hacer con ella. 

No lo digo peyorativamente, sino como una simple observación: el capital privado restaura cuando tiene proyecto. Y, de no tenerlo, deja que el cemento se agriete y que las palomas aniden en los vitrales, como observé en muchas áreas de la ciudad aún postergadas.

No obstante, quiero hacer hincapié en un rasgo más profundo de aquello que vi alrededor de esa suerte de Vaticano de la primera modernidad: el modelo que construyó esa ciudad, el fordismo, la industria pesada de posguerra, la fábrica como organizadora del espacio urbano y del tiempo social, se fue sin dejar sustituto.

Y lo que quedó no fue solo desempleo, sino la disolución de una forma de vida que el empleo industrial había hecho posible: el barrio obrero, el sindicato, la escuela pública financiada por el impuesto a la planta, el médico del gremio, el club deportivo de la fábrica. 

Todo eso se fue con ella. Y nadie, ni nada visible apenas con un parpadeo, lo reemplazó. 

Quedó la costumbre del lugar y los que aprendieron a vivir en el escombro, sin que el escombro dejara de ser su casa.

Kilos de Audi versus kilos de maíz

Raúl Prebisch lo formuló en la década del 60 con una precisión que todavía incomoda: lo que exportábamos, fuesen granos, materias primas o bienes de la tierra, se abarataba en términos relativos; mientras que lo que importabamos, fuesen bienes industriales, tecnología o maquinaria, se encarecía.

Es decir, los kilos de Audi valían más que los kilos de maíz, siendo esa brecha que se abría el motor estructural del subdesarrollo latinoamericano.

La respuesta de la CEPAL fue la industrialización sustitutiva: producir internamente lo que antes se importaba, proteger esa industria naciente y, a la par, construir un mercado interno que funcionara.

Con el diario del lunes, está claro que ese modelo tuvo sus vicios, la ineficiencia, la dependencia del subsidio, la captura política de los sindicatos pero, a la par, tuvo también algunas virtudes que el debate argentino, tras una época de muy mala prensa para ese esquema, pasó a olvidar o, peor aún, a demonizar: generaba empleo masivo, formal, urbano y sindicalizable. 

Pero no se trataba solo de trabajo, sino de integración, ya que la fábrica no era únicamente un lugar de producción. Era una institución social donde el obrero metalúrgico de Berisso o el textil de San Martín cobraba un sueldo, con todo lo aparejado a ello.

Es decir, tenía obra social, representación y un lugar en la ciudad que no dependía exclusivamente de lo que pudiera pagar “el mercado”.

En una reciente entrevista en Seúl, Fernando Moiguer lo describió con una imagen geográfica que tiene la virtud de la sencillez: la Argentina que construyó ese modelo era una medialuna. Horizontal, pampeana, densa en el Gran Buenos Aires y el cordón industrial del Litoral. 

En contraste con ese esquema del pasado, tenemos este nuevo país que se está construyendo desde hace quince años, que es una suerte de churro: vertical, que empieza en Jujuy, baja por Salta, Tucumán, Catamarca, La Rioja, Mendoza, hasta Neuquén. 

Y tiene una característica central, en comparación a la descripción que hacía de Detroit al comienzo: crece en dólares, crece en inversión, así como en toda industria que no tiene mano de obra intensiva.

La distinción geográfica es real. Pero Moiguer alude a algo que es más que un cambio de mapa: se refiere a un nuevo patrón productivo alrededor de la minería, el litio, los hidrocarburos no convencionales y el agro tecnificado, áreas que tienen una relación completamente distinta con el empleo que la industria sustitutiva. 

Y ahí está la pregunta del millón que el debate político y económico argentino actual no termina de formular con toda su crudeza: si el churro genera riqueza, pero no crea empleo masivo, ¿cuáles serán las actividades que reemplazarán a aquellas viejas fábricas como instituciones de integración social?

Rihattan y AñeDoha

En mayo de este año visité Río Cuarto y vi algo que ya había observado en Detroit, aunque en versión invertida. En ésta gema del medio oeste, el esplendor quedó y la actividad se fue. En Río Cuarto, la actividad llegó alrededor de torres de veinte pisos proyectando sombra sobre calles de casas bajas, pero llegó sin resolver la pregunta de quién está dentro del enclave y quién lo mira desde afuera. 

A semejante fenómeno lo bauticé Rihattan: la fusión entre Río Cuarto y Manhattan que nadie formuló en un proyecto explícito y que, sin embargo, está ahí, levantada ladrillo a ladrillo tanto por el músculo financiero del agro, como por ciertos enjuagues enmascarados bajo la categoría pomposa de intermediación financiera.

Expresado en números generales, en 2025 la actividad agropecuaria creció 6,2% y la intermediación financiera se expandió 24,7%. Junto con la minería, esos tres sectores explicaron tres de los cuatro puntos del crecimiento del PBI argentino. 

Vale decir aquí: el país creció y los números son reales, pero el modelo que los produce tiene bordes, y del otro lado de ese límite el panorama es diferente.

Añelo, en Neuquén, es la versión más extrema de esa lógica. Un pueblo sin gas natural domiciliario a metros del yacimiento no convencional más grande del hemisferio sur. 

Si Río Cuarto es Rihattan, Añelo es AñeDoha: el emirato sin agua corriente. Familias calentándose con garrafa en el perímetro de la mayor apuesta energética del país. 

Adentro del festín, el fuego. Afuera, la garrafa.

La contradicción no corre de este a oeste del mapa, como la grieta política suele representar, sino que corre de arriba hacia abajo, dentro de cada territorio. 

No es el AMBA contra las provincias: es el enclave contra la periferia, en todas partes y al mismo tiempo. Y esa es exactamente la misma topografía que dejó el fordismo en Detroit: el Fisher Building intacto, majestuoso, como monumento a una prosperidad que ya no irrigaba al territorio que lo rodeaba.

Lo que vio László Tóth en Pensilvania

El Brutalista, la película de Brady Corbet, empieza con una imagen que concentra todo lo que quiero decir sobre el vínculo entre riqueza, proyecto y territorio. 

László Tóth, arquitecto judío húngaro que sobrevivió el horror y llega a América en 1947, emerge a la cubierta del barco y ve la Estatua de la Libertad invertida, reflejada en el agua, o distorsionada por su ángulo de visión, mientras celebra su llegada a esa América prometida.

Pero lo que encuentra en Pensilvania no es exactamente lo ilusionado. Por el contrario, el azar lo lleva a Harrison Van Buren, un industrial rico que le encarga un centro cultural para el pueblo donde tiene sus negocios. El capital está al igual que la voluntad de grandeza.

El problema es que la magnitud del mecenas es, en el fondo, un proyecto de ego, no una visión de territorio. Van Buren quiere el edificio como expresión de su poder, no como institución de su comunidad. 

Y la obra, que Tóth concibe como el mayor trabajo de su vida, queda atrapada en esa tensión irresoluble entre el genio que quiere construir algo que dure y el dinero que quiere algo que impresione.

La película pregunta, con esa ferocidad quieta que tiene el mejor cine norteamericano, qué se hizo de ese sueño de infinita grandeza e insistente prosperidad que consagró a América en los tiempos de posguerra. 

Y la respuesta que da, sin decirla nunca directamente, porque es una película inteligente, es que el sueño americano de posguerra fue, en gran medida, un proyecto político además de económico. 

En lo que hace al meollo, fue un programa que requirió al Estado como garante, al sindicato como distribuidor, a la institución pública como administradora del excedente. Y cuando ese andamiaje se desarmó, quedó el capital, en especial aquél que sólo construye enclaves.

Detroit es el testimonio de eso. No falló por falta de riqueza. Por el contrario: en su momento de mayor esplendor fue la ciudad más rica per cápita de Estados Unidos. 

La debilidad fue más bien otra: se malogró porque la riqueza estaba organizada alrededor de un modelo productivo que, cuando se fue, no dejó instituciones capaces de transformar la renta acumulada en capacidad territorial duradera. 

Quedaron el Fisher Building, las plantas vacías, la belleza del bronce y el silencio de las cadenas de montaje.

La pregunta que el mercado no responde

No me canso nunca de repetirlo: crecimiento no es desarrollo. La distinción la estableció la economía clásica con precisión suficiente y el debate argentino la colapsa cuando le conviene. El crecimiento es el número del PBI, la grúa, la torre, el precio de la soja, mientras que el desarrollo es la capacidad de un territorio de convertir esa riqueza en condiciones que se distribuyen, que perduran, que transforman la vida de quienes no trabajan en el sector que crece.

El modelo que está creciendo en Argentina -minería, hidrocarburos, agro tecnificado- tiene una característica estructural que lo distingue radicalmente de la industria sustitutiva: no tracciona demanda laboral a gran escala. No porque sea ineficiente, sino porque es eficiente de otra manera. 

Vaca Muerta no necesita obreros en la proporción en que los necesitaba la industria automotriz de Córdoba. El litio no requiere barrios obreros. El agro de precisión no demanda cosechadores manuales.

Esto no es una crítica moral al modelo. Es una descripción de su arquitectura. Y ello plantea una pregunta que ningún precio relativo puede responder: si el nuevo patrón productivo genera renta sin crear empleo masivo, ¿qué integra a los que quedan fuera del enclave? 

¿Una economía de servicios? ¿De qué tipo, para quién, con qué poder adquisitivo, financiada cómo? ¿Un Estado de bienestar? ¿Con qué recaudación, si la base tributaria del modelo extractivo es estructuralmente más angosta que la de la industria manufacturera intensiva en trabajo?

El mercado no tiene respuesta para esas preguntas. No porque sea malvado, sino porque no es su función. El mercado produce enclaves óptimos. No concibe ciudades. No crea territorios integrados. No distribuye la renta hacia donde no hay negocio suficiente para justificar el viaje. Fin.

La pregunta de qué viene después del empleo industrial como integrador social no es exclusivamente argentina. Detroit no la respondió aún en su notorio ensayo público privado actual de recuperación.

Tampoco un medio oeste norteamericano que convirtió semejante deuda en combustible electoral para el populismo, al igual que una Europa del Este que no lo resolvió ni a medias con cuantiosas transferencias financieras con y sin proyecto. 

Pero en Argentina tiene una urgencia particular porque el desmantelamiento del modelo anterior proviene de larga data y la construcción del modelo nuevo es más reciente. Estamos, en términos de Prebisch pero con otro vocabulario, en el umbral. 

El problema es que los umbrales se cruzan o se convierten en domicilio. ¿Quién puede dudar hoy que, tras medio siglo de estancamiento económico con algunos vaivenes, la segunda opción es la que nos engloba mejor?

 

Lo que el liderazgo político no puede mirar pasivamente

El programa económico de Milei resuelve bien lo que se propuso resolver: estabilidad macro, señales de precio al sector privado, estímulos a los sectores de alta renta extractable. 

Es un plan de crecimiento por enclaves y, en sus propios términos, funciona. Los números de 2025 lo certifican. Pero, lo repito: los enclaves tienen bordes. Y del otro lado del límite empieza el territorio donde la lógica del enclave no alcanza, donde el mercado llega tarde o débil o directamente no llega, donde la retracción del Estado deja un vacío que el capital privado no tiene incentivo para llenar.

Tucídides lo formuló con una brutalidad que no envejeció: donde los contratos no tienen garante, nadie invierte en lo que no puede defender. El capital no es valiente. Va donde las reglas son predecibles. Y éstas no se vuelven previsibles solas.

El mercado necesita al Estado para funcionar, incluso el mercado que declama no necesitar al Estado. Lo que los libertarios llaman interferencia es, en muchos casos, la condición de posibilidad de la inversión. Parafraseando a Borges, no los une el amor sino el espanto, ¿será por eso que se odian tanto?

Pero lo que quiero decir va más allá de la discusión sobre el rol del Estado en la economía, que ya tiene demasiados participantes, pocos argumentos nuevos y exceso de antiguallas como “Estado elefantiásico". 

A dónde quiero ir es al interrogante de orden político que no puede delegarse al mercado ni resolverse con ideología: ¿qué sociedad se construye con esta riqueza? ¿Quién decide cómo se organiza el territorio que el nuevo modelo productivo está dibujando? ¿Quién garantiza que el churro de Moiguer no sea simplemente una cadena de enclaves sin vertebración, una serie de Rihattans sin ciudad, de AñeDohas sin gas?

Esa decisión requiere liderazgo político en el sentido más exigente del término: no administración de lo que el mercado produce, sino proyecto sobre lo que el mercado no puede producir solo. 

Requiere una unidad de análisis distinta del PBI y del tipo de cambio: exige preguntarse por la capacidad de cada territorio de generar vida sostenible para quienes no trabajan en el sector que crece. Demanda, en definitiva, un proyecto de sociedad, no solo de economía, sino de sociedad.

El problema argentino, y acaso latinoamericano, no es que le falte un modelo económico. Es que le sobran modelos económicos y le falta un proyecto de sociedad que los encuadre. Cada modelo que llega se instala como si fuera la última Coca Cola en el desierto y, de ahí en más, la sociedad queda como la gran convidada de piedra, el residuo de lo que la economía produce. 

Y cuando el modelo se va, o cuando se transforma, como está pasando ahora, la sociedad queda sin arquitectura.

Volvamos al Fisher Building. Albert Kahn lo diseñó para una ciudad que tenía proyecto. Éste no era el edificio, sino que éste era la consecuencia del proyecto. 

El resultado de que alguien había decidido que Detroit iba a ser el centro de la industria automotriz mundial y que esa decisión implicaba construir una ciudad, no solo una planta. Cuando el proyecto se fue, el edificio quedó como testigo de algo que ya no existe.

La pregunta argentina es si el churro va a tener proyecto o solo va a tener torres. Si Rihattan va a ser ciudad o va a seguir siendo enclave con nombre bonito. Si Añelo va a tener gas algún día o si la garrafa va a seguir siendo el precio de vivir al lado del mayor yacimiento no convencional del hemisferio sur.

El techo que nadie construyó solo, a modo de epílogo

Cuando salí del Fisher Building en Detroit, en 2022, me detuve un momento en la vereda. El edificio es tan desproporcionado con su entorno inmediato que cuesta integrar las dos imágenes: el bronce adentro, el cemento partido afuera. 

La grandeza del pasado y el desamparo del presente, en el mismo plano, sin que ninguno de los dos parezca fuera de lugar. Como la moto y el carro tirado por caballos en la tapa de Kundera.

Ese edificio no lo construyó el mercado. Lo construyó el mercado más un proyecto, más una decisión política sobre qué ciudad querían ser. El mercado aportó el dinero. El proyecto aportó la forma. Y cuando el proyecto se fue, el dinero siguió, por un tiempo, pero la forma se perdió.

Argentina está, ahora mismo, en el momento en que el dinero llegó y el proyecto todavía no. El churro crece. Los dólares entran. Las torres se levantan en Río Cuarto y los pozos se perforan en Vaca Muerta y el litio sube en camiones por la puna. Todo eso es real y no es menor. 

Los que quedaron del otro lado del borde no esperan el proyecto. Aprendieron, cómo se aprende todo lo que dura, en el cuerpo.

Pero la pregunta que ningún precio relativo puede responder sigue ahí, esperando: ¿qué sociedad se construye con esto? ¿Quién decide? ¿Quién es responsable de que la respuesta no sea simplemente el mercado, que ya hizo su parte, y que su porción no incluye, porque nunca incluyó, a los que quedaron del otro lado del borde del enclave?

Esa pregunta es política. Y el liderazgo que no pueda o no quiera hacerse cargo de ella no está administrando la transición, sino mirando desde la vereda cómo el bronce se oxida.

El futuro ya llegó, llegó como vos no lo esperabas. In memoriam Carlos “Indio” Solari. Seguí a El Economista en Google Agreganos a tus medios preferidos. + Agregar