Cambio de ministros, sin grandes cambios

Héctor Rubini Héctor Rubini 05-01-2017
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por Héctor Rubini (*)

Los números de 2016 se terminarán de publicar en este trimestre, pero la percepción general es como la de un vaso medio vacío o medio lleno. Se eliminaron las restricciones cambiarias y al comercio exterior, se recuperó el acceso a los mercados financieros internacionales, y se abandonó el alineamiento inconducente con el régimen de Venezuela. La situación social ameritó mantener y en no pocos casos extender varios de los instrumentos de ayuda asistencial del gobierno anterior, y se lanzó un paquete de beneficios tributarios para las pequeñas y medianas empresas. Algunos otros avances fueron bastante trabajosos. La aprobación legislativa para resolver el conflicto con los “holdouts” insumió más de 3 meses, y también fue algo trabajosa la ley de blanqueo. La reforma al Impuesto a las Ganancias quedó para este año, pero no se logró un “sinceramiento” ordenado de las tarifas públicas. Tampoco se coordinaron las pautas de subas salariales en línea con los pronósticos de inflación de un año atrás. Algo esperable, dado que el ex ministro Prat-Gay anunció junto a esas proyecciones, la convocatoria para llegar a cierto acuerdo o pacto social, pero nunca se convocó. Aun así, el clima de negocios ha mejorado visiblemente, pero no se tradujo en un fuerte aumento de inversiones. La economía sigue en estanflación, y la incertidumbre laboral sigue siendo alta.

El doble comando entre el Jefe de Gabinete y el ex ministro de Hacienda y Finanzas fue inviable. Ya desde el inicio de la gestión fue visible la incomodidad de buena parte del Gobierno con la nada feliz alusión del exministro a la “grasa militante”. Pero con el correr de los meses, era más que evidente la convivencia imposible entre ambos funcionarios. Ya hacia el final del año, cuando en la reciente reunión de gabinete ampliado el Presidente sostuvo que el jefe de Gabinete y sus dos segundos son sus ojos, oídos e inteligencia, era claro que el cambio estaba en marcha. Lo sorprendente luego de su remoción ha sido la división de Hacienda y Finanzas en dos ministerios. ¿Habrá mejor gestión y coordinación con más ministros? Las dudas no son pocas.

Si la razón de la expulsión de Prat-Gay es que “no se coordinaba”, o subordinaba al Jefe de Gabinete, es claro que no ha sido Prat-Gay, como afirman muchos, el responsable último del creciente déficit fiscal, sino el Jefe de Gabinete. Ergo, reemplazar a Prat-Gay por un nuevo ministro “coordinado” desde antes de asumir, no cambia nada. Más aún, al estar separados Hacienda y Finanzas, la “coordinación” deberá ser instrumentada por economistas de Jefatura de Gabinete en cuestiones fiscales. Se espera trabajo en equipo y sin guerra de egos, ojalá así sea. Pero los hombres clave, en última instancia serán los funcionarios de Jefatura de Gabinete, más bien que los ministros de Hacienda o de Finanzas. En todo caso deberán también definir si la dominancia fiscal sobre el BCRA seguirá siendo contrarrestada con la emisión de Lebac y altas tasas de interés que enfrían el consumo y la inversión, y terminan impactando negativamente en la recaudación tributaria.

Ciertamente, el desafío fiscal no es fácil de enfrentar. Más de la mitad del gasto público es de imposible reducción en el corto plazo, y aplicar un ajuste fiscal en recesión, suena a misión imposible. Con un escenario así, es acertada la intención del nuevo ministro Dujovne de acelerar los pasos hacia una reforma tributaria con una reducción de alícuotas y simplificación inevitable si se quieren reducir los incentivos a la evasión.

Sin embargo, al pasar de los deseos al a práctica, surgen nuevas dudas: ¿tiene real capacidad de acción? Varias ex secretarías del antiguo Ministerio de Economía y Obras y Servicios Públicos son hoy ministerios. Al menos legalmente, Hacienda no es “primus inter pares”. ¿Cuál es el sentido entonces, de mantener en esa cartera, y no en Jefatura de Gabinete, la hoy Secretaría de Política Económica? Si se la faculta para monitorear y evaluar la efectividad y eficiencia de los gastos de cada repartición, ¿no se estaría superponiendo con funciones y tareas del Ministerio de Modernización, y hasta de la propia Jefatura de Gabinete? A su vez, el Indec ¿no debería ser un ente autárquico, dado que su misión y funciones no tienen nada que ver con las de ministerios a cargo de las políticas fiscal y de crédito público? En materia regulatoria, tanto de defensa de la competencia, transparencia de mercados, o energía y combustibles, Hacienda tampoco tiene incumbencia alguna. Menos en cuestiones de minería, política agroindustrial, comercio exterior, política laboral o el sistema de seguridad social.

Otros interrogantes y dudas siguen flotando, a pesar de las definiciones del nuevo ministro: ¿puede el Ministro de Hacienda, controlar efectivamente el gasto público, cuando Jefatura de Gabinete sigue contando con las facultades legales para modificar discrecionalmente partidas presupuestarias, sin rendir cuenta ni obligación explícita de consultar a ningún ministerio?

¿Puede seguir pensándose en que el simple anuncio de metas de inflación del BCRA coordina expectativas? Desde septiembre, mes en que se anunció la meta de inflación entre 12% y 17% para 2017, se observa una persistente divergencia entre esas metas y las expectativas del sector privado, sistemáticamente más altas. ¿No debería revisarse la creencia de que sólo el BCRA y sus operaciones de mercado abierto son suficientes para reducir la inflación?

En definitiva, es siempre bueno para cualquier gobierno contar con funcionarios sin odios mutuos. Pero también es cierto que, con un gabinete tan disgregado, la ejecutividad en la toma de decisiones tiende a resentirse. Sin una efectiva coordinación entre la política monetaria, la cambiaria, la fiscal y la de precios administrados, el nuevo equipo económico enfrentará serias dificultades para revertir la actual estanflación.

(*) Investigador del Instituto de Investigaciones en Ciencias Económicas. USAL.

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