No toda lectura comienza con una certeza. Algunas nacen de una sospecha, de una resonancia apenas perceptible, de un nombre que convoca a otro nombre. No se trata de probar una intención del autor, empresa siempre incierta en Borges, sino de seguir una correspondencia, como quien descubre que dos espejos, separados por años y por páginas, continúan reflejándose.
Mientras releía "Ulrica", me detuve en el nombre de su protagonista: Javier Otárola. De inmediato apareció otro nombre, separado por décadas de escritura y apenas por unas letras: Benjamín Otálora, el protagonista de "El muerto".
No sé si Borges quiso que ambos dialogaran. Quizá la pregunta sea otra. Lo verdaderamente borgiano es que la sospecha resulte más fértil que la certeza.
Otálora. Otárola.
No es un anagrama perfecto, pero casi. Un mínimo desplazamiento de letras produce otro hombre y, acaso, otro destino.
La coincidencia no termina en el nombre. Ambos personajes reciben un don. Lo decisivo no es el don mismo, sino el momento en que llega.
En "El muerto", Benjamín Otálora es un hombre dominado por la ambición. Quiere el mando, el caballo, la mujer de Azevedo Bandeira. Cree conquistar un mundo que, en realidad, ya ha decidido su suerte. La revelación final reorganiza retrospectivamente todo el relato:
"Le han permitido el amor, el mando y el triunfo porque ya lo daban por muerto".
El don resulta ser una escenografía. El premio era la forma que adoptaba la condena. El amor no inaugura una vida; apenas embellece el umbral de la muerte.
En "Ulrica" ocurre el movimiento inverso.
Javier Otárola no conquista nada. Es un hombre maduro, célibe, más inclinado a la memoria que a la esperanza. No persigue el amor; supone que esa posibilidad ya ha quedado atrás. Y precisamente entonces recibe aquello que había dejado de esperar: "Para un hombre célibe entrado en años, el ofrecido amor es un don que ya no se espera".
También aquí hay un don. Pero esta vez no es una trampa. Es una gracia. No llega como recompensa de una conquista, sino como un acontecimiento inmerecido, casi milagroso, que solo puede suceder cuando toda expectativa se ha extinguido.
Quizá ambos cuentos estén construidos sobre una misma pregunta: ¿qué ocurre cuando el destino concede aquello que parecía imposible?
En un caso, la concesión revela que el protagonista ya estaba muerto sin saberlo.
En el otro, revela que un destino aparentemente clausurado todavía podía abrirse, aunque fuera por una sola noche, a una forma de plenitud.
El lector no puede evitar preguntarse si ese mínimo desplazamiento de letras no desplaza también el sentido del destino.
A Otálora le es concedido el amor cuando la muerte ya había decidido por él.
A Otárola le es concedido el amor cuando él ya había renunciado a esperarlo.
Entre ambos apenas cambia un puñado de letras. Entre la condena y la gracia, también.
Pero quizá la verdadera simetría no sea esa. Lo que ambos comparten es la tardanza. Los dos reciben el don cuando ya no pertenece al orden de lo posible. Uno porque ignora que su tiempo ha concluido. El otro porque cree que el amor ha dejado definitivamente de formar parte de su destino.
No es el don inesperado.
Es el don tardío.
Borges escribió muchas veces que las revelaciones decisivas llegan al final del camino. Quizá por eso estos dos cuentos dialogan con tanta intensidad. No porque enfrenten la vida y la muerte, sino porque muestran que el destino acostumbra a demorarse. Y cuando finalmente se manifiesta, suele hacerlo bajo la apariencia de un regalo.
En una biblioteca, esa forma del paraíso que Borges imaginó tantas veces, los libros parecen inmóviles, pero basta desplazarse un estante para encontrar otro mundo.
Tal vez ocurra lo mismo con sus personajes. Benjamín Otálora y Javier Otárola están separados por un mínimo desvío del lenguaje y, sin embargo, uno recibe el amor como antesala de la muerte y el otro como una gracia que ya no esperaba.
Quizá esa sea una de las formas más discretas del arte de Borges. No demostrar, sino insinuar. No ofrecer respuestas, sino correspondencias.
Sus cuentos siguen escribiéndose unos en otros mucho después de haber sido publicados. También siguen escribiéndose en el lector, donde un apellido llama a otro apellido, un destino responde a otro destino y un don tardío encuentra, por fin, el tiempo que lo estaba esperando.
Tal vez esa sea también una forma de leer: no para resolver un enigma, sino para seguir una sospecha.
Posdata, a horas de otra Gran Final
Los grandes dones tienen una extraña relación con el tiempo. A veces llegan cuando todavía los esperamos; otras, cuando ya habíamos aprendido a vivir sin ellos.
Borges imaginó esa forma de la gracia en Javier Otárola. El deporte, de tanto en tanto, también produce esas raras epifanías. La carrera de Messi parece una de ellas.
El mundial razonable, lógico, esperable que Lionel podía ambicionar era, a sus 27 años, Brasil 2014, Rusia 2018 inclusive con 4 años más sobre el lomo, 31.
Pero Qatar 2022, a sus 35 abriles, claramente cayó en zona de gracia. Y qué decir de Estados Unidos 2026, un evento que quizás nos obligue a imaginar lo que sería un estado superior que trasciende a la gracia.
¿Qué otra cosa que el Paraíso, o el Nirvana, puede ser Messi enfrentando a un Lamine Yamal que tuvo en sus brazos siendo aún bebé?
¿Será que Dios, que nunca juega a los dados, le reservó a Leo una nueva coronación este domingo? ¿Y, más aún, hasta otra jugando en su casa, de local, en 2030?